A través de la tormenta 24
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El tiempo en el desierto no se medía con relojes, se sentía.

Jack lo sabía antes de pensarlo.

Primero fue la luz, el blanco abrasador del día empezó a perder chispa, transformándose en tonos más cálidos que alargaban las sombras y suavizaban los contornos del terreno. Las rocas dejaron de reflejar el sol como espejos y comenzaron a absorberlo lentamente.

Luego llegó el viento, un cambio leve, casi imperceptible, que arrastraba aire más fresco desde el este, levantando pequeñas líneas de arena que serpenteaban sobre el suelo.

El desierto estaba cambiando de ritmo.

Jack levantó la mirada hacia el horizonte. No necesitaba comprobar la hora, lo sentía en su interior.

El momento estaba cerca.

Un ave solitaria cruzó el cielo a baja altura, desplazándose hacia zonas más resguardadas. Los insectos que habían permanecido ocultos durante el calor diurno empezaron a moverse entre las grietas.

Se inclinó apoyando la mano contra la piedra, la temperatura comenzaba a descender. Ya era suficiente.

Se levantó.

—Preparaos —dijo en voz baja.

El equipo reaccionó de inmediato.

Mark ajustó la correa del arma. Alex comprobó una última vez la radio, aunque sabía que seguía muda e Ethan cerró su mochila con movimientos precisos.

Emma observó a Jack.

—¿Ya? —preguntó ella.

Jack asintió.

—El desierto nos está dando una ventana.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

Él señaló el horizonte.

—Sombras largas, viento cambiando y menos reflejo en las rocas.

Cuando todo empieza a moverse… nosotros también.

—Emma lo miró unos segundos más. Aquello no parecía una explicación, parecía instinto.

Jack se acercó un paso—. Cuando salgamos, iremos bajos y sin detenernos.

Rodearemos hacia el este antes de girar al sur. No seguimos rutas obvias.

Ella asintió, el miedo seguía allí, pero también la confianza.

Jack levantó la mano y dio la orden de moverse.

Uno a uno, comenzaron a abandonar las ruinas y mientras descendían hacia el wadi , el sol iniciaba su caída lenta sobre el desierto, como si supiera que la verdadera carrera empezaba ahora.

El desierto parecía respirar de otra manera cuando comenzaron a avanzar.

Las ruinas quedaron atrás lentamente, tragadas por las sombras crecientes mientras descendían hacia el wadi . Las piedras crujían bajo sus botas y el sonido mínimo era absorbido por el terreno irregular.

Jack iba en cabeza, un paso por delante del resto.

No miraba directamente hacia el cielo, nunca lo hacía.

Sus ojos recorrían el terreno, las sombras, los pequeños cambios en la luz que otros pasarían por alto.

El aire estaba más fresco, más quieto, y entonces lo sintió de nuevo.

No fue un sonido, todavía no, fue la ausencia de algo.

El viento había cambiado minutos antes, arrastrando partículas finas de arena que dibujaban líneas suaves sobre el suelo. Ahora esas líneas habían desaparecido, como si algo hubiera alterado el flujo del aire por encima.

Jack redujo el ritmo. Un ajuste tan leve que solo un operador experimentado habría notado. Escuchó. Nada. Pero el silencio no era natural, era expectante… como una presión leve en la nuca.

Esa sensación familiar de estar siendo observado sin poder demostrarlo.

El equipo continuó avanzando detrás de él, confiando en su ritmo.

Emma caminaba a su lado, concentrada en apoyar bien el pie, en seguir el paso sin pensar demasiado.

Jack levantó una mano lentamente indicando el alto.

Todos se detuvieron al instante.

—¿Qué pasa? —susurró Ethan.

Jack no respondió.

Giró la cabeza un poco, escuchando y esperando. Llegó de nuevo, muy leve, un zumbido bajo, casi perdido entre el aire que comenzaba a enfriarse. El mismo. El dron, más alto esta vez y más lejano… pero allí.

Había regresado antes de lo esperado.

Jack bajó la voz hasta convertirla en un hilo apenas audible.

—Puede que tengamos ojos arriba otra vez.

Emma sintió cómo el estómago se le encogía.

—¿Ya?

—Estaban dudando —murmuró él—. Ahora están comprobando.

El zumbido aumentó ligeramente, girando en círculos amplios sobre el terreno.

Jack miró hacia delante, evaluando rutas, sombras, ángulos. Si seguían moviéndose en campo abierto podrían convertirse en una firma clara, pero quedarse quietos también tenía su precio.

Su mente empezó a recalcular. El juego acababa de reiniciarse.

El zumbido se mantenía alto, girando en círculos amplios sobre el desierto como un depredador paciente.

Jack no levantó la mirada, no directamente. Sus ojos bajaron al terreno, al wadi , a las sombras largas que comenzaban a crecer entre las rocas.

El desierto ofrecía pocas mentiras… pero suficientes para quien sabía leerlas.

Se inclinó hacia el equipo.

—Seguimos moviéndonos —susurró—. Despacio. Quedarnos quietos demasiado tiempo crea patrón. Vamos a romperlo.

Emma escuchaba sin entender del todo, pero percibiendo la seguridad en su voz.

Jack señaló con la barbilla hacia una zona donde el wadi se estrechaba, creando sombras irregulares.

—En fila. Distancia corta. Aprovechad sombras, no crestas.

