A través de las estrellas te encontré Capítulo 6. El desconocido del café
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Capítulo 6. El desconocido del café

Emma estuvo a punto de dejar caer la caja.

La sostuvo contra su cuerpo justo antes de que los frascos de medicamentos se deslizaran por uno de los lados. El doctor Harris continuó explicándole dónde debía guardar las donaciones, sin notar que ella había dejado de escucharlo.

Al otro lado de la plaza había un hombre observándola.

No parecía perdido, aunque permanecía inmóvil frente al Café Lumen, bajo una lluvia que ya casi había cesado. Tampoco parecía esperar a nadie.

La miraba directamente.

Emma no distinguía el color de sus ojos desde aquella distancia, pero sintió el peso de su atención como un contacto físico.

—¿Emma?

La voz del doctor Harris la obligó a apartar la mirada.

—Perdón. ¿Qué decía?

—Los antibióticos van en el depósito trasero. Las vitaminas y los analgésicos, en el armario de la sala dos.

—Claro.

—¿Estás bien?

—Sí. Creí reconocer a alguien.

Volvió la cabeza.

El hombre había desaparecido.

Emma examinó la entrada del café y las personas que cruzaban la plaza. Un paraguas rojo. Una pareja entrando en la librería. Margaret Collins estacionando su automóvil de una manera que probablemente violaba varias normas.

No encontró al desconocido.

—Es difícil reconocer a alguien llevando solo dos semanas en Elarin —comentó el doctor Harris.

—Tal vez por eso me confundí.

Llevó la caja al interior de la clínica.

El lugar era pequeño, con cuatro salas de consulta, una recepción y un depósito que parecía haber sido diseñado para contener la mitad de lo que guardaban allí. No se parecía en nada a los hospitales privados de Veymont que Emma había conocido durante eventos benéficos organizados por su familia.

Las paredes necesitaban pintura.

Una de las ventanas no cerraba bien.

El equipo médico tenía más años que algunos pacientes.

Aun así, durante las dos semanas que llevaba trabajando como voluntaria, Emma había sentido allí algo que nunca experimentó en Carter International.

Utilidad.

Nadie le preguntaba por su apellido antes de entregarle una tarea. No había fotógrafos esperando en la entrada ni miembros de una junta observando cada una de sus decisiones. Para los habitantes de Elarin, era simplemente Emma.

La nueva voluntaria que todavía confundía los formularios.

La mujer de la ciudad que no sabía encender la vieja cafetera.

La nieta de Evelyn Scott.

Y, para su sorpresa, aquello le gustaba.

Terminó de organizar las donaciones poco después del mediodía. Cuando salió de la clínica, el aire olía a tierra mojada y hojas.

El desconocido seguía sin aparecer.

No tenía ninguna razón para buscarlo.

Lo hizo de todas formas.

—Dos segundos mirándote desde la plaza y ya consiguió que olvidaras cómo caminar.

Emma se volvió.

Cloe esperaba apoyada contra la puerta del Café Lumen. A sus veintinueve años, su cabello rubio formaba una colección de rizos indisciplinados alrededor del rostro y sus ojos grises brillaban con diversión.

—No sé de qué hablas.

—Entonces en Veymont mirar fijamente a un desconocido durante casi un minuto debe considerarse una forma normal de saludar.

—No fue un minuto.

—Cincuenta y tres segundos.

—¿Los contaste?

—No había muchos clientes.

Cloe abrió la puerta del café.

—Entra. Necesitas comer y yo necesito saber por qué el hombre más interesante que ha llegado a Elarin en años no dejó de mirarte.

Emma se detuvo.

—¿Está dentro?

La sonrisa de Cloe se amplió.

—Así que sí te interesa.

—Solo pregunté.

—Y yo solo contesté.

Emma la siguió.

El Café Lumen ocupaba la esquina más antigua de la plaza. Las paredes de ladrillo estaban cubiertas de fotografías, plantas y estanterías con libros que nadie recordaba haber llevado. Varias lámparas amarillas colgaban sobre las mesas, creando pequeños círculos de luz.

El aroma a café tostado y pan recién horneado la envolvió.

Emma lo vio de inmediato.

Estaba sentado junto a la ventana.

