Capítulo 22. La ciudad que aprendió a sentir
Emma retiró la mano de la puerta.
La luz dorada permaneció sobre el cristal unos segundos más, formando la silueta de sus dedos antes de apagarse.
Había sentido a Zyren.
No como una imagen creada por Vharos ni como uno de los sueños que la perseguían desde antes de conocerlo. Había escuchado su voz dentro de sí y percibido la determinación con la que se acercaba a Nexara.
Siempre.
La palabra continuaba latiendo en su pecho.
—Ha cruzado —dijo Lira.
Emma se volvió.
La nexariana permanecía frente al panel de la cámara, observando una sucesión de símbolos que Emma no podía interpretar. La serenidad de su rostro contrastaba con la rapidez de sus manos.
—¿Puedes verlo?
—No. Las defensas de Zeythar han detectado una nave sin autorización.
—Nexarion-X.
—Debe de serlo. Ninguna otra nave abandonó Nexara antes de que el Consejo cerrara las rutas.
—Entonces abre la puerta.
Lira la miró.
—Si la abro, Vael entrará.
—Si no la abres, las defensas destruirán a Zyren.
—Xantheris le concedió una ruta temporal.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque solo un Tejedor Energético podría haber creado la alteración que acaba de aparecer en el perímetro.
La puerta volvió a estremecerse.
Al otro lado, Vael esperaba.
No había golpeado ni exigido que lo dejaran entrar. Permanecía inmóvil frente al cristal, con el colgante de las tres lunas suspendido sobre una mano.
Su rostro conservaba la apariencia serena del consejero que Emma había visto en las proyecciones. Sin embargo, desde que llegó al Archivo Central, algo había cambiado en sus ojos.
Ahora contenían incertidumbre.
Miedo.
La emoción parecía incomodarlo más que la posibilidad de perder el control de Nexara.
—No tenemos mucho tiempo —dijo Lira—. El Consejo ha ordenado tu traslado al Núcleo Planetario.
—¿Todo el Consejo?
—Eldrinor y Zyphorion apoyaron la orden. Creen que tu energía es la única forma de detener la inestabilidad.
—¿Y Xantheris?
—Desapareció de los registros poco antes de que Zyren cruzara.
—Lo ayudó.
—Eso sospecho.
Emma observó a Vael.
—¿Cuál de ellos está ahí fuera?
Lira detuvo las manos.
—No lo sé.
—Xantheris dijo que ambos son Vael.
La expresión de Lira cambió.
—¿Xantheris habló contigo?
—No. Se comunicó con Zyren. Lo vi a través del vínculo.
—Entonces vuestra conexión se ha fortalecido.
—¿Eso es peligroso?
—Todo lo que está ocurriendo es peligroso.
—Esa respuesta no ayuda.
Lira apartó la vista del panel.
Por primera vez desde que Emma la conocía, pareció cansada.
—Vael permitió que Vharos accediera a su frecuencia. La entidad no necesitaba reemplazarlo. Solo amplificó lo que ya existía dentro de él y separó sus impulsos hasta darles formas distintas.
—Uno quiere salvar Nexara.
—Y el otro quiere alimentar a Vharos.
—Pero ambos creen tener razón.
—Eso los hace igualmente peligrosos.
Vael levantó una mano al otro lado del cristal.
El colgante respondió.
Una onda violeta atravesó la puerta y llegó hasta Emma. Las tres lunas grabadas en el metal se iluminaron una después de otra.
Emma sintió un tirón bajo el esternón.
La energía dorada surgió de su cuerpo antes de que pudiera detenerla.
—Está utilizando el colgante para conectarse contigo —advirtió Lira.
—Entonces córtalo.
—No puedo hacerlo sin destruir el objeto.
—Hazlo.
—El colgante contiene parte de la frecuencia que abrió el vínculo entre los planetas. También podría ser necesario para cerrarlo.
La onda volvió a atravesar la cámara.
Esta vez trajo una voz.
—Emma.
Vael no movió los labios.
Su presencia se formó dentro de la mente de ella.
—No voy a ir contigo —respondió.
Lira la observó.
—¿Puedes escucharlo?
Emma asintió.
—No tienes que confiar en mí —continuó Vael—. Solo debes comprender que el tiempo se termina.
Una imagen ocupó la pared de cristal.
Zeythar apareció vista desde las alturas.
La ciudad que Emma había contemplado en sus sueños seguía suspendida bajo las tres lunas, pero ya no se movía con la precisión perfecta que la caracterizaba. Varias torres se habían separado de sus rutas y los puentes luminosos que las unían parpadeaban.
En las plataformas inferiores, cientos de nexarianos se concentraban frente a los edificios del Consejo.
Algunos gritaban.
Otros permanecían abrazados.
Una mujer se cubría el rostro mientras una criatura oscura se inclinaba sobre ella y absorbía una corriente rojiza que escapaba de su cuerpo.
Vharos no era una sola figura.
Estaba en todas partes.
Sombras pequeñas recorrían la ciudad, acercándose a cada nexariano que experimentaba una emoción que no sabía reconocer.
—Se está alimentando de ellos —dijo Emma.
—Durante generaciones eliminamos las emociones de nuestra vida consciente —respondió Lira—. Nunca aprendimos a enfrentarlas. Ahora emergen todas al mismo tiempo.
—Vharos sabía que ocurriría.
—Por eso eligió Nexara.
Vael volvió a hablar dentro de Emma.
—Llévame al Núcleo y podré salvarlos.
—Utilizando mi energía.
—Tu energía no te pertenece únicamente a ti.
La frase produjo en ella una ira inmediata.
La luz dorada se extendió por el suelo.
—Sí me pertenece.
