29 #2
El equipo permanecía agachado, hombro con hombro, formando una única silueta compacta contra la roca. Mark estaba delante, casi invisible entre la tormenta. Alex y el gunner mantenían contacto físico constante, ajustando posiciones cada pocos segundos para no perder el equilibrio.
Emma sintió cómo el viento intentaba arrancarla hacia atrás.
Jack se inclinó ligeramente sobre ella, creando una barrera con su propio cuerpo.
El impacto disminuyó apenas un poco, pero sí lo suficiente para no salir volando. La mano de Jack se desplazó hacia su brazo, asegurándose de que ella seguía allí.
El ruido era tan fuerte que parecía vibrar dentro del pecho.
Emma intentó hablar y ni siquiera emitió sonido, el viento se lo llevó antes de existir.
El tiempo dejó de tener sentido: segundos, minutos… no sabía, solo sentía arena, ruido y el peso de Jack contra ella.
En un determinado momento intentó abrir los ojos. Nada, solo un velo marrón moviéndose sin forma.
Una sensación repentina de desorientación la golpeó.
¿Seguían en la misma posición? ¿Se habían movido?
Su respiración se aceleró sin querer.
La mano de Jack se movió hacia su nuca, en un gesto claro de “aquí estoy”.
Emma cerró los ojos otra vez, se concentró en el contacto, en el ritmo de su respiración, en la estabilidad que él transmitía incluso cuando el mundo entero parecía romperse alrededor.
Dejó de luchar contra la tormenta y simplemente cerró los ojos.
El rugido aumentó, si es que eso era posible. El viento ya no llegaba en ráfagas, era constante e implacable.
La arena golpeaba con tal fuerza que Emma sentía vibrar las rocas bajo sus rodillas.
Respirar era un acto consciente, lento y controlado, tal y como Jack le había indicado, pero entonces ocurrió. Una ráfaga más violenta que las anteriores, un golpe lateral y la formación entera se desplazó unos centímetros.
El equilibrio se rompió por un instante.
Un grito ahogado se perdió en el viento. Emma sintió cómo la presión del hombro del gunner desaparecía de repente. Una sombra se movió fuera de su visión y el contacto se rompió durante un segundo, tal vez menos, pero fue suficiente para que el corazón se le desbocase.
—¡Contacto! —rugió Jack, aunque su voz apenas atravesó el ruido.
Mark giró instintivamente, extendiendo el brazo hacia atrás.
El gunner había resbalado medio metro, empujado por la ráfaga y la arena suelta bajo sus rodillas. No había salido despedido, pero había perdido la línea y en una tormenta así…
medio metro podía convertirse en desaparición.
Mark atrapó el chaleco del gunner con un movimiento rápido y brutal, tirando hacia ellos. El equipo se reajustó inmediatamente, acercándose más, compactando la formación.
Jack no soltó a Emma, al contrario, la acercó más hacia su propio cuerpo, inclinándose para cubrirla mejor.
La tormenta rugía como si intentara separarlos.
Emma sintió un destello de miedo puro, porque por un instante había visto el vacío, lo fácil que sería perderse, desaparecer.
La mano de Jack se deslizó hacia la suya y la apretó con fuerza.
Un mensaje sin palabras que decía “aquí seguimos juntos”.
El tiempo continuó distorsionado. No sabían cuánto llevaban allí, solo que la tormenta parecía haber alcanzado su furia máxima y entonces, igual que había llegado, el viento comenzó a cambiar.
Apenas perceptible al principio, pero suficiente para que Jack levantara ligeramente la cabeza.
El cambio fue tan sutil que al principio nadie reaccionó.
El viento seguía allí, la arena también, pero algo había disminuido.
El rugido dejó de ser absoluto y se convirtió en un sonido irregular, fragmentado.
Emma abrió los ojos lentamente. El mundo seguía cubierto por un velo marrón, pero ya no era una pared sólida, podía distinguir sombras y formas: la roca frente a ellos, la silueta inclinada de Mark, el brazo de Jack sobre su hombro.
Respiró con cuidado, el aire seguía áspero, pero ya no quemaba igual.
El silencio comenzó a aparecer entre ráfagas y ese silencio era extraño y pesado, como si el desierto estuviera conteniendo la respiración.
