A través de la tormenta 24 #2
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24 #2

—Vamos a movernos más duro —añadió—. Menos pausas. Ritmo constante. Necesitamos distancia antes de que oscurezca del todo.

Ethan observaba desde un lado, entendiendo perfectamente lo que estaba pasando: la decisión correcta… y lo que le costaba a Jack tomarla.

Emma asintió.

—Entonces vamos.

Jack sostuvo su mirada un segundo más y algo pasó entre ellos.

Luego volvió a avanzar y el grupo se puso en movimiento otra vez, desapareciendo lentamente entre las sombras crecientes del desierto.

El ritmo constante empezó a pasar factura. No de golpe ni de forma evidente.

Primero fue un pequeño desfase entre pasos. Un segundo de retraso al cruzar una zona de grava. Luego otro.

Emma intentaba mantener la cadencia del grupo, concentrada en no mirar hacia abajo, en no pensar en el dolor que comenzaba a subir por la pierna con cada apoyo, pero el cuerpo tiene límites.

Jack lo notó antes de verla quedarse atrás.

El sonido de sus pasos había cambiado a uno más pesado e irregular. No necesitaba girarse para saberlo.

Redujo el ritmo un poco, lo suficiente para que ella volviera a alinearse con él.

—Estoy bien —dijo Emma en voz baja, anticipándose.

Él no respondió, solo avanzó unos metros más.

El terreno se inclinó ligeramente hacia arriba y el esfuerzo aumentó.

Emma apretó los dientes. El pie falló con otro tropiezo mínimo, pero Jack reaccionó al instante. Su mano apareció en su cintura, firme, estabilizándola sin detener la marcha.

Durante unos pasos siguieron así, juntos. El contacto era práctico y necesario en aquel momento.

—Lo siento, os estoy frenando.

Jack exhaló lentamente.

—No lo estás haciendo.

Pero su mirada bajó un instante hacia el tobillo vendado, calculando distancia restante, tiempo antes de la noche cerrada y riesgo creciente.

Tomó una decisión, sin dramatismo y sin anuncio.

Se detuvo de golpe y el equipo también.

Jack se giró hacia ella, sus ojos eran serios y su voz baja.

—Ven aquí.

Antes de que Emma pudiera preguntar, él ajustó ligeramente la posición del chaleco táctico y pasó su brazo por detrás de su espalda, guiándola hacia su lado izquierdo.

No era un gesto íntimo, era estructura, apoyo.

Su ritmo cambió de forma sutil, absorbiendo parte del peso de ella sin hacerlo evidente.

—Menos carga en ese lado —murmuró. Emma abrió la boca para protestar, pero él negó con un gesto leve—. No es negociable.

Ethan observó desde un lado, con una sonrisa apenas visible cruzando su rostro.

No era solo estrategia, era cuidado.

Jack retomó la marcha más cerca de ella, lo suficiente para sostenerla si hacía falta, sin decirlo y sin mirarla constantemente, pero siempre allí.

Emma entendió algo en ese momento. No era solo que no la dejaría atrás, era que ni siquiera contemplaba la idea.

El grupo siguió avanzando sin detenerse.

El desierto cambiaba lentamente de color mientras el sol descendía, bañando las rocas en tonos cálidos que engañaban al ojo y al tiempo. Las sombras crecían a su alrededor, alargándose como si intentaran alcanzarlos.

Jack caminaba junto a Emma, manteniendo el ritmo constante, absorbiendo parte del terreno irregular con movimientos precisos.

—Vas bien —murmuró sin mirarla.

Ella dejó escapar una pequeña exhalación.

—No me mientas.

Jack giró la cabeza para mirarla.

—No lo hago.

Emma negó levemente.

—Estáis entrenados para decir eso… para mantenernos en marcha. Yo no.

Hubo un breve silencio entre ambos, lleno de pasos y respiraciones.

Jack bajó un poco la voz.

—No me refiero al entrenamiento —respondió finalmente—. Te digo que lo estás haciendo mejor de lo que crees.

Emma sostuvo su mirada un segundo antes de volverla al frente.

Algo en su tono la desarmaba, no era motivación vacía, era confianza.

Ethan apareció unos pasos más atrás, igualando su posición.

—Respiración corta —comentó con suavidad.

Emma intentó sonreír.

—Estoy intentando no morir.

—No hace falta hacerlo todo hoy —respondió él con una sonrisa—. Solo el siguiente paso.

Caminaron unos metros más.

El ritmo seguía siendo exigente. Ethan la observó un momento.

—Baja los hombros —dijo en voz baja—. Estás tensando el pecho y eso acelera la respiración. —Ella obedeció sin pensar demasiado y el aire entró mejor—. Eso —añadió él—. Nariz al inspirar, boca al soltar. Como si estuvieras marcando el ritmo de una canción.

Emma soltó una pequeña risa sin aliento.

—No esperaba clases de yoga en medio del desierto.

—No es yoga —respondió Ethan—. Es sobrevivir sin agotarte antes de tiempo.

Jack escuchaba sin intervenir, pero su mirada regresaba a ella cada pocos segundos.

—Tienes mucho camino por delante —añadió Ethan, más suave—. Guarda energía.

Su tono era profesional, pero también cálido.

Emma asintió.

—Gracias.

El grupo siguió avanzando, paso a paso, respiración tras respiración, y cada cierto tiempo, casi sin darse cuenta, Jack volvía a inclinarse hacia ella.

