15
El disparo resonó seco, brutal y demasiado cerca. Vio cómo Tom convulsionaba unos segundos, con su sangre esparciéndose por el suelo y salpicando todo a su alrededor. Vio su mirada apagarse entre el ruido y la risa ahogada de los hombres.
Se removió en la cama y se incorporó de golpe, gritando con fuerza.
Despertó jadeando, con el corazón desbocado y el cuerpo empapado en sudor.
El grito aún le vibraba en la garganta cuando se incorporó a trompicones. No podía respirar, el aire no entraba. Se llevó la mano a la garganta como si así pudiese respirar mejor, pero le era imposible.
Se levantó como pudo y avanzó hasta el aseo, apoyándose en la pared y con las piernas temblándole.
—No… no… —susurró desorientada.
Llegó al lavabo y abrió el botiquín con manos torpes. Sacó el ansiolítico, intentó llevárselo a la boca, pero los dedos le fallaron, temblaban demasiado. La pastilla cayó al suelo con un ruido casi imperceptible.
Emma se dejó caer tras ella, encogida, temblando, con el pecho ardiendo, pues su corazón iba a una velocidad desconocida para ella.
Unos golpes firmes sonaron en la puerta.
—¿Señora? —preguntó una voz masculina—. Soy el soldado de guardia. He oído un grito. ¿Está todo bien? ¿Puedo pasar?
Tuvo que respirar varias veces profundo para encontrar su voz.
—No —respondió ella entrecortada—. No… por favor… no pase.
—Necesito asegurarme de que está bien —insistió—. Voy a entrar, ¿de acuerdo?
—No —repitió con la voz rota y las lágrimas comenzando a caerle por sus mejillas.
La puerta se abrió despacio. El soldado la encontró en el suelo, encogida, con la respiración alterada.
—Tranquila —dijo agachándose a su lado—. Está a salvo. Míreme. —Aquel soldado debía de estar adaptado a aquello, porque sabía perfectamente cómo actuar en aquellas situaciones—. ¿Puede mirarme? —Ni siquiera podía elevar su cuello para mirarlo, estaba totalmente bloqueada—. Voy a llamar.
Emma negó con la cabeza, incapaz de moverse, totalmente paralizada.
—No… no llame a nadie —murmuró entre lágrimas—. Por favor.
—Voy a llamar a la doctora —respondió él, activando ya la radio.
—No —sollozó suplicante.
El soldado no dudó.
—Es protocolo.
Emma apretó los labios y, con el poco aire que le quedaba, solo pronunció un nombre.
—El protocolo —ironizó ella, cansada de escuchar aquella palabra esos últimos días. Cerró los ojos con fuerza e intentó respirar de nuevo, pero no podía, era como si sus vías respiratorias se hubiesen cerrado—. Jack —gimió desolada.
El soldado la miró con atención mientras hablaba por la radio.
Minutos después, la puerta volvió a abrirse. La doctora Davis entró con paso rápido y sereno.
—Emma —dijo con voz suave—. Estoy aquí. —Fue hacia el aseo.
Emma permanecía sentada allí, apoyando la espalda en la pared.
Tenía claras dificultades para respirar, todo su cuerpo temblaba y estaba pálida y sudorosa—.
Mírame —le pidió. Se dio cuenta de la pastilla que estaba en el suelo y la recogió—.
Un vaso de agua, por favor —pidió al soldado que se había quedado con Emma mientras la doctora llegaba.
El soldado obedeció de inmediato y se lo tendió a la doctora.
—Despacio —indicó—. Una respiración conmigo, vamos… —la animó, pero a Emma le era difícil—. Poco a poco, Emma, venga… —Emma finalmente logró respirar hondo—. Eso es. Ahora, la pastilla.
Emma obedeció entre sollozos. La doctora le sostuvo la mano hasta que tragó.
—Muy bien —susurró—. Ya pasó lo peor, estás a salvo, sobre todo recuerda eso.
Emma se llevó la mano temblorosa a su rostro.
—Pero él no…
La doctora la miró sin comprender.
—¿Quién?
—Tom… —lloró más fuerte—. Lo asesinaron… —dijo casi sin aliento.
—Shhh… tranquila —dijo intentando calmarla, colocando las manos en sus hombros.
—Le dispararon en la cabeza… —gritó desesperada—, delante de mí. No… no pude hacer nada para salvarlo y ellos… ellos se reían —lloraba desconsolada.
—Shhh… —dijo la doctora abrazándola para darle el refugio que tanto necesitaba en aquel momento, comenzando a acunarla—. Desahógate… tranquila…
—Lo asesinaron… lo asesinaron… —gritaba sin parar—. Se reían…
La doctora miró al soldado sin soltarla.
—¿Cómo la encontraste? —preguntó en voz baja.
—En el suelo —respondió él—. Temblando y desorientada. Dijo un nombre: Jack.
La doctora asintió.
—Se refiere al capitán —aclaró—. Avísalo. Dile que venga.
Eran las tres de la madrugada cuando Jack echó a correr por el pasillo de grava iluminado a medias por focos amarillentos.
El aire nocturno le cortaba los pulmones, pero no redujo el paso. Solo había un nombre golpeándole la mente con insistencia: Emma.
Conocía bien el protocolo, demasiado bien.
Secuestro prolongado, violencia extrema, pérdida de un compañero delante de la víctima.
El cuerpo podía estar a salvo, pero la mente seguía atrapada allí.
