Capítulo 24. El hijo que aún no existía
El niño esperaba junto a Vharos.
Tendría siete u ocho años. Su cabello era oscuro como el de Zyren, pero sus ojos poseían el verde profundo de Emma. Bajo su piel circulaban finas líneas violetas que convergían en una luz dorada sobre el centro del pecho.
La misma luz que Emma había visto en la visión de la tercera pulsación.
Thomas.
El nombre apareció en su mente antes de que pudiera impedirlo.
El niño extendió una mano.
—Mamá.
Emma dio un paso hacia él.
Zyren la sujetó por la muñeca.
—No.
—Lo viste en la nave.
—Vi una posibilidad.
—Está asustado.
—No existe todavía.
La frase atravesó la ilusión.
El rostro del niño cambió.
Solo durante una fracción de segundo.
Sus ojos verdes se volvieron negros y la sonrisa que apareció en sus labios no pertenecía a ningún niño.
Emma se detuvo.
Vharos acarició el cabello de Thomas.
—Eso no significa que no puedas perderlo.
El Núcleo de Nexara se extendía alrededor de ellos como un sol contenido bajo la superficie del planeta. Corrientes violetas giraban dentro de la esfera, mezcladas con millones de destellos de colores distintos.
Cada luz conservaba una emoción.
No una idea abstracta.
Un recuerdo.
Una pérdida.
Un deseo que alguien había considerado demasiado peligroso para sentir.
El colgante de las tres lunas flotaba sobre la mano libre de Vharos. Desde sus bordes surgía una corriente azul que atravesaba el Núcleo y se perdía en dirección a la Tierra.
El contador de Nexarion-X descendió.
Cuarenta y cuatro minutos.
—No eres mi hijo —dijo Emma.
Thomas ladeó la cabeza.
—Todavía no.
—Eres una forma creada para asustarme.
—Utilizo aquello que ya vive dentro de ti.
—Una posibilidad no es una vida.
—Pero ya lo imaginaste. Ya te preguntaste cómo serían sus ojos. Si tendría el rostro de su padre. Si pertenecería a la Tierra o a Nexara.
Emma sintió a Zyren detrás de ella.
El vínculo transmitía su miedo con una claridad dolorosa.
Él también había pensado en aquel niño.
Vharos sonrió.
—Y ahora ambos teméis no vivir lo suficiente para conocerlo.
La figura de Thomas se acercó.
Emma tuvo que obligarse a permanecer inmóvil. Cada detalle parecía real: los dedos pequeños, la respiración, la confusión en su rostro.
—¿Por qué no quieres ayudarme? —preguntó el niño.
La voz quebrada habría destruido cualquier defensa que Emma intentara levantar.
Pero una madre reconocería a su hijo.
Y Emma todavía no era su madre.
No conocía su risa.
No había sostenido su cuerpo.
No había escuchado su primer llanto ni pronunciado su nombre frente a Zyren.
Vharos podía imitar una posibilidad.
No podía reproducir recuerdos que aún no existían.
—Porque si algún día Thomas llega a existir —dijo Emma—, será porque Zyren y yo lo elegimos. No porque una profecía lo exija ni porque tú utilices su rostro.
La figura del niño comenzó a temblar.
—No puedes negar lo que soy.
—No te estoy negando.
Emma extendió una mano.
La luz dorada envolvió a Thomas.
—Estoy negándote el derecho a utilizarlo.
La ilusión se rompió.
El cuerpo del niño se deshizo en miles de partículas negras. Vharos las absorbió con un grito y su figura aumentó hasta elevarse por encima de la nave.
Zyren se colocó junto a Emma.
—¿Estás bien?
—No.
La respuesta fue inmediata.
Emma respiró hondo.
—Pero sé lo que siento.
La mano de Zyren buscó la suya.
—Yo también.
La compuerta de Nexarion-X se abrió.
