Capítulo 29. Todo lo que eligieron #2
Una tristeza inmensa por Charlotte y Henry, por la niña que había esperado en el pasillo de un hospital sin entender que su mundo había terminado y por todos los años consumidos intentando encontrar una explicación capaz de convertir una crueldad absurda en algo comprensible.
No existía.
Vael los había matado porque podía.
Porque confundió poder con derecho.
Emma se secó una lágrima.
—Gracias —dijo.
Él levantó la cabeza.
—¿Por qué?
—Por demostrarme que no necesito seguir buscando una razón que justifique lo que hiciste.
Se volvió.
—Emma.
Ella se detuvo.
La voz de Vael había cambiado.
—Cuando abras el corredor —dijo—, Vharos lo sentirá.
Emma miró por encima del hombro.
—Vharos fue destruido.
—Su conciencia unificada se fragmentó. Pero durante miles de años vivió en cada emoción que Nexara rechazó. Cuando las liberaste, no todas regresaron solas.
Las marcas bajo su piel se encendieron.
—Una parte permanece en mí. Otras encontraron nuevos lugares.
—¿En los ciudadanos?
—En sus miedos. En su ira. En los deseos que todavía consideran vergonzosos. Vharos ya no posee un cuerpo, pero puede aprender a reconstruirse.
—Entonces les enseñaremos a no alimentarlo.
Vael sonrió débilmente.
—Eso también lo habría dicho tu madre.
Emma abandonó la cámara.
La puerta se cerró detrás de ella y ocultó a Vael.
Zyren la esperaba en el corredor.
No preguntó qué había ocurrido.
Miró las lágrimas sobre su rostro y abrió los brazos.
Emma caminó hacia él.
No lloró con elegancia.
No mantuvo la calma que había defendido frente a Vael.
Hundió el rostro contra su pecho y dejó salir veinte años de preguntas que ya no necesitaban respuesta.
Zyren la sostuvo.
No intentó explicarle el dolor.
No prometió eliminarlo.
Solo permaneció allí hasta que Emma pudo respirar nuevamente.
Cuando levantó la cabeza, la luz de Nexara había cambiado al otro lado de los ventanales. La tarde cubría Zeythar con tonos violetas y dorados.
—Mi madre intentó protegerme —dijo.
—Lo hizo.
—También intentó salvar los dos mundos.
—Y ahora tú continúas lo que comenzó.
Emma negó con la cabeza.
—No quiero pasar toda mi vida continuando las decisiones de personas muertas.
Zyren limpió una lágrima de su mejilla.
—Entonces no lo hagas.
La respuesta la sorprendió.
—¿Así de sencillo?
—No. Pero puede comenzar con una decisión que te pertenezca únicamente a ti.
Emma colocó una mano sobre la de él.
—Quiero ir a casa.
La mirada de Zyren se volvió cautelosa.
—¿A la Tierra?
Emma comprendió cuánto miedo le producía aquella posibilidad.
—A nuestra casa.
Algo se iluminó en sus ojos.
No energía.
Alegría.
Regresaron cuando las tres lunas comenzaban a elevarse.
Durante los días siguientes a la mudanza de Emma, la residencia había cambiado. Aparecieron libros junto a las paredes, prendas sobre los asientos y recipientes con los alimentos terrestres que Lira intentaba reproducir sin éxito.
Una manta oscura cubría parte del sofá.
Zyren había preguntado para qué servía si la temperatura de la casa se regulaba automáticamente.
Emma le explicó que algunas cosas no necesitaban cumplir una función para resultar necesarias.
Él todavía estaba procesando la idea.
Emma se quitó los zapatos al entrar.
—El suelo puede modificar su textura —dijo Zyren—. No necesitas caminar descalza.
—Me gusta.
Él observó sus pies.
—La temperatura corporal disminuye más rápido por las extremidades.
—Zyren.
—Sí.
—Ven aquí.
Él obedeció.
Emma tomó su rostro entre las manos.
Durante un instante lo contempló sin besarlo.
Había conocido primero al comandante. Al hombre que medía cada reacción y trataba el deseo como una anomalía. Después vio al protector, al extranjero, al ser creado por un mundo que confundió la ausencia de emociones con la perfección.
Ahora veía a Zyren.
Solo a él.
—Mi madre dijo que el amor es aquello que eliges incluso cuando tienes miedo —susurró.
Las manos de Zyren se posaron sobre su cintura.
—¿Lo recuerdas?
—No como un recuerdo propio. Como algo que ella dejó dentro de mí.
—Una última transmisión.
Emma asintió.
—Creo que esas palabras me acompañaron desde aquella noche, aunque no supiera que eran suyas.
—Tal vez esperaba que las comprendieras cuando estuvieras preparada.
Emma rozó la línea oscura que recorría el cuello de Zyren.
—Creo que ahora las comprendo.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—¿De mí?
Emma negó lentamente.
—De cuánto significas para mí.
Zyren cerró los ojos.
Las líneas bajo su piel se encendieron, descendiendo por su cuello hasta desaparecer bajo la ropa.
—Yo tengo miedo desde que te encontré —admitió—. Al principio creí que eras la causa.
—¿Y ahora?
—Sé que eres la razón por la que ya no quiero vivir sin sentirlo.
