28
El sol prácticamente había caído.
Llevaban un par de horas caminando por aquel terreno cuando Emma empezó a notar que algo no encajaba. No era el paisaje, el desierto seguía siendo el mismo: piedra, arena y silencio. Era la forma en que se movía el equipo, más contenido y más atento.
Mark avanzaba unos metros por delante, deteniéndose a intervalos regulares para observar el suelo antes de continuar. El gunner mantenía una vigilancia constante hacia las elevaciones bajas que rodeaban el wadi , como si esperara ver aparecer algo en cualquier momento.
Emma miró hacia abajo, ahora sí veía las marcas. Rodadas antiguas cruzaban el terreno en diferentes direcciones, algunas casi borradas por el viento, otras más recientes.
—¿Seguimos sus huellas? —preguntó en voz baja.
Jack negó suavemente sin dejar de caminar.
—No exactamente.
Alex intervino desde atrás.
—Pero tampoco las evitamos.
Emma frunció el ceño.
—¿No sería mejor alejarnos?
Jack disminuyó el ritmo para caminar a su lado.
—Eso sería lo lógico para alguien sin entrenamiento.
Ella lo miró.
—Entonces… ¿por qué no?
Jack señaló el terreno con un leve gesto.
—Porque cambiar demasiado nuestra ruta crea un patrón.
—Las desviaciones largas dejan huellas nuevas. Y las huellas nuevas destacan —añadió Ethan.
Jack asintió.
—Si seguimos zonas ya transitadas… nuestras pisadas se mezclan.
Emma comprendió lentamente.
—Os escondéis dentro del movimiento de otros.
Una leve sonrisa apareció en los labios de Jack.
—Exacto.
El viento levantó una nube fina de polvo que cruzó el camino. Emma sintió un escalofrío porque aquello significaba algo más: no estaban solos.
Jack levantó la mano brevemente y el equipo se detuvo escuchando, pero no hubo nada, solo desierto respirando.
Cuando volvieron a avanzar, Emma notó cómo todos mantenían la cabeza ligeramente más alta, los sentidos más abiertos, porque caminar por rutas de contrabandistas significaba dos cosas: podían esconderse mejor, pero también podían ser observados sin saberlo y, en aquel lugar, no saber quién te miraba era peor que ver al enemigo.
El primero en detenerse fue el gunner .
No levantó el arma, solo alzó dos dedos.
—Contacto visual.
El equipo se congeló al instante.
Emma sintió cómo Jack apoyaba una mano firme en su brazo, deteniéndola antes de que pudiera dar un paso más.
—Quietos —susurró por el intercomunicador.
Mark avanzó medio paso hasta colocarse junto a Jack.
—Once en punto… elevación baja.
Emma entornó los ojos.
Al principio no vio nada, solo una línea de rocas oscuras recortadas contra el horizonte rojizo del atardecer. Luego lo distinguió. Había movimiento, una silueta… después otra.
—Tres… no, cuatro —confirmó el gunner —. Tal vez más detrás.
Estaban quietos, observando.
El aire pareció volverse más pesado.
Jack no levantó el arma, pero tampoco bajó la guardia, solo ajustó ligeramente su posición para quedar entre Emma y las figuras lejanas. Ethan hizo lo mismo desde el otro lado. Alex apenas giró la cabeza para cubrir la retaguardia.
Nadie hablaba, nadie hacía movimientos bruscos.
Los hombres en la colina tampoco.
Uno de ellos llevaba un pañuelo cubriendo parcialmente el rostro, otro sostenía un arma apoyada en el hombro, sin apuntar directamente.
Emma sintió un nudo en el estómago.
—¿Quiénes son? —susurró.
Jack respondió sin apartar la mirada.
—Probablemente contrabandistas.
—¿Buenos o malos?
Hubo una pausa.
—Depende de lo que quieran.
El viento sopló entre ellos, levantando arena.