Ataques de ansiedad nocturnos, pesadillas vívidas, desorientación, sensación de amenaza constante y algo más que los manuales decían sin decirlo del todo: la importancia de una figura de referencia.
Alguien que representara seguridad real, no teórica.
Para Emma, ese alguien era él y él lo sabía.
Llegó al módulo y abrió la puerta sin llamar.
Emma estaba sentada en la cama, encogida, con los hombros tensos y el rostro pálido. Le temblaban las manos, el pecho subía y bajaba de forma irregular. Tenía los ojos enrojecidos por el llanto. La doctora Davis estaba a su lado, hablándole en voz baja, intentando anclarla al presente.
—Emma… mírame… estás aquí… estás a salvo…
Ella levantó la vista y lo vio.
Se quedó paralizada, como si su mente necesitara confirmar que no era otra imagen creada por el miedo.
Jack no dudó, cruzó la habitación, se sentó en la cama y la rodeó con los brazos sin pedir permiso.
Emma se quebró al instante. Se desplomó contra su hombro y lloró con un sollozo profundo, desgarrado, como si por fin pudiera soltarlo todo. Jack la sostuvo con fuerza con una mano firme en su espalda, la otra protegiéndole la nuca.
—Estoy aquí —murmuró—. Ya pasó. Estoy contigo.
La doctora observó la escena en silencio. Vio cómo, poco a poco, la respiración de Emma empezaba a acompasarse, cómo el temblor iba cediendo y su cuerpo, aún tenso, se rendía a la certeza de estar protegida.
Se acercó a Jack y habló en voz baja.
—Siento haberlo despertado a estas horas… pero la crisis ha sido intensa.
Jack negó despacio, sin apartar la mano del cabello de Emma.
—No importa —respondió—. Hizo lo correcto. Todo está bien.
La doctora asintió. Permaneció unos segundos más, confirmando que Emma se calmaba entre sus brazos, y dio un paso atrás. No hacía falta más intervención. Aquella no era una herida médica… era otra cosa.
Jack apoyó la mejilla sobre la cabeza de Emma, sintiendo su respiración cada vez más lenta y más segura. No dijo nada más… no hizo falta.
Allí, en mitad de la noche y del silencio, él era exactamente lo que ella necesitaba, y no pensaba moverse de su lado.
Emma seguía aferrada a él, con la respiración aún acelerada, irregular, pero ya no desbocada.
Jack notaba cómo su pecho subía y bajaba contra el suyo, cómo cada inhalación iba encontrando poco a poco su ritmo.
Emma tenía los ojos cerrados y la frente apoyada en su hombro, como si aquel punto exacto fuera el único lugar seguro del mundo.
Jack no se movió. Ni un músculo. Temía que cualquier gesto brusco pudiera devolverla al abismo del que acababa de salir.
Desde la puerta, la doctora Davis observaba en silencio. Veía cómo el cuerpo de Emma respondía a la cercanía de Jack, la tensión que se aflojaba, los dedos que dejaban de clavarse en la tela de su uniforme y el temblor que iba cediendo.
Se acercó un poco más y le susurró.
—Me marcho. Está respondiendo bien.
Jack levantó apenas la mirada.
—Doctora… —murmuró—. ¿Puedo quedarme esta noche? Solo para vigilarla. Si vuelve a tener otra crisis, la llamo de inmediato.
La doctora Davis no dudó.
—Estás autorizado, capitán —respondió en el mismo tono bajo—. Le diste el ancla que necesitaba. —Hizo una breve pausa, profesional hasta el final—. Tomó el ansiolítico hace unos quince minutos. Si fuera necesario, puede tomar otra pastilla igual. Esa sería la dosis máxima recomendada esta noche.
Jack asintió.
—Entendido.
La doctora intercambió una última mirada con él y salió del módulo junto al soldado de guardia, cerrando la puerta con cuidado. Dejaron la luz encendida, suave, suficiente para no sumir la habitación en sombras traicioneras.
Jack volvió a bajar la mirada hacia Emma. Ella había aflojado un poco el agarre, pero seguía allí, respirando contra su pecho, exhausta. Él apoyó la mano en su espalda, firme y constante, como un recordatorio silencioso de que no estaba sola.
Al menos ya no se ahogaba. El temblor iba y venía en oleadas suaves, como un eco tardío. Jack deslizó la mano lentamente por su espalda, con un movimiento constante, paciente, y marcándole un ritmo.
—Respira conmigo —susurró—. Así. Despacio. Estoy aquí.
Ella asintió contra su hombro, con los ojos cerrados.
—Lo vi… —murmuró de pronto—. Lo vi todo.
Vi cómo le disparaban. Aquí… —se llevó la mano temblorosa a la sien—.
Y ellos… ellos se reían. —El cuerpo de Jack se tensó un instante apenas perceptible.
No la interrumpió—. No puedo sacarlo de mi cabeza —continuó ella con la voz rota—.
Cada vez que cierro los ojos vuelve. Siempre vuelve.
—Lo sé —respondió él, firme pero suave—. Tu mente está intentando entender algo que fue inhumano. No significa que vaya a quedarse ahí para siempre. El tiempo lo suaviza todo.
Emma negó despacio.
—Tengo miedo de no olvidarlo nunca.
Jack tomó su mano con más fuerza, anclándola de nuevo al presente.
—No tienes que olvidarlo —dijo—. Tienes que aprender a vivir sin que te rompa por dentro, y eso lleva tiempo.
Ella apretó sus dedos con desesperación, como si temiera que él se desvaneciera.
—No quiero estar sola —susurró.