Jack volvió a levantar ligeramente la cabeza, evaluando. Todavía no se movió. Aún era demasiado pronto.
Una ráfaga más golpeó al grupo, levantando arena que volvió a borrar todo durante unos segundos. Luego volvió el silencio, más largo esta vez.
Ethan tosió y Alex murmuró algo que el viento arrastró.
Emma se dio cuenta de algo inquietante: no había sonidos lejanos ni motores ni disparos ni viento constante. Solo la nada.
El mundo parecía suspendido.
Jack soltó el aire lentamente.
—Aún no —dijo en voz baja—. Esperamos.
Nadie discutió.
El equipo permaneció compacto, inmóvil, como una única criatura respirando lentamente en mitad del desierto transformado.
Emma levantó la mirada hacia él. La tormenta había cubierto su rostro con una capa fina de polvo y sus pestañas estaban llenas de arena, pero sus ojos seguían atentos y presentes.
Unos segundos más pasaron y el viento volvió, pero ahora era diferente, más suave e irregular.
Jack finalmente habló.
—Preparaos… despacio.
El mundo comenzaba a reaparecer, pero no sería el mismo.
Jack fue el primero en moverse. No se levantó de golpe. Primero apoyó una mano sobre la roca. Probó la estabilidad del terreno. Luego se incorporó lentamente, manteniendo la cabeza baja mientras observaba alrededor.
El viento aún soplaba, pero ya no empujaba. Era un susurro irregular.
—Arriba… despacio —murmuró.
El equipo se levantó uno a uno.
Emma sintió cómo las piernas protestaban al ponerse de pie. La arena había cambiado bajo sus rodillas, ahora era más blanda, más suelta, como si el desierto hubiera sido removido desde dentro.
Jack la ayudó a incorporarse.
Cuando ella levantó la mirada… no reconoció nada. El paisaje había desaparecido.
Las pequeñas marcas del terreno que habían usado como referencia ya no estaban. Las rodadas que habían seguido durante horas habían sido borradas por completo.
Las rocas parecían distintas.
Las sombras habían cambiado.
Era como si alguien hubiera borrado el mapa del mundo.
Mark giró lentamente sobre sí mismo.
—Mierda…
Alex soltó un silbido.
—No queda nada.
Jack observó el horizonte.
La tormenta había dejado una bruma fina en el aire, deformando la distancia.
Emma tragó saliva.
—¿Nos hemos perdido?
Nadie respondió de inmediato porque la pregunta era válida.
Jack caminó unos pasos hacia delante, evaluando ángulos, pendientes y la posición de la luna oculta tras la nube de polvo.
—No —dijo finalmente—. Solo tenemos que recalcular.
Ethan se sacudió arena de la ropa.
—La tormenta ha borrado todas las huellas.
—Buenas noticias… también las nuestras —añadió el gunner .
Jack asintió.
Ventaja táctica, Hasan había perdido su rastro, pero ellos también habían perdido parte de su orientación.
Emma observó cómo Jack estudiaba el terreno con una concentración absoluta, reconstruyendo mentalmente el camino.
El silencio era extraño, demasiado limpio. Después del rugido constante de la tormenta, la quietud parecía casi antinatural.
Jack volvió hacia el equipo.
—Nos movemos en cinco. —Luego miró a Emma—. ¿Sigues conmigo?
Ella asintió y Jack sostuvo su mirada un segundo más antes de dar unos pasos hacia delante para asegurar el camino.
La arena aún flotaba en el aire como un velo fino, difuminando las distancias, y hacía que el horizonte pareciera más cercano y al mismo tiempo más peligroso.
Caminaban rápido, sin prisa, pero sin pausa.
Emma avanzaba apoyándose ligeramente en Jack. Su respiración era más pesada ahora, la cojera más evidente y, aun así, seguía el ritmo sin quejarse.
El equipo se movía en silencio táctico.
Mark iba en cabeza, el gunner vigilando el flanco, Alex revisando la retaguardia e Ethan atento a Emma.
Jack observaba el terreno, no solo el suelo, sino el horizonte, siempre el horizonte, incluso hacia atrás.
Fue entonces cuando las vio.
Luces a su espalda, lejanas y pequeñas, apenas visibles entre la bruma.
