12 #2
Emma estaba mejor, no del todo bien, pero lo suficiente como para notarlo.
Dormir seguía siendo difícil, el sueño llegaba a trompicones, fragmentado, y a menudo necesitaba un ansiolítico para conseguir descansar unas horas seguidas.
Aun así, ya no despertaba sobresaltada cada pocos minutos.
Su cuerpo empezaba a entender que estaba a salvo, aunque su mente aún caminara con cautela.
Había hablado con una psicóloga militar dos veces.
Sesiones breves y sin presión. Nadie le pidió que contara lo ocurrido.
Solo le explicaron cómo funcionaban las reacciones del cuerpo tras un trauma, qué era normal sentir y qué no debía forzarse.
Solo debía respirar, dormir y comer, el resto llegaría después.
Todo seguía un protocolo claro: estabilizar primero, profundizar más adelante, cuando ya no estuviera en zona de guerra.
Jack estaba sentado a su lado, en la silla de siempre. No muy cerca, pero tampoco lejos. La acompañaba como quien entiende que la presencia, a veces, es suficiente.
—Te juro que la comida de esta base mejora cuando llevas varios días aquí —comentó él con una sonrisa—. El primer día piensas que es incomestible. El tercero… empiezas a defenderla.
Emma lo miró, divertida.
—Eso suena más a resignación que a mejora —respondió.
—Exacto. Es supervivencia —dijo Jack—. Paso uno: no morir. Paso dos: convencerte de que el puré no está tan mal.
Ella soltó una risa, breve y real.
Jack la observó con atención. Aquella risa le alivió el pecho más de lo que admitiría jamás.
Pero la sonrisa de Emma se desdibujó casi de inmediato, como si se hubiera sorprendido a sí misma haciendo algo que no le correspondía.
—No debería reírme —dijo en voz baja—. Tom está muerto. Y yo estoy aquí… riendo.
Jack no respondió al instante. Estiró la mano despacio y tomó la suya, sin apretar.
—No es una traición —dijo—. Reír no borra lo que pasó, no le quita peso a tu dolor.
Emma tragó saliva.
—Pero se siente mal —susurró.
—Lo sé —respondió él—. Pero también tienes derecho a concederte momentos así, a respirar y a reír, incluso ahora.
Ella negó despacio.
—Quizá… más adelante.
Jack asintió, aceptándolo.
—Cuando tú quieras.
La puerta se abrió con un golpe suave.
—Interrumpo algo importante, ¿verdad? —preguntó una voz serena.
La doctora Davis entró en la enfermería con una carpeta bajo el brazo. Ella había sido quien había llevado el seguimiento de Emma desde el primer momento. Su rostro transmitía calma y profesionalidad.
—No —respondió Emma—. Estábamos… hablando.
—Eso es buena señal —dijo la doctora, acercándose—.
Precisamente por eso vengo. —Jack se incorporó un poco en la silla—.
Emma —continuó la doctora Davis—, tu evolución es buena.
Estás estable, te mueves con normalidad y ya no necesitas monitorización constante.
Así que, si estás de acuerdo, hoy mismo te trasladaremos a una habitación dentro de la base.
Emma abrió ligeramente los ojos.
—¿Ya no dormiré aquí?
—No —sonrió la doctora—. Tendrás tu propio espacio. Seguiremos vigilándote, por supuesto, pero fuera de la enfermería. Podrás descansar mejor.
—¿Puedo… salir un poco? —preguntó Emma con cautela—. Caminar.
—Por zonas seguras —aclaró Davis—. Y con autorización. También podrás ir a la cantina. Todo con calma, paso a paso. —Emma miró a Jack, buscando algo en su expresión—. ¿Te parece bien? —preguntó la doctora.
Jack asintió antes de que ella respondiera.
—Le vendrá bien el aire y la normalidad —dijo él.
Emma respiró hondo y asintió también.
—Sí —dijo—, me gustaría.
La doctora Davis cerró la carpeta.
—Perfecto. En un par de horas hacemos el traslado.
Cuando salió de la sala, el silencio volvió a instalarse entre ellos. Emma apretó un poco la mano de Jack.
—Supongo que… es un paso —murmuró.
Jack le devolvió una pequeña sonrisa.
—Vas dándolos poco a poco —respondió—, aunque no te des cuenta.
Por primera vez en días, Emma creyó que quizá era verdad.
Jack se acomodó un poco mejor en la silla, sin soltarle la mano.
—Cuando te instalen en la habitación —dijo—, si te apetece, puedo llevarte a ver las zonas seguras de la base.
Emma alzó una ceja, intrigada.
—¿Zonas seguras?
—Las que no implican armas, gritos ni gente corriendo —respondió él—. Caminos interiores, patios controlados, algún banco al sol… sitios donde el mundo parece un poco más normal.
—Eso suena… bien —admitió ella—. ¿Y qué se hace allí?
Jack se encogió de hombros.
—Caminar, sentarse, respirar… mirar el cielo sin pensar qué va a caer de él.
Emma asintió despacio.
—Eso me gustaría.
