Capítulo 32. El mundo que quiso reclamarlo
La noticia tardó menos de una hora en llegar al Consejo.
Orel no había traicionado a Emma.
El planeta lo había hecho.
La tercera pulsación viajó por cada estructura conectada a la red de Nexara. Activó sistemas que llevaban siglos dormidos, modificó los patrones luminosos de los mares y consiguió que las tres lunas alteraran ligeramente su posición.
Nexara reconoció al hijo de Emma antes de que ella tuviera tiempo de acostumbrarse a su existencia.
Las puertas del centro de mando se cerraron alrededor de ellos.
Xantheris permanecía frente a una proyección del planeta. Miles de puntos negros aparecían distribuidos por la superficie, concentrados principalmente en Zeythar.
Emma observó cómo se encendían y desaparecían.
—¿Qué son?
—Fragmentos residuales de Vharos —respondió Xantheris—. Hasta ahora no podíamos diferenciarlos de la energía emocional liberada en los ciudadanos.
Zyren se colocó junto a Emma.
—¿Por qué son visibles ahora?
—La tercera frecuencia los obliga a separarse de las emociones que utilizan como refugio.
—¿Mi hijo está haciendo esto? —preguntó Emma.
Xantheris miró hacia ella.
Por primera vez desde que se conocían, el científico parecía no saber qué palabras utilizar.
—No actúa de manera consciente —aclaró—. Su energía todavía no posee una voluntad desarrollada. Pero su existencia altera el equilibrio de la red.
Emma colocó una mano sobre su abdomen.
Todavía no sentía ningún movimiento.
Ni siquiera había un cambio visible en su cuerpo.
Sin embargo, miles de luces negras aparecían y desaparecían ante ella porque una vida diminuta había comenzado a crecer en su interior.
—Entonces Vharos no intenta encontrarlo —dijo—. Está huyendo de él.
—No exactamente —respondió Xantheris—. Los fragmentos intentan alejarse de la frecuencia, pero también parecen atraídos por su origen.
—Eso no tiene sentido.
—Vharos nació de energías divididas. Tu hijo pertenece a dos mundos sin estar dividido entre ellos. Representa algo que Vharos no puede comprender.
—O algo que quiere poseer —dijo Zyren.
La puerta se abrió.
Lira entró acompañada por seis guardianes.
Había vuelto a ponerse la armadura.
—El Consejo exige la presencia inmediata de Emma.
Zyren giró hacia ella.
—No.
—No he dicho que esté de acuerdo.
—Entonces diles que no irá.
Lira sostuvo su mirada.
—Han declarado la tercera frecuencia un asunto de seguridad planetaria.
—Es un niño —dijo Emma.
Los ojos de Lira descendieron hacia su abdomen.
Su expresión se suavizó por un instante.
—Lo sé. Por eso debes presentarte. Si te niegas, enviarán guardianes que no comparten mi interpretación.
Zyren avanzó.
Las líneas de sus manos comenzaron a encenderse.
—Que lo intenten.
Emma tomó su brazo.
—No.
—Quieren aislarte.
—Todavía no sabemos lo que quieren.
—Sé cómo funciona el Consejo.
—Y yo sé lo que ocurre cuando dejamos que el miedo decida antes de escuchar.
Zyren la miró.
Emma podía ver cada impulso luchando detrás de sus ojos. El antiguo comandante habría obedecido la convocatoria sin cuestionarla. El hombre que era ahora quería destruir cualquier cosa que pudiera amenazarlos.
—Vendrás conmigo —dijo ella.
No fue una pregunta.
—Sí.
Lira hizo un gesto hacia los guardianes.
—Permanecerán a distancia.
—¿Por consideración? —preguntó Emma.
—Porque ninguno está dispuesto a acercarse a Zyren en este momento.
Emma observó las luces que recorrían su cuerpo.
—Una decisión sensata.
Los cinco asientos del Consejo permanecían ocupados.
Vael había sido sustituido por una figura que Emma no conocía, una mujer de piel azulada y ojos completamente blancos. A su derecha se encontraban Eldrinor y Zyphorion. Xantheris ocupó su lugar junto a ellos, mientras Lira permanecía de pie detrás de Emma.
Zyren se negó a ocupar el asiento que le ofrecieron.
Permaneció a su lado.
Las gradas superiores estaban llenas de observadores. Consejeros menores, sanadores, guerreros y científicos hablaban entre sí sin intentar mantener el silencio perfecto que antes dominaba aquel recinto.
Nexara había aprendido a discutir.
Emma no sabía si debía considerarlo un progreso.
Eldrinor levantó una mano.
Las voces se apagaron.
—La red planetaria ha confirmado la aparición de una tercera fuente —declaró—. Su energía combina la frecuencia del Pulso Original con la configuración biológica nexariana.
Emma sintió cientos de ojos descender hacia su cuerpo.
—Tiene un nombre —dijo.
Eldrinor la observó.
—La gestación se encuentra en una etapa demasiado temprana para determinar—
—Su nombre es Thomas.
Zyren giró ligeramente hacia ella, pero no la corrigió.
El niño todavía podía ser una niña. A Emma no le importó.
Necesitaba que aquellas personas escucharan un nombre.
No una designación.
Zyphorion se inclinó hacia delante.
—Thomas constituye el primer vínculo biológico entre ambos mundos.
—Thomas es nuestro hijo —respondió Zyren.
—Ambas afirmaciones son compatibles.
—No para ustedes —dijo Emma—. Desde que entré aquí, nadie ha preguntado si está bien. Solo hablan de su energía.
La consejera de ojos blancos intervino:
—Su desarrollo parece estable. Sin embargo, no conocemos los riesgos que su frecuencia representa para Nexara.
