Capítulo 31. La tercera luz
El mensaje de Charles llegó al amanecer.
Emma lo escuchó sola.
Zyren había salido antes de que las primeras corrientes luminosas ascendieran desde el océano. Xantheris había convocado una sesión urgente para evaluar las alteraciones que continuaban extendiéndose por el núcleo de Nexara.
Emma permanecía en la cocina, intentando preparar café con un aparato que insistía en interpretar sus instrucciones como una amenaza biológica, cuando el transmisor terrestre se encendió.
La voz de Charles llenó la casa.
—Emma, encontramos el archivo de tu padre. Sabemos cómo abrir el corredor sin destruir ninguno de los mundos.
Ella dejó la taza.
—Pero para cerrarlo, tú tendrás que volver a la Tierra.
El silencio que siguió duró menos de un segundo.
A Emma le pareció mucho más largo.
—Y Zyren tendrá que permanecer en Nexara.
La transmisión terminó.
La taza cayó de sus manos.
El material no se rompió. El suelo nexariano redujo el impacto y sostuvo el recipiente a pocos centímetros de la superficie antes de colocarlo suavemente a sus pies.
Emma miró el líquido azul derramarse.
Hasta el planeta parecía saber cómo impedir que las cosas se quebraran.
Ella no.
Reprodujo el mensaje nuevamente.
Después una tercera vez.
Las palabras no cambiaron.
Podían abrir el corredor.
Podía volver con Charles, Evelyn, Gabe y Cloe. Podía regresar a Elarin, a la clínica, al café y al cielo azul que había dado comienzo a todo.
Solo tenía que dejar a Zyren detrás.
Emma desactivó el transmisor.
Permaneció frente al ventanal hasta que las tres lunas desaparecieron y Zeythar despertó bajo la claridad violeta.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando sintió a Zyren entrar.
Él no preguntó por la taza en el suelo.
Sus ojos encontraron el transmisor apagado.
Después encontraron el rostro de Emma.
—Recibiste una señal.
No era una pregunta.
Emma asintió.
Zyren se acercó.
—¿Están bien?
—Sí.
—¿Encontraron los archivos?
—Sí.
Él esperó.
Emma quiso proteger aquel instante. Quiso pedirle que desayunaran, que se sentara con ella junto al jardín y que discutieran cualquier cosa que no tuviera relación con puertas ni despedidas.
Pero ya había pasado demasiado tiempo rodeada de personas que confundían el silencio con protección.
Activó el mensaje.
Zyren escuchó sin moverse.
La luz bajo su piel no cambió. Su expresión permaneció serena hasta que la voz de Charles pronunció la última frase.
Entonces las líneas de sus manos se apagaron.
—Entiendo —dijo.
Emma sintió una punzada de ira.
—Yo no.
—El procedimiento coincide con los principios de separación energética.
—No me importa si coincide con una ecuación.
—Emma—
—No quiero que analices esto como si fuera una misión.
—No lo hago.
—Acabas de decir que lo entiendes.
Zyren la miró.
—Comprender el mecanismo no significa que acepte perderte.
La ira desapareció con la misma rapidez con la que había llegado.
Él se acercó, pero no intentó tocarla.
—Debes regresar —dijo.
Emma retrocedió.
—No decidas por mí.
—Tu vida está en la Tierra.
—Mi vida también está aquí.
—Llevas pocas semanas en Nexara.
—¿Eso convierte lo que siento en algo menos real?
—No.
—Entonces no utilices el tiempo como argumento.
Zyren cerró los ojos.
—Charles, Evelyn y Gabe te esperan. Tienes una profesión que elegiste antes de conocerme. Una familia. Una amiga que invadió un observatorio porque desapareciste.
—Y aquí te tengo a ti.
—Sí.
La palabra pareció dolerle.
—Si te pido que permanezcas conmigo, te pediré que abandones todo lo demás —continuó—. No haré eso.
—No tienes que pedírmelo. La decisión es mía.
—Y si no te pido que te quedes, creerás que no quiero hacerlo.
Emma guardó silencio.
Zyren finalmente la tocó. Colocó ambas manos alrededor de su rostro.
—Quiero pedirte que no regreses —confesó—. Quiero destruir los archivos de tu padre y cerrar cualquier sistema capaz de apartarte de mí. Quiero ser más importante que todas las personas que amas.
Las líneas bajo su piel ardieron.
—Y odio sentirlo.
Emma cubrió sus manos.
—No tienes que odiarlo.
—Es egoísta.
—Sí.
Zyren pareció desconcertado.
—No era necesario que estuvieras de acuerdo tan rápido.
Una risa quebrada escapó de Emma.
—Amar a alguien tiene partes egoístas. Querer que se quede es una de ellas. Obligarlo sería otra cosa.
Él apoyó la frente contra la de ella.
—No sé cómo despedirme de ti.
—Todavía no lo hagas.
—El corredor continúa deteriorándose.
—Entonces utilizaremos el tiempo que tengamos para buscar otra forma.
—¿Y si no existe?
Emma cerró los ojos.
—Cuando llegue ese momento, decidiremos. Juntos.
El momento no llegó aquel día.
Tampoco durante el siguiente.
La apertura del corredor requería una alineación entre Nexara y la Tierra que no se repetiría hasta varias semanas después. Charles envió los cálculos completos de Henry y Xantheris confirmó que intentar abrirlo antes podría reactivar la convergencia.
