A través de la tormenta 13 #2
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—Es solo una ilusión —respondió Jack—. Pero, a veces, esa ilusión es justo lo que hace falta para continuar adelante.

Emma apenas sonrió, apoyando la espalda en el banco.

—Gracias por sacarme —dijo—. Por caminar conmigo, quiero decir.

Jack giró la cabeza hacia ella.

—No tienes que agradecerlo.

—Lo sé —admitió.

El viento movió ligeramente la lona sobre sus cabezas. Jack observó cómo Emma cerraba los ojos un instante, dejándose llevar, y sintió que aquel momento simple y silencioso era una victoria pequeña pero real. Ella sanaría poco a poco de todo lo sufrido.

Emma giró un poco la cabeza hacia él, apoyando el codo en el respaldo del banco.

—¿A cuánta gente has ayudado tú?

Él soltó una breve risa nasal y negó despacio.

—¿Seguro que quieres saber eso?

—Ahora que lo dices… —sonrió ella—, no sé, pero tengo curiosidad.

Jack se encogió de hombros.

—He ayudado a algunos —dijo—. A otros no llegué a tiempo… así es esto.

Emma frunció ligeramente el ceño.

—Debe de ser difícil vivir con eso.

—Lo es —admitió—. Pero también te enseña a valorar cuando sí llegas.

Ella asintió, pensativa. Luego lo observó con descaro, recorriendo con la mirada el uniforme impecable.

—Dime una cosa —añadió—. ¿Siempre vas vestido así? ¿O es que no tienes ropa normal?

Jack la miró, sorprendido, y luego soltó una carcajada sincera.

—Tengo ropa normal —se defendió—. Lo prometo.

—Ajá… —dijo ella divertida—. Porque creo que no te he visto nunca sin uniforme.

—Eso dice más de mi trabajo que de mi armario, ¿verdad? —respondió sonriente—. Aunque reconozco que últimamente el uniforme gana por goleada.

Emma sonrió un poco más relajada.

—Te pega —comentó—. Pero me cuesta imaginarte ya… no sé, en vaqueros.

—Gracias —replicó él con ironía—. Cuando vuelvo a casa te aseguro que no visto así, tengo más ropa… te lo aseguro.

—Lo siento —dijo ella, llevándose una mano al pecho—. Pero ahora necesito pruebas.

Jack la miró de reojo, divertido.

—Algún día —concedió—. Cuando no estemos en mitad de una base militar en un país en guerra, te lo mostraré —dijo mirándola. Ella le sonrió tímidamente por lo que aquella última frase entrañaba.

Poco a poco, su expresión se volvió más seria. Se quedó mirando el suelo un momento antes de volver a alzar la vista hacia él.

—¿Tu familia… sabe realmente a qué te dedicas? —preguntó—. Quiero decir, lo que haces de verdad.

Jack tardó unos segundos en responder. No porque no supiera la respuesta, sino porque estaba acostumbrado a medirla.

—Saben lo justo —dijo al fin—. Y eso es así por protocolo.

Emma ladeó la cabeza, interesada.

—¿Protocolo?

—Sí —asintió—. A la familia se le informa de la unidad general, del rango, de que estás desplegado, pero no de las misiones concretas. Ni lugares ni fechas ni nombres.

—Para protegerlos —dedujo ella.

—Exacto —confirmó—. Cuanto menos sepan, menos peligro corren y menos peso cargan.

Emma frunció el ceño revelando cierta preocupación.

—Debe de ser duro no poder contarles nada importante.

—Lo es —admitió—. Mi madre cree que paso más tiempo en oficinas de lo que realmente paso. Y mi padre… prefiere no hacer demasiadas preguntas.

—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Nunca has querido decirles la verdad?

Jack respiró hondo.

—A veces. Pero hay cosas que, si las dices, ya no puedes quitarlas de la cabeza de quien te quiere. Y no quiero que vivan con esa angustia permanente. Es mejor así.

Emma asintió despacio, comprendiendo.

—Supongo que es una forma de protegerlos… aunque estés lejos.

—O precisamente porque estoy lejos —respondió él.

Ella lo miró con una mezcla de respeto y tristeza.

—Tiene que ser muy solitario.

Jack giró el cuello hacia ella y esbozó una sonrisa.

—Por eso se agradece la buena compañía.

Emma bajó la mirada, pero la curva suave de sus labios delató que aquella frase había llegado a su sitio.

Cuando el sol empezó a caer tras las estructuras de la base, el viento cambió. Llegó más seco, más frío, colándose entre la ropa como un aviso silencioso de que el día terminaba. Emma se estremeció sin darse cuenta.

Jack lo notó al instante. Sin decir nada, se levantó, se quitó la chaqueta y se la colocó sobre los hombros con un gesto lento y cuidadoso, como si temiera romper algo frágil.

Emma alzó la vista, sorprendida.

—No hacía falta.

—Claro que hacía falta —respondió él con naturalidad, ajustándole la chaqueta—. Protocolo básico. —Ella sonrió mientras él se sentaba a su lado de nuevo—. Siempre listo para proteger —añadió con un tono serio, deliberadamente exagerado—. Incluso del frío enemigo —acabó con voz más ronca.

Emma soltó una pequeña carcajada.

—Gracias —dijo en voz baja.

—No se aceptan agradecimientos —replicó él—. Va incluido en el servicio —continuó con la broma.

Se quedaron unos segundos en silencio, mirando cómo el cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados y violetas.

—Una de estas noches —dijo Jack de pronto—, cuando estés un poco mejor, te llevaré a ver las estrellas. Aquí el cielo es… —buscó la palabra—, distinto. Es el más hermoso que verás nunca.

