A través de la tormenta 14
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Emma caminaba despacio por la zona segura, dejándose llevar por el ritmo tranquilo de la base. El aire estaba más limpio a esa hora de la mañana y, por primera vez en días, sentía que podía respirar sin pensar en ello. A lo lejos, distinguió una silueta conocida avanzando entre los módulos.

Jack.

Una sonrisa suave se dibujó en su rostro casi sin que se diera cuenta, pero antes de que él llegara hasta ella, unos gritos rompieron la calma. Voces alteradas y agudas.

Emma se giró sobresaltada y vio a varios civiles acercándose a la valla interior, gesticulando frente a dos soldados armados que mantenían la posición con rigidez. Había hombres, mujeres y, al menos, dos niños aferrados a las faldas de una de ellas.

—¡Por favor! —gritaba uno de los hombres en árabe—. ¡Comida! ¡Ayuda!

Emma dio un paso instintivo hacia ellos.

—Emma —murmuró Jack acelerando el paso hacia ella.

Llegó en segundos, le pasó el brazo por los hombros con firmeza y la giró con suavidad, sin darle opción a quedarse mirando.

—Ven conmigo —dijo en voz baja—. Ahora.

—¿Qué pasa? —preguntó ella alarmada mientras se dejaba guiar por otra zona del perímetro—. Son civiles… hay niños.

—Lo sé —respondió él manteniendo el paso—. Pero no puedes estar ahí.

Emma frunció el ceño.

—¿Por qué no los ayudan?

Jack respiró hondo antes de contestar.

—Hay un protocolo —explicó—. Ningún civil puede acercarse libremente a una base. Ni siquiera para pedir ayuda.

—Pero solo quieren comida…

—Y eso es justo lo que lo complica todo —dijo con pesar—. A veces es verdad y a veces no. Puede ser una distracción, un intento de reconocimiento o alguien obligado a venir.

Emma se detuvo un momento y él también lo hizo, sin soltarla.

—¿Incluso con niños? —preguntó ella en un susurro.

Jack bajó un poco la voz.

—Incluso con niños. Especialmente con niños —enfatizó.

Ella lo miró, impactada.

—¿Y qué hacen entonces?

—Se activa un canal —continuó—. Un intermediario local, organizaciones humanitarias, o se les deriva a puntos controlados fuera del perímetro. Pero aquí… —miró alrededor— aquí no.

Emma negó despacio.

—Debe de ser horrible.

—Lo es —admitió—. Para ellos… y para nosotros.

A lo lejos, los gritos se fueron apagando. Emma volvió la vista una última vez antes de seguir caminando.

—Siento como si estuviéramos dándoles la espalda.

Jack apretó un poco más el brazo alrededor de sus hombros.

—No es indiferencia —dijo—. Es contención. A veces, proteger también significa no cruzar ciertas líneas.

Siguieron caminando juntos, alejándose del ruido, mientras la base recuperaba su falsa calma y Emma comprendía, un poco más, que incluso en los lugares diseñados para salvar vidas, no todas podían tocarse.

—¿Cómo has dormido estas dos últimas noches? —preguntó con cuidado.

Emma dudó un segundo.

—¿Quieres sinceridad?

Él la miró de reojo.

—Por favor.

—Regular —admitió—. Duermo a ratos. Me despierto cada poco tiempo… asustada. A veces no sé ni por qué. Y luego me quedo mirando el techo, esperando que pase.

Jack frunció ligeramente el ceño.

—¿Has tenido que tomar más ansiolíticos?

—Sí —respondió sin rodeos—. Y eso es lo que me preocupa. Si sigo así acabaré dependiendo de ellos —bromeó—. Me sacarán de aquí y tendré que ir a una clínica de deshabituación.

—No —dijo él con firmeza tranquila y una leve sonrisa de soslayo—. No si lo estás haciendo con control médico y no si sabes por qué los necesitas ahora.

Emma suspiró.

—La psicóloga viene cada día —añadió—. Me está ayudando mucho, la verdad. Me dice que lo que siento es normal… pero aun así cuesta.

—Claro que cuesta —respondió Jack—. No es algo que se supere en unos días. Lo que has vivido es una situación límite.

Ella bajó la mirada.

—A veces siento que ya debería estar mejor.

Jack se detuvo y la obligó a mirarlo.

—No te exijas eso —dijo con suavidad—. No hay un tiempo correcto para sanar. Cada paso cuenta, incluso los que parecen pequeños.

Emma asintió despacio.

—Eso mismo me dice ella —confesó—. Que no me compare con nadie. Que… me dé permiso para estar mal.

—Tiene razón —afirmó—. ¿Te dice algo más? Si quieres contármelo… —le propuso.

Emma pensó unos segundos antes de responder.

—Que el miedo no se va de golpe —dijo—. Que aprende a hacerse más pequeño y que hablar… ayuda más de lo que creemos.

Jack le dedicó una sonrisa breve.

—Entonces estás haciendo justo lo que tienes que hacer.

Ella lo miró, agradecida.

Jack notó el cambio en su respiración y supo que era momento de aflojar un poco la tensión. Inclinó la cabeza hacia un lado, pensativo, y luego la miró con una chispa divertida en los ojos.

—Bueno —dijo—, si te sirve de consuelo… no eres la única que duerme mal aquí.

Emma lo miró con curiosidad.

—¿Tú tampoco? ¿No deberías estar ya acostumbrado?

Él resopló.

—Tengo un compañero que ronca como si estuviera derribando edificios —respondió—. Así que dormir del tirón es una misión casi imposible.

