16
La luz de la mañana entraba despacio por la ventana, suave, dorada, filtrándose entre las cortinas como si temiera despertarlos demasiado pronto.
Emma abrió los ojos primero, con esa sensación extraña de calma que tardó unos segundos en reconocer.
Su cuerpo estaba relajado, cálido, y cuando giró levemente la cabeza, encontró a Jack a su lado, observándola en silencio, aunque desde la silla y ya vestido.
No había prisa en su mirada, solo ternura.
—Buenos días —susurró él con una sonrisa tranquila, levantándose de la silla y recostándose en la cama.
Emma parpadeó, aún adormecida. Tardó un instante en recordar dónde estaba, qué había pasado… y entonces todo volvió, pero sin el peso que solía acompañar a los recuerdos traumáticos recientes.
—Buenos días… —respondió ella, con la voz ronca.
Jack apartó un mechón de cabello de su rostro con delicadeza.
—¿Cómo estás?
Emma pensó un momento antes de responder. Inspiró hondo, como si comprobase algo dentro de sí misma.
—Sorprendida —admitió—. Esta vez… no he tenido pesadillas.
Lo dijo en un susurro, como si temiera romper aquel pequeño milagro.
Jack arqueó las cejas con fingida solemnidad.
—Claro —dijo—. Es mi magia.
Emma lo miró y una sonrisa divertida apareció en sus labios.
—¿Tu magia?
—Sí —asintió él—. Protocolo secreto del equipo de rescate. Garantía de noche tranquila incluida.
Ella dejó escapar una risa breve, todavía incrédula, y esa risa fue suficiente para que el pecho de Jack se aligerara.
—Estás vestido.
—Sí, tengo que irme —pronunció Jack con fastidio.
Jack permaneció unos segundos más observándola, como si no quisiera romper aquel instante de calma que habían construido juntos, asegurándose de que estaba bien. Finalmente suspiró y se incorporó despacio.
—Me toca pasar por el puesto de mando y revisar un par de cosas —explicó mientras se ponía las botas.
Emma lo observaba en silencio, siguiendo cada gesto, cada movimiento que le resultaba tan familiar y nuevo a la vez.
—¿Volverás? —preguntó ella casi sin darse cuenta de que la pregunta había salido en voz alta.
Jack levantó la mirada hacia ella y sonrió con suavidad.
—Claro que sí —respondió poniéndose bien el cuello de la camisa—. Vendré a buscarte a mediodía, si te apetece, para comer con el equipo. Están deseando verte.
Emma asintió con una sonrisa tímida que todavía llevaba rastros de la noche anterior.
—Me apetece.
Jack se inclinó entonces sobre ella, apoyando una mano junto a su cabeza, y la besó con ternura.
—Nos vemos luego —murmuró contra sus labios. Se separó despacio y le acarició la mejilla—. Y si necesitas cualquier cosa… cualquier cosa —enfatizó—, que me llamen.
Emma asintió de nuevo, siguiéndolo con la mirada mientras él se dirigía hacia la puerta.
Cuando salió, el silencio regresó a la habitación, pero ya no era el mismo de antes. Ahora estaba lleno de algo cálido, de una certeza nueva que permanecía incluso cuando él no estaba allí.
Emma se quedó unos segundos más en silencio después de que la puerta se cerrara.
El eco suave de los pasos de Jack alejándose todavía vibraba en la habitación y, por primera vez en mucho tiempo, la soledad no le resultó pesada.
Inspiró hondo dejando que el aire llenara sus pulmones con calma y se levantó despacio.
Se vistió con ropa cómoda que le habían proporcionado en la base, moviéndose sin prisa, como si quisiera prolongar la sensación cálida que aún le recorría el cuerpo. Mientras se recogía el cabello frente al pequeño espejo, sus pensamientos regresaron inevitablemente a la noche anterior.
“El destino” , pensó. Siempre había creído que el destino era cruel y caprichoso, pero también podía ser codicioso, capaz de arrebatarlo todo para luego devolver algo inesperado.
Los había separado cuando eran jóvenes, los había llevado por caminos distintos…
y ahora los reunía de nuevo, en el lugar más improbable del mundo.
Salió del módulo y comenzó a caminar por la zona segura. El aire de la mañana estaba fresco, limpio, y el sol apenas empezaba a alzarse sobre las estructuras de la base.
A unos metros, el soldado de guardia levantó la mano a modo de saludo.
—Buenos días, señora.
—Buenos días —respondió ella, acercándose.
El soldado se acercó despacio.
—¿Cómo se encuentra?
—Estoy… mejor que anoche —respondió con timidez.
El militar asintió con una sonrisa discreta.
—Me alegra escuchar eso.
Emma lo observó con más detenimiento. Era joven, más de lo que había imaginado la noche anterior.
—Gracias por lo que hiciste —añadió ella.
El soldado se encogió ligeramente de hombros.
—Estamos aquí para ayudar en lo que necesite. Es parte del trabajo.
—¿Cuánto tiempo llevas en el ejército? —preguntó ella con curiosidad.
—Tres años —respondió—. Esta es mi segunda misión fuera.
—¿Y te gusta?
El joven dudó un segundo antes de sonreír.
—Sí. Es duro… pero siento que hago algo importante.
Emma asintió.
—¿Es tu primera misión en una base como esta?
—Sí, señora.
—Llámame Emma —corrigió ella suavemente.