Emma apretó un poco la chaqueta contra su cuerpo.

—Eso me trae buenos recuerdos —confesó.

Jack tragó saliva sin mirarla y asintió despacio.

—A mí también. —Se quedó observando el horizonte un instante más y, casi sin pensar, añadió—. Creo que fue bajo un cielo estrellado cuando te di mi primer beso.

Emma giró la cabeza hacia él, con una melancolía aflorando en su mirada.

—Lo recuerdo.

Jack dejó escapar una risa breve.

—Estaba muerto de miedo —admitió—. Me temblaban las manos, sudaba... Estaba convencido de que ibas a apartarte.

Emma rio más libre esta vez.

—Pero no lo hice —reconoció.

—Menos mal que no me hiciste la cobra —respondió—. Aunque aún no sé qué fue peor… si los nervios de besarte por primera vez o los que paso ahora en mi trabajo.

Ella soltó una carcajada sincera, sorprendida de sí misma.

Jack la miró entonces con esa mezcla de ternura y asombro que no había desaparecido con los años y pensó que, incluso en medio del caos, verla sonreír seguía siendo una de las cosas más hermosas que conocía.

Emma seguía sonriendo cuando volvió a mirarlo, acomodándose mejor la chaqueta sobre los hombros.

—Y cuando no estás salvando gente ni siguiendo protocolos —preguntó—, ¿qué haces para divertirte aquí?

Jack arqueó una ceja, pensativo.

—¿La respuesta oficial o la real?

—La real —contestó ella sin dudar—. La oficial ya me la imagino.

Él soltó una risa.

—Bueno… cuando no estoy trabajando, intento hacer cosas normales. Correr, entrenar, leer algo que no tenga mapas ni informes. A veces pongo música demasiado alta solo para recordar que sigo vivo.

—¿Música? —se interesó ella—. No te imaginaba así.

—Pues deberías —replicó—. Tengo muy mal gusto, además.

Emma lo miró con curiosidad.

—Eso tendré que comprobarlo.

—Algún día —concedió—. También me gusta quedarme mirando el cielo. Suena menos interesante de lo que es.

Ella ladeó la cabeza.

—No suena nada mal.

—Es… silencioso —explicó—. Y el silencio, cuando no hay disparos ni órdenes, se vuelve casi un lujo.

Emma asintió, comprendiendo más de lo que dijo él en voz alta.

—Yo escribo —comentó—. Incluso cuando no trabajo. A veces solo para mí. Me ayuda a ordenar todo esto —se señaló la sien—. Aunque últimamente cuesta.

—Volverá —aseguró él—. Todo vuelve, aunque no sea igual.

Ella lo miró con una gratitud infinita.

—Gracias por responderme —dijo—. Me gusta saber cómo eres cuando no llevas el uniforme puesto —acabó tocándole divertida el uniforme por el hombro.

Jack sonrió de lado.

—Ten cuidado —advirtió—. Puede que no te guste la versión civil.

—Lo dudo —respondió ella sin pensarlo demasiado.

Y esa respuesta, simple y sincera, se le quedó a Jack grabada mucho después de que el viento volviera a soplar frío sobre la base.

El viento volvió a soplar con más fuerza y Jack miró el cielo, calculando la hora casi por instinto.

—Debería irme —dijo al fin, con cierta resistencia en la voz—. No quiero que te canses más de la cuenta.

Emma asintió despacio, aunque una parte de ella no quería que aquel momento terminara.

—Gracias por salir conmigo —dijo—. Me ha venido bien.

Caminaron juntos hasta su módulo. Jack avanzaba a su lado, atento, como si aún estuviera escoltándola, aunque el peligro ya no fuera inmediato. Al llegar a la puerta, se detuvieron.

Ella dudó apenas un segundo antes de abrazarlo.

Fue un gesto suave, contenido, pero al rozar su mejilla con la de él, Jack sintió su calor atravesarlo todo.

El corazón le golpeó el pecho con fuerza.

Durante un instante fugaz, Jack pensó en inclinarse un poco más y besarla…

pero no lo hizo. Sabía que había perdido ese derecho el día que se marchó.

Se separó despacio, demasiado despacio, como si le costara soltarla.

—Descansa —murmuró.

Jack ya se había girado cuando la oyó llamarlo.

—¿Vendrás mañana?

Él se volvió y esbozó una sonrisa picarona.

—Claro —respondió—. No vas a librarte de mí tan fácilmente.

Emma sonrió, y esa sonrisa fue lo último que Jack se llevó consigo antes de alejarse.

Emma cerró la puerta y el silencio volvió a envolverla. De golpe, la calma se transformó en un nudo en el pecho. La soledad pesó más de lo esperado. Fue al pequeño baño, llenó un vaso de agua y se tomó uno de los ansiolíticos con manos temblorosas.

Luego se quedó mirando frente al espejo.

Su reflejo le devolvió una imagen cansada… pero viva. La contusión junto a la sien había remitido casi por completo gracias a los antiinflamatorios.

Bajó la mirada, se desabrochó el botón de la camisa y dejó al descubierto el hombro, parte del cuello y el pecho, aún marcados por tonos violáceos y amarillentos.

El aire se le atascó en la garganta y las lágrimas brotaron sin permiso.

Cerró los ojos con fuerza, intentando impedir que los recuerdos regresaran, que el dolor volviera a arrastrarla hacia atrás y que aquella frase que la perseguía dejase de amartillar su cerebro… ¿Por qué ella había sobrevivido y Tom no?

Se llevó las manos al rostro, ocultándolo, y el llanto brotó al fin sin contención. Buscó apoyo en la pared y se dejó caer despacio hasta el suelo. A veces, lo único que necesitaba para seguir en pie era permitirse llorar.