A través de las estrellas te encontré Capítulo 8. La costumbre de buscarlo
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Capítulo 8. La costumbre de buscarlo

Cada tarde, Emma se repetía que entraba al Café Lumen por comodidad.

La clínica estaba al otro lado de la plaza. El café era bueno, las mesas tenían espacio suficiente para sus libros y Cloe no la expulsaba aunque permaneciera allí durante horas con una sola taza.

Había razones perfectamente lógicas para volver.

Ninguna explicaba por qué buscaba a Zyren antes de cruzar la puerta.

Aquella tarde estaba sentado en la mesa de siempre, junto a la ventana. Llevaba una camisa negra y las mangas dobladas hasta los antebrazos. Su abrigo descansaba sobre el respaldo de la silla, algo que Cloe consideraba un avance significativo en su adaptación a los espacios cerrados.

Frente a él había una taza.

Emma se acercó y comprobó que estaba vacía.

—Finalmente probaste el café.

Zyren levantó la mirada.

—Sí.

—¿Y?

—Es amargo.

—Eso no responde si te gustó.

—Bebí toda la taza.

—Tampoco responde.

—Entonces no comprendo la pregunta.

Emma dejó los libros sobre la mesa.

—A veces puedes querer algo aunque no sea necesario ni eficiente.

Zyren observó la taza vacía.

—Eso parece contradictorio.

—Bienvenido a la humanidad.

Cloe apareció junto a ellos con otra taza.

—Sin azúcar, sin leche y aparentemente sin alegría —dijo, colocándola frente a Zyren—. Exactamente como la pidió.

—No solicité otra.

—Pero miró la taza vacía siete veces.

—Estaba analizando sus residuos.

Cloe dirigió una mirada a Emma.

—Y yo estoy a punto de enamorarme de su encanto.

Zyren pareció considerar la afirmación.

—No posees información suficiente sobre mí para desarrollar esa emoción.

Cloe apoyó una mano sobre la mesa.

—Emma, es todo tuyo. Yo no estoy preparada para este nivel de romance.

Se alejó antes de que Emma pudiera responder.

—No le hagas caso —dijo.

—No lo hago.

—Se llama sarcasmo.

—Conozco la definición.

—Hay cosas que no se aprenden leyendo.

Zyren sostuvo su mirada.

—Comienzo a notarlo.

La respuesta tenía otro significado. Emma lo percibió, aunque su expresión continuaba siendo imposible de leer.

Habían pasado tres semanas desde la visión compartida.

Tres semanas durante las cuales Emma intentó obtener una explicación y Zyren encontró distintas maneras de no dársela.

No volvió a preguntarle qué era.

La primera vez, él se marchó del café.

La segunda, afirmó que no disponía de información suficiente.

La tercera, le preguntó por qué los humanos necesitaban poner nombre a algo antes de comprenderlo.

Emma contestó que poner nombres ayudaba a saber de qué debían huir.

Zyren respondió que huir antes de identificar una amenaza era ineficiente.

Desde entonces conversaban casi todos los días.

Hablaban de cualquier cosa excepto de lo ocurrido al tocarse.

Zyren quería saber por qué las personas sonreían cuando estaban incómodas, por qué decían «estoy bien» cuando sus constantes físicas indicaban lo contrario y por qué Cloe preguntaba qué deseaban ordenar si ya conocía las respuestas de todos los clientes.

Emma intentaba explicarle.

Al hacerlo, descubría cuánto de la conducta humana carecía de una explicación razonable.

—Llegaste tarde —dijo Zyren.

Ella abrió el manual de biología.

—No sabía que teníamos una hora acordada.

—Normalmente entras a las cuatro y doce minutos. Hoy llegaste a las cuatro y treinta y siete.

Emma miró el reloj de la pared.

—¿Controlas la hora a la que llego?

—El patrón era evidente.

—Eso no responde mi pregunta.

Zyren guardó silencio.

Emma intentó ocultar una sonrisa bajando la vista hacia el libro.

—La clínica recibió una emergencia —explicó—. Un niño se cayó de un árbol y se fracturó el brazo.

—¿Sobrevivirá?

—Sí. Estaba más preocupado porque su madre descubriera dónde estaba jugando.

—Su madre habría preferido que no estuviera herido.

—Precisamente por eso tenía miedo.

—Entonces ocultar la causa del accidente aumenta la probabilidad de que se repita.

—Tiene nueve años, Zyren. No estaba realizando un análisis de riesgo.

—Debería.

—Espero que nunca tengas hijos.

La expresión de Zyren cambió.

Fue apenas perceptible, pero Emma había comenzado a reconocer sus silencios. Algunos indicaban que estaba analizando una respuesta. Otros, que había encontrado un concepto para el cual sus conocimientos no eran suficientes.

Aquel silencio era distinto.

—¿Los nexarianos tienen hijos? —preguntó Emma.

Zyren la miró.

La palabra había salido antes de que ella pudiera detenerla.

Nexarianos.

No sabía de dónde provenía.

Nunca la había escuchado.

Nunca la había leído.

Aun así, apareció en su mente con la misma naturalidad que el nombre de Zyren durante aquel sueño.

Él dejó la taza sobre la mesa.

—¿Qué dijiste?

Emma repasó sus propias palabras.

—Pregunté si…

—La palabra.

Una tensión nueva apareció en su voz.

—Nexarianos.

Las lámparas parpadearon.

Emma miró alrededor. Nadie más pareció notarlo.

