Capítulo 3. Un año para elegir
Emma despertó con un nombre en los labios.
—Zyren.
La habitación permanecía oscura. Las cortinas impedían que las luces de Veymont alcanzaran la cama y el único sonido era el ritmo constante del reloj sobre la mesa de noche.
Emma se incorporó lentamente.
No reconocía aquel nombre.
Intentó recuperar el sueño, pero solo encontró fragmentos: un cielo púrpura, tres lunas suspendidas sobre una ciudad de cristal y la silueta de un hombre que la observaba desde una distancia imposible.
No había visto su rostro.
Aun así, despertó con la certeza de que él la estaba buscando.
Emma encendió la lámpara. La luz cálida llenó la habitación y disipó las últimas imágenes. Tomó el teléfono para comprobar la hora.
5:43 a. m.
También tenía once mensajes sin leer.
Tres eran de su abuelo.
Cinco, de la oficina.
Los últimos tres pertenecían a Gabe.
El más reciente había llegado hacía apenas seis minutos.
Necesitamos hablar antes de la reunión.
Emma dejó el teléfono boca abajo.
La reunión.
Había pasado toda la noche intentando encontrar una forma de evitarla, aun sabiendo que no existía ninguna.
Charles llevaba semanas preparándola. La incorporación oficial de Emma al consejo directivo de Carter International debía presentarse aquella mañana, seguida por el anuncio de su compromiso con Gabe Hankins.
Dos decisiones tomadas sobre su vida sin que nadie se molestara en preguntarle si las deseaba.
Se levantó y caminó hasta el ventanal.
Veymont se extendía bajo ella, iluminada por cientos de edificios que parecían competir por tocar el cielo. Desde el piso cuarenta y dos, las personas eran apenas sombras desplazándose entre avenidas. Todo se movía con la precisión de una maquinaria bien construida.
Charles adoraba aquella vista.
Decía que desde las alturas los problemas parecían pequeños.
Emma pensaba lo contrario.
Desde allí, las personas también lo parecían.
Se apoyó contra el cristal. Su reflejo le devolvió la imagen de una mujer que había aprendido a representar el papel esperado: cabello perfectamente recogido, postura serena, apellido poderoso.
A los veintiocho años poseía un título en Administración de Empresas, una oficina que nunca había pedido y un futuro que todos consideraban envidiable.
También guardaba, en el último cajón de su escritorio, una solicitud incompleta para ingresar en la facultad de medicina.
Llevaba seis meses trabajando en ella.
Y toda una vida intentando reunir el valor para enviarla.
El teléfono volvió a vibrar.
Gabe.
Esta vez respondió.
—Estoy despierta.
—Lo supuse.
La voz de Gabe era grave y controlada, incluso a aquella hora. Emma lo imaginó en su oficina, vestido ya con uno de sus trajes oscuros, revisando documentos mientras el resto de la ciudad apenas comenzaba a despertar.
—Tu abuelo adelantó la reunión —continuó—. Quiere que estemos en la mansión a las ocho.
—La reunión era a las diez.
—Cambió de opinión.
—Charles siempre cambia de opinión cuando teme que alguien más pueda formar una propia.
Hubo un breve silencio.
—Emma…
—¿Tú sabías lo del anuncio?
Gabe no respondió de inmediato.
Aquella pausa fue suficiente.
Emma cerró los ojos.
—¿Desde cuándo?
—Charles me lo confirmó anoche.
—Eso no fue lo que pregunté.
—Sabía que lo estaba considerando.
—¿Y pensabas decírmelo antes o después de que los fotógrafos comenzaran a felicitarnos?
—No habrá fotógrafos si tú no quieres.
—Pero sí habrá compromiso.
—Nuestras familias llevan años esperando esto.
—Nuestras familias no van a casarse, Gabe.
Su respiración llegó a través del teléfono, lenta y contenida.
—Podemos hablar cuando llegue.
—Eso es lo que todos dicen cuando necesitan tiempo para preparar una respuesta que suene mejor que la verdad.
Emma terminó la llamada.
Durante unos segundos permaneció frente al ventanal, observando cómo el amanecer comenzaba a borrar las luces de la ciudad.
Una parte de ella quería regresar a la cama, cubrirse con las sábanas y dejar que la reunión ocurriera sin su presencia.
La otra estaba cansada de desaparecer para facilitar las decisiones de otros.
Abrió el armario.
No eligió el vestido que Charles había enviado la noche anterior. Tampoco el traje blanco que esperaba encontrarla usando.
Escogió un pantalón negro, una blusa color marfil y el abrigo que había pertenecido a su madre.
