Capítulo 9. La vida que dejó atrás
Gabe llegó a Elarin en un automóvil cuya elegancia desentonaba con aquellas calles.
Emma lo vio desde la ventana de la clínica.
El vehículo negro se detuvo frente a la plaza y varios vecinos redujeron el paso para observarlo.
En un lugar donde la llegada de un nuevo letrero comercial podía alimentar conversaciones durante una semana, un automóvil con vidrios oscuros era prácticamente un acontecimiento público.
Gabe descendió. A sus treinta años, se movía con la seguridad de quien llevaba años administrando responsabilidades ajenas.
Llevaba un abrigo gris sobre el traje y una expresión que Emma conocía demasiado bien: mandíbula tensa, movimientos controlados y la mirada de quien ya había identificado todos los problemas de un lugar antes de cerrar la puerta.
No le había avisado que vendría.
Eso también era típico.
Emma dejó los expedientes sobre el mostrador.
—Regreso en unos minutos —le dijo a la recepcionista.
—Tómate tu tiempo. Un hombre así no parece conducir cuatro horas para una conversación breve.
Emma fingió no escuchar el comentario.
Al salir, el viento frío le golpeó el rostro. Gabe ya había cruzado la mitad de la plaza.
Se detuvo frente a ella.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Gabe recorrió su rostro, su ropa y las manchas de tinta que tenía en una mano. Pareció comprobar que no estuviera herida antes de permitir que su expresión se suavizara.
—Te ves diferente.
—Hola a ti también.
—No lo dije como una crítica.
—Contigo nunca estoy segura.
Gabe exhaló y abrió los brazos.
Emma dudó.
Después lo abrazó.
La familiaridad de su cuerpo, el aroma discreto de su colonia y la forma en que una mano se apoyó entre sus omóplatos la transportaron a una vida que parecía mucho más distante que tres semanas.
Gabe siempre había estado allí.
Cuando Emma tenía pesadillas después de la muerte de sus padres.
Cuando Charles la envió al internado.
Cuando recibió su diploma y buscó entre el público un rostro que ya no podía encontrar.
Gabe aparecía.
A veces como amigo.
Otras como protector.
Y, durante los últimos años, como la respuesta que su familia había elegido para todas las preguntas sobre su futuro.
Emma se apartó.
—¿Qué ocurrió?
—¿Por qué asumes que ocurrió algo?
—Porque no vienes a Elarin sin avisar para preguntarme cómo estoy.
Gabe miró hacia la clínica.
—¿Podemos hablar en privado?
—Evelyn está en casa.
—Prefiero un lugar donde no tenga que preocuparla.
Emma señaló el café.
—Cloe escuchará cada palabra.
—¿Quién es Cloe?
—Exactamente el tipo de persona que se sentiría ofendida por esa pregunta.
Entraron en el Café Lumen.
Cloe levantó la mirada desde la barra. Sus ojos recorrieron el traje de Gabe, el reloj, los zapatos y finalmente a Emma.
—Entiendo —dijo.
—¿Qué entiendes? —preguntó Emma.
—Muchas cosas.
Gabe le dirigió una sonrisa educada.
—Gabe Hankins.
—Cloe.
—¿Solo Cloe?
—Hasta que decida si me cae bien.
Emma eligió una mesa apartada.
Solo después de sentarse buscó a Zyren.
La mesa junto a la ventana estaba vacía.
Sintió una decepción pequeña e inmediata que intentó ignorar.
Gabe colocó el teléfono sobre la mesa y mostró una fotografía.
Emma saliendo de la clínica.
Había sido tomada desde el otro extremo de la calle.
—¿De dónde sacaste esto?
—Un investigador que trabaja con Charles.
—¿Cuándo?
—Ayer.
Emma amplió la imagen. No identificó a nadie cerca del lugar desde donde fue tomada.
—¿Quién me estaba vigilando?
—Creemos que alguien relacionado con Alaric Crowe.
El apellido le resultaba familiar.
—El hijo del antiguo socio de mi abuelo.
—Sí.
—Creí que vivía fuera del país.
—Vive en Taiguan, pero mantiene empresas y contactos aquí. John Miles encontró pagos vinculados con el accidente de tus padres.
Emma dejó el teléfono.
—¿Qué clase de pagos?
—Sobornos. Una persona encargada de analizar los frenos recibió dinero para eliminar un informe.