Emma y Zyren recibieron cuarenta y dos días. Durante ese período, la convergencia mantendría sincronizado el tiempo de ambos mundos: cada día vivido en Nexara transcurriría también en la Tierra. Cuando el corredor se cerrara, la proporción natural volvería a imponerse.
No los llamaron una prórroga.
No hablaron de ellos como una despedida.
Vivieron.
Emma comenzó cada mañana en el centro de sanación. Orel dejó de protestar cuando ella entraba, aunque continuaba presentándola ante los pacientes como consultora humana no acreditada.
Ella respondía llamándolo médico emocionalmente obstruido.
Ninguno de los dos admitía que habían comenzado a respetarse.
Juntos desarrollaron un programa para ayudar a los nexarianos a reconocer las respuestas de sus propios cuerpos.
Emma les enseñaba que las manos temblorosas no siempre indicaban una falla neurológica.
Orel explicaba cómo regular las corrientes bioenergéticas sin extraer la emoción que las provocaba.
Los primeros resultados fueron imperfectos.
También fueron reales.
Una mujer logró atravesar una cámara oscura sin sedación.
Un niño reconoció que lloraba porque extrañaba a su padre y no porque sus conductos lacrimales estuvieran defectuosos.
Dos miembros del Consejo admitieron estar enfadados sin iniciar un procedimiento disciplinario contra el otro.
Lira declaró que aquello constituía un progreso extraordinario.
Después comenzó a reírse y tardó varios minutos en detenerse.
Las risas nexarianas se extendían con la misma facilidad que el miedo.
A Emma le parecían más peligrosas.
Y mucho más hermosas.
Por las tardes ayudaba a Xantheris a comparar los cálculos de Henry con la red planetaria. El científico estaba convencido de que debía existir una forma de conservar una comunicación mínima después del cierre.
No un portal.
Una señal.
Una voz capaz de cruzar la distancia.
No consiguieron demostrarlo.
Aun así, Emma continuó intentándolo.
Las noches pertenecían a Zyren.
A veces recorrían los jardines flotantes y él le mostraba plantas que reaccionaban al sonido. Otras permanecían en casa mientras Emma le enseñaba películas terrestres almacenadas en el archivo de la nave.
Zyren interrumpía las historias para señalar decisiones ilógicas.
Emma amenazaba con apagar la proyección.
Él guardaba silencio durante aproximadamente cuatro minutos.
Después volvía a hacerlo.
La taza rota del Café Lumen permanecía junto al ventanal.
La casa dejó de parecer una residencia diseñada para una sola persona.
Emma llenó los espacios vacíos con libros, mantas y pequeñas piezas de cristal que encontraba en los mercados de Zeythar. Zyren reorganizaba los objetos cada mañana siguiendo criterios que ella no comprendía.
Ella volvía a cambiarlos por la noche.
Ninguno mencionaba el ritual.
En el decimosexto día, Zyren preparó algo parecido al café.
Sabía terrible.
Emma lo bebió completo.
En el vigésimo primero, él rió antes de que ella terminara una broma.
En el vigésimo séptimo, discutieron porque Zyren intentó acompañarla hasta el centro de sanación después de detectar una alteración en su pulso.
Emma le dijo que no necesitaba vigilancia.
Él respondió que tampoco había necesitado tres mantas y, sin embargo, ahora vivían en su casa.
Durmieron separados durante dos horas.
Después Zyren apareció junto a la puerta de la habitación con una de las mantas sobre el brazo y admitió que estaba preocupado.
Emma admitió que había reaccionado con demasiada dureza.
Fue su primera discusión sin una amenaza de muerte, una traición o un portal abriéndose bajo sus pies.
Para ambos, se sintió extrañamente importante.
En el trigésimo segundo día, Emma despertó con náuseas.
Culpó a la bebida azul.
Zyren la analizó sin permiso.
Ella lo expulsó de la habitación.
En el trigésimo cuarto, el olor de las plantas luminosas del jardín le resultó insoportable. Las había encontrado agradables desde que llegó a Nexara.
En el trigésimo quinto, se quedó dormida durante una reunión con Orel.
El sanador la observó durante varios segundos.
—Tu organismo presenta alteraciones hormonales.
Emma abrió los ojos.
—Gracias por anunciarlo delante de todos.
—¿Debía esperar?
—Sí.
Orel consultó los datos que flotaban sobre la mesa.
—¿Por qué?
—Porque algunas conversaciones requieren privacidad.
—Esa preferencia parece científicamente ineficiente.
—Y, sin embargo, vas a aprenderla ahora mismo.
Los aprendices abandonaron la sala.
Orel cerró las proyecciones generales y activó un escáner sobre Emma.
Ella observó la luz descender por su cuerpo.
No pensó en Thomas.
Se negó a hacerlo.
Las náuseas podían tener decenas de explicaciones. La alimentación de Nexara era diferente. Su cuerpo había atravesado dos portales, sobrevivido a Vharos y liberado una cantidad de energía que ningún médico terrestre podría medir.
No significaba nada.
El escáner se detuvo sobre su abdomen.
Orel guardó silencio.
Los sistemas nexarianos no hacían pausas.
Los sanadores tampoco.
—¿Qué ocurre? —preguntó Emma.
—No comprendo la lectura.
—Eso no resulta tranquilizador.
Orel amplió la imagen.
Una luz minúscula apareció en el centro de la proyección.
No tenía forma humana.
Era apenas un conjunto de células rodeado por una energía dorada y violeta.