Las paredes de la cámara vibraron.
Vael dio un paso atrás.
—Fuiste elegida para restablecer el equilibrio.
—No para obedecerte.
—Dos mundos están a punto de colisionar porque tu existencia los mantiene unidos.
—Mi existencia no provocó esto. Tú abriste la puerta.
—Charles Carter la abrió mucho antes que yo.
—Porque tú lo manipulaste.
—Le ofrecí la posibilidad de comprender aquello que su hija había descubierto.
Emma cerró las manos.
—Y después utilizaste la tecnología instalada en el automóvil de mis padres.
Vael guardó silencio.
Lira la miró.
—¿De qué está hablando?
Emma no apartó los ojos del consejero.
—Vael accedió a un dispositivo nexariano colocado en el automóvil. Tomó el control del vehículo y provocó el accidente en el que murieron mis padres.
La calma desapareció del rostro de Lira.
No fue sustituida por sorpresa.
Fue furia.
Las luces a su alrededor se volvieron rojas.
—Interferir directamente en una vida humana estaba prohibido incluso antes del cierre de las rutas.
—Charlotte iba a destruir el vínculo —dijo Vael—. Si lo hubiera conseguido, la Tierra habría desaparecido de nuestros registros para siempre.
—Creíais que ya había desaparecido —replicó Emma.
—Algunos lo creían.
La respuesta reveló más de lo que pretendía.
Emma se acercó al cristal.
—Tú sabías que la Tierra seguía existiendo.
Vael no respondió.
—¿Desde cuándo?
—No es relevante.
—Mis padres murieron por algo que tú sabías.
—Tus padres murieron porque se negaron a comprender el alcance de lo que habían encontrado.
La luz dorada estalló alrededor de Emma.
El cristal se agrietó.
Vael retrocedió.
Lira colocó una mano sobre el brazo de Emma.
—Nómbralo.
—¿Qué?
—Lo que sientes. Si permites que permanezca sin forma, Vharos podrá utilizarlo.
Emma respiró con dificultad.
Quería atravesar la puerta.
Quería arrancarle a Vael todas las respuestas que había escondido durante veinte años.
Quería que sintiera el mismo dolor que había dejado dentro de ella.
—Estoy furiosa —dijo.
La energía tembló.
—Quiero hacerle daño.
Las grietas dejaron de avanzar.
—Y tengo miedo de convertirme en aquello que Vharos espera que sea.
La luz dorada se estabilizó.
Al otro lado del cristal, una sombra se separó del cuerpo de Vael.
Tenía su misma altura, pero carecía de facciones.
Vael giró.
La sombra imitó el movimiento un segundo tarde.
—Él está aquí —susurró Emma.
Lira activó un campo alrededor de ambas.
—¿Puedes verlo?
—Está detrás de Vael.
La sombra alzó una mano y la introdujo en la espalda del consejero.
Vael arqueó el cuerpo.
Sus ojos se volvieron completamente negros.
Cuando habló, dos voces salieron de su boca.
—Puedes nombrar una emoción. No puedes nombrar todas las que existen dentro de una ciudad.
Las imágenes de Zeythar cambiaron.
Las multitudes se multiplicaron.
Un nexariano golpeó a otro frente a una torre.
Una mujer gritó el nombre de alguien que ya no estaba.
Dos niños se escondieron bajo un puente mientras las sombras descendían hacia ellos.
Emma tocó el cristal.
Sintió miles de pulsaciones.
Cada una era distinta.
Miedo.
Dolor.
Confusión.
Deseo.
Una soledad tan profunda que le hizo doblar las rodillas.
Las emociones entraron en ella sin pedir permiso. Emma intentó apartarse, pero la conexión ya estaba abierta.
Vharos comenzó a alimentarse a través de su cuerpo.
Una mancha oscura apareció bajo la piel de su muñeca.
—¡Emma! —Lira la sujetó—. Cierra el vínculo.
—No sé cómo.
—Es tu energía.
—También es la de ellos.
La oscuridad ascendió por su brazo.
Voces desconocidas llenaron su mente. Miles de nexarianos trataban de comprender sensaciones para las que solo poseían definiciones antiguas.
Emma apretó los dientes.
No podía contenerlos.
Tampoco podía abandonarlos.
Entonces recordó a Zyren.
La primera vez que había sentido miedo.
La forma en que lo analizó como una anomalía antes de atreverse a pronunciar su nombre.
Vharos no se alimentaba de las emociones.
Se alimentaba de aquello que las personas rechazaban de sí mismas.
Emma colocó ambas manos sobre el suelo.
La energía dorada se extendió por el Archivo Central y alcanzó los sistemas de la ciudad.
—Escúchenme —dijo.
Lira miró a su alrededor.
—¿A quién hablas?
—A todos.
La voz de Emma recorrió Zeythar.
Surgió de los muros, de los puentes y de cada superficie conectada al pulso del planeta.
Los nexarianos levantaron el rostro.
—Lo que sienten no los está destruyendo —continuó—. El miedo les advierte que algo importa. El dolor existe porque han perdido algo que amaban. La ira significa que reconocen una injusticia. No tienen que expulsarlo. No tienen que entregárselo a nadie.
Las sombras se detuvieron.
—Pueden sentirlo sin permitir que decida por ustedes.
La mancha oscura de su brazo comenzó a retroceder.
En las plataformas, algunos nexarianos se alejaron de las criaturas. Otros pronunciaron palabras que no habían utilizado durante generaciones.
—Tengo miedo —dijo una mujer.
La sombra frente a ella se hizo más pequeña.
—Estoy triste —susurró un hombre.
La criatura que lo rodeaba perdió consistencia.