Él sonrió.
—Y además tendrás habitación para ti sola —añadió casi bromeando.
Ella lo miró confundida.
—¿Eso es tan raro?
Jack soltó una breve risa.
—Es oro puro en esta base. Una cama sin ronquidos ajenos, sin botas en el suelo y sin alguien hablando en sueños.
—¿Tú no tienes habitación propia? —preguntó Emma.
—No —negó—. Duermo con mi equipo. Siempre juntos. Tenemos que estar listos para movernos en cualquier momento.
—¿Siempre los mismos?
—Desde hace años —respondió—. Hemos pasado más tiempo juntos que con nadie más.
Emma lo observó con atención.
—Hablas de ellos con mucho cariño.
Jack bajó la mirada un segundo antes de asentir.
—Porque ya no son solo compañeros —dijo—. Se han convertido en mi familia.
Emma sonrió levemente.
—¿Y no echas de menos a tu familia en Nueva York?
—Claro que sí —admitió—. Cada vez que tengo permiso o acabo una misión voy a verlos. No es mucho tiempo, pero… el suficiente para recordar de dónde vengo.
Emma apretó un poco más su mano.
—Debe ser duro vivir así.
Jack la miró y sonrió, sincero.
—Lo es —dijo—, pero hay cosas que hacen que merezca la pena. —Y, al decirlo, no apartó los ojos de ella. Inspiró hondo y soltó su mano. Luego dio unas palmadas sobre sus piernas—. El traslado será en breve, ¿te ayudo con algo?
Ella sonrió y negó. No tenía nada, absolutamente nada.
No había perdido solo a su compañero, sino también el testimonio que había grabado de la resistencia, aquel por el que Tom había dado su vida…
Se quedó paralizada ante la mirada de Jack que, durante unos segundos, se quedó observándola en silencio.
—¿Ocurre algo? —preguntó preocupado al notar que ella respiraba más rápido.
Ella no contestó, como si algo en su mente se hubiese abierto—.
Emma… —dijo echándose sobre ella y tomó su mano de inmediato.
La otra mano la llevo hasta su mejilla, obligándola a que lo mirase.
Su respiración era excesivamente rápida—.
Emma, mírame… eh, respira tranquila… Estás en una base estadounidense, estás a salvo…
—Mi ropa… —titubeó y miró a su alrededor como si la estuviese buscando—. Mi… mi camisa.
Él miró también de un lado a otro.
—¿Estás buscando tu camisa? ¿Con la que llegaste aquí? —preguntó acelerado.
Ella asintió sin soltar su mano.
—Necesito… necesito mi camisa.
Él la miró confundido.
—Tienes ropa limpia —intentó calmarla.
Ella cerró los ojos intentando ordenar las ideas.
—Mi camisa… la grabación… —susurró al final y lo miró fijamente—. En mi camisa había una tarjeta de memoria —continuó rápidamente, agobiada—. Es una grabación muy importante, se la hicimos a un integrante de la defensa siria. La necesito.
Él asintió lentamente sin soltar su mano.
—Está bien… preguntaré por tu camisa, pero cálmate.
—La necesito ahora —exigió.
—Vale, vale… —dijo soltando su mano—. Pediré que la busquen.
Ella asintió y se quedó mirando un punto fijo en la pared. Jack se quedó observándola unos segundos mientras daba unos pasos hacia atrás. Emma pareció calmar su respiración al recibir aquella respuesta, aunque tenía claro que su mente comenzaba a trabajar y a recordar cosas horribles.
Abrió la puerta sin perderla de vista y la doctora Davis se dirigió a él.
—¿Todo bien?
Él la miró e hizo un gesto de no estar muy seguro.
—Sí, se… se ha puesto un poco nerviosa ahora, ha debido de recordar algo. Me pide la camisa con la que la trajeron aquí, algo sobre una tarjeta de memoria.
La doctora lo miró con un atisbo de inseguridad.
—Es normal que tenga episodios así —se giró para observarla. Emma inspiraba hondo, pensativa, como si estuviese analizando parte de sus recuerdos—. La ropa debe de estar o bien en la lavandería o si estaba en muy mal estado la habrán tirado.
Jack asintió.
—Iré a buscarla, gracias. —La doctora Davis asintió. Jack iba a girarse, pero reaccionó rápidamente volviéndose de nuevo hacia la doctora—. Si no le importa, me gustaría ir con ella al traslado a su nueva habitación.
—Claro, pero vamos a trasladarla en pocos minutos, lo acabamos de consensuar —le sonrió la doctora—.
Mejor que vaya con alguien que le transmita confianza.
—Miró a Jack con una sonrisa—. Usted le hace mucho bien.
Le da esa seguridad que tanto necesita y que es clave para su recuperación.
Vaya a buscar la camisa para que no le genere más ansiedad y le esperamos en la nueva habitación. Tranquilo, no estará sola.
Aquellas palabras provocaron que él sonriese.
—De acuerdo —dijo dando unos pasos atrás—. Nos vemos ahora —continuó ya girándose, dirigiéndose directamente a la lavandería.