Capítulo 25. Lo que Evelyn recordaba
Evelyn supo que algo había ocurrido antes de que Charles entrara en la casa.
Lo vio detenerse junto a la puerta, apoyando una mano contra el marco como si necesitara reunir fuerzas antes de cruzar. Llevaba la misma ropa de la noche anterior. Una mancha de sangre seca oscurecía el cuello de su camisa y mantenía el brazo izquierdo pegado al cuerpo.
Gabe descendió del automóvil detrás de él.
También parecía no haber dormido.
Evelyn abrió la puerta.
—¿Dónde está Emma?
Charles levantó la mirada.
—Buenos días, Evelyn.
—No te he preguntado qué clase de día es.
Gabe cerró la puerta del vehículo.
—Emma está bien.
—Entonces dime dónde está.
Ninguno respondió.
Evelyn observó el rostro de Gabe. Durante años lo había visto ocultar preocupaciones bajo una expresión impecable. Lo hacía cuando Emma se enfermaba, cuando discutía con Charles y cuando algún problema amenazaba con alterar la vida que ambos habían organizado para ella.
Aquella mañana no quedaba nada impecable en él.
—Entren —ordenó.
Charles cruzó primero.
Evelyn esperó a que Gabe lo siguiera y cerró la puerta. Después señaló el sofá.
—Siéntate antes de caer al suelo.
—Estoy bien.
—Tienes sangre en la camisa.
—No es grave.
—Emma dice exactamente lo mismo cuando algo es grave.
Charles se sentó.
Gabe permaneció de pie junto a la ventana.
Evelyn fue por el botiquín. Cuando regresó, dejó todo sobre la mesa y examinó la herida en la frente de Charles.
—Esto necesita puntos.
—Ya se cerró.
—No gracias a tu buen juicio.
Limpió la sangre con movimientos precisos. Había cuidado a Charles suficientes veces para reconocer cuándo el silencio era una decisión y no una ausencia de palabras.
—Emma no durmió aquí —dijo—. Tampoco llamó.
Charles cerró los ojos cuando el algodón tocó la herida.
—Tuvo que marcharse.
—¿Adónde?
—A un lugar seguro.
Evelyn dejó el algodón sobre la mesa.
—Mírame.
Charles obedeció.
—Charlotte utilizaba esa misma frase cuando trabajaba en algo que no quería explicarme. «Estoy en un lugar seguro». Después regresaba con tierra en los zapatos y sin haber comido en dos días.
La voz de Evelyn perdió parte de su dureza.
—Hasta la noche en que no regresó.
Charles apartó la mirada.
—No hagas esto —continuó ella—. No conviertas a Emma en otro silencio dentro de esta familia.
Gabe dio un paso hacia ambos.
—Sabemos que está viva.
—¿Cómo?
—Recibimos una señal.
Evelyn lo miró.
—¿Una señal de qué?
Gabe guardó silencio.
Charles se puso de pie.
—Necesito descansar.
—No vas a ninguna parte.
—Evelyn.
—Cuidé a tu hija antes de que aprendieras a sostenerla sin miedo a que se rompiera. Estuve con Charlotte cuando tuvo fiebre, cuando se enamoró de Henry y cuando comenzó a encerrarse durante noches enteras en ese observatorio.
Charles tensó el rostro.
—Lo sé.
—Después cuidé a Emma cuando ustedes dos no sabían cómo decirle que sus padres no volverían. Me senté junto a su cama durante cada pesadilla. La vi esperar junto a la ventana durante meses porque una parte de ella creía que Charlotte regresaría.
Evelyn se acercó.
—Mi familia ha trabajado para los Carter durante generaciones, pero no me quedé por obligación. Charlotte fue como una hija para mí. Emma también lo es. Así que no vuelvas a decidir que la verdad no me corresponde.
El silencio se extendió por la sala.
Gabe miró a Charles.
—Tiene derecho a saberlo.
—No comprendes lo que estás pidiendo.
—Comprendo que será peor si lo descubre sola.
Evelyn sintió una punzada detrás de los ojos.
El dolor había comenzado al despertar. Desde entonces aparecía y desaparecía, acompañado por imágenes que no lograba ordenar.