La tela conservaba un leve aroma a jazmín, aunque probablemente solo existiera en su memoria.
Charlotte Carter había muerto cuando Emma tenía ocho años. Durante mucho tiempo, Emma creyó que crecer significaba dejar de necesitarla. Había descubierto que algunas ausencias no disminuían con los años. Solo aprendían a esconderse mejor.
Al colocarse el abrigo, algo cayó de uno de los bolsillos interiores.
Una fotografía.
Emma la recogió.
Su madre aparecía junto a Henry frente a un observatorio. Charlotte sostenía una carpeta contra el pecho y reía mientras el viento desordenaba su cabello. Henry la miraba en lugar de mirar a la cámara.
Emma conocía aquella fotografía. La había visto cientos de veces.
Pero nunca había reparado en el edificio que aparecía detrás de ellos.
Sobre la entrada había un nombre grabado en piedra:
Centro de Observación Elarin.
Emma pasó el pulgar sobre las letras.
Una punzada fría le recorrió la nuca.
Por un instante, el reflejo de su madre apareció en el cristal del marco.
No la Charlotte sonriente de la fotografía.
Otra.
Pálida.
Con los ojos completamente negros.
Emma dejó caer la imagen.
Cuando volvió a mirar, solo vio su propio rostro reflejado.
Retrocedió un paso.
La temperatura de la habitación parecía haber descendido, aunque el sistema continuaba marcando veintidós grados.
El teléfono vibró nuevamente y el sonido rompió la quietud.
Emma se obligó a respirar.
Falta de sueño, pensó.
Estrés.
Una combinación perfectamente razonable.
Recogió la fotografía y la guardó dentro de su bolso.
A las ocho en punto cruzó las puertas de la mansión Carter.
Charles la esperaba en el estudio.
No estaba solo.
Gabe permanecía de pie junto a la chimenea, impecable como siempre. Su traje gris oscuro parecía hecho para aquella habitación, para sus paredes cubiertas de libros y los retratos de hombres que habían convertido el apellido familiar en una institución.
Cuando Emma entró, sus ojos se encontraron.
Durante un instante vio algo diferente en él. No culpa exactamente. Algo más cercano a la preocupación.
Charles no se levantó detrás del escritorio.
—Llegas tarde.
Emma miró el reloj antiguo de la pared.
Las manecillas marcaban las ocho.
—Entonces también deberías repararlo.
Gabe ocultó una reacción llevando la taza de café a sus labios.
Charles la observó por encima de sus lentes.
—Siéntate.
Emma permaneció de pie.
Sobre el escritorio había dos carpetas.
La primera llevaba el sello de Carter International.
La segunda contenía su nombre y el de Gabe grabados en letras doradas.
—No voy a incorporarme al consejo —dijo.
Charles no mostró sorpresa.
—Estás alterada.
—Estoy segura.
—Llevas años preparándote para este puesto.
—Tú llevas años preparándome. No es lo mismo.
—Emma —intervino Gabe—, quizá deberíamos hablar primero sobre lo que quieres.
Ella se volvió hacia él.
—¿Ahora?
Gabe recibió el golpe sin apartar la mirada.
—Debí decírtelo.
—Sí.
—Pero eso no significa que no me importe lo que decidas.
Charles cerró la carpeta con un movimiento seco.
—Esto no es una conversación sentimental. Carter International necesita continuidad. Gabe dirige su compañía con excelentes resultados y tú eres mi única heredera. La unión de ambas familias garantiza estabilidad.
—¿Para las empresas o para nosotros?
—En nuestra posición, no existe una diferencia.
Emma abrió su bolso y sacó varios documentos. Los colocó sobre el escritorio, encima de la carpeta del compromiso.
Charles bajó la mirada.
Solicitud de admisión.
Programa de requisitos preuniversitarios.
Confirmación de una plaza como voluntaria en la Clínica Comunitaria de Elarin.
—Voy a estudiar medicina —dijo Emma.
Por primera vez, Charles perdió parte de su serenidad.
—No.
La respuesta fue tan inmediata que casi la hizo sonreír.
—No te estoy pidiendo permiso.
—Tienes veintiocho años. Ya posees una carrera y responsabilidades dentro de esta familia. No abandonarás todo por una decisión impulsiva.
—No es impulsiva. Llevo años queriéndolo.
—Nunca lo mencionaste.
—Porque cada vez que intentaba hablar de algo que no habías planeado, me explicabas por qué estaba equivocada.
Charles tomó los documentos, revisándolos como si buscara una cláusula que le permitiera invalidarlos.
—¿Elarin?
