Capítulo 26. La peor explicación posible
Cloe esperó treinta segundos antes de abandonar el café.
Después regresó por las llaves.
No porque tuviera intención de seguir a Gabe.
Eso habría sido absurdo.
También habría sido irresponsable, invasivo y posiblemente ilegal.
Cloe apagó las luces del Lumen, cerró la puerta y subió a su automóvil.
Solo quería asegurarse de que Emma estuviera bien.
Que para hacerlo tuviera que seguir discretamente a un hombre sospechoso era un detalle circunstancial.
El automóvil negro de Gabe aún era visible al final de la calle. Cloe mantuvo suficiente distancia para no llamar su atención.
No resultó difícil.
Su vehículo era viejo, pequeño y emitía un sonido desagradable cada vez que superaba cierta velocidad. Nadie lo habría confundido con un automóvil utilizado para una operación de vigilancia.
Gabe tomó la carretera que ascendía hacia las afueras de Elarin.
Cloe frunció el ceño.
No había hoteles en aquella dirección. Tampoco restaurantes, hospitales ni ninguna razón lógica para conducir hasta allí al anochecer.
Solo estaba el antiguo observatorio.
Y un camino secundario que conducía al bosque.
La imaginación de Cloe comenzó a trabajar.
Emma y Zyren habían desaparecido al mismo tiempo.
Gabe llevaba días en el pueblo.
Había llegado investigando a Zyren.
Charles también había aparecido.
Ahora los tres estaban ausentes y Gabe visitaba de noche un edificio aislado.
Cloe disminuyó la velocidad.
—No significa que haya cadáveres —se dijo.
Su propia voz no resultó convincente.
El automóvil negro abandonó la carretera y entró en el camino del observatorio. Cloe apagó las luces y se detuvo antes de la curva.
Continuó a pie.
El viento frío se introdujo bajo su chaqueta. Los árboles ocultaban la mayor parte del edificio, pero una luz escapaba por la cúpula superior.
Cloe avanzó entre las sombras.
Gabe había dejado el automóvil junto a la entrada. Cuando llegó a la puerta, Charles salió a recibirlo.
Cloe se escondió detrás de un muro bajo.
—La señal continúa estable —dijo Charles.
—¿Algún cambio?
—Ninguno.
—¿Y el portal?
—Sigue cerrado.
Cloe contuvo la respiración.
¿Portal?
—Evelyn quiere venir mañana —continuó Charles.
—No es seguro.
—Intenta explicárselo tú.
—Ya lo hice.
—Entonces sabes por qué dejé de intentarlo.
Ambos entraron.
La puerta se cerró.
Cloe permaneció inmóvil.
Una señal.
Un portal cerrado.
Un lugar que no era seguro.
Aquello no demostraba que Gabe hubiera asesinado a Emma.
Pero tampoco lo descartaba.
Se acercó a una de las ventanas.
El interior parecía normal. Había telescopios, mesas cubiertas de papeles y varios instrumentos antiguos. Gabe y Charles caminaban frente a una pantalla que emitía una luz dorada.
Cloe intentó escuchar, pero el cristal bloqueaba las voces.
Charles señaló algo en la pantalla.
Gabe negó con la cabeza.
Después colocó ambas manos sobre una consola y permaneció frente a ella como si esperara una respuesta.
No parecía un asesino.
Parecía preocupado.
La diferencia debería haber tranquilizado a Cloe.
No lo hizo.
Los hombres preocupados también podían ocultar cadáveres.
Un movimiento apareció detrás de Charles.
Una sombra oscura recorrió la pared y desapareció.
Cloe retrocedió.
Una rama se quebró bajo su pie.
Gabe levantó la cabeza.
Miró directamente hacia la ventana.
Cloe se agachó.
Esperó.
La puerta principal se abrió segundos después.
Los pasos de Gabe se acercaron.
Cloe se deslizó detrás de un árbol y contuvo la respiración.
Él se detuvo a menos de cuatro metros.
La luz del observatorio recortaba su silueta. Sin el abrigo gris y el traje perfectamente ordenado de su llegada, seguía teniendo una apariencia demasiado elegante para aquel lugar.
También seguía siendo impresionantemente hermoso.
Cloe había notado ese detalle la primera vez que lo vio en el café.
Lo consideraba irrelevante.
En aquel momento, escondida en el bosque porque sospechaba que podía ser un asesino, resultaba incluso inconveniente.
Gabe examinó el camino.
Su mirada pasó sobre el lugar donde ella permanecía oculta.
El teléfono de Cloe vibró dentro de su bolsillo.
Cerró los ojos.
Había olvidado silenciarlo.
Gabe giró.
Cloe sujetó el dispositivo antes de que volviera a vibrar.
En la pantalla apareció un mensaje de uno de los empleados del café.
¿Cerraste la puerta trasera?
Cloe estuvo a punto de responder algo poco amable.
Los pasos se acercaron.
Una luz atravesó los árboles.
Gabe utilizaba la linterna del teléfono para examinar el suelo.
Cloe recogió una piedra y la lanzó en dirección contraria.
El golpe produjo un sonido entre los arbustos.
Gabe siguió el ruido.
Cloe aprovechó para alejarse.
No corrió hasta llegar a la curva.
Cuando regresó a su automóvil, le faltaba el aire y una parte de su chaqueta se había enganchado en una rama.
Encendió el motor.
Nada ocurrió.
—Ahora no.
Giró la llave otra vez.
El automóvil respondió con un gemido.
Cloe miró por el retrovisor.
Gabe apareció al final del camino.
El motor se encendió.
Cloe aceleró.
No miró atrás hasta regresar a Elarin.
Gabe no la siguió.
Eso significaba que no la había reconocido.