Emma soltó una pequeña risa.

—Eso no suena muy militar.

—Créeme, debería estar tipificado como arma de destrucción masiva —pronunció colocando las dos manos en sus bolsillos.

Ella rio un poco más, llevándose una mano a la boca.

—¿Y nadie le dice nada?

—Lo intentamos —contestó—. Pero luego nos recuerda que nos ha cubierto la espalda en más de una misión y se lo perdonamos.

Emma negó con la cabeza, divertida.

—Sois una familia rara.

—Totalmente —admitió—, pero funciona. —La miró un segundo más—. Además, si no duermes bien, siempre puedes echarle la culpa a la base. No es el lugar más acogedor del mundo.

—Eso es verdad —sonrió ella—. No es precisamente un hotel.

—Lo sé —respondió él.

Emma caminó unos pasos más y lo miró de arriba abajo con descaro fingido.

—Entonces, dime, soldado Hayes —dijo—, ¿en el entrenamiento también os enseñan a contar chistes malos para distraer a la gente?

Jack se llevó una mano al pecho, fingiendo ofensa.

—Chistes malos no, por favor. Humor táctico.

—Ah, claro —sonrió ella arrastrando las palabras—. Eso lo explica todo.

—Es una habilidad esencial —continuó él, siguiéndole el juego—.

Reduce el estrés, mejora la moral y, en casos extremos, evita que alguien me lance algo a la cabeza.

Me sirve con los recién llegados. —Ella arrugó su frente—.

Los soldados que comienzan su primera misión en una base como esta.

Siempre tiene que haber algún superior que los… supervise… o los controle un poco.

—¿Tienes alumnos? —preguntó ella sorprendida.

—A veces —respondió—. Y todos creen que saben más que yo.

—Chasqueó la lengua—. Hasta que empiezan a correr con treinta kilos a la espalda.

—Emma negó con la cabeza, divertida, mientras seguían caminando.

Jack carraspeó, como si necesitara despejar la garganta antes de decirlo—.

Si te apetece, mañana podrías comer con mi equipo.

Emma se detuvo en seco y lo miró.

—¿Tu equipo? —preguntó—. ¿El que me rescató?

—Sí —respondió él como si fuera lo más natural del mundo—. Claro.

—¿No les importará?

—¿Importarles?, ¿por qué iba a importarles? —preguntó sin comprender.

Ella bajó la mirada un segundo, pensativa, y luego volvió a alzarla con una sonrisa tierna.

—Me encantaría —dijo—. Así podré agradecerles lo que hicieron por mí.

Jack se encogió de hombros.

—No es necesario. De verdad. Es nuestro trabajo.

—Aun así…

—Me conformo con que no les cuentes que uno ronca como si quisiera competir con un motor de helicóptero, aunque él dice que no ronca, que sueña que es una moto —añadió.

Emma rio.

—Prometo guardar el secreto.

—Bien —asintió él—. Porque tienen muchas ganas de conocerte.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿A mí?

—Ajá.

Emma se detuvo para mirarlo confundida.

—¿Hacéis eso con todas las personas a las que rescatáis? —preguntó con curiosidad.

Jack negó despacio.

—Solo con algunas —admitió.

El silencio se coló entre ambos. Él apretó los labios, incómodo, evitando mirarla durante un segundo demasiado largo. Emma lo observó con atención hasta que no pudo evitar sonreír.

—¿Les has contado que estuvimos juntos? —preguntó divertida.

Jack se pasó la mano por la nuca, resignado.

—Sí… —admitió—. Pero tranquila, no les he dado detalles. Solo lo justo para que no me miren raro.

Emma arqueó una ceja.

—Y eso, ¿qué incluye?

—Mmm… —dudó un poco—, que fuiste mi primer amor —respondió con una sonrisa, aunque aquella mirada se tornó más nostálgica cuando coincidió con la mirada de ella.

Jack pudo detectar cómo ella sentía lo mismo.

Las palabras se le quedaron resonando por dentro más de lo que esperaba.

“Mi primer amor”. Al decirlo en voz alta, Jack sintió cómo algo profundo se removía en su pecho.

No era solo nostalgia, era la certeza amarga de haber dejado escapar a alguien extraordinario.

Siempre lo había sabido, incluso cuando intentó convencerse de lo contrario.

Había seguido adelante, había conocido a otras mujeres, había compartido camas y silencios…

pero ninguna había logrado ocupar el lugar que Emma dejó.

Ninguna tenía esa forma de mirar el mundo ni esa risa que desarmaba ni esa valentía tranquila que ahora, más que nunca, reconocía.

Le dolía admitirlo, pero perderla había sido una herida que nunca terminó de cerrar.

Había sido una gran mujer entonces y lo era aún más ahora.

Se aclaró la garganta, buscando palabras que no delataran todo lo que sentía.

—Fui joven —dijo él al fin, con una medio sonrisa cansada—. Y tomé decisiones creyendo que hacía lo correcto. A veces… uno se equivoca incluso cuando intenta proteger.

No dijo “lo siento” ni “me arrepiento” , pero en su mirada, en la forma en que sostuvo la de Emma apenas un segundo más de lo necesario, estaba todo lo que no se atrevió a pronunciar.

Emma sintió cómo el corazón le daba un vuelco. Inspiró hondo, como si necesitara anclarse al suelo para no dejarse arrastrar por todo lo que aquellas palabras removían en su interior. Cuando habló, lo hizo despacio, con una ternura que no pedía nada a cambio.