13
La doctora Davis caminaba a su lado con paso tranquilo mientras un militar las precedía unos metros por delante, atento a cada cruce y a cada puerta.
Emma avanzaba despacio, todavía acostumbrándose a la idea de salir de la enfermería.
La base se extendía ante ella como un pequeño mundo autosuficiente: módulos bajos, pasillos de grava compacta, estructuras prefabricadas protegidas por sacos de arena y vallas interiores.
Todo estaba pensado para resistir, no para durar.
—Tu habitación está en el módulo médico secundario —le explicó la doctora Davis—.
No es la enfermería, pero está lo bastante cerca por si ocurre cualquier cosa.
Tendrás vigilancia discreta en el exterior y control de accesos.
Nadie entra sin autorización. —Emma asintió, escuchando con atención—.
Podrás descansar y tener tus cosas —continuó—.
Paseos por zonas seguras y visitas autorizadas.
Si notas ansiedad o no puedes dormir, avisa. No estás sola aquí.
La habitación era pequeña, austera, pero limpia. Una cama individual bien hecha, una mesa sencilla, una silla, una taquilla metálica y una pequeña ventana alta que dejaba entrar una luz tenue. No había adornos, pero tampoco frialdad. Era un espacio propio y protegido.
—Aquí estarás bien —concluyó la doctora.
En ese momento, Jack apareció en la puerta. El militar intercambió una mirada con Davis y asintió.
—Te dejamos —dijo ella—. Volveré más tarde para comprobar cómo te adaptas.
Cuando se quedaron solos, Jack miró alrededor de la casita y esbozó una sonrisa.
—No está mal —comentó—. Una casita para ti sola. Te envidio un poco.
Emma dejó escapar una sonrisa nerviosa.
—¿Tú dónde duermes?
—En un lugar con mucho menos glamur y con ronquidos incluidos. —Se acercó entonces a la mesa y dejó algo doblado con cuidado—. Por cierto… —dijo—, esto estaba en la lavandería. ¿Era lo que querías?
Emma reconoció la camisa al instante. La suya. Rota, sucia, pero de una pieza. El corazón le dio un vuelco. La agarró con rapidez y la desdobló. Sus dedos temblaban mientras buscaba el pequeño bolsillo delantero, aquel que apenas se notaba, cerrado con un botón diminuto.
Jack la observaba intrigado.
—¿Emma? —preguntó—. ¿Qué pasa? —Ella desabrochó el botón y metió los dedos con cuidado. Cuando notó el pequeño objeto se le llenaron los ojos de lágrimas. Sacó la tarjeta microSD y la sostuvo entre los dedos, como si fuera algo irreal. Jack abrió los ojos, sorprendido—. ¿Qué es eso?
Emma no respondió de inmediato. Lo miró, incrédula, con la respiración entrecortada.
—¿Cómo…? —susurró—. ¿Cómo es posible que no la vieran?
Jack entendió entonces la magnitud de lo que sostenía. Se acercó un poco más, bajando la voz sin darse cuenta.
—Te registraron —dijo—, sí, pero no como crees. Las milicias no suelen hacer registros exhaustivos o profesionales. Buscaban armas, cámaras, mochilas… cosas evidentes.
Emma negó despacio, con las lágrimas resbalando por sus mejillas.
—Ni siquiera miraron bien…
—No es un registro profesional —insistió Jack—. Es rápido, brutal y desordenado. Y muchas veces… evitan ciertas zonas. Tienen muchos tabúes, van con prisas…
Emma cerró la mano alrededor de la tarjeta microSD, apretándola contra el pecho.
—Tom… —murmuró y miró a Jack sin poder controlar el temblor de su cuerpo—, por esto lo mataron. Encontraron su tarjeta, pero no la mía.
Jack bajó la cabeza, respetando el silencio mientras lloraba y sostenía la tarjeta de memoria contra su pecho, como si de aquella forma se pudiese sentir más cerca de su compañero.
—Por eso no te examinaron mejor, pensaban que ya habían ganado. —Inspiró hondo, sin atreverse a preguntar, no sabía hasta dónde podía llegar con ella sin fragmentarla de nuevo—. ¿Puedo preguntarte algo? —Ella lo miró apretando los labios y finalmente asintió—. ¿Qué hay en esa tarjeta de memoria?
Emma apretó la microSD entre los dedos como si pudiera desvanecerse en cualquier momento. Miró a Jack, pero al intentar hablar la voz se le quebró.
—Ahí… —empezó, y tuvo que detenerse. Inspiró, pero el aire no llegó a los pulmones—. Ahí está todo.
Las lágrimas comenzaron a caerle ya sin control. Jack dio un paso hacia ella al instante.
—Emma —dijo con suavidad—. Tranquila. No pasa nada.
Ella negó con la cabeza, desesperada.
—Sí pasa —susurró—. Pasa que… —se llevó la mano al pecho, respirando a trompicones—. No puedo… perdona.
Jack la guio con cuidado hasta la silla y la ayudó a sentarse. Luego se arrodilló frente a ella, a su altura, sosteniéndole las manos con firmeza.
—Mírame —pidió—. Respira hondo. —Ella cerró los ojos y el temblor fue cediendo—. No tienes que explicarme nada ahora —añadió él—. Cuando estés preparada.
Emma cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había una determinación dolorosa en su mirada.
—No —dijo—. Necesito hacerlo ahora. —Jack no la interrumpió—.