Había elegido una mesa desde la que podía observar la entrada, la plaza y el reflejo del interior en el cristal. Su abrigo negro permanecía cerrado a pesar de la calefacción. Tenía una taza frente a él, pero no la había tocado.

De cerca resultaba más difícil ignorarlo.

Era alto, incluso sentado. Su cabello oscuro caía de manera desordenada sobre la frente, en contraste con la precisión de sus movimientos. Su rostro parecía construido a partir de líneas demasiado exactas: mandíbula firme, pómulos marcados y una expresión serena que no revelaba nada.

Pero eran sus ojos los que la detuvieron.

Tan oscuros que durante un instante parecieron completamente negros.

Emma sintió frío.

El mismo frío de su habitación en Veymont.

La imagen del rostro de su madre atravesó su mente: piel pálida, ojos vacíos.

Parpadeó.

Los ojos del desconocido ya no parecían negros. Solo inusualmente oscuros.

—Respira —murmuró Cloe.

Emma se dio cuenta de que estaba conteniendo el aire.

—Estoy respirando.

—Claro. Por eso pareces a punto de desmayarte.

—No voy a desmayarme.

El hombre levantó la mirada.

La encontró sin buscarla.

Emma sintió una presión debajo del esternón, seguida por una vibración tenue que descendió hasta sus manos. Las lámparas del café parpadearon.

Varias conversaciones se interrumpieron.

—Otra vez el cableado —dijo Cloe—. Un día este lugar va a incendiarse y el alcalde dirá que no estaba incluido en el presupuesto.

Las luces se estabilizaron.

El desconocido continuó mirando a Emma.

No parecía sorprendido por la falla.

Parecía estar estudiándola.

—Eso ya comienza a ser descortés —dijo ella.

Cloe le entregó una taza vacía.

—Díselo tú. Yo pienso disfrutarlo desde una distancia segura.

—Eres una gran amiga.

—Nos conocemos hace doce días. Todavía estoy en periodo de prueba.

Emma llevó la taza hasta la barra y se sirvió café, aunque no quería beberlo. Necesitaba hacer algo con las manos.

—¿Qué sabes de él? —preguntó en voz baja.

—Llegó esta mañana caminando desde la carretera del norte.

—¿Caminando?

—Margaret lo encontró bajo la lluvia y lo trajo. Se llama Zyren Vale.

La taza chocó contra el plato.

Una pequeña cantidad de café se derramó sobre la barra.

—¿Cómo dijiste?

—Zyren.

El nombre volvió a su mente con la voz que había utilizado al despertar.

Zyren.

Cloe tomó un paño.

—¿Lo conoces?

—No.

—Tu cara dice otra cosa.

—Soñé ese nombre.

Cloe dejó de limpiar.

—¿Cuándo?

—Hace dos semanas. La mañana antes de decirle a Charles que venía a Elarin.

—¿Soñaste con él?

—No vi su rostro.

—Pero dijiste su nombre.

—Sí.

Cloe observó al desconocido.

—Eso es inquietantemente romántico o el comienzo de una investigación criminal.

—Gracias. Me tranquiliza saber que esas son las únicas opciones.

Emma llevó su café a una mesa situada al otro extremo.

No porque quisiera alejarse de él.

Porque necesitaba recuperar la capacidad de pensar.

Abrió uno de los manuales de anatomía que utilizaba para preparar los cursos.

Leyó la misma oración cuatro veces sin comprenderla.

Era consciente de la presencia de Zyren junto a la ventana, del sonido casi inexistente de sus movimientos y de cada ocasión en que levantaba la taza sin llegar a beber.

Cinco minutos después, una sombra cubrió la página.

Emma alzó la mirada.

Zyren estaba frente a ella.

De pie parecía aún más alto. Sus ojos recorrieron el libro, la taza y finalmente su rostro.

—¿Puedo sentarme?

Su voz le produjo una familiaridad imposible.

—Hay otras mesas disponibles.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué esta?

Zyren miró la silla vacía.

—Porque tú estás aquí.

La respuesta fue tan directa que Emma no supo si sentirse halagada o alarmada.

—Esa frase suele funcionar mejor después de una presentación.

Él permaneció inmóvil.

—Zyren Vale.

—Ya lo sé.

Algo cambió en su expresión.

—¿Cómo?

