A través de la tormenta 29
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Llevaban horas caminando.

El tiempo se había vuelto una sucesión de pasos iguales, respiraciones controladas y miradas constantes hacia el horizonte.

El desierto parecía infinito.

Cada sonido los detenía, cada destello lejano los paralizaba durante segundos eternos.

Una luz distante, un eco metálico, un reflejo breve… y entonces el equipo se detenía.

Armas listas, respiración contenida y esperar hasta que la luz desapareciese o el sonido se diluyera en la nada.

Hasan los buscaba, eso era evidente, pero el territorio era enorme, vasto y, por ahora, el desierto seguía escondiéndolos.

Emma avanzaba en silencio, concentrada en cada paso. La cojera había aumentado ligeramente. No era dramática, pero Jack lo notaba en cómo cambiaba el peso del cuerpo, en la forma en que su respiración se volvía más irregular.

Sin decir nada, ajustó su posición y pasó un brazo alrededor de su espalda, ayudándola a mantener el ritmo.

Ella no protestó, solo aceptó el apoyo.

El equipo se movía como sombras alrededor de ellos. Mark en cabeza, el gunner vigilando las elevaciones, Alex revisando la retaguardia e Ethan atento a cualquier señal de agotamiento extremo.

—Ya queda poco —murmuró Jack en voz baja.

Emma soltó una risa agotada.

—Llevas diciendo eso desde hace horas.

—Porque es verdad —respondió él—. Cada paso cuenta.

Ella levantó la mirada hacia él.

—¿Cuánto queda realmente?

Jack dudó.

—Menos de lo que ya has hecho.

Emma suspiró cansada.

Apoyó la frente en el brazo de Jack durante unos segundos, buscando equilibrio… y algo más. Un gesto pequeño e íntimo en medio del desierto.

El corazón de Jack se encogió, sintió el peso del momento atravesarlo de golpe, la cercanía, la confianza y el peligro. Sin pensarlo demasiado, se inclinó y besó su frente. Fue rápido y suave, como si el gesto pudiera desaparecer antes de existir.

Nadie del equipo reaccionó, estaban demasiado concentrados vigilando.

Jack retomó el paso.

—Vamos… un poco más.

Emma asintió y siguieron caminando.

El viento comenzó a soplar, no fuerte, solo distinto.

Jack frunció el ceño, algo en el aire había cambiado.

Se detuvo sin soltarla.

El equipo reaccionó al instante, formando un perímetro silencioso.

—¿Qué pasa? —susurró Mark.

Jack no respondió inmediatamente, miraba el horizonte.

La luz parecía más apagada, el aire… más pesado.

Una ráfaga breve levantó arena fina que no había estado allí antes.

Ethan alzó la vista.

—¿Lo notas?

Alex entornó los ojos.

—Sí…

El sonido del desierto había cambiado y ahora era más silencioso, como si algo estuviera conteniendo la respiración.

Jack observó cómo pequeñas columnas de arena se levantaban y desaparecían rápidamente, sin dirección clara.

El cielo tenía un tono extraño, más amarillo y más denso.

Emma tragó saliva.

—¿Qué ocurre?

Jack solo siguió mirando, intentando analizar el desierto sin apartar la mirada del horizonte.

El viento volvió a soplar, más seco y más irregular. No era una brisa constante, eran ráfagas cortas que levantaban arena fina en espirales pequeñas antes de desaparecer.

Mark avanzó dos pasos hacia un lateral, observando el cielo.

—No me gusta.

Ethan alzó la cabeza.

—El aire está raro.

Emma no entendía qué significaba exactamente… pero sí sentía la incomodidad.

Los sonidos parecían viajar más lejos… y luego desaparecían de golpe.

Jack respiró hondo, el olor había cambiado: polvo, arena… algo eléctrico en el ambiente.

Alex señaló hacia el oeste.

—¿Veis eso?

Una línea tenue en el horizonte. No era una nube, no era una montaña, era… movimiento, demasiado amplio para ser polvo levantado por vehículos.

El gunner habló en voz baja.

—Eso no es viento normal.

Jack entornó los ojos.

Las pequeñas ráfagas comenzaron a ser más constantes, la arena golpeó sus botas.

Emma sintió partículas finas contra la piel.

—Jack…

Él se giró hacia ella.

—Tranquila.

Pero su voz estaba más tensa.

Mark volvió a mirar la línea del horizonte.

—Capitán… eso crece.

Y entonces Jack lo vio claramente. Una pared, aún lejana, pero avanzando, no era rápida, pero sí inevitable.

Exhaló lentamente.

—Mierda…

Ethan entendió el primero.

—¿Tormenta?

Jack asintió.

—Sí.

El equipo intercambió miradas rápidas y Emma tragó saliva.

—No tiene muy buena pinta —susurró.

Nadie respondió de inmediato porque todos pensaban lo mismo, podía ocultarlos o podía matarlos.

Jack tomó una decisión en segundos.

—Necesitamos cobertura antes de que llegue.

Mark ya estaba escaneando el terreno.

—Las elevaciones al sur podrían proteger algo.

Alex negó.

—Demasiado abiertas.

El viento aumentó un poco más y la luz comenzó a apagarse lentamente.

Emma sintió cómo el corazón se le aceleraba, porque por primera vez desde que habían salido el enemigo no era Hasan, era el propio desierto.

Jack apretó ligeramente su hombro.

—Nos movemos. Ya —ordenó.