—La clínica necesita voluntarios. Completaré allí los requisitos que me faltan y prepararé las solicitudes.
—Es un pueblo aislado.
—Esa es parte de la razón.
—No sabes nada de ese lugar.
Emma pensó en la fotografía que llevaba en el bolso.
—Mis padres estuvieron allí.
Las manos de Charles se detuvieron.
Fue apenas un instante, pero ella lo vio.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Hay una fotografía frente al centro de observación.
—Tu madre visitó muchos centros durante sus investigaciones.
—Nunca me hablaste de ese.
—Porque no era importante.
Charles respondió demasiado rápido.
Gabe lo observó con atención.
Emma sintió que algo se tensaba dentro de la habitación.
—Entonces no debería preocuparte que vaya.
Charles dejó los documentos sobre el escritorio.
—¿Cuánto tiempo?
Emma había pensado en seis meses. Tal vez menos. El suficiente para alejarse, respirar y decidir qué hacer con su vida.
Pero frente a él comprendió que necesitaba algo que no pudiera ser renegociado cada semana.
—Un año.
—Es excesivo.
—Es lo que necesito.
—¿Y después?
—Después decidiré si quiero entrar en la empresa, solicitar medicina o construir una vida completamente distinta.
La mandíbula de Charles se endureció.
—¿Y el compromiso?
Emma miró a Gabe.
Había imaginado aquella conversación muchas veces, pero nunca pensó que sentiría tristeza al llegar a ella. Gabe había formado parte de su vida desde que podía recordar. Había estado presente en cumpleaños, funerales, celebraciones y silencios. Confiaba en él más que en casi cualquier persona.
Pero confianza no era lo mismo que amor.
Y gratitud no era consentimiento.
—No habrá compromiso durante ese año.
Gabe sostuvo su mirada.
—¿Y cuando termine?
—No puedo prometerte una respuesta que todavía no tengo.
Una sombra de dolor cruzó sus ojos, pero desapareció antes de que Charles pudiera verla.
—Está bien —dijo Gabe.
Charles se levantó.
—No te corresponde aceptar.
—Si el compromiso también me incluye, sí me corresponde.
Los dos hombres se miraron. Por primera vez, Gabe no bajó la cabeza ante la autoridad de Charles.
—Un año —repitió—. Sin anuncios. Sin presión pública.
—Estás facilitando una irresponsabilidad.
—Le estoy permitiendo elegir.
Emma no esperaba que aquellas palabras vinieran de él.
Charles caminó hasta el ventanal. Afuera, los jardines se extendían bajo una capa de niebla.
—Elarin no es seguro.
—¿Por qué? —preguntó Emma.
Charles tardó demasiado en responder.
—Estarás sola.
—Evelyn vive allí.
—Evelyn no puede protegerte de todo.
Emma frunció el ceño.
—¿Protegerme de qué?
Charles se volvió.
La preocupación en su rostro era real, pero estaba mezclada con algo que ella no logró identificar.
Miedo.
—De cometer un error que no puedas deshacer.
Emma guardó los documentos.
—Entonces tendrá que ser mi error.
Salió del estudio antes de que él pudiera detenerla.
Gabe la alcanzó en el corredor.
—Emma.
Ella continuó caminando.
—No quiero discutir contigo.
—No voy a discutir.
Gabe se colocó frente a ella, obligándola a detenerse.
—Solo quiero que sepas que no acepté ese anuncio.
—Pero tampoco lo impediste.
—Tienes razón.
La sinceridad desarmó parte de su enojo.
Gabe bajó la voz.
—Hay algo extraño en la reacción de Charles. No le preocupa únicamente que abandones la empresa.
—También lo noté.
—Investigaré Elarin.
—No necesito que investigues cada lugar al que voy.
—No lo haré para controlarte.
—¿Entonces?
Gabe miró hacia la puerta cerrada del estudio.
—Para descubrir qué no está diciéndonos.
Emma pensó nuevamente en el rostro de su madre reflejado en el cristal.
En los ojos negros.
En el nombre que había pronunciado al despertar.
—Si encuentras algo —dijo—, dímelo a mí primero.
—Lo prometo.
Emma descendió las escaleras y salió de la mansión.
El cielo sobre Veymont estaba completamente despejado.
Azul.
Por un momento tuvo la sensación absurda de que alguien lo observaba desde el otro lado.
⁕
Muy lejos de allí, en una nave que aún no había abandonado Nexara, las coordenadas terrestres cambiaron sin intervención de ningún sistema.
El destino programado desapareció.
Un nuevo punto comenzó a emitir una luz verde.
Elarin.