Capítulo 11. El rostro de los muertos
Emma alcanzó las primeras casas de Elarin sin volver la mirada.
Escuchaba los pasos de Zyren detrás de ella, siempre a la misma distancia. No intentó detenerla ni explicar las cosas que había dejado sin respuesta.
Eso debería haberla tranquilizado.
No lo hizo.
Había algo en su relato que no encajaba. Una comunidad secreta llamada Nexara. Una identidad creada para ocultar su origen. Un comandante enviado a investigar una anomalía que había resultado ser ella.
Y, sin embargo, afirmaba ser humano.
Emma quería creerle.
Quizá ese era el verdadero problema.
Al llegar a la plaza, encontró a Gabe apoyado contra su automóvil. Ya no fingía estar ocupado con el teléfono. La observaba con la expresión severa que utilizaba cuando intentaba decidir cuánto podía preguntar sin provocar una discusión.
Sus ojos se dirigieron a Zyren.
Después volvieron a ella.
—Tardaron bastante.
—No sabía que estabas midiendo el tiempo.
—Alguien tiene que hacerlo.
Emma siguió caminando hacia la casa de Evelyn.
Gabe se separó del vehículo.
—Te llevo.
—Puedo caminar.
—Entonces caminaré contigo.
—Yo la acompañaré —dijo Zyren.
Emma se detuvo.
Los dos hombres quedaron frente a ella, preparados para iniciar otra disputa en la que su opinión solo serviría como interrupción.
—Ninguno va a acompañarme.
—Emma —comenzó Gabe.
—Necesito estar sola.
Zyren comprendió antes que él.
—Estaré cerca —dijo.
No era exactamente lo que ella había pedido, pero al menos no intentó seguirla.
Gabe esperó hasta que Zyren se alejara en dirección opuesta.
—¿Qué te contó?
—No voy a repetir una conversación privada.
—Eso significa que te contó algo.
Emma retomó el camino.
—Buenas noches, Gabe.
Él la alcanzó.
—Estás temblando.
Emma miró sus manos. Tenía razón.
Las cerró alrededor de la correa del bolso.
—Hace frío.
—No tanto.
—Vi algo en el bosque.
Gabe se colocó frente a ella.
—¿Qué?
La figura con su rostro.
Los ojos vacíos.
La ceniza en la mano de Zyren.
—No estoy segura.
—¿Era la persona que te estaba vigilando?
—No lo sé.
Gabe miró más allá de su hombro, hacia el camino por el que habían regresado.
—Voy a llamar a John.
—No.
—Emma, esto dejó de ser una discusión sobre tu independencia. Si alguien te siguió hasta el bosque, necesitamos encontrarlo.
—No dije que alguien me siguiera.
—¿Qué viste, entonces?
Emma no tenía una respuesta que pudiera pronunciar sin contarle todo.
—Una sombra.
Gabe la contempló como si esperara algo más.
—¿Zyren también la vio?
Emma recordó la rapidez con la que él se había colocado delante de ella.
—Sí.
—¿Y qué dijo?
—Que era un animal.
—¿Le creíste?
Emma tardó demasiado en responder.
Gabe exhaló.
—Eso imaginé.
La acompañó hasta la verja de la casa de Evelyn sin volver a preguntarle nada. Antes de que Emma entrara, sacó una tarjeta del bolsillo y escribió un número en el reverso.
—Es el teléfono directo de John. Si no puedes localizarme, llámalo.
—Ya tengo su número.
—Ese es otro.
Emma tomó la tarjeta.
—¿Cuántos teléfonos necesita un investigador?
—Los suficientes para seguir con vida.
—Eso no fue tranquilizador.
—No pretendía serlo.
Gabe se inclinó y besó su frente, como había hecho desde que eran adolescentes.
El gesto ya no produjo la misma familiaridad.
Emma pensó en la taza rota.
Pensó en Zyren admitiendo que no quería ver a otro hombre cerca de ella.
Y sintió una culpa que no tenía derecho a sentir.
—Descansa —dijo Gabe—. Hablaremos mañana.
Emma esperó hasta que se alejara antes de entrar.
La casa estaba en silencio.
Evelyn había dejado una lámpara encendida en la sala y una nota sobre la mesa.
Hay sopa en el refrigerador. No acepto café como sustituto de la cena.
Emma sonrió débilmente.
Dejó el bolso sobre una silla y se quitó el abrigo. No tenía hambre, pero calentó la sopa para evitar las preguntas que Evelyn le haría si encontraba el recipiente intacto por la mañana.
Mientras esperaba, observó las fotografías que cubrían la pared.
Evelyn a los veinte años. Ahora tenía setenta y tres.
Charles el día de su graduación.
Charlotte sosteniendo a Emma recién nacida.
Su madre parecía agotada, pero sonreía hacia la cámara. En la fotografía no había ninguna esfera luminosa ni un hombre de ojos plateados. Solo una mujer joven abrazando a su hija.
Emma se acercó.
Había visto esa imagen cientos de veces. Sin embargo, por primera vez reparó en el colgante que Charlotte llevaba alrededor del cuello.
Una pieza pequeña de metal plateado con tres círculos grabados.
Tres lunas.
Emma retiró la fotografía de la pared.
El marco se abrió con facilidad. Al sacar la imagen, encontró algo oculto detrás.
Una hoja doblada.
El papel estaba amarillento y las líneas habían sido escritas con la letra inclinada de su madre.
Emma:
Si alguna vez encuentras esto, significa que ya no pudimos seguir protegiéndote con nuestro silencio. Sé que tendrás preguntas y temo que nosotros no estaremos allí para responderlas.
No confíes en quien te diga que la luz te pertenece.
No pertenece a nadie.
Te eligió, pero eso no significa que pueda decidir por ti.
