Capítulo 10. La primera mentira
Zyren levantó la mirada.
—¿Tú sí lo comprendes?
Emma no esperaba la pregunta.
Un minuto antes había estado segura de que sabía por qué la presencia de Gabe lo alteraba. Ahora, con los ojos negros de Zyren fijos en ella, explicarlo parecía mucho más difícil.
—Creo que estabas celoso.
—¿Celoso?
—Es una emoción.
—Sé lo que significa la palabra.
—Entonces también sabes que romper una taza porque otro hombre me abrazó encaja bastante bien en la definición.
Zyren volvió a observar la grieta de la porcelana.
—Los celos surgen ante la posibilidad de perder algo que se considera propio.
—No necesariamente.
—Tú no me perteneces.
Emma sintió una punzada absurda de decepción.
—Definitivamente necesitas trabajar en tus respuestas humanas.
—No quise ofenderte.
—Pues lo hiciste un poco.
Zyren apoyó la taza sobre la mesa con extrema cautela.
—Lo que intentaba decir es que no tengo derecho a decidir quién puede acercarse a ti.
La decepción se debilitó.
—Eso sonó mejor.
—Sin embargo, no me agradó que te tocara.
Emma lo miró.
—Eso volvió a sonar peor.
—¿Prefieres que mienta?
La pregunta cambió el ambiente entre ellos.
Emma recordó el archivo que Gabe le había mostrado. La identidad reciente. La ausencia de fotografías, de estudios verificables y de cualquier señal de que Zyren hubiera tenido una vida antes de aparecer en Elarin.
También recordó la mentira que acababa de decir para protegerlo.
No.
No le había contado nada a Gabe.
Zyren sostuvo su mirada como si pudiera percibir el recorrido exacto de sus pensamientos.
—¿Qué te dijo sobre mí? —preguntó.
Emma dudó.
—Creí que no estabas escuchando.
—Intenté no hacerlo.
—Eso tampoco responde mi pregunta.
—Escuché algunas partes.
—¿Cuáles?
—Las suficientes para saber que investigaron mi identidad.
Cloe apareció junto a la mesa con un paño y observó la taza rota.
—Diez años —declaró—. Esa taza sobrevivió diez años, tres mudanzas, dos empleados torpes y una mujer que intentó arrojarla contra su esposo.
Zyren examinó los fragmentos.
—El material estaba fatigado.
—Claro. ¿Y la lámpara también estaba fatigada cuando comenzó a parpadear?
Emma miró hacia arriba.
La luz había recuperado la normalidad.
—Añádela a mi cuenta —dijo.
—La lámpara o la taza.
—La taza.
—Es una lástima. La lámpara cuesta más.
Cloe recogió la porcelana y dirigió a Zyren una mirada cargada de curiosidad.
—Si van a continuar rompiendo cosas por tensión romántica, les recomiendo salir. Los árboles son más económicos.
Emma esperó hasta que se alejara.
—No existe el concepto de conversación privada en este pueblo.
—Lo había notado.
—Gabe encontró irregularidades en tus registros.
—Mis documentos son válidos.
—No dijo que fueran falsos. Dijo que no existe nada sobre ti anterior a este mes.
Zyren guardó silencio.
Emma apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—¿Quién eres?
Varias respuestas aparecieron en la mente de Zyren.
Tercero de los comandantes nexarianos.
Enviado del Consejo.
Observador de un planeta que Nexara creía destruido.
El hombre que había cruzado el universo siguiendo una señal energética y el rostro de una mujer que todavía no conocía.
Ninguna respuesta podía pronunciarse dentro del Café Lumen.
Sus instrucciones eran claras: no revelar la existencia de Nexara, no exponer tecnología y evitar cualquier vínculo que comprometiera la misión.
Ya había incumplido la última.
—Aquí no —respondió.
Emma se echó hacia atrás.
—Eso no inspira confianza.
—Hay demasiadas personas escuchando.
Cloe levantó una mano desde la barra.
—Yo puedo bajar la música si necesitan hablar más alto.