Una ráfaga de energía entró en la nave y levantó a Vael del suelo. Lira reforzó el campo alrededor del consejero, pero la fisura de su armadura volvió a abrirse.
—No podremos acercarnos más —advirtió—. El Núcleo está rechazando todos los sistemas artificiales.
Zyren observó la distancia que separaba la nave de la esfera.
Entre ambos no existía una plataforma. Solo corrientes energéticas capaces de desintegrar materia en segundos.
—Hay un puente —dijo Emma.
—No aparece en los registros —respondió Lira.
—Porque no es físico.
Emma cerró los ojos.
Podía sentir el camino.
No lo había aprendido. Su cuerpo lo reconocía de la misma forma en que había reconocido el cielo de Nexara antes de verlo.
La Portadora.
Colocó un pie fuera de la nave.
La luz dorada se condensó bajo su zapato.
Zyren apretó su mano.
—No sabemos si podrá sostenerte.
—Lo hará.
—Eso no es un análisis.
—Es fe.
—No poseo suficiente información para confiar en ella.
Emma lo miró.
—Cruzaste dos mundos para encontrarme por una visión.
Zyren guardó silencio.
—Eso fue diferente.
—Claro.
Emma dio otro paso.
El camino apareció frente a ella, formado por una combinación de luz dorada y violeta.
Zyren salió detrás.
Lira se acercó a la entrada.
—Yo llevaré a Vael a Zeythar.
—No —dijo el consejero.
Su voz era débil, pero consciente.
Lira lo observó.
—No estás en condiciones de acercarte al Núcleo.
—Mi frecuencia continúa dentro de Vharos.
—Por eso mismo no puedes ir.
Vael se incorporó con dificultad.
—Si Emma intenta separarlo de la energía acumulada, Vharos utilizará mi vínculo para permanecer conectado. Debo cerrarlo desde dentro.
—Podría volver a dominarte —dijo Zyren.
—Lo hará.
Vael sostuvo su mirada.
—Por eso tendrás que matarme si pierdo el control.
Lira se interpuso.
—No aceptaré ese plan.
—No necesitas aceptarlo.
—No puedes ordenar nada. El Consejo te ha suspendido.
—Entonces considéralo una petición.
La emoción pareció extraña en labios de Vael.
Lira lo miró durante varios segundos.
—Nunca pediste nada mientras tuviste autoridad.
—Creí que necesitar a otros era una debilidad.
—Y convertiste esa creencia en una enfermedad para todo el planeta.
Vael bajó la vista.
—Lo sé.
Lira desactivó el campo.
—Si vuelves a cambiar, yo misma terminaré contigo.
—Siempre fuiste la consejera más eficiente.
—No confundas esto con perdón.
Vael salió de la nave.
La luz bajo sus pies parpadeó, pero Emma extendió el camino hasta él.
Los cuatro avanzaron hacia el Núcleo.
Vharos los esperaba sobre la esfera.
Su cuerpo cambiaba a cada segundo. Tenía el rostro de Zyren, después el de Charlotte, el de Charles y el de la niña que Emma había ayudado en el puente.
Finalmente adoptó el de Emma.
—Has venido a devolverme a una prisión —dijo con su voz.
—No.
—Entonces has venido a destruirme.
—Tampoco.
La criatura sonrió.
—No puedes destruir lo que todos llevan dentro.
—Exactamente.
Emma llegó hasta la superficie del Núcleo.
Al tocarla, millones de emociones atravesaron su cuerpo.
Cayó sobre las rodillas.
Vio a una mujer nexariana entregando el dolor que sentía después de perder a su compañero.
A un soldado renunciando al miedo antes de entrar en una guerra.
A una madre permitiendo que un sistema extrajera el amor excesivo que sentía por su hija porque le habían enseñado que el apego alteraba el juicio.
Vio generaciones completas vaciándose dentro de aquella esfera.
La energía no había desaparecido.