El grupo comenzó a avanzar de nuevo. No era caminar normal, era deslizarse: un paso, pausa breve, cambio mínimo de dirección, otro paso... Jack alteraba el ritmo deliberadamente, nunca lineal, nunca predecible.

El dron giró de nuevo y el sonido descendió ligeramente.

Emma sintió el impulso de mirar hacia arriba, pero recordó sus palabras.

“No te muevas. Ni mires arriba” .

Jack extendió la mano hacia atrás sin girarse y rozó su muñeca.

Un gesto mínimo de ancla.

—Tranquila —susurró sin girarse.

El wadi ofrecía una depresión más profunda unos metros adelante. Jack cambió ligeramente la dirección, guiando al grupo hacia una sombra más densa proyectada por un afloramiento rocoso.

—Romped silueta —susurró por el intercomunicador.

Mark se inclinó apenas lo justo, integrando su perfil con la roca. Alex cambió la posición de la mochila para romper líneas rectas. Ethan redujo su altura, caminando más cerca del suelo. Emma imitó los movimientos, concentrada en cada paso.

El zumbido volvió a pasar por encima, más cerca.

Jack sintió cómo el aire vibraba, pero el grupo ya no parecía una unidad clara.

Eran fragmentos, sombras, irregularidades en el terreno.

El dron continuó su órbita sin detenerse ni descender.

Por primera vez desde que el dron reapareció, Jack sintió que quizá, solo quizá, estaban desapareciendo otra vez, no porque fueran invisibles, sino porque habían dejado de parecer humanos desde arriba.

El zumbido comenzó a alejarse, no abruptamente, simplemente empezó a desvanecerse, elevándose poco a poco hasta convertirse en un sonido distante que el viento terminó por diluir.

El equipo continuó avanzando unos metros más antes de detenerse bajo una sombra irregular. Nadie habló ni celebró…

Jack quedó quieto, observando el horizonte, esperando, contando mentalmente los segundos hasta que el silencio regresó… y esta vez sí parecía vacío.

Ethan exhaló despacio.

—Se ha ido.

Jack no respondió, algo no encajaba.

No se trataba del dron, era lo que había dejado detrás.

Bajó la mirada hacia el suelo.

El viento había cambiado de nuevo, levantando pequeñas líneas de arena que cruzaban el wadi .

Entonces lo vio: huellas, no las suyas. No eran recientes, pero tampoco antiguas, en posición paralela, marcadas con intención.

Los vehículos habían pasado por allí antes, quizá algún hombre había bajado a escudriñar el terreno…

Se agachó, tocando la tierra. La arena aún conservaba bordes definidos.

No más de unas horas.

El dron no estaba buscando al azar. Estaban peinando rutas específicas.

Jack levantó la mirada lentamente.

El horizonte seguía vacío, pero ahora sabía algo que el resto aún no había comprendido.

El dron se había ido… porque ya no necesitaba estar. Habían reducido el área y alguien más vendría a cerrar el círculo.

Se incorporó.

—Cambiamos ritmo —dijo en voz baja.

Emma lo miró.

—¿Qué pasa?

Jack sostuvo su mirada un segundo.

—Esto ya no es solo vigilancia.

No añadió más, no hacía falta. El peligro había cambiado de forma y el tiempo acababa de volverse más valioso.

Jack volvió a ponerse en movimiento sin mirar atrás.

El ritmo cambió, no era una carrera, pero tampoco era la marcha controlada de antes, era algo más duro: el tipo de avance que no deja espacio para el cansancio.

Emma lo sintió enseguida.

El terreno irregular exigía más al tobillo vendado y cada paso enviaba una punzada sorda hacia arriba, aunque intentó disimularlo. Apretó los dientes y mantuvo el ritmo.

Durante varios minutos nadie habló.

Solo el sonido leve de las botas sobre la grava y el viento arrastrando arena.

Ethan fue el primero en notar la diferencia.

—¿Aumentamos velocidad? —preguntó.

—Sí.

Una sola palabra firme y sin explicación adicional.

Emma aceleró un poco más para mantenerse a su lado.

—Jack… —murmuró.

Él no se detuvo, pero giró ligeramente la cabeza hacia ella.

—Han reducido el área —dijo finalmente—. Si esperan encontrarnos escondidos, tenemos que adelantarnos a su siguiente movimiento.

Ella asintió, aunque la información llegó acompañada de un peso distinto, más urgencia y más riesgo.

Caminaron unos metros más y el dolor empezó a hacerse más evidente.

Emma tropezó, un movimiento mínimo, pero Jack reaccionó sin mirar, tomándola con su mano firme del brazo y estabilizándola antes de que perdiera el equilibrio.

No se detuvo, pero la miró evaluándola unos segundos.

—Puedo seguir —dijo ella rápidamente.

Él guardó silencio unos segundos y luego habló más bajo.

—Lo sé.

Siguieron avanzando. El sol descendía lentamente, alargando las sombras, y el desierto parecía empujarlos hacia delante.

Emma respiró hondo.

—Si necesitas ir más rápido… hazlo. No voy a frenarte.

Jack se detuvo solo un segundo y se giró hacia ella.

Sus ojos eran firmes e intensos.

—No te estoy dejando atrás.

No era una promesa romántica, era una verdad, pero debajo había algo más.

Jack inspiró despacio y el capitán volvió a hablar.