A través de la tormenta 15 #2
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15 #2

Jack bajó un poco la cabeza hasta que su boca quedó casi pegada a su oído.

—No lo estás —afirmó—. Estoy contigo. No me voy a ir.

Emma inspiró hondo, aferrándose a aquellas palabras y a su promesa.

—¿De verdad? —preguntó, frágil.

—De verdad —repitió—. Ni esta noche ni mañana. No ahora que más me necesitas.

Ella asintió, agotada, y se quedó quieta. Jack alzó una mano y le acarició el cabello con una delicadeza infinita. Luego, sin pensar, inclinó la cabeza y besó su frente.

Emma no reaccionó, no se apartó ni se movió, era como si ese gesto se hubiera integrado de forma natural en la calma que empezaba a envolverla.

Pero dentro de Jack todo se desordenó.

El corazón le golpeó con fuerza, atravesado por una rabia oscura hacia quienes le habían hecho aquello…

pero también latió con intensidad movido por un amor antiguo, intacto, que nunca había sabido extinguir.

La sostuvo un poco más fuerte, como si pudiera protegerla también del pasado, y permaneció allí, en silencio, decidido a ser el refugio que ella necesitaba hasta que el miedo, poco a poco, se fuese diluyendo.

Jack permaneció unos minutos más en silencio, sosteniéndola, dejando que el tiempo hiciera su parte. La respiración de Emma ya no iba a trompicones, era más profunda y lenta. Aun así, notaba cómo le temblaban ligeramente los dedos entre los suyos.

—¿Quieres que salgamos a dar un paseo para que te dé el aire? —preguntó en voz baja—. Solo unos minutos.

Ella negó despacio, sin abrir los ojos.

—No creo que… que mis piernas me aguanten ahora mismo.

—Está bien —respondió—. No hay prisa.

Se dio cuenta entonces de que Emma seguía apoyada en su hombro, inmóvil, con la respiración cada vez más regular. Parecía que se estaba quedando dormida. Jack se movió con cuidado, casi sin respirar, y la recostó sobre el colchón.

Emma se sobresaltó al sentir el movimiento.

—Eh… —murmuró.

—Soy yo —susurró él de inmediato—. Tranquila. Descansa.

Ella lo miró un segundo, desorientada.

—No te vayas —pidió con un hilo de voz.

Jack negó despacio.

—No me voy —aseguró—. Me quedo aquí contigo.

Emma se giró sobre un lado, encogiéndose un poco, y Jack la tapó con la manta con un gesto delicado. Después miró alrededor. La habitación era sencilla. Vio la silla junto a la pared. No parecía cómoda, pero sería suficiente.

La acercó a la cama sin hacer ruido y se sentó a su lado.

Apagó la luz de la habitación. En el interior solo entraba a través de la pequeña ventana la suave luz de los focos del exterior.

En cuanto lo hizo, Emma estiró la mano buscándolo a ciegas. Jack la tomó de inmediato, entrelazando sus dedos con los de ella. Emma suspiró, un sonido leve, aliviado, y no volvió a moverse.

Jack se quedó observándola unos segundos. La medicación debía de estar haciendo efecto porque parecía dormida.

Apoyó la cabeza contra la pared, sin soltar su mano, y cerró los ojos. El cansancio empezó a pesarle en los hombros, pero no le importó. Allí era exactamente donde debía estar.

Jack despertó de golpe al escuchar su grito.

—¿Emma? —susurró.

Emma se incorporó de repente en la cama, sollozando, con el cuerpo sacudido por un temblor violento. Aún no había amanecido, la habitación seguía envuelta en esa penumbra azulada que precede al alba. Jack reaccionó sin pensar. Se sentó a su lado y la rodeó con los brazos, firme e inmediato.

—Estoy aquí —susurró—. Emma, mírame… no me voy a ir.

Ella se aferró a él con desesperación, respirando a bocanadas, apoyando el rostro contra su pecho como si el mundo pudiera desaparecer si lo soltaba.

Jack le pasó una mano por el cabello, despacio, con ternura. Después le rozó la mejilla… y notó la humedad. Una lágrima silenciosa se le quedó prendida en los dedos.

Situó una mano en su mejilla y levantó con cuidado su rostro, apenas lo justo para mirarla a los ojos.

Sabía que estaba dañada, que cada gesto debía ser suave y comedido.

Emma lo miró, desbordada, con la respiración aún irregular.

Él no apartó la mano de su mejilla, siguió acariciándola con una calma que no sentía desde hacía años.

—Shhh… no estás sola —susurró de nuevo.

Jack tragó saliva, sobrepasado por la intensidad de lo que Emma estaba viviendo… y por todo lo que despertaba en él. Entonces lo comprendió con una claridad brutal.

Nunca la había olvidado. Nunca. Había sido su primer amor, ese que no se diluye con el tiempo porque se incrusta en la piel, en la memoria, en la forma misma de sentir.

Podía haber vivido otras vidas, haber amado a otras mujeres, pero Emma siempre había estado ahí, en silencio, como una verdad que no se apaga y, ahora, estaba entre sus brazos.