Una mujer frente a ella.
El rostro de Charlotte.
Los ojos negros.
Una voz pronunciando el nombre de Emma.
Se llevó una mano a la sien.
Gabe reaccionó de inmediato.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
La habitación se oscureció.
Durante un instante, Evelyn dejó de ver a los dos hombres.
Estaba nuevamente en su dormitorio.
Charlotte permanecía junto a la cama, vestida con la misma ropa que llevaba la última vez que Evelyn la vio con vida. Su cabello estaba húmedo y una línea de sangre descendía desde su frente.
—La dejaste sola —le decía.
Evelyn había intentado acercarse.
Entonces el rostro de Charlotte se abrió.
No como una herida.
Como una máscara.
Detrás no había huesos, sangre ni carne. Solo una oscuridad llena de voces.
Evelyn regresó a la sala con un sobresalto.
Gabe la sostenía por los hombros.
—Siéntese.
Ella apartó sus manos.
—Vi a Charlotte.
Charles palideció.
—¿Cuándo?
—La noche en que ustedes dijeron que había sufrido una crisis nerviosa.
—No fue una crisis.
—Eso ya lo sé.
Evelyn se sentó.
—Tenía su rostro, pero no era ella. Había algo dentro. Algo oscuro.
Charles miró a Gabe.
—Está recordando la posesión.
—¿La qué? —preguntó Evelyn.
Ninguno respondió.
Ella soltó una risa breve y sin humor.
—Creo que acabas de quedarte sin explicaciones sencillas.
Charles permaneció frente a ella.
—Lo que voy a decirte parecerá imposible.
—Mi amiga muerta apareció en mi dormitorio con los ojos negros. Estoy dispuesta a ampliar mi definición de imposible.
Charles se sentó a su lado.
Por primera vez desde que había entrado, dejó de buscar una manera de escapar de la conversación.
—Charlotte descubrió una señal en el observatorio —comenzó—. No provenía de ningún lugar de la Tierra.
Evelyn no interrumpió.
—La señal pertenecía a un planeta llamado Nexara. Sus habitantes conocían la existencia de nuestro mundo, aunque durante miles de años creyeron que había desaparecido.
—¿Habitantes?
—Humanos —dijo Gabe—. O una evolución distinta de los humanos.
Evelyn lo observó.
—¿Esperas que crea que Emma se marchó con extraterrestres?
—Con uno —respondió Charles.
Gabe cerró los ojos.
—Eso no ayuda.
—¿Zyren? —preguntó Evelyn.
Charles asintió.
Ella permaneció inmóvil.
Recordó al desconocido que Emma había llevado a casa. Su forma de observar cada objeto. Las pausas extrañas antes de responder preguntas sencillas. La manera en que permanecía cerca de Emma incluso cuando parecía intentar mantener distancia.
—Zyren no es de la Tierra.
—No.
—Emma lo sabía.
—Lo descubrió recientemente.
—¿Y tú?
La pregunta hizo que Charles bajara la mirada.
—Desde antes de que ella naciera.
Evelyn se levantó.
—¿Desde antes de que Emma naciera?
—Charlotte y Henry trabajaron conmigo para comprender la conexión.
—¿Henry también lo sabía?
—Sí.
—¿Y eso tiene relación con su accidente?
Charles tardó demasiado en responder.
Evelyn sintió que la habitación se inclinaba.
—Dime la verdad.
—No fue un accidente.
Las palabras destruyeron veinte años de duelo contenido.
Evelyn dio un paso atrás.
—No.
—El sistema de frenos fue manipulado utilizando tecnología nexariana.
—Me dijiste que la carretera estaba mojada.
—Lo creí durante años.
—Me dijiste que Henry había perdido el control.
—No sabía toda la verdad entonces.
—Pero sabías que estaban involucrados en algo peligroso.
Charles se puso de pie.
—Sí.
Evelyn lo abofeteó.
El sonido resonó por toda la casa.
Gabe no intervino.
Charles tampoco intentó defenderse.
—Permitiste que Emma creciera creyendo que sus padres murieron por casualidad.
—Intentaba protegerla.
