Capítulo 7. Preguntas sin respuesta
A sus setenta y dos años, Charles Carter llevaba veintiocho esperando aquella llamada.
Cuando el símbolo apareció sobre la superficie de su escritorio, no experimentó sorpresa.
Sintió miedo.
El mismo diseño había permanecido oculto en la madera desde antes del nacimiento de Emma: tres círculos atravesados por una línea de luz. Para cualquier otra persona habría parecido un detalle decorativo. Charles sabía que era una puerta.
Cerró las cortinas del estudio.
Activó el sistema de seguridad y comprobó que nadie estuviera cerca. La mansión permanecía en silencio. Gabe había regresado a su apartamento y el personal no entraría en aquella parte de la casa hasta la mañana.
Charles apoyó la palma sobre el símbolo.
La madera se volvió transparente.
Una figura apareció al otro lado.
Vael no había cambiado desde la primera vez que Charles lo vio. Conservaba el mismo rostro sereno, los ojos plateados y la armadura que parecía construida con luz endurecida.
Charles, en cambio, había envejecido casi tres décadas.
Aquella diferencia siempre le recordaba que nunca fueron iguales.
—Dijiste que no enviarían a nadie —dijo Charles.
—La misión fue autorizada por el Consejo.
—Controlas el Consejo.
—No de la forma que imaginas.
—¿Quién es el comandante?
—Se llama Zyren.
Charles pensó en la llamada que recibió de Emma hacía menos de una hora.
Había intentado hablar con normalidad, pero su voz cambió cuando mencionó al desconocido del café. Un hombre llamado Zyren Vale. Alguien que había aparecido en Elarin sin automóvil, equipaje ni una explicación convincente.
Emma también describió la visión que experimentó al tocarlo.
Tres lunas.
Torres flotantes.
Fuego.
Charles tuvo que sujetar el teléfono con ambas manos para evitar que ella escuchara el temblor.
—Ya la encontró —dijo.
Vael permaneció inmóvil.
—¿Hubo contacto físico?
—¿Por qué importa?
—Respóndeme.
—Se tocaron las manos.
Una serie de símbolos apareció frente al consejero. Sus ojos se desplazaron entre datos que Charles no podía interpretar.
—¿Qué ocurrió?
—Ambos vieron Nexara.
Vael cerró las proyecciones.
Durante una fracción de segundo, la serenidad abandonó su rostro.
—Debes sacar a Emma de Elarin.
—Lo intenté antes de que llegara ese comandante. Se negó.
—Entonces oblígala.
Charles sintió un destello de ira.
—No conoces a mi nieta.
—La conozco mejor de lo que crees.
—La observaste mediante registros y lecturas. Eso no significa que la conozcas.
—Significa que comprendo lo que puede provocar.
Charles se inclinó sobre el escritorio.
—Durante veintiocho años me dijiste que su energía debía permanecer dormida. Que mientras nadie de Nexara se acercara, Emma podría vivir como cualquier otra persona.
—Las condiciones han cambiado.
—Porque tú enviaste a uno de los tuyos.
—Zyren no fue elegido para buscarla.
—Pero la estaba viendo antes de llegar. Igual que ella lo vio a él.
Vael guardó silencio.
Charles reconoció la respuesta escondida en aquella pausa.
—Lo sabías.
—Conocía la posibilidad.
—¿Desde cuándo?
—No es relevante.
—Mi hija y mi yerno murieron por una «posibilidad» que consideraste irrelevante.
Los ojos de Vael se endurecieron.
—Su muerte fue un acontecimiento humano.
—Sus frenos fueron alterados semanas después de que Charlotte decidiera suspender las comunicaciones contigo.
—Investigamos la posible participación de Nexara. No encontramos ninguna interferencia.
—Porque tú controlabas la investigación.
La imagen del consejero perdió nitidez.
No por problemas en la conexión.
Vael estaba terminando la conversación.
—El comandante no debe establecer un vínculo con Emma —dijo—. Si la energía despierta por completo, ninguno de los dos mundos estará seguro.
—¿Qué ocurrirá?
—No puedo determinarlo.
—¿O no quieres decírmelo?
Una vibración recorrió el escritorio.