El terreno volvió a cambiar bajo sus pies.

Una zona de piedras sueltas obligó al grupo a ajustar el ritmo sin detenerse. Emma intentó seguir el paso sin mirar hacia abajo, aunque el dolor subía en oleadas breves, cada vez más insistentes, y el cansancio empezaba a infiltrarse entre sus pensamientos.

Dio un paso mal apoyado y el pie cedió.

Su cuerpo se inclinó hacia un lado antes de que pudiera reaccionar.

Jack la sostuvo al instante y su brazo rodeó su cintura con firmeza, atrayéndola hacia él antes de que cayera.

No se detuvieron, pero su agarre se volvió más sólido.

—Te tengo —murmuró.

Emma cerró los ojos un segundo, recuperando el equilibrio.

—Lo siento…

—No —respondió él con suavidad—. Solo ajusta el paso.

Siguieron avanzando.

Su mano permaneció en su espalda baja, guiándola sin imponer.

El contacto era práctico y constante.

Jack sabía lo que estaba pasando, no era solo el dolor, era la mente intentando alcanzar al cuerpo, el miedo, la adrenalina, la presión acumulada. Ellos estaban entrenados para caminar dentro de ese ruido, pero ella no. Y eso hacía todo más difícil.

—¿Sabes qué es lo peor del entrenamiento? —preguntó de repente, en voz baja.

Emma lo miró de reojo, sorprendida.

—¿Qué?

—Que te enseñan a ignorar el dolor… pero nadie te explica qué hacer cuando aparece el miedo.

Ella apretó los labios.

—Pensaba que eso también os lo enseñaban.

Jack negó.

—Aprendemos a caminar con él. No a que desaparezca. —Caminaron unos pasos más. El sonido del viento llenaba los silencios entre frases—. Cuando empecé —añadió él—, contaba pasos. Diez pasos y respiraba. Otros diez y volvía a empezar.

Emma frunció el ceño.

—¿De verdad?

—Funcionaba —dijo con una leve sonrisa que ella apenas pudo ver—. El cerebro deja de pensar en cuánto falta… y solo se centra en el siguiente número.

Ella intentó seguir la idea.

—¿Diez pasos?

—Empieza con cinco —respondió él suavemente—. Cinco pasos, una respiración, luego otros cinco…

Emma asintió, concentrándose en contar los pasos y en respirar… era cierto que el dolor seguía allí, pero ya no ocupaba todo el espacio.

Jack la observó unos segundos más.

—Lo estás haciendo muy bien.

Ella negó levemente.

—Sigues mintiendo.

Él dejó escapar una risa floja.

—No. Solo estoy siendo honesto de una forma que te ayude a seguir avanzando.

Emma sintió cómo algo dentro de ella se relajaba y, por primera vez desde que habían dejado las ruinas, el camino dejó de parecer infinito porque ya no caminaba sola.

Emma siguió contando pasos en silencio. El ritmo empezaba a estabilizarse, aunque el dolor seguía allí, constante, como un recordatorio que ya no gritaba, pero tampoco desaparecía.

Jack caminaba a su lado, su mano aún firme en su espalda baja, ajustando el paso sin que pareciera un esfuerzo.

—¿Lo ves? —murmuró—. Ya estás marcando el ritmo.

Ella soltó una pequeña sonrisa, cansada.

—No me acostumbro a que alguien me dé instrucciones para respirar.

—Créeme —respondió él—. Funciona mejor de lo que parece.

Caminaron unos metros más.

El viento arrastraba pequeñas líneas de arena a través del terreno, dibujando patrones irregulares que se deshacían con cada paso.

Y entonces Jack lo vio, no fue algo evidente, solo un detalle fuera de lugar.

Las líneas de arena cambiaban de dirección en un punto concreto, como si algo hubiera interrumpido el flujo del viento recientemente.

Sus ojos se fijaron allí apenas un segundo. Un rastro ligero y paralelo, demasiado recto para ser natural.

Redujo el ritmo.

Era tan leve que solo un operador entrenado lo habría notado. Miró hacia delante y se dio cuenta de que Ethan y Alex también lo miraban, como si también hubiesen sido conscientes de ello.

Emma siguió caminando sin percibirlo.

—¿Qué pasa? —preguntó ella al darse cuenta de que los tres se miraban.

Jack no respondió de inmediato.

Sus sentidos se expandieron escuchando más allá del viento.

Nada claro, pero algo… no encajaba.

Levantó la mirada hacia el terreno más adelante, hacia una pequeña elevación, una curva natural del wadi . Un punto perfecto para observar sin ser visto.

Su mandíbula se tensó.

—Nada —dijo finalmente, con suavidad—. Sigue contando pasos.

Emma lo miró de reojo, sabía que mentía, pero también sabía que lo hacía para mantenerla tranquila.

Jack habló por el intercomunicador, apenas un susurro.

—Ojos abiertos. Posible actividad reciente.

Mark respondió con un leve “recibido” .

El grupo ajustó la postura sin cambiar el ritmo.

Nadie miró directamente hacia la zona, nadie señaló, pero todos entendieron.

Jack volvió a centrarse en Emma.

—Cinco pasos más —murmuró.

Ella asintió, pero ahora podía sentir algo distinto en él: una tensión nueva.

Y aunque todavía no sabía qué era… el desierto ya no parecía vacío.