Debes buscar las tres lunas.
Y, cuando las encuentres, recuerda que el hombre de ojos plateados conoce nuestro mundo, pero nunca comprendió el tuyo.
La última línea estaba escrita con mayor presión.
Charles sabe cómo abrir el archivo.
Emma leyó la nota dos veces.
Después una tercera.
La cocina desapareció a su alrededor.
Charles sabía.
No solo conocía la existencia de Nexara. Su madre le había confiado un archivo relacionado con la energía antes de morir.
La llamada se conectó al segundo tono.
—Emma —respondió Charles—. ¿Ocurrió algo?
Su voz sonaba cansada.
—Encontré una nota de mamá.
Al otro lado de la línea no se escuchó nada.
—¿Qué nota?
—Estaba detrás de una fotografía. Dice que tú sabes cómo abrir un archivo.
Otra pausa.
—¿Dónde estás?
—En casa de Evelyn.
—¿Gabe está contigo?
—No.
—Llámalo y dile que vaya inmediatamente.
Emma apretó el teléfono.
—Primero vas a responderme.
—No por esa línea.
—¿Qué es Nexara?
Charles dejó de respirar.
Fue un sonido casi imperceptible, pero Emma lo escuchó.
—¿Quién te dijo ese nombre?
—Entonces lo conoces.
—Emma, escucha con atención. Cierra las puertas y no permitas que nadie entre.
—¿Por qué?
—Porque si encontraste esa nota, es posible que alguien más sepa que existe.
Una luz se apagó en el piso superior.
Emma levantó la mirada hacia el techo.
—Evelyn está arriba —susurró.
—Ve a buscarla.
Un golpe resonó sobre ella.
Después otro.
Algo pesado cayó al suelo.
Emma dejó el teléfono sobre la mesa y corrió hacia las escaleras.
—¡Evelyn!
—¡No subas! —gritó Charles desde el teléfono.
Emma ya había alcanzado el segundo piso.
La puerta del dormitorio de Evelyn estaba abierta. La oscuridad ocupaba el pasillo y un aire helado descendía desde la habitación.
—¿Evelyn?
No recibió respuesta.
Emma avanzó.
Encontró una figura tendida junto a la cama.
Corrió hacia ella y se arrodilló.
—Evelyn, mírame.
La mujer abrió los ojos.
Emma retrocedió.
No era Evelyn.
Era Charlotte.
Su madre llevaba la misma ropa de la noche del accidente. Tenía sangre en el cabello y pequeños fragmentos de cristal adheridos al rostro.
—Mamá…
Charlotte levantó una mano temblorosa.
—Me dejaste morir.
Emma dejó de respirar.
—No.
—Tú nos mataste.
La habitación se deformó.
Las paredes se cubrieron de grietas y el olor de la madera fue sustituido por gasolina y metal quemado. Emma volvió a tener ocho años. Estaba sentada en el pasillo del hospital mientras Charles le explicaba que sus padres no regresarían.
La figura de Charlotte se incorporó.
Su cuello se inclinó en un ángulo imposible.
—La luz te eligió y nosotros pagamos el precio.
—Tú no eres mi madre.
Charlotte sonrió.
La boca se abrió demasiado.
Detrás de sus dientes no había lengua.
Solo oscuridad.
—Pero llevo todos estos años viviendo en su lugar.
Emma intentó levantarse, pero algo cerró los dedos alrededor de su tobillo.
La oscuridad subió por su pierna.
El dolor fue inmediato.
Emma gritó.
Una luz blanca brotó de su pecho y atravesó la habitación.
Los cristales de las ventanas estallaron hacia afuera. Las paredes temblaron y la criatura salió despedida contra el armario.
Durante un instante perdió el rostro de Charlotte.
Se convirtió en una masa de sombra que cambiaba sin detenerse: Henry, Charles, Gabe, Evelyn.
Finalmente adoptó el rostro de Zyren.
—Él ya te mintió —dijo.
Emma sintió que algo se quebraba dentro de ella.
No sabía cómo podía saberlo.
Ni por qué una parte de ella ya lo había sospechado.
La criatura se abalanzó.
Una figura atravesó la ventana rota.
Zyren cayó entre ambos y extendió una mano. Una descarga violeta golpeó a la criatura en el pecho.
El impacto la arrojó contra la pared.
Zyren vestía la misma ropa con la que la había acompañado hasta el pueblo, pero líneas luminosas recorrían sus brazos y sus ojos reflejaban un brillo imposible.
No humano.
La criatura volvió a sonreír.
—Demuéstrale lo que eres.
Zyren lanzó una segunda descarga.
La sombra se deshizo antes de recibirla. Sus restos se deslizaron por las grietas del suelo y desaparecieron.
La habitación recuperó su forma.
Evelyn estaba tendida junto a la cama.
La verdadera Evelyn.
Emma corrió hasta ella y buscó el pulso en su cuello.
—Está viva —dijo Zyren—. La entidad alteró su conciencia, pero sus constantes son estables.
Emma levantó la mirada.
—¿La entidad?
Zyren se quedó inmóvil.
Había dicho demasiado.
Emma observó las líneas violetas que aún brillaban bajo su piel. Después miró la ventana destrozada del segundo piso por la que acababa de entrar.
—Me dijiste que eras humano.
Las luces desaparecieron de sus brazos.
—Emma…
—Me mentiste.
Abajo, Charles continuaba llamándola desde el teléfono.
A lo lejos se escuchó el motor del automóvil de Gabe acercándose a la casa.
Zyren dio un paso hacia ella.
Emma levantó una mano para detenerlo.
—No te acerques.
Él obedeció.
Fue la expresión de su rostro, más que cualquier explicación, lo que confirmó la verdad.
La criatura no había intentado engañarla.
Zyren sí.