A través de la tormenta 15 #3
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15 #3

Emma lo miró con los ojos llenos de emoción, brillantes y desbordados.

Las palabras de Jack no solo la habían alcanzado, se le habían hundido en el pecho, allí donde aún dolía todo lo que había vivido.

Ya no era solo que él se hubiera convertido en su pilar en aquellos días oscuros, era la certeza de que siempre la había querido, incluso cuando la vida los había separado.

Y esa verdad, dicha al fin en voz alta, hizo que algo dentro de ella se removiese del todo.

Se aferró a él con fuerza, como si necesitara comprobar que era real.

Jack se colocó sobre ella con cuidado, sosteniéndose para no cargarla con su peso, consciente de cada herida invisible y visible. La protegía incluso en ese momento íntimo.

Para Emma, aquellas palabras eran una forma de sanar, de permitir que el dolor encontrara una grieta por la que escapar. Después del infierno, seguía teniendo derecho a sentirse así: protegida, sí… pero también amada.

Sintió la mano firme de Jack acariciando su cadera, lenta, segura, y cómo descendía con delicadeza hasta su pierna desnuda.

Su piel se erizó al instante, no solo por el contacto, sino por la intención que había en él: respeto, deseo y cuidado.

El beso se volvió más profundo, más demandante, como si él la reconociera como suya sin poseerla, envolviéndola con una ternura que dolía de lo hermosa que era.

Emma cerró los ojos un instante y respiró hondo. Allí, entre sus brazos, comprendió que no estaba traicionando a su dolor ni a su pasado. Estaba permitiéndose vivir y, por primera vez desde que todo se había roto, esa idea no le dio miedo.

La mano de Jack ascendió despacio, con una reverencia casi sagrada, como si cada centímetro de piel fuera una promesa.

Emma contuvo el aliento cuando sintió cómo él se alejaba lo justo para deshacerse de su ropa interior, ayudándola a quitársela, la última barrera entre ellos dos, un gesto lento, deliberado y cargado de intención.

La respiración de ambos se volvió más agitada, no por prisa, sino por la conciencia plena de aquel instante largamente postergado.

Jack apartó sus labios de los de Emma y descendió por su garganta con una suavidad que la desarmó. Ella inclinó el cuello instintivamente, ofreciéndose, dejando que él marcara ese camino íntimo que hacía temblar cada rincón de su cuerpo. Sentirlo así, tan atento, tan presente, fue su perdición.

La mano de Jack volvió a subir, recorriéndola con cuidado, como si quisiera memorizarla.

Emma respondió buscándolo también, deslizándose bajo su camisa, descubriendo el calor firme de su piel, la tensión de unos músculos que reaccionaban a su contacto.

Jack se deshizo de la camisa con un gesto breve, permitiéndole acercarse aún más, como si ya no hubiera fronteras entre ellos.

Cuando sus labios regresaron a los de Emma, el beso fue más profundo.

Ella dejó escapar un gemido leve, involuntario, y eso bastó para que Jack se detuviera un segundo, apoyando su frente en la de ella.

—Si en algún momento te hago daño… dímelo —susurró con una ternura que lo delataba.

Emma negó despacio, mirándolo a los ojos mientras acariciaba su rostro.

—No lo haces —respondió—. Solo… quédate conmigo.

La forma en que lo dijo fue suficiente. Jack no dudó más. Se acomodó entre sus brazos, entrelazándose con ella con una devoción absoluta.

—¿Estás segura? —preguntó una última vez.

Emma asintió.

Y entonces el mundo exterior dejó de existir.

Jack llevó la mano hasta el botón de sus pantalones, desabrochándolo, y se los bajó.

Luego se quitó los calzoncillos. Acto seguido, se acomodó con cuidado entre sus piernas, como si cada movimiento fuera una promesa de protección.

Volvió a besarla, esta vez con una intensidad que les robó el aliento.

Se detuvo un segundo para mirarla a los ojos, atento a cada gesto, a cada respiración. No quería hacerle daño.

Entró ella lentamente, despacio, con cuidado.

Emma contuvo el aliento cuando lo sintió tan cerca, tan presente. Lo rodeó con las piernas instintivamente, anclándose a él como si su cuerpo supiera exactamente dónde debía estar. Se besaron de nuevo, despacio al principio, y luego con una urgencia contenida que los hizo respirar al mismo ritmo.