Emma cerró los ojos.
—De acuerdo —dijo al levantarse—. Afuera.
Zyren la siguió.
El aire frío de la plaza los recibió al cruzar la puerta. Gabe continuaba allí.
Se encontraba al otro lado de la calle, junto a su automóvil, hablando por teléfono. Cuando vio salir a Emma con Zyren, interrumpió la conversación.
Emma lo saludó con una mano antes de que pudiera acercarse.
—Voy a caminar.
Gabe guardó el teléfono.
—Te acompaño.
—No.
—Emma, alguien te está vigilando.
—Por eso no iré sola.
Gabe miró a Zyren.
—Eso no me tranquiliza.
—No tiene que hacerlo.
—Me quedaré cerca.
—No necesito una escolta.
—Yo creo que sí.
Zyren dio un paso hacia él.
—Puedo protegerla.
—Tú eres una de las razones por las que necesita protección.
Emma se colocó entre ambos.
—Si vuelven a medir quién ocupa más espacio en la plaza, regresaré sola a casa.
Gabe apretó la mandíbula.
—Llámame si ocurre algo.
—Lo haré.
Emma tomó el sendero que conducía hacia la iglesia. Zyren se unió a ella, consciente de que Gabe continuaba observándolos.
—No le agrado —dijo.
—La investigación sobre tu vida termina prácticamente en una hoja en blanco. No puedes culparlo.
—No lo culpo. Pero eso no significa que quiera verlo cerca de ti.
Emma giró el rostro para mirarlo.
—Sigues celoso.
—Es posible.
—Aprendes rápido.
—Solo cuando la evidencia es suficiente.
Doblaron detrás de la iglesia y siguieron por un camino rodeado de árboles. Todavía podían ver las luces de la plaza entre las ramas, pero se encontraban lo bastante lejos para hablar sin que Cloe participara.
Emma se detuvo.
—Ahora sí. ¿Quién eres?
Zyren examinó los alrededores. No detectó a nadie, aunque la interferencia que había comenzado a registrar desde su llegada continuaba aumentando.
Parecía surgir de todas partes.
—Mi nombre es Zyren —comenzó—. Pero Vale no forma parte de él.
—¿No tienes apellido?
—No de la manera en que lo entiendes.
—¿Y Veymont?
— Es el lugar que aparece en los documentos que prepararon para mí. Nunca viví allí.
—Entonces sí es falsa.
—Es necesaria.
Emma cruzó los brazos.
—¿Necesaria para qué?
—Para proteger el lugar del que provengo.
—Nexara.
Zyren sintió una alteración en el pulso.
—Recuerdas esa palabra.
—La dijiste en el café. Cuando tocaste mi mano y ambos vimos las tres lunas.
—No deberías poder recordarla con tanta claridad.
—Pero la recuerdo. También recuerdo la ciudad suspendida y ese mar que parecía tener luz bajo el agua.
Emma dio un paso hacia él.
—¿Nexara es una ciudad?
Zyren eligió las palabras con cuidado.
—Es mi hogar.
—¿Dónde está?
—Lejos.
—Eso no es una ubicación.
—Es la única respuesta que puedo darte.
—¿Es una comunidad secreta?
—Sí.
No era falso.
Nexara permanecía oculta para los habitantes de la Tierra. Que estuviera situada al otro lado del universo no invalidaba la respuesta.
—¿Qué clase de comunidad crea identidades falsas y entrena personas capaces de calcular distancias con solo mirar una fotografía?
—Una que ha sobrevivido porque nadie conoce su existencia.
Emma lo observó durante un momento.
—Eres militar.
—Sí.
La respuesta pareció sorprenderla.
—¿Qué rango tienes?
—Comandante.
—¿Comandante de qué?
—De una unidad de protección y exploración.
—¿Y qué hace un comandante de una comunidad secreta trabajando en sistemas ambientales en Elarin?
La verdad se acercó peligrosamente a su garganta.
Vine por ti.