La temperatura descendió.
Detrás de Vael apareció una sombra.
Charles parpadeó y la figura adoptó el rostro de Charlotte.
Su hija tenía treinta y dos años otra vez. El cabello castaño le caía sobre los hombros y llevaba el abrigo azul que usó la última noche que cenó en la mansión.
La sangre cubría un lado de su rostro.
—Papá —susurró.
Charles retrocedió.
La aparición desapareció.
Vael miró por encima del hombro, pero no pareció encontrar nada.
—¿Qué viste? —preguntó.
Charles obligó a sus manos a permanecer quietas.
—Nada.
Los ojos plateados lo estudiaron.
—Emma debe salir de Elarin antes de que el vínculo se fortalezca.
—No volveré a obedecer una orden sin conocer la verdad.
—Entonces prepárate para perderla como perdiste a Charlotte.
La comunicación se cortó.
El escritorio volvió a ser madera.
Charles permaneció de pie en la oscuridad, intentando recuperar el control de su respiración.
No había visto a Charlotte desde su muerte.
Había soñado con ella, por supuesto. En sus sueños aparecía como una niña corriendo por los jardines o como la joven que regresaba de la universidad llena de ideas que él fingía no comprender.
Nunca cubierta de sangre.
Nunca acusándolo.
Se acercó al bar y sirvió dos dedos de whisky. Bebió sin sentarse.
El timbre de la entrada sonó.
Charles observó la hora.
10:47 p. m.
Nadie llegaba a la mansión sin haber sido anunciado.
El sistema de seguridad proyectó la imagen de un hombre en la puerta. Cabello entrecano, abrigo mojado y una carpeta protegida bajo el brazo.
Charles lo reconoció.
John Miles, de cincuenta y dos años, había sido uno de los investigadores asignados a la muerte de Charlotte y Henry.
No lo veía desde hacía veinte años.
El timbre sonó nuevamente.
Charles desactivó el sello del escritorio antes de salir del estudio.
Encontró a John esperando en el vestíbulo. El tiempo había añadido líneas a su rostro y peso a sus hombros, pero su mirada seguía siendo la misma: paciente, incómodamente atenta.
—Señor Carter.
—Es tarde.
—Lo sé.
—¿Cómo consiguió entrar en la propiedad?
—Le mostré mi identificación al guardia.
—Ya no trabaja para la policía de Veymont.
John bajó la vista hacia la tarjeta que aún sostenía.
—Ahora trabajo para la oficina estatal de investigaciones.
Charles observó la carpeta.
—¿Qué quiere?
—Hablar del accidente de su hija.
La palabra accidente quedó suspendida entre ellos.
—El caso está cerrado.
—Ya no.
Charles lo condujo al estudio, pero no ocupó su lugar habitual detrás del escritorio. Permaneció de pie mientras John colocaba la carpeta sobre una mesa lateral.
En el interior había fotografías del automóvil.
La parte delantera estaba destruida. El parabrisas, reducido a fragmentos. Una de las puertas había sido arrancada durante el impacto.
Charles había visto aquellas imágenes antes.
Había intentado olvidarlas desde entonces.
—¿Por qué reabrir el caso después de veinte años?
John sacó una fotografía diferente.
Mostraba una pieza metálica pequeña, deformada en uno de los extremos.
—Esto pertenecía al sistema de frenos.
—El informe determinó que fallaron por desgaste.
—El informe oficial.
—¿Existe otro?
John colocó varias páginas junto a la fotografía.
—Durante la digitalización de archivos antiguos encontramos una referencia a un análisis que nunca fue incorporado al expediente. El técnico detectó cortes deliberados en dos conductos y residuos de un compuesto que aceleró el deterioro.
Charles tomó la página.
—¿Quién eliminó el informe?
—No lo sabemos. El técnico murió hace seis meses. Pero antes de morir guardó una copia de sus notas en un archivo personal.
—¿Por qué esperó tantos años?
—Recibió amenazas. También le pagaron.
—¿Quién?
John extrajo un comprobante bancario.
La transferencia procedía de una empresa que Charles no reconoció.
