Capítulo 28. Las personas que esperan #2
Sobre ellos, el cielo de Elarin estaba cubierto de nubes.
El telescopio giró hacia un punto donde no parecía existir ninguna estrella.
—Primera pulsación —anunció Charles.
La línea dorada se encendió.
—Segunda —dijo Gabe.
Otra onda atravesó las pantallas.
Todos esperaron la tercera.
No llegó.
La frecuencia comenzó a debilitarse.
—Está desapareciendo —advirtió Cloe.
—Necesitamos otra fuente —dijo Charles.
Gabe ajustó los niveles.
—Si aumento la energía, podemos quemar el sistema.
—Hazlo.
—Emma dijo que no abriéramos el portal.
—No estamos abriéndolo. Solo intentamos recibirla.
—No conocemos la diferencia técnica.
—Gabe.
—No arriesgaré el único punto de contacto que tenemos.
Charles lo miró con desesperación, pero no insistió.
Cloe observó las ondas. La frecuencia de Nexara no era constante. Subía y bajaba siguiendo un patrón demasiado familiar.
No parecía una transmisión mecánica.
Parecía una respiración.
—Apaguen las luces —dijo.
Nadie reaccionó.
—¿Qué?
—Todas las luces. Apáguenlas.
Gabe la miró.
—¿Por qué?
—Porque no puedo ver el cielo.
—Las nubes cubren—
—No hablo de las estrellas.
Cloe corrió hacia el panel secundario y desconectó la iluminación interior.
El observatorio quedó a oscuras.
Solo permaneció el resplandor dorado de la pantalla principal.
Cloe distinguió entonces una segunda luz reflejada en la cúpula. No procedía del sistema.
Venía del colgante que Charles llevaba bajo la camisa.
—El colgante —dijo—. Sácalo.
Charles extrajo la cadena.
Era otra pieza nexariana, diferente de la que había entregado a Emma. Un fragmento oscuro de cristal que había conservado oculto durante décadas.
—Charlotte me lo dio la noche del accidente —explicó.
—Ponlo junto al receptor.
Charles obedeció.
El cristal comenzó a vibrar.
La tercera pulsación apareció.
Las pantallas se encendieron al mismo tiempo y una figura se formó sobre la mesa.
Emma.
La proyección estaba incompleta. La luz atravesaba su cuerpo y parte de su rostro se desvanecía con cada interferencia.
—Abuelo.
Charles se llevó una mano a la boca.
—Emma.
Evelyn avanzó hasta la proyección.
—Mi niña.
Emma sonrió al verla.
—Gabe me dijo que ya conoces la verdad.
—Una versión muy resumida.
—Eso significa que lleva días preparando una lista de preguntas —advirtió Cloe.
Emma giró hacia ella.
—Cloe. No puedo creer que seas tú quien esté recibiendo mis mensajes.
—Yo tampoco. Apenas consigo que funcione la conexión inalámbrica del café.
La imagen parpadeó.
Gabe se acercó al receptor.
—La señal no durará. ¿Estás herida?
—No.
—¿Zyren?
—Está bien.
—¿Vael?
—Detenido.
Gabe asintió como si estuviera completando una lista mental.
—¿Cuándo regresarás?
El silencio de Emma respondió antes que sus palabras.
—No lo sé.
Charles cerró los ojos.
—Podemos abrir el portal.
—Todavía no —dijo Emma—. La estructura entre los mundos continúa inestable. Si lo forzamos, la convergencia podría comenzar otra vez.
—Encontraremos una forma.
—Lo sé.
Emma miró a todos.
—Pero necesito que comprendan algo. No estoy prisionera. Elegí quedarme mientras encontramos una solución segura.
Gabe sostuvo su mirada.
—Con Zyren.
—Sí.
La palabra no contenía vergüenza ni duda.
Solo certeza.
Gabe bajó la cabeza una vez.
—Entonces nos aseguraremos de que puedas regresar cuando lo decidas.
Emma sonrió.
—Gracias.
Charles levantó el fragmento de cristal.
—Tu madre dejó un mensaje sobre una tercera fuente.
La proyección de Emma se volvió inmóvil.
—Lo sé. En Nexara también detectamos una tercera frecuencia.
—¿El niño?
—No existe todavía.
—Pero podría—
—Abuelo.
Charles calló.
—No convertirás a mi posible hijo en un proyecto —continuó Emma—. Ni en una llave. Ni en una deuda con dos mundos.
El dolor cruzó el rostro de Charles.
—No era mi intención.
—Sé que quieres traerme de regreso. Pero necesito que esta vez confíes en mí antes de que el miedo decida por ti.
Charles miró hacia el suelo.
—Lo intentaré.
Emma suavizó la expresión.
—Eso es suficiente por ahora.
La imagen volvió a parpadear.
—La señal está cayendo —advirtió Gabe.
Emma miró a Evelyn.
—Estoy bien. De verdad.
—¿Estás comiendo?
Emma pareció sorprendida.
—Estoy en otro planeta y eso es lo primero que me preguntas.
—Ningún planeta elimina la necesidad de comer.
Cloe asintió con seriedad.
—Tiene razón.
—La comida es azul —dijo Emma—. No quiero hablar de eso.
Evelyn sonrió por primera vez.
—Regresa cuando puedas, mi niña. Aquí estaremos.