No solo quería protegerla del miedo, de los recuerdos, de la violencia que le habían impuesto. La quería. La quería de verdad. Como en el pasado o incluso más.

Se quedaron mirándose unos segundos que parecieron eternos. Los ojos de Emma se habían incrustado en los suyos, observándolo también con un amor y un agradecimiento que no se podía describir con palabras. Aquella mirada lo sobrecogió mientras acariciaba su mejilla. No se contuvo más.

Jack bajó la frente un instante, como si dudara, como si le pidiera permiso al mundo. Luego descendió despacio, con cuidado, y posó sus labios sobre los de Emma en un beso suave, contenido y lleno de promesas no dichas.

Un beso que no pedía nada, solo confirmaba que seguía ahí.

Jack se separó apenas unos centímetros, lo justo para volver a respirar.

Aún sentía la suavidad de sus labios, una sensación tan intensa que le recorrió el cuerpo entero.

Era extrañamente familiar y dolorosamente perfecto, como aquel primer beso de juventud que había quedado grabado en su memoria para siempre…

y, al mismo tiempo, era distinto, más profundo y más consciente.

Habían pasado muchos años desde entonces.

Años de decisiones, de renuncias, de silencios impuestos, sin embargo, jamás había olvidado lo que se sentía al besarla.

Nunca. Ahora comprendía el porqué: porque no era solo el gesto, sino todo lo que Emma había significado para él.

Su primer amor. El que te enseña quién eres cuando amas sin defensas.

El que no se borra jamás, aunque la vida siga.

La miró de nuevo a los ojos con un nudo en el pecho. El miedo apareció de golpe: miedo a haber ido demasiado lejos, a haberse propasado cuando ella venía de un infierno que aún le dolía en la piel. Buscó rastro de confusión, de rechazo… pero no lo encontró. En su mirada no había temor, había calma.

Emma alzó la mano despacio y acarició su mejilla, notando la aspereza suave de la barba reciente. Ese gesto sencillo terminó de desarmarlo. Ella se inclinó hacia él sin prisas, como si supiera exactamente lo que hacía, y volvió a buscar sus labios.

Jack la acogió de inmediato. Esta vez el beso fue más profundo, más firme, cargado de una emoción contenida durante demasiado tiempo.

La rodeó con los brazos y la acercó con cuidado contra su pecho, protegiéndola incluso en ese gesto.

El beso se intensificó, lento al principio, luego más decidido, como si ambos se reconocieran de nuevo, aunque en realidad nunca se hubieran olvidado.

El beso se volvió más profundo, más posesivo, pero nunca brusco.

Era lento, cargado de una emoción que había esperado demasiados años.

Jack la besaba con la seguridad de quien ya no es un muchacho, de quien sabe exactamente lo que hace…

y, sobre todo, a quién desea. Y ese deseo tenía nombre y rostro: Emma.

Ella respondió sin dudas. Acarició su mejilla con los dedos temblorosos y llevó la mano hasta su nuca, aferrándose a él con una naturalidad que hablaba de recuerdos compartidos y de un presente elegido por propia voluntad.

Sabía lo que hacía. Sabía lo que quería.

Y en aquel gesto volvió a reconocer aquellos besos de juventud, torpes y llenos de promesas, que ahora regresaban transformados en algo más intenso y más consciente.

Nunca habían cruzado esa línea. A pesar de haber sido su primer amor, sus primeras experiencias más íntimas habían llegado con otras personas, no entre ellos.

Era una frontera que siempre había quedado intacta, suspendida en el tiempo…

y que ahora parecía reclamarlos con una fuerza imposible de ignorar. Era algo que se debían más que nunca.

El beso se tornó más apasionado. Emma sintió el calor de sus labios, el peso protector del cuerpo de Jack rodeándola, envolviéndola en una sensación de refugio absoluto.

Fue él quien, con infinito cuidado, la recostó sobre el colchón sin romper el contacto, prolongando el beso como si temiera que el mundo pudiera arrebatárselo.

Su mano descendió hasta su cintura, por encima del camisón blanco que le habían dado en la base, un gesto firme pero contenido, atento para no hacerle daño.

No quería herirla, pero tampoco quería detener aquello que ambos estaban construyendo.

Cuando Emma rodeó sus hombros y lo atrajo hacia ella, Jack supo que ya no había marcha atrás. Se separó apenas de sus labios, lo justo para mirarla, sin dejar de acariciar su cintura. Sus ojos la recorrieron con una mezcla de asombro, ternura y una verdad que llevaba demasiado tiempo guardada.

—Te he llevado conmigo incluso cuando no estabas —susurró—.

En cada noche en la que el mundo se me hacía demasiado grande…

siempre eras tú quien volvía a mis pensamientos —confesó.

Ella lo miró como si algo profundo se resquebrajara en su interior—.

Dejarte marchar fue el error más grande de mi vida —continuó con la voz baja y sincera, a pocos centímetros de sus labios—. Nunca dejé de quererte, Emma. Nunca.

No necesitó decir más. En esa frase estaba todo resumido: los años, la ausencia, el amor que nunca se había ido y el presente, por fin, reclamándolos sin miedo.