Capítulo 27. Bajo tres lunas
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En Nexara, el amanecer no llegaba desde el horizonte.
Nacía bajo la ciudad.
Una claridad violeta ascendía desde los mares bioluminiscentes y atravesaba las plataformas transparentes de Zeythar hasta alcanzar las torres más altas. Durante algunos minutos, la capital parecía suspendida sobre una estrella.
Emma llevaba veintitrés días observando aquel fenómeno.
Aún no se había acostumbrado.
Se encontraba frente al ventanal de la estancia que el Consejo había dispuesto para ella, con una taza entre las manos y la mirada fija en las corrientes luminosas que recorrían el océano.
El líquido de la taza era azul.
Lira aseguraba que cumplía la misma función que el café.
Emma no le creía.
Lo había probado tres veces y continuaba sabiendo a flores calientes con una vaga amenaza metálica.
Sobre una mesa cercana descansaba el transmisor que utilizaban para comunicarse con la Tierra. La superficie circular permanecía apagada desde hacía seis días.
Emma había logrado enviar el mensaje al observatorio empleando una frecuencia que el Pulso Original abrió durante menos de dos minutos. La respuesta terrestre había llegado fragmentada.
Primero escuchó la voz de Gabe.
Después la de una mujer que no debía estar allí.
Cloe.
Emma todavía sonreía cuando recordaba su primera reacción.
—¿Cloe está en el observatorio? —había preguntado.
—La situación se complicó —respondió Gabe.
—Entré por una puerta —corrigió Cloe desde algún lugar detrás de él.
—Una puerta cerrada.
—Deficiente detalle arquitectónico.
La comunicación había terminado antes de que Emma pudiera comprender cómo su amiga había pasado de servir café en Elarin a recibir señales procedentes de otro planeta.
Desde entonces, silencio.
No significaba que algo hubiera ocurrido.
La distancia entre ambos mundos deformaba la frecuencia y Nexara todavía se recuperaba de la liberación de energía en su núcleo. Xantheris calculaba que necesitarían varias jornadas nexarianas antes de establecer otra conexión.
Emma comprendía la explicación.
Comprenderla no impedía que revisara el transmisor cada mañana.
La puerta de la estancia emitió un sonido suave.
—Adelante.
La superficie cristalina se volvió líquida y Lira atravesó el umbral.
Ya no vestía la armadura de exploradora. Llevaba una túnica plateada ceñida a la cintura y el cabello recogido en una trenza que dejaba visibles las marcas luminosas de su cuello.
Las líneas brillaban con un tono amarillo.
Emma había aprendido que significaba preocupación.
—El sanador Orel solicita tu presencia —dijo Lira—. Ha ocurrido otro episodio en el sector oriental.
Emma dejó la taza.
—¿Cuántos?
—Diecisiete ciudadanos.
—¿Los mismos síntomas?
—Recuerdos involuntarios. Alteraciones cardíacas. Dificultad respiratoria. Dos de ellos atacaron al personal médico cuando intentaron contenerlos.
Emma tomó la chaqueta que había dejado sobre una silla.
—No los están atacando.
—Uno de los sanadores tiene una fractura en el brazo.
—Quise decir que los ciudadanos no saben que están atacándolos. Están reaccionando a emociones que nunca aprendieron a reconocer.
Lira la siguió hacia la salida.
—Orel continúa solicitando sedación colectiva.
—Y yo continúo diciendo que sería repetir el mismo error.
—Él no suele disfrutar que una humana cuestione sus métodos.
—El sentimiento es mutuo.
Las puertas se cerraron detrás de ellas.
Durante siglos, los nexarianos habían eliminado las emociones consideradas perjudiciales antes de que pudieran arraigarse en la conciencia. El miedo, la ira, la tristeza y el deseo eran extraídos mediante la red planetaria y enviados al núcleo.
Después de la caída de Vharos, toda aquella energía había regresado a sus propietarios.
No como recuerdos completos.
Como impulsos.
Un pueblo que podía calcular el movimiento de una estrella con siglos de anticipación era incapaz de reconocer un ataque de pánico.
Emma había encontrado su lugar en medio del caos.
No era médica.
Todavía no.
Pero conocía el cuerpo humano, había estudiado durante años por su cuenta y comprendía algo que los sanadores de Nexara apenas comenzaban a aceptar: no todas las alteraciones debían eliminarse.
Algunas necesitaban ser escuchadas.
La plataforma de transporte las condujo hacia los niveles inferiores de Zeythar. A su alrededor, las torres se desplazaban lentamente bajo un cielo cruzado por tres lunas pálidas.
Las calles también habían cambiado.
Durante sus primeros días en Nexara, Emma solo había visto rostros serenos y movimientos precisos. Ahora encontraba discusiones en las plazas, nexarianos llorando sin comprender por qué y parejas que permanecían tomadas de la mano durante largos periodos.
También había risas.
Eran escasas, repentinas y demasiado fuertes.
Le gustaban.
—Te observan —dijo Lira.
Emma ya lo había notado.
Algunos ciudadanos inclinaban la cabeza al verla pasar. Otros se apartaban. Una mujer cubrió con el cuerpo a una niña pequeña cuando Emma se acercó.
Salvadora.
Amenaza.
Extranjera.
Portadora.
Emma había escuchado todas las palabras.
—Al menos ya no se arrodillan —respondió.
—Xantheris emitió una orden para impedirlo.
—No sabía que fuera necesario prohibirlo.
—Tres ciudadanos se negaron a levantarse durante nueve horas.
Emma miró a Lira.
