A través de las estrellas te encontré Capítulo 30. El archivo de Henry
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Capítulo 30. El archivo de Henry

Gabe regresó a Veymont acompañado por una mujer que llevaba botas rojas, una chaqueta amarilla y tres cuchillos escondidos en lugares que él prefería no conocer.

Descubrió el último detalle cuando Cloe intentó atravesar el detector de metales del edificio Hankins.

La alarma sonó por tercera vez.

El guardia de seguridad la observó con creciente preocupación.

—Señorita, ¿lleva algún otro objeto metálico?

Cloe consideró la pregunta.

—Depende de lo que considere un objeto.

Gabe cerró los ojos.

—Cloe.

—Es una pregunta muy amplia.

El vestíbulo de la torre permanecía lleno de empleados que fingían no observarlos. Las paredes de mármol, los ascensores privados y la escultura de seis metros con el apellido Hankins grabado en acero convertían el edificio en una declaración poco sutil de poder.

Cloe había tardado menos de dos minutos en sentirse personalmente ofendida por la escultura.

—Vacía los bolsillos —ordenó Gabe.

—No puedes hablarme así solo porque tu nombre aparece escrito en media ciudad.

—La otra mitad pertenece a los Carter.

—Eso explica muchas cosas sobre Emma.

Cloe colocó sobre la bandeja un juego de llaves, dos encendedores, una pequeña linterna, un destornillador y una navaja plegable.

El guardia parpadeó.

Gabe miró los objetos.

—¿Por qué llevas un destornillador?

—Porque la última puerta cerrada que encontré cambió mi vida.

—Entraste ilegalmente en un observatorio.

—Y establecí contacto con otro planeta. Es difícil discutir con los resultados.

Cloe volvió a atravesar el detector.

La alarma sonó otra vez.

El guardia se llevó una mano hacia la radio.

—Espera —dijo Cloe.

Se agachó y extrajo un cuchillo pequeño de una de sus botas.

Gabe la miró fijamente.

—¿Cuántas armas llevas?

—No llamaría arma a eso.

—Tiene una hoja.

—También los cuchillos de mantequilla.

—Los cuchillos de mantequilla no se ocultan dentro de una bota.

—Depende de la cena.

El guardia observó a Gabe como si esperara permiso para detenerla.

Gabe recogió la bandeja.

—Déjela pasar.

—Señor Hankins—

—Está conmigo.

Cloe le sonrió al guardia.

—Es la frase más romántica que me ha dicho.

Gabe caminó hacia los ascensores antes de que alguien pudiera hacer otra pregunta.

—Te dije que vinieras preparada para revisar archivos —dijo cuando ella lo alcanzó.

—Eso hice.

—Pareces preparada para robarlos.

—Todavía no sabemos si será necesario.

Las puertas se abrieron.

Gabe entró y marcó el piso cuarenta y dos.

Cloe observó su reflejo en las paredes pulidas del ascensor. Ella parecía una explosión de color junto al traje oscuro de Gabe.

—No sabía que fueras tan rico —dijo.

—Lo sabías.

—Sabía que eras rico. Esto es riqueza con problemas psicológicos.

—No sé qué significa eso.

—Tienes un ascensor que necesita una llave para llevarte a una oficina que ya está protegida por guardias armados. Eso significa que posees demasiado dinero o demasiados enemigos.

—Ambas cosas pueden ser ciertas.

La respuesta fue tan serena que Cloe dejó de sonreír.

—¿Alguien sabe lo que estamos buscando?

—No.

—¿Y qué creen que estamos haciendo aquí?

—La junta cree que regresé para atender una crisis contractual.

—¿Existe una crisis contractual?

—Existen siete.

—¿Y decidiste ignorarlas para buscar un mensaje extraterrestre escondido por el padre de tu antigua prometida?

—Sí.

Cloe inclinó la cabeza.

—Comienzas a caerme bien.

—Eso resulta preocupante.

Las puertas se abrieron.

Una mujer esperaba al otro lado, sosteniendo una tableta contra el pecho. Su traje azul estaba perfectamente planchado y su expresión indicaba que la llegada de Cloe no figuraba en ninguna agenda.

—Señor Hankins —dijo—. La junta lleva cuarenta minutos reunida.

—Avise que estaré disponible en una hora.

—El señor Beaumont insiste en que la adquisición no puede esperar.

—Entonces puede esperar con mayor intensidad.

La mujer ocultó su sorpresa.

Sus ojos se desplazaron hacia Cloe.

—¿Desea que registre a su acompañante?

—Cloe trabajará conmigo.

—¿Departamento?

—Ninguno —respondió Cloe—. Soy una amenaza externa.

Gabe le quitó la tableta a su asistente, firmó una autorización y se la devolvió.

—Nadie entra en mi oficina hasta que salgamos.

—Sí, señor.

Caminaron por un corredor cubierto de fotografías antiguas.

Cloe reconoció a Gabe en algunas. Siempre aparecía rodeado de hombres mayores, con la expresión contenida y los hombros rectos. En una imagen tendría poco más de veinte años. Sostenía una placa mientras Charles permanecía a su lado.

No sonreía en ninguna.

Al final del corredor había una fotografía distinta.

Gabe y Emma, varios años más jóvenes, asistían juntos a una gala. Ella vestía de verde. Él mantenía una mano sobre su espalda mientras Emma miraba hacia las cámaras.

Parecían la pareja perfecta.

Cloe sintió una incomodidad absurda.

—¿Cuántas veces anunciaron su compromiso? —preguntó.

Gabe siguió caminando.

—Nunca hubo un anuncio formal.

—Pero todos esperaban que ocurriera.

