A través de las estrellas te encontré Capítulo 28. Las personas que esperan
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Capítulo 28. Las personas que esperan

Cloe descubrió que los secretos interplanetarios requerían demasiado café.

También descubrió que Gabe Hankins bebía exactamente una taza cada cuatro horas, sin azúcar, sin leche y sin parecer disfrutarla.

Aquello le resultaba sospechoso.

Nadie necesitaba tanto control sobre una bebida.

—Puedes admitir que está horrible —dijo.

Gabe no apartó la mirada de las proyecciones que cubrían la mesa principal del observatorio.

—No está horrible.

—Lo preparaste hace seis horas.

—Sigue conteniendo cafeína.

—También podría contener vida inteligente.

Gabe levantó la taza, observó la superficie oscura y decidió dejarla donde estaba.

Cloe sonrió.

Llevaban seis noches trabajando juntos.

La palabra trabajando era generosa. Charles comprendía parte de los registros científicos que Charlotte había dejado ocultos. Gabe organizaba los datos, comparaba frecuencias y conseguía cualquier equipo que pudiera necesitarse antes de que los demás supieran que lo necesitaban.

Cloe hacía preguntas.

Muchas.

Demasiadas, según Gabe.

Las suficientes, según ella.

Aquel método había permitido descubrir que Charlotte escondió información en las anotaciones aparentemente domésticas de antiguos cuadernos. Listas de compras, recetas y horarios infantiles contenían secuencias numéricas que coincidían con las coordenadas de Nexara.

Cloe había identificado el patrón porque ninguna persona utilizaba siete decimales para recordar la cantidad de harina de un pastel.

Gabe todavía no le había dado las gracias.

Charles dormía en una habitación contigua. Evelyn lo había obligado a acostarse después de encontrarlo intentando ajustar el telescopio con una herida que aún no terminaba de cerrar.

Ella también había regresado a la casa.

No porque aceptara permanecer lejos del observatorio, sino porque alguien debía asegurarse de que Charles comiera y porque, según sus propias palabras, ya había pasado muchos años cuidando a aquella familia sin que nadie tuviera la decencia de explicarle que los problemas incluían extraterrestres.

Cloe permanecía frente a una de las pantallas laterales, comparando las páginas digitalizadas del último cuaderno de Charlotte.

Gabe se encontraba al otro extremo de la mesa.

Incluso después de varias noches sin dormir bien, continuaba pareciendo irritantemente impecable.

Se había quitado la chaqueta y doblado las mangas de la camisa hasta los antebrazos, pero el resto de él conservaba la precisión de un hombre acostumbrado a entrar en una habitación y conseguir que todos corrigieran la postura.

Cloe odiaba haber notado sus antebrazos.

Odiaba todavía más haberlos notado varias veces.

—¿Por qué sigues mirándome? —preguntó Gabe.

Ella regresó los ojos a la pantalla.

—Intentaba decidir si siempre pareces estar a punto de despedir a alguien o si es una expresión reservada para mí.

—No trabajo contigo.

—Entonces no puedes despedirme.

—Eso no significa que no lo haya considerado.

Cloe amplió una de las páginas.

—Necesitas mejorar tu capacidad para bromear.

—No estaba bromeando.

—Eso es exactamente lo que debes mejorar.

Gabe soltó algo parecido a un suspiro y continuó revisando las frecuencias.

Cloe volvió al cuaderno.

Una frase aparecía repetida en tres páginas diferentes:

Dos sostienen la puerta. Un tercero decide su destino.

Charlotte había escrito las palabras entre instrucciones para preparar pan, una cita médica y un dibujo infantil de Emma.

Cloe había leído la frase tantas veces que comenzaba a verla cuando cerraba los ojos.

—¿Qué crees que significa el tercero? —preguntó.

Gabe se detuvo.

—No lo sé.

La respuesta fue demasiado rápida.

Cloe lo miró.

—Eso fue mentira.

—Fue una conclusión basada en información insuficiente.

—Una mentira con vocabulario caro sigue siendo una mentira.

Gabe cerró la proyección frente a él.

—Emma y Zyren vieron una posibilidad futura antes de atravesar el portal. Un niño.

Cloe dejó de sonreír.

—¿Qué clase de posibilidad?

—Una que todavía no existe.

—¿Su hijo?

Gabe sostuvo su mirada.

—Sí.

Durante un instante, Cloe no dijo nada.

Después miró la frase nuevamente.

Dos sostienen la puerta. Un tercero decide su destino.

—¿Charles cree que el niño es la tercera persona?

—Charles teme que lo sea.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Emma sabe que su madre escribió esto?

—Todavía no.

Cloe cruzó los brazos.

—¿Por qué no se lo han contado?

—Porque solo hemos recibido una señal estable y duró menos de dos minutos.

—Pudiste mencionarlo en lugar de discutir con ella porque yo estaba en el observatorio.

—No discutí con Emma.

—Le dijiste que confiar en mí era un riesgo innecesario.

—Lo era.

—Y ella te dijo que dejaras de dar órdenes.

La mandíbula de Gabe se tensó.

Cloe sonrió.

—Esa parte de la comunicación se escuchó perfectamente.

—La interferencia era considerable.

—No en esa oración.

Gabe volvió a activar las proyecciones.

—El niño no existe. No podemos organizar nuestras decisiones alrededor de él.

—En eso tienes razón.

Gabe la observó, aparentemente sorprendido.

—No pongas esa cara. Ocurre ocasionalmente.

