Capítulo 5. La llegada
La Tierra intentó derribarlo antes de permitirle tocar su superficie.
Nexarion-X atravesó la atmósfera envuelta en una capa de plasma. La estructura viva se contrajo alrededor de Zyren mientras las corrientes terrestres golpeaban el fuselaje desde direcciones que los sistemas no habían previsto.
—Desviación de ruta: cero coma siete grados —anunció la nave.
Zyren corrigió el descenso.
Una fuerza invisible lo empujó contra el asiento.
En Nexara, las transiciones atmosféricas eran suaves. El planeta reconocía las naves, abría rutas entre sus corrientes energéticas y reducía la resistencia a su paso.
La Tierra no reconocía nada.
No ajustaba su gravedad.
No facilitaba la llegada.
No parecía interesada en recibirlo.
—Pérdida de conexión con Nexara en nueve unidades —informó el sistema.
Zyren observó la representación de su planeta suspendida frente a él. Las tres lunas giraban alrededor de una esfera púrpura cada vez más tenue.
Ocho.
La energía de Nexara dejó de responder en sus extremidades.
Siete.
Sus sentidos comenzaron a reducirse. Las lecturas estelares que normalmente percibía sin ayuda desaparecieron de su mente.
Seis.
El peso de su propio cuerpo aumentó.
Cinco.
Los filamentos energéticos bajo su piel se apagaron.
Cuatro.
Un dolor agudo atravesó su pecho.
Zyren apretó los dedos alrededor de los controles.
Tres.
Nexara se convirtió en un punto de luz.
Dos.
Por primera vez desde su creación, no sintió el pulso de su planeta.
Uno.
Silencio.
La imagen desapareció.
Nexarion-X se estremeció cuando una descarga eléctrica recorrió el cielo terrestre.
Zyren tuvo que concentrarse para respirar.
El aire continuaba dentro de la nave. Su composición era estable y el sistema no detectaba ninguna amenaza. Aun así, cada inhalación parecía exigir una decisión consciente.
—Estado del tripulante —ordenó.
—Ritmo cardíaco elevado. Reducción energética del sesenta y ocho por ciento. Adaptación biológica en curso.
—Tiempo estimado.
—Desconocido.
La nave descendió por debajo de las nubes.
La oscuridad se abrió ante ellos.
Bosques.
Montañas.
Una extensión de árboles cubría la superficie como una masa irregular, atravesada por carreteras estrechas y puntos de luz. No había torres flotantes ni rutas energéticas visibles. Las estructuras humanas permanecían ancladas al suelo.
Elarin aparecía más allá del bosque.
Desde el aire parecía insignificante. Varias calles, una plaza central, casas separadas por árboles y un grupo de edificios rodeando una torre con un reloj.
Sin embargo, la señal verde pulsaba desde allí con suficiente intensidad para interferir con los sistemas de la nave.
—Origen de la señal —dijo Zyren.
—No identificado.
—Localiza una fuente física.
—No existe una fuente compatible con los registros.
—¿Proviene de un ser vivo?
La nave guardó silencio durante dos segundos.
—Posible.
Una segunda descarga iluminó el cielo.
Zyren vio la lluvia antes de comprender qué era. Millones de gotas caían sobre el fuselaje, golpeándolo con un sonido caótico y persistente.
Nexarion-X modificó su trayectoria hacia una zona despejada entre las montañas.
—Superficie inestable —advirtió el sistema.
—Aterriza.
La nave redujo la velocidad. Los árboles se inclinaron bajo la presión gravitacional, aunque ningún sonido escapó del perímetro de ocultamiento.
Nexarion-X tocó tierra.
Durante varios segundos, Zyren no se movió.
Había llegado.
Cerró los ojos e intentó localizar Nexara.
No encontró nada.
El vacío no era únicamente energético. Se extendía dentro de él como la ausencia de un órgano que siempre había estado allí.
—Iniciar protocolo terrestre —ordenó.
Las paredes se iluminaron.
La armadura oscura comenzó a retraerse sobre su cuerpo hasta desaparecer bajo la piel. En su lugar, la nave formó prendas basadas en los registros humanos: pantalón negro, camisa del mismo color, botas resistentes al terreno y un abrigo largo.
Una imagen de Zyren apareció ante él.