Uno de los hombres en la colina se movió ligeramente, no hacia ellos, solo lo suficiente para dejar claro que los había visto. Un mensaje silencioso que decía “te veo”.
Jack no reaccionó, ni saludó, ni apuntó… solo permaneció quieto porque en aquel mundo el primer movimiento equivocado podía encender una guerra.
Pasaron segundos, largos y pesados.
Emma sintió cómo el tiempo se estiraba.
Finalmente, uno de los hombres giró el cuerpo y comenzó a caminar hacia atrás.
Los demás lo siguieron y desaparecieron lentamente tras la cresta sin decir una palabra, sin un disparo. El equipo permaneció inmóvil unos segundos más.
Jack exhaló lentamente.
—Seguimos —murmuró.
Emma dio un paso y comprendió algo nuevo: había peligros que no atacaban, pero eso no significaba que fueran seguros.
Caminaron unos minutos más antes de que Jack levantara la mano, no para esconderse, sino para respirar.
El equipo formó un pequeño semicírculo natural, manteniendo vigilancia en todas direcciones.
Emma miró hacia atrás, hacia la cresta donde habían desaparecido los hombres.
—¿Eso… ya está? —preguntó en voz baja.
Mark soltó un suspiro corto.
—Esperemos.
Ella frunció el ceño.
—No lo entiendo… si estaban armados, ¿por qué no…?
Jack respondió mientras observaba el terreno.
—Porque tampoco querían problemas.
—Los contrabandistas viven de moverse sin llamar la atención. Un enfrentamiento con nosotros no les aporta nada —explicó Ethan.
Alex levantó la mirada desde la radio.
—Y nosotros tampoco queremos disparar a gente que quizá no esté en nuestro conflicto.
Emma asintió lentamente.
—Pero nos han visto.
Jack se giró hacia ella.
—Sí.
La palabra cayó pesada.
—Entonces pueden decirle a Hasan dónde estamos…
Jack negó suavemente.
—Podrían.
Mark añadió.
—Pero también podrían no hacerlo.
Emma arqueó una ceja.
—¿Por qué?
El gunner respondió desde atrás.
—Porque hablar también tiene consecuencias. Si se meten en guerras ajenas… dejan de ser neutrales y, al fin y al cabo, no nos han hecho nada. No creo que Hasan estuviese muy de acuerdo con que nos dejasen escapar. No dirán nada.
Jack asintió.
—La neutralidad es lo que les permite sobrevivir aquí.
Emma procesó la información mientras el viento soplaba entre ellos.
Ethan sonrió levemente.
—Un disparo equivocado… y ahora estaríamos en una batalla abierta.
Emma tragó saliva.
Nunca lo habría imaginado porque desde fuera solo habían sido unos hombres observando, pero ahora entendía. En el desierto, las decisiones más importantes eran las que nadie veía.
Jack volvió a mirar hacia delante.
—Seguimos.
Y el equipo se movió otra vez, dejando atrás un encuentro que había estado mucho más cerca del desastre de lo que parecía.
Llevaban horas caminando, no sabía exactamente cuántas. El tiempo en el desierto dejaba de medirse en minutos y empezaba a medirse en pasos.
El terreno se volvió ligeramente más elevado y Jack levantó la mano.
—Alto. Microdescanso.
El equipo se dejó caer sin protestar. No era un descanso cómodo, era supervivencia.
Una pequeña depresión entre rocas bajas ofrecía algo de cobertura natural y una línea de escape clara hacia el este. Mark comprobó rápidamente los ángulos antes de asentarse.
Emma se apoyó contra una piedra, respirando con dificultad.
El pie le dolía, pero menos que antes.
Jack se arrodilló frente a ella y le tendió la cantimplora.
—Bebe.
Ella tomó el recipiente, dudando al notar lo ligera que estaba. Bebió un pequeño trago y se detuvo.
—¿Y tú?
—Bebe —repitió él.