—¿Hablas en serio?
—Sí.
La expresión de la nexariana permaneció inmóvil durante dos segundos.
Después la comisura de sus labios se elevó.
Emma la señaló.
—Eso fue una broma.
—Estoy practicando.
—Fue terrible.
—Entonces he observado correctamente a Zyren.
Emma soltó una risa.
Lira pareció satisfecha.
El centro de sanación ocupaba una estructura baja conectada directamente a las corrientes energéticas del planeta. Cuando Emma entró, encontró a los diecisiete pacientes distribuidos en cámaras transparentes.
Algunos temblaban.
Otros se cubrían los oídos.
Un hombre golpeaba repetidamente la pared mientras exigía que apagaran una voz que nadie más podía escuchar.
Orel esperaba en el centro de la sala.
Sus ojos dorados se fijaron en Emma.
—La humana ha llegado.
—Emma —corrigió ella.
—Tu designación biológica no modifica la urgencia.
—Tampoco la palabra humana.
Orel proyectó los registros de los pacientes.
—Sus sistemas nerviosos se encuentran desregulados. Debemos bloquear los impulsos emocionales antes de que provoquen daños permanentes.
Emma examinó las lecturas.
—¿Qué ocurrió antes del episodio?
—Una interrupción energética.
—¿Cuánto duró?
—Siete segundos.
—¿Y las cámaras quedaron a oscuras?
—Sí.
Emma observó al paciente que golpeaba la pared.
—No están reaccionando a la interrupción. Están reaccionando a la oscuridad.
Orel la miró como si acabara de proponer que las lunas habían descendido por voluntad propia.
—La ausencia de luz no produce lesiones.
—No. Produce miedo.
—El miedo es una respuesta primitiva.
—También es una advertencia. El problema no es sentirlo. El problema es no saber qué significa.
Emma se acercó a la primera cámara.
Dentro había una mujer con los brazos cerrados alrededor de su cuerpo. Respiraba demasiado rápido.
Emma desactivó la barrera.
Orel avanzó.
—No recomiendo el contacto.
—Lo sé.
Entró.
La nexariana se alejó hasta chocar contra la pared.
—No puedo detenerlo —dijo—. Hay algo dentro de mí.
—No tienes que detenerlo.
—Está dañando mi cuerpo.
—Tu cuerpo cree que existe un peligro.
—No existe.
—Tu cuerpo todavía no lo sabe.
Emma se sentó en el suelo.
No intentó tocarla.
—Respira conmigo.
La mujer la observó con desesperación.
Emma inhaló lentamente y contó.
Una vez.
Otra.
Al principio, la nexariana no consiguió imitarla. Después de varios intentos, su respiración comenzó a seguir el ritmo de Emma.
—¿Qué es? —preguntó.
—Miedo.
La palabra la hizo estremecerse.
—Vharos.
—No. Esto te pertenece. Vharos se alimentó de lo que les obligaron a rechazar, pero sentir miedo no lo traerá de regreso.
—¿Cómo puedes saberlo?
Emma pensó en el campo en llamas.
En el rostro de su madre.
En el hijo que aún no existía llamándola desde una mentira.
—Porque el miedo también vive en mí —respondió—. Y sigo siendo yo.
Las manos de la mujer dejaron de temblar.
Desde el exterior, Orel redujo la intensidad de las barreras de las otras cámaras.
No admitió que Emma tuviera razón.
Pero tampoco volvió a mencionar la sedación.
Cuando salieron del centro, la claridad bajo la ciudad había desaparecido. La noche de Nexara era más profunda que la terrestre, aunque nunca estaba completamente oscura. Los mares iluminaban las bases de las torres y las tres lunas cubrían las plataformas con reflejos plateados.
Zyren esperaba al otro lado del puente.
No llevaba armadura.
Emma aún encontraba extraño verlo sin ella. Vestía de negro, con una chaqueta de cuello alto y líneas oscuras que seguían la forma de sus hombros. Parecía menos comandante.
Más hombre.
Sus ojos recorrieron el rostro de Emma.
—Estás cansada.
—Buenas noches para ti también.
—Tus movimientos son más lentos y la temperatura de tu piel ha disminuido.
—Eso sigue sin ser un saludo.
Zyren se acercó.
—Te extrañé.
Emma se detuvo.
Lira los observó alternativamente.
—Eso fue más eficaz —concluyó.
—Mucho más —dijo Emma.
Lira continuó hacia la siguiente plataforma sin despedirse.
Emma esperó hasta que se alejara.
—Está aprendiendo a hacer bromas.
—Lo sé.
—Dice que te observa a ti.
—Eso resulta preocupante.
Caminaron juntos sobre el puente. Bajo sus pies, las corrientes luminosas del océano formaban espirales gigantescas.
Zyren mantenía las manos detrás de la espalda.
Emma ya reconocía aquel gesto.
Significaba que deseaba tocarla y estaba intentando no hacerlo.
Entrelazó sus dedos con los de él.
Zyren miró sus manos unidas.
Las líneas tenues bajo su piel se iluminaron.
—No tienes que analizarlo cada vez —dijo Emma.
—No lo analizo.
—Acabas de comprobar mi pulso.
—Lo hago de manera involuntaria.
—Eso suena peligrosamente parecido a una excusa humana.
Él cerró los dedos alrededor de los suyos.
—Orel presentó otra queja ante el Consejo.
—Qué sorpresa.
—Afirma que interfieres con los protocolos médicos.
—Sus protocolos incluyen borrar cualquier emoción que resulte incómoda.