Es… es un testimonio —continuó ella con la voz rota—.
De un hombre de la resistencia. No de los extremistas.
De los otros. De los que también tienen miedo.
Habla de lo que hacen las milicias… de cómo controlan aldeas, de las palizas, de las desapariciones, de los acuerdos con supuestos aliados que luego usan a civiles como moneda de cambio.
—Las lágrimas le nublaron la vista—. Habló de niños —susurró—.
De mujeres. De gente que no quiere luchar.
Dijo nombres, Jack… lugares. Cosas que nadie se atreve a decir en voz alta.
—Jack apretó un poco más sus manos, sintiendo cómo le ardía el pecho—.
Tom lo grabó todo —siguió Emma—. Yo… yo guardé una copia por si algo salía mal.
Por si… —la voz se le rompió del todo—. Por si nos mataban.
—Un sollozo le atravesó el cuerpo—. Eso es lo que hay aquí —dijo al fin, levantando la microSD—.
Eso fue lo que encontraron en la tarjeta de memoria de Tom, por eso lo mataron.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Jack bajó la cabeza un instante, sin soltarla.
—Lo siento —dijo en voz baja—. Lo siento tanto.
—Emma asintió, agotada y echando su cabeza hacia delante, como si al decirlo en voz alta algo se hubiera liberado dentro de ella—.
Tom… —pronunció Jack con extrema delicadeza—, no murió en vano.
—Emma cerró los ojos, dejando que esas palabras la sostuvieran mientras las lágrimas seguían cayendo—.
Lo que hicisteis no se perdió —añadió con firmeza—. Sobrevivió. Y eso… importa.
Emma alzó la vista hacia él, aún temblorosa, pero con algo nuevo brillando en sus ojos.
Estaban a apenas unos centímetros, lo bastante cerca como para que él sintiera su respiración temblorosa. Jack no apartó los ojos. Con una lentitud casi reverente, alzó la mano y apartó un mechón de cabello que se le había pegado a la mejilla húmeda y se la acarició.
Ella no dijo nada. Solo se inclinó hacia él y lo abrazó, como si el cuerpo supiera antes que la cabeza dónde refugiarse.
Jack la rodeó de inmediato, con firmeza y cuidado a la vez.
—Eres muy fuerte, Emma —murmuró contra su cabello—. Mucho más de lo que crees. Pocas personas podrían haber soportado lo que tú has pasado… y seguir en pie.
Ella asintió sin soltarse, llorando contra su pecho.
—Tengo que seguir —susurró—. No solo por mí… sino por lo que hay en esa tarjeta. Por Tom. Por la toda la gente buena de estas tierras condenadas por la guerra.
—Lo sé —respondió él, apretándola un poco más—. Y lo harás. Darás ese testimonio. —Jack se separó lo justo para tomarla por los hombros y mirarla de frente. Sus ojos estaban enrojecidos, pero firmes—. Sé que eres capaz de eso —dijo—. Y de mucho más.
Emma volvió a asentir, respirando con dificultad.
—Gracias —susurró—. Por estar aquí. Por no soltarme —sollozó.
Jack apoyó las manos en sus brazos, sujetándola con una ternura que no necesitaba promesas grandilocuentes.
—Estoy aquí —dijo—, para lo que necesites y cuando lo necesites.
Y Emma, por primera vez desde que había salido del infierno, creyó que quizá podría sostener el mañana.
El sol caía oblicuo sobre la base, suavizando los contornos ásperos del desierto.
Emma caminaba despacio, marcando el paso sin darse cuenta al ritmo del de Jack, que no se adelantaba ni un centímetro.
Aquel paseo no tenía destino, era solo una excusa para salir, para mover el cuerpo, para recordarle al mundo y a sí misma que seguía allí.
—¿Te encuentras bien? —preguntó él en voz baja, más atento a su respiración que al camino.
—Sí… —respondió tras pensarlo un segundo—. Cansada, pero mejor. Anoche dormí un poco más.
Jack ladeó la cabeza, interesado.
—¿Un poco más es…?
—Tres horas seguidas —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Para mí ahora mismo es un logro.
—Lo es —afirmó él sin ironía—. El cuerpo necesita tiempo.
Llegaron a un banco sencillo, de metal, colocado en una zona protegida por sacos de arena y una lona que daba algo de sombra.
Jack esperó a que ella se sentara primero y luego él lo hizo a su lado, dejando un espacio mínimo entre ambos, suficiente para no invadirla y demasiado corto para parecer distancia.
—A veces me despierto y no sé dónde estoy —confesó Emma mirando al frente—. Tardo unos segundos en recordar que… ya pasó.
Jack apoyó los codos sobre sus rodillas.
—Eso también es normal —dijo—. La cabeza va más lenta que el cuerpo.
—El ansiolítico ayuda —añadió ella—. No me gusta depender de él, pero… sin eso no creo que durmiera más de media hora seguida.
—No es depender —respondió—. Es apoyarte mientras sanas.
Emma lo miró de reojo.
—Hablas como si lo hubieras vivido.
Jack sostuvo la mirada un segundo antes de apartarla.
—He visto a muchos hacerlo —corrigió—. Y a algunos les costó más que a otros.
Ella asintió, comprendiendo sin preguntar nada más. El silencio se instaló entre ellos, pero no fue incómodo. Era de esos silencios que brindan un poco de paz en la tormenta.
—Aquí parece todo… tranquilo —murmuró Emma—. Casi normal.