Emma entornó los ojos.
—Jack…
—Termínatela.
Ella lo miró con suspicacia.
—Te estás quedando sin agua para dármela a mí.
Jack sostuvo su mirada en silencio.
Luego habló con calma firme.
—No desobedeces a tu capitán.
Emma arqueó una ceja, divertida a pesar del cansancio.
—Yo no soy uno de tus hombres.
Una sombra de sonrisa cruzó el rostro de Jack.
—Peor. Eres el paquete prioritario.
Ethan soltó una risa floja desde un lado. Emma negó con la cabeza, pero terminó de beber de la cantimplora. Jack asintió, satisfecho.
—Ethan, revisa ese pie.
El médico ya estaba moviéndose. Se arrodilló frente a ella y comenzó a retirar con cuidado la bota.
—Dime si duele.
Emma hizo una mueca leve.
—Solo cuando existo.
—Perfecto —respondió él—. Eso significa que sigue funcionando.
Mientras Ethan ajustaba el vendaje con movimientos rápidos y precisos, Jack se reunió con Mark, Alex y el gunner unos metros más allá.
—Posición —murmuró.
Alex señaló el terreno.
—Si los cálculos son correctos… estamos a unos siete kilómetros de la frontera.
Jack asintió lentamente.
—Tiempo.
Mark respondió.
—Si mantenemos ritmo… seis, quizá ocho horas de marcha.
Jack miró el horizonte oscuro.
—Antes del amanecer.
Alex dudó.
—Eso si todo va bien.
Todos sabían lo que significaba, aunque Jack lo dijo en voz baja.
—La siguiente zona será la peor.
Mark asintió.
—Cuellos de botella naturales, pasos estrechos y sitios perfectos para vigilancia.
—Hasan lo sabrá —añadió Alex.
—Sí —confirmó Jack—. Si yo fuera él… concentraría recursos ahí.
Emma levantó la mirada desde donde estaba sentada con Ethan.
—¿Entonces vamos directos hacia donde esperan encontrarnos?
Jack se giró hacia ella y enarcó la ceja al escucharla.
—No exactamente. —Se acercó un poco más—. Vamos hacia donde creen que iremos… pero no como creen que lo haremos.
Emma frunció el ceño.
—Eso no suena tranquilizador.
Ethan terminó el vendaje y volvió a colocar la bota.
—Eso significa que seguimos vivos.
Jack miró al equipo.
—Cinco minutos más. Luego retomamos la marcha.
El viento sopló entre ellos, levantando arena fina.
Emma observó cómo todos bebían pequeños sorbos de sus propias cantimploras casi vacías. Nadie decía nada, pero todos sabían lo mismo: no quedaba agua.
Emma respiró hondo y, casi sin darse cuenta, llevó la mano al bolsillo interior de su camisa. Sus dedos encontraron la pequeña protuberancia, la microSD seguía ahí.
La apretó un instante entre los dedos, asegurándose de que era real, de que no la había perdido en algún momento de aquella huida interminable.
La soltó despacio y luego se pasó la mano por el cabello. Estaba lleno de arena: entre los mechones, pegada al cuero cabelludo y cayendo en pequeños granos sobre su hombro cuando intentó sacudirla.
Resopló.
—Necesito una ducha —susurró.
Jack apareció frente a ella, arrodillándose con ese movimiento fluido que ya le resultaba familiar.
Una sombra de sonrisa cruzó su rostro.
—No eres la única.
Emma soltó una pequeña risa cansada.
El sonido fue suave… pero necesario.
Durante unos segundos simplemente se miraron, como si el mundo alrededor desapareciera.
—¿Alguna vez has tenido una misión que se complicase tanto? —preguntó ella finalmente.
Jack inclinó la cabeza, pensativo.
—No sería la primera vez que todo se tuerce.
Ella arqueó una ceja.
—Eso no suena muy tranquilizador.