Jack comenzó a moverse lentamente, con cuidado, mientras besaba su cuello y volvía a sus labios. Se abrazaron siguiendo una cadencia común, íntima y profunda. Jack se movía con una delicadeza casi dolorosa, conteniéndose, escuchándola más allá de las palabras, vigilando en cada momento no dañarla.

—No me voy a romper —murmuró ella en su oído.

Jack la miró a los ojos y aquello fue su perdición, sujetó su pierna contra su cadera y comenzó a entrar más profundo y con más fuerza en ella mientras Emma se sujetaba con fuerza a sus hombros y se dejaba llevar por aquel placer que sentía junto a él.

Jack la sostuvo con más decisión, como si reclamara también todo el tiempo perdido, todo lo que no habían vivido juntos. El mundo exterior se desdibujó. Solo existían ellos, el calor compartido y la certeza de reencontrarse después de tantos años.

Por primera vez desde su rescate del infierno, Emma no sintió miedo.

El ritmo que impuso Jack era más fuerte, provocando que el placer se incrementase con cada embestida, aunque no dejaba de observarla buscando cualquier muestra o gesto de dolor en el rostro de Emma.

Finalmente, se relajó y comenzó a disfrutar cuando ella se sujetó más fuerte a él y cerró los ojos, dejándose llevar por el placer.

Jack rugió cuando incrementó más aún el ritmo. Se excitó muchísimo al escuchar los suaves gemidos de Emma en su oído y situó un brazo que ella usó como almohada en su cabeza mientras con la otra mano acariciaba su mejilla antes de besarla de nuevo.

En aquel momento tan íntimo y de tanto placer Emma olvidó todo el dolor, todo el sufrimiento. Jack era su ancla, su protección y su amor de toda la vida.

Emma gimió arqueando la espalda cuando el placer llegó sin avisar, incapaz de comprender cómo podía sentir aquello en un momento como aquel, pero no le dio vueltas, prefirió rendirse a él.

Jack sujetó su pierna a su lado mientras descendía por su garganta, besando su cuello de nuevo. Emma acarició su cabello y su mejilla mientras él repartía sus besos sin dejar de moverse.

Buscó la mano de ella y entrelazaron sus dedos, uniéndose ambos en un vaivén que incrementaba el placer hasta lugares desconocidos para ambos, llegando a un clímax que provocó que ella lo apretase junto a su pecho.

Jack no se dejó caer sobre ella, pero sí situó su frente sobre la suya y la miró. Ella también lo observaba. No pudo evitar sonreírle mientras acariciaba su mejilla. El corazón le latió con más fuerza cuando Emma le sonrió de una forma tierna, recuperando también el aliento.

Besó su frente mientras ambos se acariciaban, demostrándose esta vez de una forma más tranquila todo el afecto y el amor que se profesaban.

Cuando todo quedó en silencio, Jack apoyó la frente en la de Emma y cerró los ojos. No había prisa, no había palabras urgentes, solo el pulso compartido, la respiración que poco a poco encontraba calma. La abrazó con cuidado, como si aquel gesto fuera una promesa antigua que por fin podía cumplir.

Emma se acurrucó contra él, exhausta y serena a la vez.

En ese abrazo entendió que siempre se habían querido, incluso cuando la vida los había separado y los había empujado por caminos distintos.

Aquello no había sido un impulso ni un refugio momentáneo, era algo que se debían desde hacía años, algo que había esperado paciente a que ambos estuvieran preparados.

Jack la sostuvo con una certeza nueva. Ella había vuelto a aparecer en su vida como un milagro imperfecto, doloroso y marcado por cicatrices, pero un milagro, al fin y al cabo.

No fue en las circunstancias que él hubiera deseado, no como lo había imaginado tantas veces y, aun así, era real. Estaba allí. Viva. En sus brazos.

Besó su cabello con ternura y la estrechó un poco más, como si pudiera protegerla de todo lo que había quedado atrás.

Y mientras el amanecer comenzaba a insinuarse tras la ventana, Jack supo algo con una claridad absoluta: no iba a dejarla marchar de nuevo.

No esta vez. No después de haber llegado, por fin, al lugar al que siempre habían pertenecido juntos.