Emma señaló discretamente hacia la barra.

—Elarin. Aquí la información viaja más rápido que las personas.

Cloe levantó una mano desde la cafetera.

Zyren observó el gesto y luego volvió a mirar a Emma.

—¿Tu nombre?

Ella consideró la posibilidad de no responder. Sin embargo, resultaba absurdo fingir misterio en un pueblo donde Cloe probablemente ya le había contado a Margaret su talla de zapatos.

—Emma Carter.

Zyren repitió su nombre con lentitud.

—Emma.

La forma en que lo pronunció hizo que algo vibrara nuevamente dentro de ella.

—Puedes sentarte —dijo antes de cambiar de opinión.

Zyren ocupó la silla.

Su espalda permaneció recta y sus manos descansaron sobre la mesa en una posición demasiado simétrica. No se quitó el abrigo.

Emma señaló la taza que había dejado junto a la ventana.

—¿No te gustó el café?

—Aún no lo he probado.

—Llevas más de veinte minutos observándolo.

—Estaba analizando su composición.

Emma esperó que sonriera.

No lo hizo.

—Es café, no una sustancia desconocida.

—Para mí lo es.

—¿Nunca has tomado café?

—No.

—¿De dónde vienes?

Zyren guardó silencio apenas un segundo.

—De Veymont.

—En Veymont también existe el café.

—No lo necesitaba allí.

Emma entrecerró los ojos.

—Hablas como si fuera un medicamento.

—Modifica la actividad del sistema nervioso, aumenta el estado de alerta y puede generar dependencia. Técnicamente, posee efectos farmacológicos.

—Debes ser muy divertido en las fiestas.

—No asisto a fiestas.

Esta vez Emma tuvo que contener una sonrisa.

No sabía si estaba bromeando. Su expresión indicaba que no.

—¿Por qué viniste a Elarin?

—Investigación ambiental.

La respuesta parecía preparada.

—¿Qué investigas?

Zyren la observó.

—Adaptación.

—Eso es bastante amplio.

—Todavía estoy delimitando el objeto de estudio.

Emma bebió un poco de café.

—¿Y mirar personas desde el otro lado de la plaza forma parte de la investigación?

—Sí.

Casi se atragantó.

—¿Siempre eres así de honesto?

—Cuando es eficiente.

—No siempre lo es.

—Lo estoy descubriendo.

Una corriente de aire recorrió el café. Emma miró hacia la puerta, pero estaba cerrada.

La temperatura descendió.

Zyren se tensó.

Por primera vez desde que se sentó, su serenidad se quebró. Sus ojos se dirigieron hacia el reflejo de la ventana.

Emma siguió su mirada.

Durante un instante vio a su madre sentada en una mesa vacía.

Charlotte llevaba el mismo abrigo de la fotografía. Su cabello estaba mojado y sus ojos eran dos espacios completamente oscuros.

Movió los labios.

Aléjate de él.

Emma se levantó bruscamente.

La mesa se estremeció y el café se derramó sobre su libro.

Zyren también se puso de pie.

La figura había desaparecido.

—¿Qué viste? —preguntó él.

No preguntó si había visto algo.

Preguntó qué.

Emma lo miró.

—¿Tú también la viste?

—Vi una alteración en el reflejo.

—¿Qué clase de alteración?

Zyren no respondió.

Cloe se acercó con un paño.

—¿Todo bien?

Emma miró la ventana.

Solo reflejaba el interior del café.

—Sí. Me pareció ver a alguien afuera.

—No hay nadie.

Cloe comenzó a limpiar la mesa. Zyren tomó el manual antes de que el café alcanzara las páginas interiores.

Emma extendió la mano al mismo tiempo.

Sus dedos se tocaron.

La plaza desapareció.

Emma vio un cielo púrpura.

Tres lunas.

Torres de cristal suspendidas sobre un mar de luz.

Después, fuego.

Una sombra sin rostro se elevó entre las ruinas y abrió una boca formada por oscuridad.

Emma retiró la mano.

El café regresó de golpe.

Zyren la observaba con la respiración alterada.

También lo había visto.

—¿Qué eres? —susurró Emma.

Durante un instante, algo parecido al miedo apareció en los ojos de Zyren.

—Eso vine a descubrir.