A través de la tormenta 17
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El sol comenzaba a caer cuando regresaron al módulo de Emma.

La base se teñía de tonos dorados y rojizos y el viento levantaba pequeñas nubes de arena que se deshacían en el aire como susurros. Habían pasado la tarde caminando por las zonas seguras, hablando de cosas sencillas y riendo a ratos.

Él le daba la paz que tanto necesitaba en aquellos momentos.

Emma caminaba despacio junto a Jack, con las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta que él le había prestado.

—Entonces… —dijo él finalmente—. Evaluación oficial. ¿Sobreviviste al equipo?

Ella sonrió.

—No solo sobreviví… creo que me adoptaron.

Jack soltó una pequeña risa.

—Eso pasa. Una vez te aceptan ya no hay vuelta atrás.

—Me gustaron mucho —añadió ella con sinceridad—. Son… diferentes a como me los imaginaba.

—¿Mejor o peor?

—Más humanos, hay camaradería entre vosotros —respondió Emma tras pensarlo—. Esperaba algo más… rígido. Pero sois como una familia.

Jack bajó la mirada un instante.

—Lo somos.

Caminaron unos pasos más en silencio.

—Gracias por lo de hoy —dijo ella—, por no tratarme como si fuera frágil.

Él la miró de reojo.

—Lo eres aún… un poco. —Emma hizo un gesto de protesta—. Pero también sé que eres más fuerte de lo que crees —añadió él suavemente.

Ella no respondió, pero su sonrisa se volvió más íntima.

Llegaron al módulo y Emma sacó la llave para abrir la puerta. Antes de entrar, lo miró de reojo. Jack observó su perfil bajo la luz tenue del atardecer y dio un paso más hacia ella, acortando la distancia.

—No estoy autorizado a pasar esta noche contigo… —murmuró cerca de su oído—. Pero… ¿me dejarías entrar un momento?

La insinuación flotó entre ambos.

Emma tragó saliva y miró brevemente alrededor. Al final del camino dos guardias vigilaban la zona.

Volvió a mirarlo sin decir nada, solo asintió levemente mientras abría la puerta.

Ella entró primero y Jack la siguió.

Cerró la puerta despacio, demasiado despacio. Sus movimientos eran comedidos, casi contenidos, hasta que el “clic” suave del cierre de la puerta resonó en la habitación.

Entonces, todo cambió.

Jack se lanzó hacia ella, la tomó por la cintura y la giró con firmeza hacia él.

Sus labios encontraron los de Emma en un beso intenso, cargado de deseo contenido. La empujó suavemente contra la pared, sin brusquedad, pero con urgencia.

Ella dejó escapar un pequeño quejido y Jack se separó al instante.

—Lo siento… ¿te he hecho daño?

Emma negó rápidamente.

—No… —susurró respirando agitada—. Estoy bien. —Sus manos subieron hasta la nuca de él, atrayéndolo de nuevo—. Bésame…

Jack no necesitó más.

Volvió a inclinarse sobre ella, aprisionándola con cuidado contra la pared, besándola con una mezcla de hambre y ternura que hablaba de años contenidos, de recuerdos compartidos y de todo lo que aún quedaba por decir.

El mundo fuera dejó de existir, solo estaban ellos dos y el latido acelerado de algo que nunca había dejado de pertenecerles.

El beso se volvió más lento, más profundo.

Jack deslizó una mano por la cintura de Emma, sujetándola con firmeza, como si necesitara asegurarse de que era real, de que no desaparecería si la soltaba.

Sus labios se movían sobre los de ella con una mezcla de ternura y deseo reprimido, como si ambos estuvieran aprendiendo de nuevo el ritmo del otro después de tantos años.

Emma dejó escapar un suspiro, apoyando la espalda contra la pared mientras sus dedos se enredaban en el cabello corto de él. Cada contacto parecía despertar algo antiguo y familiar, algo que nunca había terminado de marcharse.

Se separaron apenas un instante, lo suficiente para respirar y mirarse.

Jack apoyó la frente contra la de Emma.

—Debería irme… —susurró, aunque su voz no sonaba convencida.

Emma negó despacio mientras sus ojos brillaban.

—Quédate un momento más…

No fue una petición desesperada, sino una confesión suave.

Él sonrió, vencido desde antes de empezar.

—Un momento más —repitió.

Sus labios descendieron hacia la mejilla de ella, luego hacia su mandíbula, besando con una delicadeza extrema. Emma cerró los ojos, inclinando levemente el rostro hacia él, dejando que aquel contacto la envolviera.

—¿No… no puedes pedir que te autoricen?

Él sonrió antes de besarla de nuevo.

El mundo fuera seguía girando, la base seguía llena de ruido y protocolos… pero dentro de aquella habitación el tiempo parecía haberse detenido.

—Mmm… —pronunció sin apartarse de sus labios—, traviesa. ¿Pretendes que desobedezca órdenes?

—¿Es una misión imposible?

—Soy especialista en misiones imposibles —respondió él con falsa solemnidad antes de besarla de nuevo con intensidad.

Ella sonrió mientras rodeaba con sus manos su cuello.

—Qué modesto —ironizó.

—Es parte del entrenamiento.

Ella rio ante la respuesta mientras él acariciaba sus brazos. Sus manos volvieron a encontrarse, casi sin darse cuenta. Jack acarició lentamente el dorso de la mano de Emma con el pulgar, como si explorara un territorio que conocía y al mismo tiempo redescubría.