Zyren no podía decirlo. No cuando ignoraba qué pretendía el Consejo hacer con ella. No cuando Vael parecía saber más sobre sus visiones de lo que había revelado.
—Investigo una anomalía —respondió.
—¿Qué clase de anomalía?
—Energética.
—¿En Elarin?
—Sí.
—¿Tiene relación conmigo?
Zyren guardó silencio.
Emma dejó caer los brazos.
—Viniste por mí.
No lo formuló como una pregunta.
Las campanas de la iglesia sonaron a sus espaldas. Zyren contó cada golpe mientras intentaba encontrar una respuesta que no destruyera la confianza que Emma acababa de depositar en él.
—No sabía quién eras cuando llegué.
—Pero sabías que buscabas a alguien.
—Había visto tu rostro.
—En tus sueños.
—Sí.
Emma caminó unos pasos, alejándose de él.
—¿Desde cuándo?
—Varias semanas antes de llegar.
—Yo también soñaba contigo.
—Lo sé.
Ella se volvió.
—No, no lo sabes. Sabes que te vi, pero no sabes lo que ocurría.
—Cuéntamelo.
Emma dudó.
—Siempre estabas intentando encontrarme. A veces había fuego. Otras, una ciudad cayendo del cielo. En el último sueño estabas herido y no podías cruzar una especie de puerta.
Zyren sintió frío.
—¿Había alguien más?
—Una sombra.
—¿Qué aspecto tenía?
—No lo sé. Cambiaba. Por momentos parecía un hombre. Después tenía el rostro de mi padre.
La expresión de Emma se quebró al pronunciarlo.
Zyren se acercó.
—Tu padre está muerto.
—Lo sé.
—Entonces no era él.
—También lo sé.
La firmeza de su voz no consiguió ocultar el temor.
—La sombra me dijo que tú ibas a quitarme todo lo que amaba.
Zyren recordó a la criatura de su sueño.
Ya sabes lo que vas a hacerle.
—No permitiré que eso ocurra.
—¿Cómo puedes prometerlo si ni siquiera sabes qué es?
—Porque no necesita ser una promesa razonable para que decida cumplirla.
Emma lo miró en silencio.
Zyren había hablado sin analizar la frase. Desde que había llegado a la Tierra, eso ocurría con demasiada frecuencia cuando estaba cerca de ella.
—¿Por qué te importo? —preguntó Emma.
—No lo sé.
La respuesta la hirió. Él lo percibió en la contracción de sus pupilas y en el descenso de su pulso.
—Eso no sonó como pretendía —añadió.
—Me estoy acostumbrando.
—Quise decir que no comprendo el origen de lo que siento. Antes de conocerte, ya podía encontrarte en mis sueños. Cuando estás cerca, mis constantes cambian. Cuando otra persona te toca, quiero apartarla.
Emma levantó una ceja.
—Eso último lo habíamos establecido.
—Y cuando imagino que estás en peligro…
Zyren se interrumpió.
No existía una palabra nexariana capaz de describir la reacción. Su civilización había eliminado emociones como aquella de su vida cotidiana, pero su cuerpo parecía recordarlas.
—¿Qué ocurre? —preguntó Emma.
—Siento miedo.
Era la primera vez que lo admitía ante alguien.
Emma dio un paso hacia él.
—Todo el mundo siente miedo.
—En mi hogar no.
—Eso es imposible.
—Para ti.
El viento agitó el cabello de Emma. Una hoja pequeña se había enredado entre los mechones y Zyren levantó la mano para retirarla.
Se detuvo antes de tocarla.
Emma observó sus dedos.
—Puedes hacerlo.
Zyren retiró la hoja con cuidado. El dorso de su mano rozó la sien de Emma.
La energía atravesó a ambos.
El bosque desapareció.
Charlotte estaba sentada frente a una pantalla cubierta de mapas estelares. Su embarazo ya era visible. Henry permanecía detrás de ella con una mano apoyada sobre su hombro.
Entre los dos flotaba una esfera de luz blanca.
No era una proyección.
La luz se acercó al vientre de Charlotte y se introdujo en su cuerpo.