—La criaste dentro de una mentira.
—Si alguien descubría lo que era—
—¿Lo que era?
Charles cerró los ojos.
—Emma nació vinculada a una energía que existe entre ambos mundos. En Nexara la llaman el Pulso Original.
Evelyn recordó otra imagen.
Emma recién nacida, envuelta en una manta bajo la cúpula del observatorio.
Charlotte llorando.
Una luz dorada sobre el pecho de la niña.
Durante años había creído que aquel recuerdo pertenecía a un sueño provocado por el miedo de aquella noche.
—Emma no nació en el hospital —susurró.
Charles levantó la cabeza.
—¿Lo recuerdas?
—Recuerdo que Charlotte me llamó desde el observatorio. Recuerdo que llegué después de que naciera. Había sangre en el suelo y tú sostenías a Emma.
—Su corazón se había detenido.
—Pero volvió a latir.
—El Pulso la eligió.
Evelyn se llevó una mano a la boca.
Los recuerdos regresaron uno detrás de otro.
Charlotte pidiéndole que nunca hablara de aquella noche.
Charles entregándole documentos falsificados para registrar el nacimiento.
Henry limpiando los instrumentos antes de llevar a su esposa y a la niña al hospital.
Después, nada.
Un vacío cuidadosamente construido.
—Me hiciste olvidar.
—No —respondió Charles—. Charlotte utilizó una frecuencia para bloquear los recuerdos de todos los que estuvieron allí. Incluido el mío. Comenzaron a regresar años después del accidente.
—¿Por qué ella haría eso?
—Para proteger a Emma.
—Todos utilizaron esa palabra mientras decidían por ella.
Charles recibió el reproche en silencio.
Evelyn miró a Gabe.
—¿Y tú cuánto sabes?
—Lo descubrí después de llegar a Elarin.
—Pero ayudaste a Emma a irse.
—No fue una decisión planeada. Vael la arrastró a través del portal.
—¿Quién es Vael?
—El responsable de la muerte de Charlotte y Henry —dijo Charles—. Un consejero nexariano que creía poder controlar a la entidad que te poseyó.
Evelyn recordó la oscuridad.
—¿Cómo se llama?
—Vharos.
El nombre produjo un dolor agudo detrás de sus ojos.
Una voz despertó dentro de su memoria.
Ella abrirá la puerta.
Evelyn se dobló sobre sí misma.
Gabe se arrodilló frente a ella.
—¿Qué vio?
—No lo sé.
—Intente describirlo.
—Había tres lunas. Emma estaba bajo ellas.
Charles tomó su mano.
—¿Algo más?
Evelyn cerró los ojos.
La imagen se hizo más clara.
Emma permanecía frente a una esfera de luz. Zyren estaba a su lado. Detrás de ambos, una sombra se dividía en miles de fragmentos.
—La criatura se rompió.
Gabe miró a Charles.
—Coincide con el momento en que recibimos la señal.
—¿Qué señal? —preguntó Evelyn.
Charles extrajo un pequeño dispositivo del bolsillo.
Una línea dorada pulsaba sobre la superficie.
—Esta es la frecuencia de Emma.
Evelyn acercó los dedos.
La luz aumentó.
Una sensación cálida recorrió su mano.
No escuchó una voz.
Pero reconoció la presencia de la niña a quien había criado.
—Está viva.
—Sí —respondió Charles.
Las lágrimas llenaron los ojos de Evelyn.
—¿Puede regresar?
Charles guardó silencio.
Ella comprendió la respuesta.
—No saben cómo traerla.
—Todavía no.
Evelyn cerró los dedos alrededor del dispositivo.
—Entonces averígüenlo.
Gabe se puso de pie.
—Vigilaremos el observatorio por turnos. Si la frecuencia cambia o llega un mensaje, lo detectaremos.
—Yo iré con ustedes.
—No —dijeron ambos al mismo tiempo.
Evelyn los miró.
—Qué interesante. Hace diez minutos uno estaba herido y el otro apenas podía mantenerse despierto, pero los dos todavía creen que pueden darme órdenes.
—El observatorio no es seguro —explicó Gabe.