El silencio que siguió fue cálido.

Ella inclinó la cabeza hacia él. Jack respondió acercándose un poco más, hasta que sus frentes volvieron a rozarse.

—Me gusta cuando ríes —murmuró él—, y cuando me miras así.

Emma sostuvo su mirada un instante, y algo cambió en el aire entre ellos.

Fue ella quien se inclinó primero esta vez.

El beso comenzó suave, lento.

Jack respondió con la misma calma, deslizando una mano por su cintura con cuidado, asegurándose de no presionar demasiado. Sus labios se movían con una delicadeza que hablaba más de protección que de urgencia, más de cariño que de hambre.

Emma suspiró contra él, acercándose un poco más, apoyando una mano en su pecho. Sintió el latido firme bajo la tela del uniforme, y eso la hizo sonreír mientras se besaban.

Jack descendió con suavidad hacia su mejilla, luego hacia su mandíbula, besándola con calma, deteniéndose a cada instante, como si quisiera grabar cada reacción en su memoria.

Emma cerró los ojos, dejando que aquellas caricias la envolvieran. Sus dedos se deslizaron hacia la nuca de él, atrayéndolo, sintiendo el calor de su cuerpo y la seguridad que transmitía.

El beso volvió a intensificarse, más profundo, pero todavía contenido, lleno de algo que no era solo deseo, sino reconocimiento, como si ambos supieran que aquello no era solo un momento, sino más bien el regreso a algo que nunca había terminado del todo.

Jack llevó la mano hasta la cadera de ella, acariciándola, besándola con una pasión desenfrenada hasta que, finalmente, con un gruñido, se apartó.

Tragó saliva y la miró a los ojos. Con su dedo pulgar acarició sus labios con una suave caricia.

—Tengo que irme, pero mañana volveré. —Ella hizo un gesto de desagrado—. Uno de estos días te llevaré a la cantina. —Ella lo miró extrañada—. A nuestro bar.

Emma lo miró sorprendida.

—¿Tenéis un bar?

—No es gran cosa, pero nos entretiene.

Ella asintió.

—Lo he pasado muy bien hoy con el equipo, así que lo de la cantina supongo que estará bien también.

Él asintió. La besó de nuevo y, sin previo aviso, dio un paso atrás, luego la miró con una intensidad desbordada mientras situaba las manos en su cintura. Inspiró hondo unos segundos, intentando calmarse, y acabó sonriéndole.

—Si necesitas cualquier cosa sabes que solo tienes que hacerme llamar… —Ella chasqueó la lengua fastidiada. Él sonrió—. Pero, sintiéndolo mucho, debo regresar a mi…

Su voz quedó interrumpida por unos golpes en la puerta del módulo.

—¿Emma? —preguntaron desde fuera.

Los dos se miraron.

—Es la psicóloga —le susurró ella al reconocer la voz. Él se sentó en la silla aparentando normalidad y ella fue hacia la puerta. La abrió con una sonrisa—. Hola —dijo con tono alegre.

—Hola, Emma… —La psicóloga miró al interior y sonrió a Jack—. Hola, capitán. —Él elevó su mano para saludarla—. Veo que estás bien acompañada, eso está muy bien —le sonrió.

Jack se puso en pie y fue hacia la puerta.

—Hoy he llevado a Emma a comer con mis compañeros.

La psicóloga lo miró sorprendida y luego lució una gran sonrisa hacia Emma.

—¿Ha ido bien? —Emma asintió—. ¿Te has divertido?

Emma se mordió el labio y volvió a asentir.

—Sí, me… me he reído bastante —confesó.

—Eso está muy bien Emma, debes concederte esos momentos de naturalidad.

—He pensado en… que un día de estos la llevaré a la cantina, ¿le parece bien? —le preguntó Jack a la psicóloga.

—Siempre y cuando Emma quiera… —se encogió la psicóloga de hombros—, estará bien. No veo impedimento.

La psicóloga miró a Jack y luego a Emma, pues ninguno de los dos se movía.

—Si no le importa, capitán, me gustaría hablar con Emma a solas, tener una sesión antes de que caiga la noche —le pidió con una sonrisa.

—Sí, claro… —situó una mano en el hombro de Emma y asintió—, mañana vendré a verte.

Emma asintió y vio cómo se alejaba, aunque Jack se giró un segundo para mirarla antes de alejarse demasiado.

Emma suspiró y miró a la psicóloga que la observaba con atención.

—Me ha comentado la doctora que ayer tuviste un brote de ansiedad importante por la noche… —Emma tragó saliva y asintió—, ¿puedo pasar y hablamos?

—Sí, claro —respondió Emma echándose a un lado para que pasara.

El despacho del coronel estaba situado en el ala más silenciosa del módulo de mando.

No era una sala grande, pero sí imponente.

Las paredes estaban cubiertas de mapas tácticos, pantallas con información en tiempo real y líneas rojas marcando rutas aéreas y zonas calientes. Sobre una mesa larga descansaban carpetas clasificadas, tabletas militares y una taza de café olvidada hacía demasiado tiempo.

La luz blanca caía directa desde el techo, fría y sin concesiones.

Jack permanecía de pie frente al escritorio mientras el coronel revisaba unos documentos.

—Capitán Hayes —dijo finalmente sin levantar la vista—. Tome asiento.

Jack obedeció situando su espalda recta en el respaldo de la silla y las manos apoyadas sobre las rodillas, aunque algo dentro de él ya sabía hacia dónde iba a ir aquella conversación.