Las voces del café continuaron a su alrededor, pero Emma dejó de comprender las palabras.
—¿Los frenos fueron manipulados?
Gabe sostuvo su mirada.
—Eso parece.
—Charles siempre dijo que fue un accidente.
—Tal vez no lo sabía.
—¿Y ahora envía un investigador y te manda a buscarme sin llamarme?
—No me envió a buscarte.
Emma arqueó una ceja.
—Me pidió que viniera.
—Eso significa que te envió.
—Vine porque alguien te está vigilando.
—¿Con qué propósito?
—Todavía no lo sabemos.
Gabe acercó la silla.
—Quiero que regreses a Veymont hasta que encontremos respuestas.
—No.
—Emma.
—Acabo de empezar en la clínica. Tengo los cursos organizados y envié la solicitud preliminar.
—No te estoy pidiendo que abandones medicina.
—Me estás pidiendo que abandone la vida que elegí apenas apareció un problema.
—Alguien fotografió cada uno de tus movimientos.
—Entonces encontremos a esa persona.
—No eres investigadora.
—Tampoco tú.
—Tengo recursos para protegerte.
La frase produjo exactamente el efecto equivocado.
Emma cruzó los brazos.
—No necesito otra persona organizando mi vida por mi seguridad.
—Esto no tiene relación con el compromiso.
—Tiene relación con que tú y Charles creen que protegerme les da derecho a decidir dónde vivo, qué estudio y con quién hablo.
Gabe se inclinó hacia atrás.
—¿Con quién hablas?
Emma comprendió el error un segundo tarde.
—No cambies el tema.
—No lo cambié. Tú lo mencionaste.
La puerta del café se abrió.
Zyren entró.
Su presencia alteró el espacio sin que él hiciera nada. Varias personas levantaron la mirada. Cloe dejó de limpiar una taza y sonrió como si acabara de recibir la escena que esperaba.
Zyren vio a Emma.
Después vio a Gabe.
Se detuvo.
Emma sintió la tensión incluso antes de que se acercara.
—Llegaste antes —dijo Zyren.
—No sabía que también llevabas registro de mis horarios en la clínica.
—El patrón era evidente.
Gabe observó a Emma.
—¿Quién es?
Zyren respondió antes que ella.
—Zyren Vale.
Gabe se puso de pie.
Ambos tenían casi la misma altura, aunque Zyren parecía ocupar más espacio sin intentarlo. Gabe extendió una mano.
—Gabe Hankins.
Zyren miró la mano.
Emma contuvo un suspiro.
—Es un saludo.
—Lo sé.
Aceptó el gesto.
La mano de Gabe se cerró con firmeza. Zyren no reaccionó, pero Emma vio que sus ojos descendían al contacto como si estuviera evaluando una amenaza.
—¿Eres amigo de Emma? —preguntó Gabe.
Zyren soltó su mano.
—Todavía no hemos definido la relación.
Cloe se atragantó con una risa detrás de la barra.
Emma cerró los ojos durante un instante.
—Zyren, él es Gabe. Crecimos juntos.
—Y trabajamos juntos —añadió Gabe.
—Trabajábamos —corrigió Emma.
Zyren observó la fotografía en el teléfono.
—Esa imagen fue tomada desde ciento cuarenta metros al noroeste de la clínica.
Gabe tomó el dispositivo.
—¿Cómo lo sabes?
—Por el ángulo de elevación, la posición del campanario y el reflejo de la luz.
—¿A qué te dedicas?
—Sistemas ambientales.
Gabe miró nuevamente la fotografía.
—Eso no explica cómo calculaste la distancia.
—La distancia explica la distancia.
Emma se llevó una mano a la frente.
—Está trabajando en sus respuestas humanas.
—¿De dónde eres? —preguntó Gabe.
—Veymont.
—¿Familia?
—No.
—¿Dónde estudiaste?
—En distintos lugares.
—¿Cuáles?
Zyren sostuvo su mirada.
—¿Esto también es un saludo?
—Es curiosidad.
—Tus constantes físicas indican desconfianza, no curiosidad.
Gabe dejó de fingir amabilidad.
—No sabes nada de mis constantes físicas.
—Sé más de lo que crees.
El aire entre ambos se volvió denso.
Emma se levantó.
—Suficiente.
Gabe no apartó la mirada de Zyren.