El viento cambió de dirección de golpe.

No fue gradual, fue como si alguien hubiera girado una llave invisible.

La arena comenzó a levantarse en ráfagas más largas, golpeando las botas y las piernas con pequeños impactos secos.

Jack se giró hacia el equipo.

—Movimiento rápido. Formación cerrada.

Mark tomó cabeza inmediatamente. El gunner se desplazó hacia el flanco derecho. Alex revisó retaguardia e Ethan se acercó un poco más a Emma.

El horizonte detrás de ellos ya no era una línea clara, era una sombra creciente, una pared difusa que parecía devorar el cielo lentamente.

Emma respiró hondo.

—Viene muy rápida.

Jack no respondió con palabras, solo apretó ligeramente su hombro.

—Vamos.

Comenzaron a avanzar más rápido, no corriendo, pero casi.

El terreno se volvió más irregular. Pequeñas piedras rodaban bajo sus pies mientras el viento aumentaba.

La arena empezó a golpear su rostro. Primero de forma molesta, luego dolorosa.

Emma tropezó levemente y Jack la sostuvo antes de que cayera.

—Estoy bien —murmuró ella.

—Lo sé —respondió él—. Pero ahora no te suelto.

El equipo avanzaba como una sola entidad, moviéndose en zigzag para evitar las zonas más expuestas.

El sonido del viento crecía, ya no era un susurro, era un rugido lejano, como un tren invisible acercándose.

Mark miró atrás.

—Capitán…

No terminó la frase, no hacía falta.

La tormenta había crecido tornándose más grande y más oscura.

Emma sintió cómo el cielo se volvía amarillento. La luz de las estrellas y la luna desaparecía demasiado rápido y el aire se volvió más pesado, difícil de respirar.

Jack buscaba desesperadamente algo: una depresión más profunda, una formación rocosa, cualquier cosa que rompiera el impacto directo.

—Allí —dijo finalmente, señalando una elevación baja con rocas dispersas.

—¿Suficiente? —preguntó Alex.

Jack dudó un poco.

—Tendrá que serlo.

El viento aumentó otra vez. Ahora traía arena suficiente para obligarlos a entornar los ojos. Emma apoyó el peso más en él sin darse cuenta y Jack la sujetó con más fuerza.

Mark avanzó primero, comprobando ángulos mientras corrían hacia la posición.

El viento ya empujaba con fuerza irregular, levantando arena que golpeaba las piernas como pequeñas agujas.

Emma apenas podía abrir los ojos.

Jack la sujetaba firmemente, guiándola.

—¡Abajo! —ordenó al llegar.

Todos se arrodillaron rápidamente detrás de las rocas, colocándose en el lado opuesto al viento dominante.

El equipo formó una línea compacta, hombro con hombro, con un contacto constante.

El gunner cerrando retaguardia, Mark orientando la posición, Alex comprobando el terreno para evitar huecos expuestos e Ethan y Jack se colocaron junto a Emma, adelantando ligeramente sus cuerpos, creando así una barrera parcial contra las ráfagas.

El viento aumentó y el sonido se volvió más grave y más constante.

—¡Cubre nariz y boca! —gritó Ethan, sacando y entregándole un pañuelo, mostrándole cómo colocarlo.

Emma imitó el gesto rápidamente.

—¡Respira lento! —añadió Jack—. ¡Nada de inhalar fuerte!

Ella asintió, aunque la arena ya se pegaba a su piel.

—¿Será muy fuerte? —preguntó alzando la voz para superar el rugido creciente.

Mark respondió sin girarse.

—¡Sí!

Jack añadió.

—¡Mantente agazapada! ¡Y agárrate a nosotros!

El viento arrancó un puñado de arena que golpeó sus espaldas.

Emma se aferró instintivamente al chaleco de Jack.

—¿Cuánto va a durar? —gritó.

Ethan respondió.

—¡No lo sabemos! ¡Pero una tormenta así suele durar entre diez minutos y media hora!

El cielo comenzó a desaparecer, literalmente.

La luz amarillenta se volvió más densa y más oscura. El horizonte dejó de existir.

Jack bajó aún más la cabeza.

—¡Contacto físico constante! ¡Nadie se separa!

Las ráfagas comenzaron a ser continuas y el aire se volvió pesado.

Respirar era como hacerlo a través de polvo.

Emma sintió cómo su mundo se reducía al peso de la mano de Jack sobre su hombro, más cuando el sonido creció hasta convertirse en un rugido ensordecedor.

La arena empezó a golpear con violencia y el cielo se cerró.

Entonces la tormenta los alcanzó. El mundo se volvió polvo y ruido ensordecedor.

El viento dejó de ser viento y se convirtió en un muro.

Un rugido constante que borraba cualquier otro sonido.

Emma cerró los ojos por instinto cuando la primera ráfaga golpeó contra ellos, con la arena clavándose en la piel expuesta como miles de agujas diminutas.

Respirar era difícil, el aire entraba cargado de polvo, seco y áspero.

Intentó inspirar más profundo y tosió inmediatamente. La mano de Jack apretó su hombro.

—¡Despacio! —gritó, aunque Emma apenas logró escucharlo entre el ruido—. ¡Respira lento!

Ella asintió sin estar segura de que él pudiera verlo, pues todo se había reducido a centímetros. No existía el horizonte, no existía el cielo… solo una nube densa de arena que golpeaba sin descanso.

El mundo desapareció.