—Significa que sabemos adaptarnos.
Emma bajó la voz.
—Pero ¿algo así…?
Jack dudó un segundo.
—He estado en situaciones parecidas —admitió—.
Perseguidos, sin apoyo inmediato e intentando cruzar territorio hostil.
—Sus ojos se suavizaron al mirarla y Jack exhaló lentamente—.
Pero esta… esta es la más importante. —Ella lo observó sin decir nada—.
Por ti —añadió finalmente, con una sinceridad tranquila que no necesitaba dramatismo.
El silencio entre ellos cambió—. Ahora viene la parte más difícil —continuó él—.
La frontera estará vigilada. Habrá menos cobertura.
Más riesgo. —Emma asintió y Jack sostuvo su mirada—.
Pero voy a llevarte con vida hasta Jordania.
No era promesa romántica, era un juramento.
—Sé que lo harás.
El momento se quedó suspendido entre ambos y entonces Emma se echó hacia delante y lo abrazó. No fue impulsivo; fue lento y consciente. Jack dudó y luego le correspondió, rodeándola con cuidado. Un abrazo breve y necesario.
Cuando se separaron, Jack notó por el rabillo del ojo a Mark haciendo un exagerado gesto de morritos hacia Alex.
Alex respondió levantando las cejas con fingida solemnidad.
Jack los ignoró o fingió hacerlo.
—Nunca había llevado un paquete como tú —murmuró.
Emma lo miró con indignación divertida.
—No me llames paquete.
Jack inclinó la cabeza, solemne.
—Terminología operativa. No negociable.
—Pues cámbiala.
Mark intervino desde atrás.
—Capitán, creo que acabamos de confirmar que es el paquete más importante del inventario.
Ethan soltó una risilla.
—Prioridad uno absoluta —bromeó.
Emma negó con la cabeza, sonriendo a pesar de todo.
Jack volvió a mirarla y durante un segundo el ruido del mundo desapareció.
Su ropa estaba sucia, rota… el cabello lleno de arena, la piel marcada por el cansancio y, aun así, era la mujer más hermosa y más fuerte que había conocido.
No cualquiera habría soportado el silencio.
No cualquiera habría contenido el impulso de correr cuando él le pedía quedarse quieta. No cualquiera habría confiado así.
Jack apartó finalmente la mirada, porque quedarse demasiado tiempo observándola empezaba a resultar peligroso por razones muy distintas al enemigo.
—Tiempo —dijo recuperando la voz de capitán.
Jack observó el horizonte unos segundos más, dejando que su mente ordenara rutas, riesgos y probabilidades como piezas de un mapa invisible.
Sabía que lo que venía ahora sería lo más difícil.
La frontera no significaba alivio, significaba vigilancia, emboscadas posibles y ojos atentos esperando exactamente a alguien como ellos.
La parte más peligrosa de la misión comenzaba ahora y todo dependía de él.
No solo estaba en juego que la operación terminara bien, no solo que cruzaran, sino que la vida de sus hombres y la de Emma descansaban sobre cada decisión que tomara a partir de este momento.
Estaba acostumbrado a cargar con ese peso, a elegir rutas sabiendo que alguien podía no volver, a tomar decisiones frías en medio del caos, pero nunca había tenido que hacerlo con la mujer a la que amaba caminando a su lado.
Se giró hacia Emma y le ofreció la mano para ayudarla a levantarse.
—¿Puedes caminar?
Ella asintió firme.
—Sí.
Jack sostuvo su mirada un segundo más, evaluando algo que iba más allá de la respuesta, y luego asintió para comenzar a avanzar.
Cuando retomaron la marcha, él se mantuvo cerca, lo suficiente para vigilar su paso sin que pareciera evidente, atento a cada pequeño cambio en su forma de caminar.
Ahora el desierto ya no era solo un terreno hostil, era el último obstáculo entre ellos y la supervivencia, y Jack no pensaba fallar.