—Charles investigará a cualquiera que se acerque a ella.
—No necesito su autorización.
—No hablé de autorización.
—Hablas como si Emma fuera una posesión que debe protegerse.
La mandíbula de Gabe se tensó.
—No sabes lo que significa para mí.
Algo cambió en Zyren.
Emma lo vio en la rigidez de sus hombros y en la forma en que sus dedos se cerraron junto al cuerpo. La lámpara sobre la mesa parpadeó.
—No —respondió—. Pero quiero comprenderlo.
La sinceridad de la frase silenció a los tres.
Gabe miró a Emma.
Ella sintió calor en el rostro y se enfadó consigo misma por reaccionar.
—Zyren, necesito terminar esta conversación con Gabe.
—Entendido.
No se movió.
—En privado.
—Estaré en la otra mesa.
Ocupó su lugar junto a la ventana, desde donde podía verlos perfectamente.
Cloe llevó una taza sin que la pidiera.
—Sin azúcar, sin leche y con una cantidad peligrosa de tensión reprimida.
Zyren no respondió.
Emma volvió a sentarse.
Gabe observó al desconocido.
—¿Ese es el hombre que mencionaste por teléfono?
—Sí.
—El que viste en un sueño.
—Sí.
—Y no consideras que eso sea una razón para mantenerte alejada.
—Considero que es una razón para descubrir qué está ocurriendo.
—¿Cuánto sabes de él?
—Poco.
—No existe.
Emma frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Gabe abrió un archivo en el teléfono.
—Le pedí a David que revisara su identidad durante el viaje. Zyren Vale aparece en las bases civiles, pero no hay fotografías escolares, historial médico, registros laborales verificables ni movimientos financieros anteriores a este mes.
Emma miró hacia la ventana.
Zyren sostenía la taza sin beber. Sus ojos estaban fijos en la plaza, aunque ella sabía que escuchaba más de lo que aparentaba.
—Tal vez protege su privacidad.
—No se puede borrar una vida completa.
—Charles lo ha hecho antes.
Gabe recibió el golpe en silencio.
—¿Te contó algo que yo deba saber?
Emma recordó las tres lunas.
La ciudad suspendida.
La palabra nexarianos.
—No.
Era la primera vez que le mentía de aquella manera.
Gabe lo notó.
—Ten cuidado —dijo—. No porque Charles lo ordene. Ni porque yo espere que regreses conmigo. Hazlo porque ese hombre apareció en el mismo lugar donde alguien te vigila y su historia no resiste una investigación básica.
—Lo tendré en cuenta.
—Eso no significa que lo harás.
—Significa exactamente lo que dije.
Gabe guardó el teléfono.
—Me quedaré unos días.
—No es necesario.
—John enviará protección de todas formas. Prefiero ser yo antes que un desconocido siguiéndote por el pueblo.
—¿Dónde te hospedarás?
—Reservé una habitación en la posada.
Emma sabía que discutir no cambiaría su decisión.
—No interfieras en mi trabajo.
—No lo haré.
—No informes a Charles de cada uno de mis movimientos.
Gabe dudó.
—Informaré si estás en peligro.
—Gabe.
—Es el límite que puedo ofrecerte.
Emma recogió su bolso.
Él se puso de pie y la abrazó nuevamente. Esta vez el gesto fue más breve, pero una mano permaneció un instante sobre su cintura.
Zyren apretó la taza.
Una grieta apareció en la porcelana.
Cloe la vio.
Sus ojos grises se abrieron, pero no dijo nada.
Gabe se apartó.
—Te llamaré esta noche.
Emma asintió.
Esperó hasta que saliera del café antes de acercarse a Zyren.
Él contemplaba la taza rota.
—¿Qué ocurrió?
—La estructura era deficiente.
—Cloe utiliza esas tazas desde hace diez años.
—Entonces el material estaba fatigado.
Emma tomó asiento frente a él.
—Estabas molesto.
—No.
—Rompiste una taza porque Gabe me abrazó.
—Su contacto elevó tus pulsaciones.
—Eso no responde nada.
—También elevó las mías.
Emma guardó silencio.
Zyren miró sus propios dedos como si le pertenecieran a otra persona.
—No comprendo por qué.
Ella sí comenzaba a comprenderlo.
Y eso podía ser mucho más peligroso que el hombre que los observaba desde algún lugar de la plaza.