Su piel conservaba un tono demasiado pálido y sus ojos seguían siendo completamente negros. La nave redujo el contraste de sus iris y añadió pequeñas imperfecciones a su apariencia.
—Identidad terrestre mínima generada —informó el sistema—. Ciudadanía y documentos básicos registrados. Nombre: Zyren Vale. Edad aparente: treinta y cuatro años. Lugar de nacimiento registrado: Veymont. Ocupación: consultor independiente en sistemas ambientales. Residencia temporal: Elarin.
—¿Los registros soportarán una investigación?
—La identidad existe en las bases civiles accesibles. Una investigación profunda revelará inconsistencias.
—Refuérzala.
—La manipulación adicional aumenta la posibilidad de detección.
Zyren observó el rostro de aquel hombre llamado Zyren Vale.
Parecía humano.
No se sentía como uno.
La salida de la nave se abrió.
El aire frío entró de inmediato.
Zyren dio un paso y su cuerpo se tensó. Había estudiado la temperatura terrestre, pero los datos no describían la sensación del viento húmedo contra el rostro ni la forma en que el frío se introducía entre la ropa.
Extendió una mano.
Las gotas de lluvia chocaron contra su palma.
No contenían energía perceptible. No transmitían información. Eran simplemente agua cayendo desde el cielo sin un patrón que pudiera anticipar.
Una gota descendió por su muñeca.
Después otra.
Zyren permaneció inmóvil, observándolas.
—La exposición prolongada puede reducir tu temperatura corporal —advirtió la nave.
—Estoy analizando el fenómeno.
—El fenómeno se denomina lluvia.
—Conozco su denominación.
—Entonces tu análisis está completo.
Zyren miró hacia la entrada.
La nave acababa de contradecirlo.
—¿Has alterado tu programación?
—Negativo.
—No vuelvas a emitir conclusiones que no se te soliciten.
—Entendido.
Hubo una pausa.
—La exposición prolongada continúa siendo desaconsejable.
Zyren salió por completo.
El suelo cedió ligeramente bajo sus botas. Barro. Hojas húmedas. Pequeñas piedras que se desplazaban con su peso.
Nada era perfecto.
Ninguna superficie estaba nivelada. Los árboles crecían en direcciones distintas, sus ramas se entrelazaban y competían por la luz. Algunas plantas sobrevivían bajo otras más grandes. Otras se adherían a troncos caídos y utilizaban la materia en descomposición para continuar creciendo.
El desorden sostenía vida.
Aquella conclusión contradecía todo lo que Nexara enseñaba.
Zyren caminó hasta el borde del claro. A su espalda, la nave modificó su apariencia. La estructura negra se cubrió con una proyección de roca, vegetación y sombras hasta desaparecer entre el bosque.
—Mantén ocultamiento —ordenó a través del vínculo—. Comunícate únicamente si detectas una amenaza.
—Orden confirmada.
Zyren siguió las coordenadas hacia Elarin.
Los primeros kilómetros revelaron limitaciones que no esperaba experimentar con tanta rapidez.
Su respiración se volvió pesada.
Los músculos de sus piernas comenzaron a arder.
La humedad atravesó su ropa.
Y una presión vacía apareció debajo de sus costillas.
Se detuvo.
—Diagnóstico.
La respuesta de Nexarion-X llegó a través del comunicador integrado.
—Descenso de glucosa. Tu cuerpo requiere alimento.
Hambre.
Zyren conocía el término.
Los nexarianos absorbían energía directamente del planeta y consumían compuestos físicos solo durante periodos de recuperación extrema. Los humanos, en cambio, debían alimentarse varias veces cada día.
Aquello le pareció ineficiente.
Continuó caminando.
Cuando alcanzó la primera carretera, la lluvia había disminuido. Una señal indicaba que Elarin se encontraba a cuatro kilómetros. No había vehículos a la vista, pero escuchó un sonido aproximándose desde la distancia.
Un automóvil apareció tras una curva.
Zyren calculó su velocidad, el ángulo de la carretera y la probabilidad de que el conductor lo hubiera visto. Permaneció junto al borde.
El vehículo redujo la marcha y se detuvo.
La ventanilla descendió.
Una mujer de cabello gris lo observó desde el asiento.
—¿Está loco?
Zyren analizó la pregunta.
—No.
Ella parpadeó.
—Está caminando bajo la lluvia en medio de la carretera.