Se detuvo y el equipo reaccionó inmediatamente, congelándose en posiciones bajas.
Emma sintió cómo la mano de Jack se tensaba sobre su brazo.
—Quietos —susurró.
Las luces desaparecieron y volvieron a aparecer unos segundos después más a la izquierda. Jack frunció el ceño, no dijo nada todavía, solo observó y esperó. Una tercera aparición esta vez más cerca y más abierta.
Mark se deslizó hasta él.
—¿Vehículos?
Jack asintió levemente, pero algo no encajaba. Las luces no avanzaban en línea recta, no seguían un patrón de desplazamiento normal. Aceleraban, frenaban y giraban.
Fue entonces cuando vio un segundo grupo de luces más tenues desde otro ángulo.
—¿Nos han visto? —susurró Emma.
Jack no respondió, seguía mirando y contando, midiendo las distancias invisibles. Las luces comenzaron a moverse en direcciones ligeramente convergentes, no hacia delante, sino hacia dentro, formando un abanico.
Alex murmuró por detrás.
—Capitán…
Jack habló finalmente.
—Nos están triangulando.
Emma sintió un escalofrío.
Jack se giró hacia el equipo, su mirada ya no buscaba opciones: había tomado una decisión.
—¿Cuánto queda para la frontera?
Alex fue quién respondió.
—Creo que… sobre hora y media, no más de dos.
—Se acabó el movernos como sombras —respondió Jack—. Entramos en fase final.
El equipo asintió sin preguntas, pero Emma levantó la vista hacia él.
—¿Qué significa eso?
Jack sostuvo su mirada.
—Que ahora corremos hacia la frontera y que ya no vamos a parar hasta llegar. No nos esconderemos como antes. —Miró al equipo—. Formación cerrada —ordenó en voz baja, pero firme—. Movimiento rápido hacia punto alfa.
El equipo reaccionó al instante.
Mark cambió de posición, adelantándose unos metros para abrir camino. El gunner se desplazó hacia el flanco izquierdo, Alex giró sobre sí mismo, asegurando la retaguardia, Ethan ajustó su posición cerca de Emma y Jack apretó suavemente su brazo.
—Vamos.
No era una sugerencia.
Emma sintió el cambio. Hasta ese momento habían sido sombras, ahora, sin embargo…
eran movimiento.
Avanzaron primero rápido, luego más rápido.
El ritmo aumentó progresivamente hasta convertirse en una marcha casi forzada.
La arena crujía bajo sus botas.
El viento residual levantaba pequeñas nubes de polvo a cada paso.
Emma respiraba más fuerte.
Jack adaptó su zancada a la de ella, guiándola sin soltarla.
—Mírame —murmuró. Ella levantó la cabeza—. No pienses en la distancia, solo en el siguiente paso.
Ella asintió.
Las luces volvieron a aparecer detrás de ellos, más claras y más cercanas.
Mark habló sin girarse:
—Se están moviendo rápido.
Jack lo sabía, ya no era una suposición. Aquello era una carrera.
—Mantén rumbo —respondió.
El equipo avanzaba ahora como una unidad compacta, cada uno cubriendo un ángulo invisible.
A medida que pasaron los minutos, Emma sintió cómo la adrenalina empujaba su cuerpo más allá del agotamiento.
El desierto parecía estrecharse alrededor, cada sombra podía ocultar peligro, cada segundo contaba.
—¿Cuánto queda? —preguntó ella entre respiraciones.
Jack dudó.
—Lo suficiente para que no pares.
Ella soltó una risa breve, sin humor, pero sincera.
Las luces detrás crecieron un poco más y un tercer punto apareció en el horizonte.
—Nos cierran por el flanco —murmuró Alex.
Jack asintió.
—Lo sé. —Solo había una opción: correr, correr todo lo que pudiesen—. ¡Ahora! —ordenó.
El equipo respondió sin vacilar. Y entonces aceleró no un poco, sino mucho. El cambio fue inmediato: ya no intentaban desaparecer, ahora intentaban sobrevivir. De marcha rápida a carrera táctica.
Jack cogió el brazo de Emma para ayudarla a seguir su paso y, por primera vez desde que se habían estrellado, Jack dejó de pensar en ocultarse, solo pensaba en correr y llegar a la frontera con Jordania.