O que había decidido permitirle creer que no la había reconocido.
Ninguna posibilidad le gustaba.
A la mañana siguiente, Cloe abrió el café antes del amanecer.
Emma no apareció.
Tampoco lo hizo Zyren.
Gabe llegó poco después de las siete.
Cloe lo vio desde la barra.
Llevaba ropa diferente, el cabello todavía húmedo y la expresión de un hombre que había dormido menos de tres horas. Se sentó en la misma mesa donde Emma había hablado con él durante su primera visita.
—Café —dijo.
—Buenos días para ti también.
—Buenos días.
Cloe sirvió la taza.
—¿Noche difícil?
Gabe levantó la mirada.
—No especialmente.
—Qué extraño. Tienes hojas en los zapatos.
Él observó sus botas.
Una pequeña hoja seca estaba atrapada junto al talón.
—Caminé.
—¿Por el bosque?
—Sí.
—¿Buscando algo?
Gabe sostuvo su mirada.
—Creí escuchar un animal.
—Podría haber sido una ardilla.
—Las ardillas no llevan teléfonos.
Cloe mantuvo el rostro sereno.
—En Elarin son muy avanzadas.
—También conducen automóviles pequeños y ruidosos.
Ella dejó la jarra sobre la mesa.
—No sé de qué hablas.
—Una de tus luces traseras no funciona.
—Eso parece una violación grave.
—Seguir a alguien durante la noche puede serlo.
—Depende. ¿La persona seguida estaba haciendo algo que justificara la preocupación?
—No.
—Entonces no tienes nada que ocultar.
Gabe se inclinó hacia atrás.
—No vuelvas al observatorio.
La frase eliminó cualquier posibilidad de fingir.
—¿Por qué?
—El edificio no es seguro.
—Eso le dijiste a Charles.
Los ojos de Gabe se endurecieron.
—¿Cuánto escuchaste?
—Lo suficiente para saber que existe una señal y un portal.
—Olvida ambas cosas.
Cloe soltó una risa.
—No puedes decirle a alguien que olvide un portal. Ahora necesito saber adónde conduce.
—No conduce a ninguna parte.
—Entonces no sería un portal.
Gabe se puso de pie.
—Mantente alejada de ese lugar.
—¿Es una orden?
—Es una advertencia.
—No pareces comprender que ninguna de las dos funciona bien conmigo.
—Cloe.
Era la primera vez que pronunciaba su nombre sin ironía ni impaciencia.
Eso la hizo callar.
Gabe bajó la voz.
—Hay cosas que no puedo explicarte. No porque crea que no tengas derecho a preocuparte por Emma, sino porque conocerlas podría ponerte en peligro.
Cloe estudió su rostro.
Había sinceridad en él.
También miedo.
—¿Emma está viva?
—Sí.
—¿La has visto?
—No.
—¿Has hablado con ella?
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
Gabe tomó la taza, bebió el café de un solo trago y dejó dinero sobre la mesa.
—Significa que está viva.
Se dirigió a la puerta.
—No vayas al observatorio.
Cloe esperó a que saliera.
Después miró el dinero.
Había dejado suficiente para pagar diez cafés.
—Eso tampoco va a funcionar —murmuró.
Durante el resto del día intentó concentrarse en el trabajo.
No lo consiguió.
Cada vez que la puerta se abría, esperaba ver entrar a Emma.
Cada vez que alguien ocupaba la mesa junto a la ventana, recordaba a Zyren sosteniendo una taza sin beber y observando a Emma como si todas las demás personas del café hubieran desaparecido.
Al cerrar, Cloe tomó una decisión.
No regresaría al observatorio.
Gabe tenía razón.
Era peligroso y no tenía ninguna razón para involucrarse en asuntos que claramente no le correspondían.
Diez minutos después conducía hacia allí.
Esta vez dejó el automóvil más lejos.
El observatorio parecía vacío. No había vehículos frente a la entrada y ninguna luz escapaba por las ventanas.
Cloe rodeó el edificio.
La puerta principal estaba cerrada. También las ventanas inferiores.
En la parte trasera encontró un acceso de servicio dañado. El marco se había separado de la pared durante las alteraciones de la noche anterior y la cerradura no encajaba por completo.
Cloe empujó.
La puerta se abrió.
—Eso es una invitación —susurró.
Entró.
El interior olía a polvo, metal y algo semejante al aire después de una tormenta.
Encendió la linterna del teléfono.
La sala principal estaba llena de papeles. Algunos mostraban mapas estelares. Otros contenían fórmulas y símbolos que no reconocía.
Sobre una mesa encontró una fotografía de Emma cuando era niña.
Estaba bajo la cúpula, entre Charles y una mujer que Cloe identificó como su madre por el parecido.
Tres círculos habían sido dibujados en una esquina de la imagen.
Cloe continuó.
La pantalla que había visto la noche anterior permanecía apagada. Pasó los dedos por el borde de la consola.
Nada ocurrió.
—Por supuesto. Sería demasiado fácil.
Revisó las notas.
La mayoría pertenecían a Charles. En varias páginas aparecía el mismo nombre.
Nexara.
En otras, leyó:
Frecuencia de Emma.
Núcleo planetario.
Acceso interrumpido.
Tercera pulsación.
Cloe fotografió cada hoja.
Al levantar el teléfono, vio una línea dorada reflejada en la pantalla.
Se volvió.
La consola se había encendido.
Una pulsación apareció en el centro.
Después otra.
Cloe se acercó.
—¿Emma?
La luz reaccionó.
Tres círculos surgieron sobre la superficie.
Uno blanco.
Uno violeta.
Uno azul.
Cloe retrocedió.
—Muy bien. Esto es oficialmente peor que un asesinato.