—Sí.

—¿Incluida ella?

—Emma sabía lo que nuestras familias habían planeado.

—No fue lo que pregunté.

Gabe se detuvo frente a la puerta de su oficina.

—Durante un tiempo creo que ambos confundimos la ausencia de una objeción con el deseo de aceptar.

Cloe miró nuevamente la fotografía.

—Deberías quitarla.

—¿Por qué?

—Porque parece un anuncio de compromiso.

—Forma parte de un evento benéfico.

—A nadie le importa el evento cuando ustedes se miran así.

Gabe siguió la dirección de sus ojos.

—Emma estaba mirando al fotógrafo.

—Y tú la estabas mirando a ella.

Él permaneció en silencio.

La presión desagradable regresó al pecho de Cloe.

—No importa —dijo—. No vine a redecorar tu mausoleo corporativo.

Entró en la oficina.

El espacio ocupaba casi todo el extremo oriental de la torre. Desde los ventanales, Veymont se extendía cientos de metros más abajo entre edificios de cristal y avenidas congestionadas.

No había fotografías familiares sobre el escritorio.

No había plantas.

No había ningún objeto que indicara que una persona pasaba allí gran parte de su vida.

—Tu oficina es triste —declaró Cloe.

—Es una oficina.

—Exactamente.

Gabe abrió una proyección en la pared.

Los registros corporativos aparecieron organizados por divisiones.

—Henry Carter trabajó durante doce años como director de sistemas en Carter Aeronautics —explicó—. Después del accidente, la compañía fue absorbida por una subsidiaria de Hankins Industries.

—¿Por decisión de Charles?

—Sí.

—¿Y todos los archivos terminaron aquí?

—Los oficiales.

Cloe se acercó.

—Buscamos uno que Charlotte quería ocultar de Charles y de Vael. No habría utilizado un registro oficial.

—Henry diseñaba sistemas de navegación. Tenía acceso a servidores experimentales independientes.

—¿Todavía existen?

Gabe introdujo una clave.

Un plano del antiguo edificio de Carter Aeronautics apareció en la pared. La instalación se encontraba en las afueras de Veymont, cerrada desde hacía más de una década.

Cloe identificó varios laboratorios, hangares y niveles subterráneos.

—Aquí —dijo.

Señaló una sala sin descripción.

—Es un espacio de mantenimiento.

—No tiene entrada.

—Podría accederse desde el nivel inferior.

—Entonces aparecería en el plano.

—A menos que Henry no quisiera que apareciera.

Gabe amplió la imagen.

El espacio se encontraba directamente bajo la antigua oficina de Henry.

—Vamos —dijo.

Cloe sonrió.

—Sabía que traería el destornillador.

La instalación abandonada conservaba el olor de las máquinas que alguna vez funcionaron allí.

Polvo, aceite y metal envejecido.

Gabe había conseguido abrir las puertas principales mediante una autorización remota. La electricidad tardó varios minutos en regresar y solo la mitad de las luces respondió.

Cloe caminó entre mesas cubiertas y piezas de antiguas aeronaves.

—Tu vida es extrañamente emocionante para alguien que organiza el consumo de café por horario.

—No suelo buscar archivos relacionados con portales interplanetarios.

—Deberías hacerlo más. Mejora tu personalidad.

Llegaron al nivel inferior.

La sala de mantenimiento estaba vacía.

Cloe recorrió las paredes con la linterna mientras Gabe comparaba el espacio con los planos.

—Aquí hay algo —dijo ella.

Una de las placas metálicas producía un sonido distinto cuando la golpeaba.

Gabe examinó los bordes.

—No existe un mecanismo visible.

Cloe tomó el destornillador.

—Algunas personas dependemos de soluciones primitivas.

—No dañes la estructura.

—La estructura estará bien.

—Eso dijiste de la entrada del observatorio.

—Y continúa siendo una puerta.

Retiró dos tornillos y levantó la placa.

Debajo había un panel sin conexión eléctrica. Solo contenía cuatro círculos grabados y una ranura estrecha en el centro.

Gabe acercó la linterna.

—Es tecnología nexariana.

—¿Cómo llegó aquí?

—Henry debió construir el sistema alrededor de uno de sus dispositivos.

Cloe observó los círculos.

Tres representaban lunas.

El cuarto era un planeta dividido por una línea vertical.

—Necesitamos la pieza de Charles —dijo.

Gabe sacó el fragmento oscuro que habían utilizado en el observatorio.

Cloe arqueó una ceja.

—¿Te lo dio?

—Mientras dormía.

—Eso se parece mucho a robar.

—Dejó una nota autorizándome.

—Menos emocionante, pero aceptable.

Gabe introdujo el cristal en la ranura.

El muro emitió una vibración.

Una sección completa se desplazó hacia atrás y reveló una cámara estrecha.

No había documentos.

En el centro descansaba una esfera metálica del tamaño de una mano.

Gabe se acercó.

—No la toques.

Cloe ya había extendido los dedos.

—¿Por qué?

—Podría ser peligrosa.

—También podría ser el archivo.

—Esperaremos a que Charles la examine.

Cloe retiró la mano.

—¿Siempre haces eso?

—¿Qué?

—Esperar hasta sentir que controlas todas las posibilidades.

—Es una forma eficaz de permanecer vivo.

—También parece una forma muy lenta de vivir.

Gabe sostuvo su mirada.

—Tocar objetos extraterrestres desconocidos no es una demostración de libertad.

—No. Pero permitir que el miedo tome todas las decisiones tampoco es prudencia.

Cloe extendió la mano nuevamente.

Gabe sujetó su muñeca.

El contacto los inmovilizó.