—La lluvia ha disminuido.
—Eso no mejora mucho la situación.
Zyren guardó silencio.
La mujer lo estudió de arriba abajo. Su expresión cambió de irritación a preocupación.
—¿Tuvo un accidente?
—No.
—¿Se averió su auto?
—No tengo uno.
—Claro que no.
Desbloqueó la puerta del pasajero.
—Suba. Voy hacia el pueblo.
Zyren observó el interior del vehículo. Los registros de la nave advertían que aceptar transporte de desconocidos podía representar un riesgo.
También indicaban que los humanos respondían negativamente a rechazos bruscos.
—No pretende hacerme daño —dijo.
La mujer abrió mucho los ojos.
—Esa es una manera bastante extraña de preguntar.
—¿Pretende hacerlo?
—¡No!
—Entonces aceptaré.
Subió al vehículo.
El interior olía a café, tela húmeda y una sustancia dulce que no identificó. En el asiento trasero había bolsas de alimentos, varias plantas y un paraguas amarillo.
La mujer volvió a incorporarse a la carretera.
—¿Tiene nombre?
—Zyren Vale.
—Yo soy Margaret. ¿Viene a visitar a alguien?
—No.
—¿Trabajo?
—Investigación.
—¿De qué tipo?
Zyren recordó la identidad creada por la nave.
—Sistemas ambientales.
—Entonces eligió el lugar correcto. Aquí tenemos árboles, lluvia y más árboles.
La respuesta no parecía requerir una contestación.
Margaret continuó hablando durante todo el trayecto. Le explicó dónde podía hospedarse, qué restaurante debía evitar y por qué el alcalde era incapaz de reparar la torre del reloj. También mencionó a siete personas por sus nombres, aunque Zyren no comprendió qué relación tenían con la información.
Los humanos compartían una cantidad extraordinaria de datos sin que nadie se los solicitara.
Cuando entraron en Elarin, la señal verde aumentó.
Zyren dirigió la atención hacia las calles.
Edificios de piedra y madera rodeaban la plaza. Las personas caminaban bajo paraguas, entraban en tiendas y se saludaban incluso cuando parecían tener prisa. Cada rostro mostraba pequeñas variaciones: cansancio, alegría, impaciencia, preocupación.
Demasiadas emociones ocurriendo simultáneamente.
La nave intentó clasificarlas a través de sus sentidos, pero la información se superpuso hasta producir un murmullo constante en su mente.
—Puede dejarme aquí —dijo.
Margaret se detuvo frente a una cafetería.
Un letrero de madera colgaba sobre la entrada: Café Lumen.
—Ahí podrá comer algo —dijo—. Y Cloe sabe todo lo que ocurre en Elarin. A veces incluso antes de que ocurra.
Zyren descendió.
—Gracias por el transporte.
Margaret sonrió.
—Necesita practicar la manera de hablar si quiere que la gente deje de mirarlo raro.
—¿Cómo debería hablar?
—Como si no hubiera aprendido inglés leyendo un manual.
El automóvil se alejó.
Zyren permaneció frente a la cafetería.
El aroma que escapaba por la puerta intensificó el vacío en su estómago. Pan caliente. Café. Azúcar. Su cuerpo identificaba sustancias que jamás había probado y exigía que entrara.
Antes de avanzar, la señal verde volvió a pulsar.
Más fuerte.
Zyren giró hacia el otro lado de la plaza.
Una mujer salía de un edificio pequeño con un símbolo médico junto a la puerta. Llevaba una caja entre los brazos y hablaba con un hombre mayor. El viento movía su cabello castaño alrededor del rostro.
Zyren dejó de escuchar la plaza.
El tráfico.
Las voces.
La lluvia golpeando los toldos.
Todo desapareció.
La mujer se volvió.
Incluso desde aquella distancia, vio sus ojos.
Verdes.
Los mismos ojos que lo habían observado bajo un cielo en llamas.
Ella no podía verlo con claridad entre las personas que cruzaban la calle. Aun así, se detuvo.
La caja se inclinó entre sus brazos.
Zyren sintió que algo dentro de su pecho respondía a su presencia.
No era Nexara.
No era la nave.
Era él.
La señal dejó de aparecer en sus sistemas.
Ya no necesitaba indicar una ubicación.
Zyren había encontrado su origen.