—La compañía desapareció dos semanas después del accidente —explicó—. El dinero pasó por siete cuentas antes de llegar al técnico.
—Entonces no tienen nada.
—Tenemos una firma de autorización.
John señaló la última página.
A. Crowe.
Charles sintió que el whisky se convertía en hielo dentro de su estómago.
—Alaric.
—¿Lo conoce?
—Conocí a su padre.
—Deen Crowe.
—Fue mi primer socio.
—Murió durante una pelea con usted.
—El arma se disparó durante el forcejeo. La investigación me exoneró.
—Alaric tenía cuatro años.
—Y ha pasado el resto de su vida creyendo que asesiné a su padre para quedarme con los negocios que compartíamos.
John cerró la carpeta.
—Creemos que la muerte de Charlotte y Henry fue una venganza.
Charles observó nuevamente la firma.
Alaric poseía el resentimiento y los recursos necesarios. Pero no podía saber dónde estaría Charlotte aquella noche. El viaje al centro de observación no figuraba en su agenda oficial.
Solo cuatro personas conocían la ruta.
Charles.
Charlotte.
Henry.
Y Vael.
—¿Cuándo piensa hacer pública la reapertura? —preguntó.
—Todavía no.
—¿Por qué vino a verme antes?
John sacó una fotografía más reciente.
Emma saliendo de la clínica de Elarin.
La imagen había sido tomada a distancia.
—Encontramos esto en un archivo vinculado con una de las cuentas de Crowe.
Charles sintió que el miedo regresaba.
—¿Cuándo se tomó?
—Ayer.
Ayer.
Antes de que Zyren llegara a la Tierra.
—Emma está siendo vigilada —dijo John—. Si Alaric ordenó la muerte de sus padres, puede que ahora vaya por ella.
Charles cerró los ojos.
Charlotte apareció nuevamente en su memoria.
Papá.
—Necesito que mantenga esta investigación en secreto —dijo.
—No trabajo para usted.
—Pero quiere mantener viva a mi nieta.
—Eso depende de que me diga todo lo que sabe.
Charles miró el símbolo oculto en su escritorio.
Podía revelar la existencia de Vael.
Nexara.
La energía que había elegido a Emma antes de nacer.
Pero sin pruebas, John pensaría que el dolor lo había hecho perder la razón. Y si Vael decía la verdad, hablar podría despertar algo que Charles había dedicado veintiocho años a mantener dormido.
—Alaric no trabaja solo —dijo finalmente.
—¿Quién lo ayuda?
—Todavía no lo sé.
Era una mentira.
John lo supo. Charles lo vio en sus ojos.
—Mientras decide si confía en mí —dijo el investigador—, enviaré protección a Elarin.
—No policías. Llamarían demasiado la atención.
—Entonces alguien de mi equipo.
—Quiero saber quién.
—No está en posición de imponer condiciones.
John recogió la carpeta.
Antes de llegar a la puerta, se detuvo.
—Hay algo más. El compuesto utilizado en los frenos no coincide con ninguna fórmula comercial registrada en aquella época.
Charles no respondió.
—Su composición molecular presenta una estructura que nuestros especialistas no han podido reproducir —continuó John—. Quien ayudó a Alaric tenía acceso a una tecnología que no debería existir.
Cuando el investigador salió, Charles regresó al escritorio.
Colocó la fotografía de Emma junto al símbolo de Nexara.
Vael había afirmado que la muerte de Charlotte fue un acontecimiento humano.
Alaric había ejecutado el plan.
Pero la tecnología utilizada no procedía de la Tierra.
Charles activó nuevamente el canal.
Vael no respondió.
En su lugar, una voz desconocida surgió desde la oscuridad:
—Ya la perdiste una vez.
El reflejo de Charlotte apareció sobre el escritorio.
Sus ojos se volvieron negros.
—Ahora perderás a la niña.
La comunicación terminó.
Charles tomó su teléfono y buscó el nombre de Emma.
No podía obligarla a regresar.
Pero tampoco podía permitir que permaneciera sola.
Marcó otro número.
Gabe respondió de inmediato.
—¿Qué ocurrió?
Charles observó la fotografía tomada desde las sombras.
—Necesito que vayas a Elarin.