—Tampoco lo era mi dormitorio y eso no detuvo a Vharos.
—Podría volver.
—Entonces será mejor que no esté sola.
Charles apretó los labios.
—Por ahora, debes descansar.
—Tú eres quien necesita descansar.
—Evelyn—
—Gabe vigilará el observatorio esta mañana. Tú vas a acostarte. Yo prepararé algo de comer y después iremos los tres.
Charles pareció dispuesto a discutir.
Evelyn levantó una ceja.
Él cedió.
—De acuerdo.
—Eso pensé.
Gabe observó la escena con algo cercano al alivio.
Evelyn lo señaló.
—Y tú comerás antes de irte.
—No tengo hambre.
—No fue una pregunta.
Por primera vez desde la desaparición de Emma, una sombra de sonrisa apareció en el rostro de Charles.
Gabe lo vio.
—No encuentro nada gracioso.
—Ahora comprendes por qué nunca pude darle órdenes.
Evelyn recogió el botiquín.
—Tú nunca entendiste que no eras quien mandaba.
Caminó hacia la cocina, pero se detuvo antes de cruzar la puerta.
—Hay algo más.
Los dos hombres la miraron.
—Emma no puede regresar y encontrar una casa llena de personas que se destruyeron mientras la esperaban.
Su voz se quebró, pero no bajó la mirada.
—Así que vamos a comer, dormir y hacer todo lo necesario para traerla de vuelta.
Gabe asintió.
—Sí.
Charles observó la señal dorada.
—Lo haremos.
Varias horas después, Gabe regresó al observatorio.
Charles dormía por primera vez desde la apertura del portal y Evelyn había permanecido junto a él, aunque insistía en que no necesitaba descansar.
La señal de Emma seguía estable.
Gabe revisó cada lectura, anotó las variaciones y comparó los patrones con las instrucciones que Charles le había dejado.
No comprendía la mayor parte de la tecnología.
Eso lo irritaba.
Estaba acostumbrado a solucionar problemas mediante decisiones concretas: contratar a la persona adecuada, localizar información, pagar por los recursos necesarios.
Nada de eso servía para abrir una puerta entre dos planetas.
Al caer la tarde, salió del observatorio para buscar café.
El Lumen estaba casi vacío.
Cloe levantó la mirada cuando él entró. Sus ojos recorrieron su ropa arrugada, la herida en sus nudillos y el cansancio que no había podido ocultar.
—Vaya —dijo—. El hombre del automóvil caro parece haber perdido una pelea.
—Necesito café.
—Eso no contradice mi observación.
Cloe tomó una taza.
—¿Emma viene contigo?
—No.
—Hace varios días que no aparece.
Gabe permaneció en silencio.
—Tampoco he visto a Zyren —añadió ella.
—Están juntos.
Cloe dejó de servir.
—¿Dónde?
—Tuvieron que viajar.
—Emma no me dijo que viajaría.
—No tuvo tiempo.
—¿Y cuánto tardarán?
—No lo sé.
Cloe colocó la taza frente a él.
—Esa es una historia terrible.
—No es una historia.
—Entonces será fácil responder una pregunta sencilla. ¿Adónde fueron?
Gabe tomó el café.
—No puedo decírtelo.
Cloe lo observó con mayor atención.
—¿No puedes o no quieres?
—Ambas.
Dejó dinero sobre la barra y se dirigió hacia la puerta.
—Gabe.
Él se volvió.
—Si hablas con Emma, dile que estoy preocupada.
—Lo haré.
—Y dile que me llame.
—Cuando pueda.
Cloe frunció el ceño.
—¿Por qué no podría llamarme?
Gabe salió sin responder.
Desde la ventana, Cloe lo vio cruzar la plaza y subir al automóvil.
No tomó la carretera hacia Veymont.
Se dirigió hacia el antiguo observatorio.
Cloe miró la taza que él apenas había tocado.
Después miró el dinero sobre la barra.
Emma y Zyren habían desaparecido.
Charles no se había presentado en el pueblo.
Gabe parecía no haber dormido y se negaba a explicar dónde estaban.
Algo no encajaba.
Y Cloe nunca había sabido ignorar un misterio.