—Tampoco conocemos los riesgos que Nexara representa para él —replicó Emma.
—Precisamente por eso proponemos trasladarte a una instalación protegida.
Zyren soltó una risa sin humor.
—Una celda.
—Un centro de observación.
—Rodeado por barreras militares —dijo Lira.
La consejera la miró.
—Exploradora, no se te ha concedido la palabra.
—Entonces pueden fingir que no me escucharon.
Emma alcanzó a percibir una sonrisa breve en Xantheris.
Eldrinor golpeó la superficie de su asiento.
—La tercera frecuencia ha alterado el movimiento de nuestras lunas y expuesto miles de residuos de Vharos. No podemos permitir que continúe sin supervisión.
—Ya estoy bajo supervisión médica —dijo Emma—. Orel vigila el embarazo.
—El sanador Orel ocultó sus hallazgos iniciales.
—Protegió la privacidad de su paciente.
Varias voces se elevaron en las gradas.
Algunos nexarianos parecieron escandalizados por el concepto.
Otros asintieron.
—La privacidad no puede anteponerse a la seguridad de un planeta —declaró Zyphorion.
Emma observó el recinto.
—Eso mismo dijeron cuando comenzaron a extraer sus emociones.
El silencio cayó.
Las luces de las paredes cambiaron de violeta a rojo.
—Decidieron que el miedo era peligroso —continuó—. Después la ira. La tristeza. El deseo. Cada vez que algo escapaba de su control, lo encerraban en el núcleo. Ahora quieren hacer lo mismo con mi hijo porque no comprenden lo que es.
—La comparación es inexacta —dijo Eldrinor.
—La comparación los incomoda. No es lo mismo.
Xantheris se levantó.
—La tercera frecuencia no ha provocado daños —explicó—. Las alteraciones lunares son mínimas y los fragmentos de Vharos ya existían. El niño solo permite detectarlos.
—¿Estás sugiriendo utilizarlo para localizar la entidad? —preguntó Zyphorion.
—No —respondió Emma antes que él.
—Si su frecuencia pudiera amplificarse—
La superficie frente al consejero explotó.
Zyren había extendido una mano.
La energía oscura rodeó sus dedos.
Los guardianes levantaron sus armas.
Emma no se movió.
—Termina esa frase —dijo Zyren— y descubrirás exactamente cuánto control conservo.
—Zyren —susurró Emma.
Él no apartó los ojos de Zyphorion.
—Sugiero que midas tus próximas palabras con mayor precisión —advirtió Xantheris al consejero.
Eldrinor observó la superficie destruida.
—Ya no eres comandante. No puedes amenazar a este Consejo.
—No necesito un rango para proteger a mi familia.
La palabra recorrió el recinto.
Familia.
Zyren la pronunció como una declaración de guerra.
Y como algo mucho más profundo.
Emma buscó su mano.
Las luces bajo su piel comenzaron a disminuir.
—Nadie amplificará la energía de nuestro hijo —dijo ella—. Nadie lo estudiará sin nuestro consentimiento. Y nadie me encerrará.
—No puedes imponer condiciones al Consejo de Nexara —respondió Eldrinor.
—Entonces no les estoy pidiendo permiso. Estoy explicando lo que ocurrirá.
Un murmullo se extendió por las gradas.
No era una reacción unificada.
Algunos ciudadanos observaban a Emma con miedo. Otros miraban al Consejo con una desconfianza que no habría sido posible semanas atrás.
Una mujer se puso de pie.
Emma la reconoció del centro de sanación. Era la paciente que había sufrido el ataque de pánico después de la interrupción de energía.
—La humana me enseñó a no temer lo que existe dentro de mí —dijo—. ¿Ahora el Consejo pretende castigarla porque existe algo dentro de ella que ustedes temen?
Otro ciudadano se levantó.
Después otro.
Las voces comenzaron a multiplicarse.
—La Portadora salvó la ciudad.
—El niño no ha provocado ningún daño.
—No pueden volver a extraer lo que no comprenden.
Eldrinor exigió silencio.
Nadie obedeció.
Emma contempló a los nexarianos discutir, sentir y elegir una posición distinta de la que sus autoridades les habían asignado.
Vharos había nacido de todo lo que aquel pueblo fue obligado a callar.
Ahora el ruido podía salvarlos.
Las luces se apagaron.
Una oscuridad completa cubrió el recinto.
Emma sintió a Zyren rodearla con un brazo.
Los guardianes activaron sus armas, pero ninguna respondió.
Entonces llegó el grito.
No surgió de una sola persona.
Cientos de voces gritaron al mismo tiempo.
Las marcas negras aparecieron bajo la piel de los ciudadanos. Ascendieron por sus brazos, atravesaron sus rostros y escaparon de sus bocas como humo.
Los fragmentos de Vharos se elevaron hacia el centro de la cámara.
—¡No permitan que se unan! —ordenó Xantheris.
Lira atacó primero.
Su arma lanzó una descarga plateada que atravesó la oscuridad. Los fragmentos se separaron, pero volvieron a buscarse.
Cada emoción reprimida en el recinto los fortalecía.
Emma escuchó miedo.
Ira.
Vergüenza.
Deseo de huir.
Necesidad de atacar.
Miles de impulsos viajando sin nombre.
—¡Díganlo! —gritó.
Nadie la escuchó.
La sombra creció sobre ellos.
Comenzó a tomar forma.
No un rostro.
Muchos.
Vael.
Charlotte.
Zyren.
Un niño de ojos oscuros.
Emma sintió la tercera pulsación responder dentro de su cuerpo.