La proyección comenzó a desintegrarse.
Emma miró a Cloe.
—Ayúdame a impedir que ellos hagan algo heroico y estúpido.
—Eso parece un trabajo de tiempo completo.
—Te pagaré cuando regrese.
—Quiero vacaciones.
—Concedidas.
Finalmente, Emma miró a Gabe.
—Confía en ella.
Los ojos de Cloe se encontraron con los de él.
—Estoy intentándolo —respondió Gabe.
—Inténtalo más.
La transmisión terminó.
La oscuridad regresó al observatorio.
Durante varios segundos, nadie habló.
Charles se sentó con dificultad. Evelyn colocó una mano sobre su hombro.
No necesitaban decirse que la habían escuchado viva.
Aquella noche, eso debía ser suficiente.
Gabe comenzó a apagar los sistemas.
—Debemos descansar. Revisaremos la transmisión mañana.
Cloe lo observó.
—¿Eso es una orden?
—Una sugerencia.
—Estás progresando.
Charles y Evelyn abandonaron la sala juntos. Cuando la puerta se cerró, Cloe recogió su chaqueta.
Gabe permaneció junto a la mesa.
—Gracias —dijo.
Ella se detuvo.
—¿Por qué?
—Por identificar el reflejo. Sin ti habríamos perdido la señal.
—¿Acabas de admitir que soy útil?
—No exageres.
Cloe se puso la chaqueta.
—Emma te pidió que confiaras en mí.
—Emma también solía insistir en conducir durante tormentas.
—No veo la relación.
—Ambas decisiones elevan innecesariamente mi presión arterial.
Cloe se acercó hasta quedar frente a él.
—Entonces deberías acostumbrarte. Pienso regresar mañana.
—No es seguro.
—Ya sé que existen alienígenas, portales y una entidad formada por emociones reprimidas. El concepto de seguridad se ha vuelto bastante flexible.
—Cloe.
—Gabe.
Él la contempló con aquella intensidad que solía utilizar para detener discusiones.
No funcionó.
Cloe sonrió.
—Buenas noches, Hankins.
Se dio la vuelta.
—Te llevaré a casa —dijo él.
—Vivo a siete minutos.
—Son casi las tres de la mañana.
—Elarin tiene una tasa criminal muy baja.
—Hace menos de un mes, hombres armados atacaron el café.
Cloe lo consideró.
—Punto para el heredero paranoico.
Gabe recogió su chaqueta.
Salieron juntos.
El automóvil negro esperaba fuera del observatorio, tan limpio e imponente como la primera vez que Cloe lo vio detenerse frente al Café Lumen.
Gabe abrió la puerta del acompañante.
Ella lo miró.
—¿Haces esto con todas las mujeres que sospechan que eres un asesino?
—Nunca había ocurrido antes.
—Me alegra ser especial.
—No utilizaría esa palabra.
Cloe entró en el vehículo.
Durante el camino, Gabe mantuvo ambas manos sobre el volante y la mirada fija en la carretera. Cloe observó el perfil rígido de su rostro iluminado por las luces del pueblo.
—Emma está bien —dijo.
—Sí.
—Y eligió quedarse con Zyren.
Los dedos de Gabe se tensaron ligeramente.
—Sí.
—¿Te duele?
Él tardó en responder.
—Me preocupa.
—No fue lo que pregunté.
Gabe detuvo el automóvil frente al edificio donde vivía Cloe.
—Durante muchos años pensé que mi futuro ya estaba decidido —dijo—. Emma formaba parte de él. Ahora debo aprender a imaginar una vida diferente.
Cloe abrió la puerta.
—Tal vez diferente no significa peor.
Gabe la miró.
El silencio entre ambos cambió.
No fue incómodo.
Fue demasiado consciente.
Cloe sintió nuevamente aquel calor absurdo en el rostro y salió antes de que él pudiera notarlo.
—Buenas noches —dijo.
—Cloe.
Ella se inclinó hacia la ventanilla.
—¿Qué?
—Cierra con llave cuando entres.
La posibilidad desapareció bajo la irritación.
—Y ahí está. Por un segundo creí que ibas a decir algo interesante.
Cerró la puerta y caminó hacia la entrada.
Antes de cruzar el umbral, miró hacia atrás.
Gabe continuaba esperando.
No se marchó hasta que la vio entrar y encender la luz.
Cloe apoyó la espalda contra la puerta de su casa.
Aquel hombre era controlador, arrogante y desesperantemente incapaz de permitir que otra persona resolviera sus propios problemas.
También había permanecido despierto durante seis noches intentando construir un camino para que Emma regresara.
Había amado a una mujer sin exigirle que lo eligiera.
Y cuando sonreía, parecía capaz de desordenar cosas que Cloe prefería conservar bajo control.
—No —se dijo.
La palabra sonó poco convincente.
Al otro lado de la calle, el automóvil de Gabe finalmente se alejó.
En el observatorio, el sistema que ambos habían apagado volvió a encenderse.
La frase de Charlotte apareció sola sobre la pantalla:
DOS SOSTIENEN LA PUERTA.
UN TERCERO DECIDE SU DESTINO.
Debajo de las palabras surgió una línea que nadie había visto antes.
La tercera fuente no abrirá el camino.
Nacerá de quienes acepten cerrarlo.