—La eligió —dijo una voz.
Un hombre apareció reflejado en la pantalla.
Ojos plateados.
Vael.
La visión terminó.
Emma se tambaleó. Zyren la sostuvo por la cintura antes de que cayera.
Ella apoyó una mano sobre su pecho. Permanecieron juntos, respirando con dificultad, mientras las últimas imágenes se desvanecían.
—Era mi madre —susurró Emma.
—Sí.
—Estaba embarazada de mí.
—Eso parece.
—¿Quién era el hombre de ojos plateados?
Zyren no respondió.
Emma se apartó de sus brazos.
—Lo conoces.
—Sí.
—¿Es de Nexara?
La orden del Consejo resonó en su memoria.
No revelar nuestra existencia.
Sin embargo, ya había revelado el nombre de su mundo. Había reconocido su formación militar y admitido que había llegado a Elarin investigando una anomalía.
Cada verdad lo acercaba al punto en el que tendría que revelarlo todo.
—Es uno de nuestros consejeros —admitió.
—¿Qué relación tenía con mis padres?
—No lo sé.
—Pero él sabía lo que me ocurrió antes de nacer.
—Eso parece.
Emma miró sus propias manos.
—¿La luz era la anomalía que viniste a investigar?
Zyren podría haber mentido.
En cambio, respondió:
—Sí.
Ella levantó la vista lentamente.
—Entonces la anomalía soy yo.
—No te llamaría de esa manera.
—Pero eso es lo que piensan los tuyos.
Zyren no pudo negarlo.
Una rama se partió en la oscuridad.
Él giró de inmediato y colocó a Emma detrás de su cuerpo. A varios metros del sendero, algo se movía entre los árboles.
La figura tenía la forma de Gabe.
Mismo abrigo.
Misma altura.
Mismo rostro.
Pero su boca se curvó en una sonrisa imposible y sus ojos eran dos cavidades negras.
—¿Qué ocurre? —preguntó Emma.
La figura retrocedió.
Zyren avanzó hacia ella, pero la sombra se disolvió entre los troncos.
No dejó huellas.
Solo una mancha oscura sobre la corteza de un árbol.
Cuando Zyren la tocó, se convirtió en ceniza.
—¿Viste a alguien? —preguntó Emma.
Él cerró los dedos alrededor del polvo.
La criatura había adoptado la forma de Gabe porque representaba algo para él.
La posibilidad de perderla.
El descubrimiento produjo una certeza aún más inquietante: la entidad no solo observaba sus emociones.
Se alimentaba de ellas.
Zyren regresó junto a Emma.
—Era un animal.
Ella miró detrás de él.
—Parecía una persona.
—La falta de luz altera la percepción.
Emma lo estudió con una expresión diferente.
Ya no era solamente curiosidad.
Era sospecha.
—Hay algo que no me estás contando.
—Hay muchas cosas que todavía no puedo contarte.
—Entonces respóndeme una sola.
Zyren supo lo que preguntaría antes de escucharla.
—¿Eres humano?
Todo quedó inmóvil.
El viento.
Los árboles.
La sensación de la ceniza atrapada entre sus dedos.
Podía decirle la verdad y llevarla hasta el Nexarion-X. Podía mostrarle las tres lunas de Nexara proyectadas en el interior de la nave y explicarle que la Tierra había sido considerada un mundo destruido durante milenios.
También podía obedecer la orden que aún protegía a su pueblo.
Emma había mentido a Gabe por él.
Ahora Zyren debía decidir qué haría con aquella confianza.
—Sí —respondió—. Soy humano.
Emma sostuvo su mirada.
—Bien.
Pero no sonrió.
Comenzó a caminar hacia las luces del pueblo sin esperarlo.
Zyren permaneció inmóvil.
En Nexara, una mentira era una herramienta estratégica.
En la Tierra, acababa de descubrir que también podía ser una traición.
La ceniza oscura cayó de su mano.
Y desde algún lugar del bosque, una voz susurró con satisfacción:
—La primera siempre es la más difícil.