Cloe se acercó a la mesa central.

—Pero si Charlotte sabía que habría una tercera frecuencia, entonces también sabía que Emma podía quedar atrapada en Nexara.

—O sabía que la estructura del portal requería tres fuentes de energía.

—¿Cuál es la diferencia?

—Una es una profecía. La otra, una ecuación.

—No te gustan las profecías.

—No me gustan las cosas que obligan a las personas a convertirse en lo que otros necesitan.

La dureza de su voz había cambiado.

Cloe comprendió que ya no hablaba de Emma ni de un niño que todavía no había nacido.

—¿Cuántas cosas decidieron por ti antes de que tuvieras edad para opinar? —preguntó.

Gabe permaneció inmóvil.

—Eso no tiene relación con el portal.

—No. Tiene relación contigo.

—No estamos aquí para hablar de mí.

—Estás aquí todas las noches. Será difícil evitarlo para siempre.

Los ojos de Gabe se oscurecieron.

Por un momento, Cloe creyó que le pediría que se marchara.

En cambio, él miró hacia el ventanal.

—Mi padre murió cuando yo tenía diecinueve años —dijo—. Su testamento transfirió la dirección provisional de parte de las empresas a Charles hasta que yo cumpliera veinticinco. Desde entonces, el apellido Hankins ha sido tratado como una institución que debo mantener en funcionamiento.

—¿Y el acuerdo matrimonial con Emma?

Gabe tardó en responder.

—Nuestras familias lo consideraban una continuidad lógica.

—Eso suena muy romántico.

—No lo era.

—Pero aceptaste.

—Emma era la persona en quien más confiaba. Pensé que construir una vida con alguien a quien ya consideraba familia sería suficiente.

Cloe se apoyó contra la mesa.

—¿La amabas?

—La amo.

La respuesta produjo una presión desagradable bajo sus costillas.

Cloe intentó ignorarla.

—No te pregunté eso.

Gabe la miró entonces.

Algo en su expresión le dijo que había comprendido exactamente la diferencia.

—Nunca estuve enamorado de Emma de la manera que ella merecía —admitió—. Confundí la necesidad de protegerla con el deseo de compartir una vida con ella.

La presión disminuyó.

Cloe se enfadó consigo misma por sentir alivio.

—Zyren parece haber identificado la diferencia.

—Zyren rompió una taza porque abracé a Emma.

—Fue una taza muy dramática.

—También amenazó con lanzarme contra una pared.

—Eso ocurrió después de que intentaras golpearlo.

—No sabía que no era humano.

—Era muy alto, muy extraño y hablaba como un manual de instrucciones. Había señales.

Gabe inclinó la cabeza.

—Tú pensaste que yo los había asesinado.

—Porque tú también eres muy alto, muy extraño y hablas como un contrato legal.

Durante un segundo, él pareció ofendido.

Después algo inesperado ocurrió.

Gabe se rio.

No fue una sonrisa cortés ni una exhalación disimulada. Fue un sonido breve y bajo que transformó por completo su rostro.

Cloe dejó de respirar.

Aquello era injusto.

Ya resultaba suficientemente atractivo cuando parecía incapaz de experimentar alegría. Sonriendo se convertía en un problema de otra categoría.

Gabe la observó.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Tus mejillas cambiaron de color.

—Hace calor.

—La temperatura es de veinte grados.

—No todos llevamos un registro permanente del clima.

—El panel está detrás de ti.

Cloe se volvió hacia la pantalla para ocultar el rostro.

—Regresa a tus frecuencias, Hankins.

Él obedeció, aunque ella alcanzó a ver que todavía sonreía.

La puerta se abrió antes de que pudiera pensar en una respuesta capaz de recuperar algo de dignidad.

Charles entró apoyándose en un bastón.

Vestía la misma ropa del día anterior y llevaba el cabello completamente desordenado.

Detrás de él apareció Evelyn.

—Te dije que permanecieras acostado —declaró ella.

—Permanecí acostado.

—Durante treinta y siete minutos.

—Fue suficiente.

—No lo fue durante los últimos sesenta años y tampoco lo es ahora.

Charles ignoró el comentario y se acercó a la mesa.

Sus ojos se detuvieron en el cuaderno de Charlotte.

—¿Encontraron algo?

Cloe señaló la frase.

—El mensaje sobre el tercero aparece en tres páginas. Las fechas corresponden a los meses anteriores al accidente.

Charles leyó las palabras.

Su rostro perdió color.

Evelyn se aproximó.

—Yo recuerdo esa frase.

Todos la miraron.

Ella cerró los ojos, intentando alcanzar una memoria que Vharos había dejado fragmentada.

—Charlotte la dijo la noche en que nació Emma —explicó—. No hablaba conmigo. Estaba discutiendo con alguien a través del sistema del observatorio.

—¿Vael? —preguntó Gabe.

—No estoy segura. Escuché una voz, pero no comprendí las palabras. Después Charlotte dijo: «Mi hija no será el instrumento de ningún mundo».

Charles apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Nunca me lo contó.

Evelyn abrió los ojos.

—Tal vez sabía que intentarías decidir por ella.

El golpe fue silencioso.

Charles no se defendió.

La pantalla principal emitió una pulsación.

Todos se volvieron.

Una línea dorada apareció en el centro del panel.

Gabe se movió primero.

—Está regresando la señal.

Activó el sistema terrestre mientras Charles introducía las coordenadas encontradas en los cuadernos. El techo del observatorio comenzó a abrirse.