Había permanecido consciente.
Sola.
Abandonada.
Con el paso de los siglos, las voces comenzaron a buscarse entre sí. El miedo reconoció a la ira. El dolor encontró el deseo. La soledad envolvió todo lo demás.
Así había nacido Vharos.
No como una criatura maligna.
Como una herida a la que nadie quiso ponerle nombre.
Emma levantó la vista.
—Recuerdo el momento en que despertaste.
Vharos perdió la sonrisa.
—No recuerdas nada.
—Estás formado por ellos. Por todos los nexarianos que creyeron que sentir los hacía imperfectos.
—Me entregaron lo que no querían.
—Y tú aprendiste a castigarlos por abandonarte.
El rostro de la criatura volvió a transformarse.
Miles de facciones aparecieron sobre su cuerpo.
—Yo sobreviví.
—Sí.
Emma colocó las dos manos sobre el Núcleo.
—Pero no tenías que convertirte en esto para existir.
La entidad descendió.
—No puedes salvarme.
—No he venido a salvarte.
La luz dorada se extendió por la esfera.
—He venido a devolver cada emoción a la persona a la que pertenece.
Vharos retrocedió.
Por primera vez, Emma sintió miedo en él.
—No.
Las corrientes comenzaron a separarse.
Cada luz buscó su frecuencia original. Algunas ascendieron hacia Zeythar. Otras viajaron por el planeta, atravesando mares y ciudades.
—No puedes arrebatármelas.
—Nunca fueron tuyas.
Vharos lanzó una descarga.
Zyren se interpuso.
La oscuridad golpeó su armadura y lo lanzó contra la superficie del Núcleo.
—¡Zyren!
Emma intentó correr hacia él, pero la energía bajo sus manos comenzó a descontrolarse.
—No rompas la conexión —ordenó Zyren mientras se incorporaba—. Termina lo que empezaste.
Vharos volvió a atacar.
Lira levantó una barrera.
La descarga la atravesó y abrió una grieta luminosa sobre su brazo. Vael sujetó a la criatura desde atrás.
La oscuridad entró en su cuerpo.
Vael gritó.
—¡Ahora!
Emma cerró los ojos.
Encontró las frecuencias.
Millones de ellas.
No podía entregarlas una por una. El contador descendía demasiado rápido.
Treinta y ocho minutos.
Treinta y siete.
La conexión con la Tierra continuaba absorbiendo energía.
—Necesito más tiempo.
—No lo tienes —dijo Lira.
Zyren llegó hasta Emma y apoyó las manos sobre las suyas.
La corriente violeta se unió al Pulso Original.
—No tienes que hacerlo sola.
El vínculo se abrió.
Emma vio Nexara a través de él.
No como un planeta extraño, sino como el hogar de Zyren. Vio las torres donde había entrenado, los mares que observó durante su infancia y la cámara en la que había aprendido a considerar cada emoción una falla.
Zyren vio la Tierra a través de Emma.
La casa de Evelyn.
El Café Lumen.
La clínica donde Emma esperaba estudiar medicina.
El rostro de sus padres en fotografías que había mirado tantas veces que ya no recordaba la primera.
Ambos mundos se encontraron dentro de ellos.
No intentaron ocupar el mismo espacio.
Se reconocieron.
La energía del Núcleo comenzó a dividirse.
Una parte permaneció en Nexara.
La otra siguió la conexión del colgante hasta la Tierra.
El contador se detuvo.
Treinta y cuatro minutos.
—La convergencia ha disminuido —dijo Lira.
Vharos gritó detrás de ellos.
Su cuerpo se deshacía con cada frecuencia que abandonaba el Núcleo.
—Sin mí volverán a destruirse.
Emma mantuvo las manos sobre la esfera.
—Tal vez.
—Sentirán miedo.
—Sí.
—Se odiarán.
—A veces.
—El dolor los consumirá.