—¿Qué significa? —preguntó.

Zyren se inclinó hacia ella.

—¿Dónde la escuchaste?

—En ninguna parte.

—No pudiste inventarla.

—Las personas inventan palabras constantemente.

—Esa ya existe.

El murmullo del café pareció alejarse.

—¿En qué idioma?

Zyren no respondió.

Emma cerró el libro.

—Llevamos tres semanas fingiendo que no ocurrió nada extraño. Yo vi un lugar que no conozco cuando te toqué. Vi tres lunas y una ciudad imposible. Tú también lo viste.

—Sí.

Era la primera vez que lo admitía con claridad.

—Desde que llegué a Elarin, he visto a mi madre dos veces. Murió hace veinte años.

Los ojos de Zyren se oscurecieron.

—¿Cómo aparece?

—Como era antes de morir, pero sus ojos son negros. La primera vez solo me miró. La segunda me dijo que me alejara de ti.

—No era tu madre.

—Ya lo sé.

Decirlo en voz alta hizo que las manos le temblaran.

Emma las escondió bajo la mesa.

Zyren lo notó.

Siempre lo notaba todo.

—La criatura que viste entre las ruinas —continuó—. ¿Sabes qué es?

—No.

—¿La habías visto antes de venir aquí?

La respuesta tardó demasiado.

Emma sintió que la irritación desplazaba parte de su miedo.

—Sí.

—¿Dónde?

—No puedo decírtelo.

—¿No puedes o no quieres?

—Ambas opciones producen el mismo resultado.

—No para mí.

Zyren observó las personas que los rodeaban.

—Este no es un lugar seguro para hablar.

—Entonces llévame a uno.

—No.

Emma recogió sus libros.

—Bien.

—¿Adónde vas?

—A continuar con la vida humana irracional que llevaba antes de conocerte.

—Estás molesta.

—Excelente análisis.

—No comprendo por qué.

—Porque sabes algo que podría afectarme y has decidido que no tengo derecho a conocerlo.

Zyren se levantó.

—Intento protegerte.

—Los hombres que dicen eso suelen querer decir que intentan controlarme.

Él se quedó inmóvil.

Emma se arrepintió de la comparación apenas pronunció las palabras. Zyren no era Charles ni Gabe. Sin embargo, el efecto sobre ella era el mismo: otra persona decidiendo qué podía soportar.

—No necesito que me protejas de la verdad —dijo, esta vez con menos dureza—. Necesito entender por qué veo cosas que no existen.

—Existen.

Emma lo miró.

—¿Las tres lunas?

—Sí.

—¿La ciudad?

—Sí.

—¿La criatura?

—No lo sé.

—¿Y los nexarianos?

Zyren sostuvo su mirada.

—También.

Una silla se arrastró cerca de ellos. Cloe recogía una mesa, pero Emma sabía que estaba escuchando.

Bajó la voz.

—¿Cómo conoces ese lugar?

—No puedo responder aquí.

—Siempre encuentras una razón para no responder.

—Porque cada respuesta altera tu relación conmigo.

—Eso debería decidirlo yo.

La mandíbula de Zyren se tensó.

Su rostro seguía controlado, pero Emma comenzó a percibir lo que existía debajo: conflicto, cálculo y algo que se parecía demasiado a temor.

—Tienes razón —dijo finalmente.

Emma no esperaba escuchar aquellas palabras.

—¿Qué?

—Debes decidir con información suficiente. Pero no hoy.

—Zyren…

—Dame un día.

—¿Para preparar otra evasión?

—Para determinar cuánto puedo mostrarte sin ponerte en peligro.

Emma abrazó los libros contra su pecho.

—Mañana.

—Mañana.

—Y si vuelves a decir que no puedes explicarlo, dejaré de venir.

Las pupilas de Zyren se contrajeron.

—¿Por qué?

—Porque no pienso sentarme todos los días frente a alguien que cree conocerme y se niega a permitirme conocerlo.

Algo se movió en su expresión.

—No creo conocerte.

—Me informaste que llegué veinticinco minutos tarde.

—Conozco algunos de tus patrones.

—No es lo mismo.

—Lo sé.

Emma dio un paso hacia la puerta.

—Mañana, entonces.

—Emma.

Se detuvo.

Zyren permanecía junto a la mesa, rodeado de conversaciones humanas que todavía no comprendía. Por primera vez desde que lo conoció, parecía indeciso.

—No te observé desde la plaza porque fueras parte de mi investigación —dijo.

—¿Entonces por qué?

—Porque te reconocí.

Emma sintió que su corazón aceleraba.

—Nunca nos habíamos visto.

—Tú no me habías visto.

—¿Qué significa eso?

Zyren miró hacia la ventana. La tarde se reflejaba en sus ojos oscuros.

—Soñaba contigo antes de saber que la Tierra existía.

El café continuó lleno de voces, platos y música.

Emma no escuchó nada.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Años.

Ella pensó en el nombre que pronunció al despertar.

En las tres lunas.

En la palabra nexarianos apareciendo en su mente.

—¿Qué ocurría en esos sueños?

Zyren tardó en responder.

—Te estaba buscando.

—¿Y me encontrabas?

Sus ojos volvieron a los de ella.

—Siempre despertaba antes.

Una sensación cálida y peligrosa se extendió por el pecho de Emma.

—Hasta ahora —susurró.

Zyren no respondió.

No tenía que hacerlo.