Él inclinó la cabeza, agradecido.
—Emma.
—¿Te gustaría ascender?
Sus ojos brillaron un poco.
—Sí. Quiero seguir formándome, aprender más… quizá entrar en un equipo especializado algún día.
Emma sonrió con curiosidad.
—¿Has sido alumno del capitán Hayes?
El soldado negó.
—No, pero he oído hablar mucho de él. Tiene muy buenas referencias. Es una lástima no haber coincidido antes.
Ella asintió, con una sonrisa que no pudo disimular.
—Sí… lo es.
Después de unos minutos más de conversación ligera, Emma se despidió y continuó caminando. Cada paso parecía más firme que el anterior, como si el mundo hubiese recuperado un poco de color.
Regresó a su habitación y, casi por instinto, tomó la libreta que Jack le había regalado. Se sentó junto a la mesa y abrió una página en blanco.
Hoy el aire se siente distinto . No sé si el mundo ha cambiado… o si lo he hecho yo.
Se detuvo un instante, pensando.
Quizá sentirse amada no borra el dolor, pero lo suaviza. Lo vuelve más llevadero, como si alguien compartiera el peso contigo y, por un momento, recordaras que aún hay luz incluso después de la oscuridad.
Sus dedos temblaron ligeramente al continuar.
No sé qué vendrá después. Pero esta mañana… esta mañana no duele tanto respirar.
Jack empujó la puerta del comedor con suavidad y dejó que Emma entrara primero.
El ruido la envolvió de inmediato.
Voces superpuestas, bandejas golpeando metal, sillas arrastrándose, risas que estallaban en distintos puntos del lugar. El aire olía a café cargado y a comida caliente.
Emma se detuvo un segundo.
No era silencio. No era aislamiento. No era el eco frío del módulo médico… era vida en estado puro.
Jack observó cómo sus hombros se relajaban levemente.
—¿Demasiado ruido? —preguntó en voz baja.
Ella negó despacio, mirando alrededor.
—No… —susurró—. Es… normal. Me gusta.
Él sonrió abiertamente.
El comedor era amplio, funcional, sin pretensiones: largas mesas metálicas, filas de bandejas, una zona de autoservicio donde varios soldados avanzaban con movimientos automáticos, pantallas con noticias sin sonido, mochilas apoyadas contra las patas de las mesas y uniformes mezclados con ropa civil.
—Ven —dijo Jack guiándola con una mano suave posada en su espalda.
Al fondo, su equipo ocupaba una mesa larga.
Fueron los primeros en verla y el cambio fue inmediato. Las conversaciones se apagaron, no por tensión, sino por respeto.
Luke fue el primero en ponerse en pie, luego los demás.
No hubo rigidez excesiva ni formalidad exagerada, eran soldados, sí, pero también hombres que sabían que aquella mujer había sobrevivido a algo terrible.
—Equipo, ya la conocéis… Emma —dijo Jack con naturalidad.
Ella sonrió un poco nerviosa.
Daniel dio un paso adelante, aunque no intentó abrazarla, no invadió su espacio y le ofreció la mano con una sonrisa cálida.
—Es un honor verte.
Ella estrechó su mano, agradecida.
Uno a uno, fueron saludándola igual: manos firmes, miradas sinceras y una cordialidad contenida, pero auténtica.
Nadie la tocó más de lo necesario, intentando mantener el respeto y el cuidado necesarios.
Jack comenzó a presentarlos.
—Mark Reynols. Francotirador designado… el tipo que no falla.
Mark alzó las cejas.
—Excepto cuando Jack no está mirando —bromeó.
—Luke Donovan —continuó Jack—. Segundo al mando.
Luke inclinó la cabeza.
—Encantado de verte mejor.
—Ethan Brooks, médico. Ya sabes quién es —continuó Jack.
Ethan le guiñó un ojo.
—Esta vez sin agujas, lo prometo.
Emma soltó una pequeña risa.
—Daniel Miller… explosivos.
—Intento no romper cosas importantes —añadió Daniel ladeando la cabeza.
—Y Alex Turner, experto en comunicaciones.
Alex levantó la mano desde su asiento.
—El que gritó “extracción inmediata” mientras todo se iba al garete.
Emma respiró hondo, mirando a todos con gesto agradecido.
—Gracias… —dijo con voz suave pero firme—. Sé que decís que es vuestro trabajo… pero arriesgasteis vuestra vida por alguien que ni conocíais. Eso… eso es valentía de verdad.
Se hizo un breve silencio incómodo.
Mark se encogió de hombros.
—Nah… Jack nos paga bien —respondió moviendo la mano como si apartase una mosca.
Las miradas se desviaron hacia el capitán con una sonrisa apenas disimulada. Sí, conocía perfectamente aquellas miradas. Demasiadas horas juntos.
Jack frunció el ceño.
—Ni se os ocurra.
Daniel cruzó los brazos.
—Bueno… ahora que la conocemos… entendemos mejor por qué estabas tan… motivado.
Emma alzó una ceja, divertida.
—Ah, ¿sí? —preguntó ella.
Jack carraspeó.
—Vale, vamos a por la comida —dijo Jack situando una mano en la espalda de Emma.
—Espera —dijo Luke con calma—. Queremos oír la versión de ella.
Emma rio suavemente.
—No voy a decir nada malo de Jack. Me salvó la vida.
El equipo estalló en carcajadas.
—Eso no cuenta —protestó Daniel.