Emma lo besó.
No fue como el primer beso, atravesado por revelaciones y amenazas. Tampoco como los besos rápidos que compartieron durante las semanas anteriores, siempre entre obligaciones, heridas y mundos esperando algo de ellos.
Este no pertenecía a ninguna misión.
Zyren respondió con una lentitud que hizo desaparecer todo lo demás.
Sus manos permanecieron sobre la cintura de Emma hasta que ella las tomó y las guio alrededor de su cuerpo.
—Puedes tocarme —murmuró.
Los ojos negros buscaron los suyos.
—Tus pulsaciones aumentaron.
Emma sonrió.
—Las tuyas también.
—Sí.
—¿Vas a analizarlo?
—Estoy intentando no hacerlo.
—¿Y qué sientes?
Zyren tardó en responder.
—Demasiadas cosas al mismo tiempo.
—Elige una.
Su mirada descendió hacia los labios de Emma.
—Deseo.
La palabra cambió el aire entre ambos.
Emma volvió a besarlo.
Zyren la acercó hasta que no quedó espacio entre sus cuerpos. Había fuerza en sus brazos, pero también una cautela que Emma reconoció de inmediato. Incluso entonces, una parte de él temía lastimarla.
Ella abrió la chaqueta oscura que vestía.
Debajo, las líneas luminosas recorrían su pecho como constelaciones bajo la piel.
Emma las había visto antes.
Nunca de aquella manera.
Rozó una con la punta de los dedos.
Zyren inhaló bruscamente.
—¿Te duele?
—No.
La luz aumentó bajo su contacto.
—Entonces, ¿qué ocurre?
—No existe una palabra nexariana adecuada.
—Podemos encontrar una humana.
Él tomó su mano y besó el centro de la palma.
—No creo que sea suficiente.
Zyren la levantó con facilidad.
Emma soltó una risa contra su cuello mientras él la llevaba hacia la habitación. Las paredes cristalinas se oscurecieron a su paso, ofreciendo una intimidad que la casa parecía comprender sin recibir ninguna orden.
La depositó junto a la cama.
Después se detuvo.
El deseo seguía visible en cada línea de su cuerpo, pero no avanzó.
—Emma.
Ella reconoció la pregunta que no había pronunciado.
—Te elijo —dijo.
Zyren tocó su mejilla.
—No porque estés atrapada en mi mundo.
—No.
—Ni porque una visión nos haya mostrado un futuro.
—No.
—Ni porque podamos crear algo que ambos planetas necesiten.
Emma cubrió su mano con la suya.
—Te elijo porque, cuando todo terminó, fuiste la persona con quien quise construir algo nuevo.
La última resistencia desapareció de su mirada.
—Yo también te elijo.
Se besaron nuevamente.
La ropa cayó entre luces violetas y respiraciones interrumpidas. Zyren recorrió el cuerpo de Emma con la misma atención con la que antes estudiaba cada misterio, aunque esta vez no buscaba respuestas.
Aprendía.
Ella descubrió que su control no desaparecía con el deseo. Se transformaba en paciencia, en la manera en que esperaba cada reacción y en cómo pronunciaba su nombre como si fuera la única palabra que nunca había necesitado analizar.
Emma le enseñó que una caricia podía ser una pregunta.
Zyren le demostró que también podía convertirse en una promesa.
Cuando finalmente se unieron, las líneas de su piel iluminaron la habitación.
Emma sintió una pulsación atravesarlos.
No llegó desde el núcleo del planeta ni desde el cielo.
Nació en el punto donde sus cuerpos se encontraron.
Durante un instante vio la Tierra y Nexara suspendidas en la misma oscuridad, separadas por una distancia imposible y unidas por una línea dorada.
Después la visión desapareció.
Solo quedaron Zyren, sus brazos alrededor de ella y las tres lunas brillando detrás de los cristales.
Más tarde, Emma permaneció recostada sobre su pecho.
Él dibujaba círculos lentos sobre su espalda.
—¿Estás analizando algo? —preguntó ella.
—Sí.
Emma levantó la cabeza.
—Habíamos acordado…
—Intento calcular cuánto tiempo debo esperar antes de volver a besarte.
Ella fingió considerarlo.
—Creo que tus datos son insuficientes.
—Necesito realizar otra observación.
Emma se inclinó sobre él.
—Por razones científicas.
—Naturalmente.
Lo besó.
Zyren sonrió contra sus labios.
Aquella noche no hablaron del portal.
No hablaron de Vharos, del Consejo ni de la tercera frecuencia.
No intentaron descubrir si el futuro había cambiado.
Por primera vez desde que se encontraron, no fueron el comandante y la Portadora.
No fueron dos pulsos destinados a sostener una puerta.
Fueron simplemente un hombre y una mujer que se habían elegido bajo un cielo con tres lunas.
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Muy lejos de ellos, en el centro médico de Zeythar, un sistema encargado de vigilar las variaciones energéticas emitió una alerta.
Aparecieron dos frecuencias conocidas.
La primera era humana.
La segunda, nexariana.
Se unieron durante varios segundos y después recuperaron sus ritmos independientes.
El sistema buscó una tercera fuente.
No encontró ninguna.
Todavía.