11
Ethan se detuvo frente a la puerta de la enfermería y alzó la mano. Llamó dos veces, firme pero respetuoso, y esperó la respuesta desde dentro. Cuando la obtuvo, giró el pomo y miró a Jack.
—Adelante —dijo en voz baja—. Yo me quedo fuera observando.
Jack asintió y durante un segundo, un solo segundo, dudó. No por miedo, sino por todo lo que aquel gesto implicaba.
No lo dudó más y entró.
Emma estaba incorporada en la camilla, con una manta clara cubriéndole las piernas y una vía aún conectada al brazo.
Alzó la vista al oír el ruido y, al verlo, el tiempo pareció detenerse.
Se miraron sin decirse nada, como si ambos necesitaran confirmar que aquello no era una ilusión más.
Los ojos de Emma se abrieron un poco más, incrédulos.
Los de Jack se suavizaron de golpe, desarmados.
Había pasado tanto tiempo… y, sin embargo, allí estaban.
Emma sintió cómo el pecho se le llenaba de golpe.
Verlo de pie, real y vivo, después de todo lo que había vivido, le rompió la última defensa.
Había intentado mantenerse fuerte desde que despertó, controlar el temblor, la ansiedad, las imágenes que volvían a su mente sin permiso, pero verlo allí, saber que no había sido un sueño… fue demasiado impactante.
Las lágrimas le brotaron sin que pudiera evitarlo.
Jack reaccionó al instante. Dejó a un lado cualquier distancia, cualquier prudencia, y se acercó a la camilla con dos pasos largos. Se inclinó hacia ella y la rodeó con sus brazos con cuidado, protegiéndola, consciente de cada cable, de cada herida invisible.
—Eh… —susurró apoyando la mano en su espalda—. Tranquila. Ya pasó.
Emma se aferró a su uniforme con una fuerza inesperada, como si necesitara comprobar que era sólido, que no iba a desaparecer. Su cuerpo era sacudido por el temblor contenido, aunque lloraba en silencio.
—Estoy aquí —repitió Jack, con la voz baja y firme—. No tienes que ser fuerte ahora. Ya no.
Ethan observó la escena desde la puerta unos segundos más, asegurándose de que Emma no se alteraba más de la cuenta, física o mentalmente.
—Capitán —dijo provocando que Jack girase su cuello sin soltarla—. Tiene que descansar, pero puede quedarse un rato. Avíseme si se marea o aumenta la ansiedad.
Jack asintió sin apartar a Emma de sus brazos.
—Gracias.
Ethan cerró la puerta con cuidado, dejándolos a solas conforme al protocolo. Fuera, la base seguía funcionando. Dentro, el mundo se había reducido a ese abrazo frágil y necesario, al reencuentro imposible entre dos personas que no se buscaban… y que el destino había decidido unir de nuevo.
El abrazo se prolongó unos segundos más, suspendido en un tiempo que no pertenecía a la base ni a la guerra.
Jack la sostuvo sin apretar, como si temiera romperla, y cuando notó que su respiración empezaba a acompasarse, se separó lo justo para mirarla.
Se sentó en el borde de la camilla con cuidado, alzó la mano y, con el pulgar, le secó una lágrima que había quedado atrapada en su mejilla.
Luego entrelazó sus dedos con los de ella y no la soltó.
—Todavía no entiendo bien lo que ha ocurrido, es como si mi mente… —susurró Emma sin acabar la frase, mirándolo como si pudiera desvanecerse—. ¿Cómo puedes estar aquí…?
Jack esbozó una sonrisa tranquilizadora.
—Es normal —dijo—. Estás en shock. El cerebro hace cosas raras para protegerte.
Ella negó despacio, sin apartar la mirada.
—En el helicóptero te vi… pero no sabía si eras real. Pensé que estaba delirando. Que… —tragó saliva y su respiración se aceleró un poco.
Jack apretó suavemente su mano.
—Eh —dijo con calma—. Respira conmigo, despacio —susurró—.
Eso es. No tengas prisa por entender nada ahora.
—Emma asintió obligándose a ello. Inspiró y soltó el aire con dificultad al principio, luego mejor—.
Estoy aquí de verdad —continuó él—. Y tú estás a salvo.
Es lo único que debe quedarte claro, lo único que importa.
Ella lo observó unos segundos, como si intentase ordenar recuerdos que aún se mezclaban con el miedo.
—Creí que no iba a salir de allí —confesó—. Pensé que… —la voz se le quebró.
Jack se inclinó un poco más hacia ella, sin soltar su mano. Realmente estaba traumatizada por lo ocurrido, aunque no era para menos.
—Lo sé —dijo en voz baja, intentando mantener la calma—. Pero ya pasó. No tienes que revivirlo ahora. Si algo te viene a la cabeza y te aprieta el pecho, me lo dices… y paramos. ¿De acuerdo?
Emma asintió, con los ojos brillantes.
—Gracias —murmuró apretando más su mano.
Ella cerró los ojos un instante, apoyándose levemente contra su brazo, y cuando volvió a mirarlo parecía un poco más presente, un poco menos asustada.
—Supongo que… necesitaré tiempo —dijo.
Jack apretó su mano con suavidad, firme.
—Todo el que haga falta —contestó él—. No hay prisa.
Emma respiraba más calmada ahora. El temblor había cedido y, aunque seguía frágil, su mirada estaba más despejada. Jack aún le sujetaba la mano, como si soltarla pudiera devolverla a la incertidumbre.
—¿Qué haces aquí? —preguntó al fin, con suavidad—. Quiero decir… sé que suena absurdo, pero… ¿cómo has acabado rescatándome tú aquí en Siria?
Él bajó un segundo la mirada, como si ordenara los años antes de decirlos en voz alta. Cuando volvió a mirarla, su tono era sereno, casi profesional, aunque en sus dedos seguía habiendo una calidez que lo delataba.
—Me alisté en las fuerzas especiales —explicó—.
Primero infantería, luego selección y entrenamiento avanzado.
Operaciones en zonas hostiles, rescates de alto riesgo y extracción de personal civil y militar.
—Emma escuchaba sin interrumpirlo, con una atención tranquila, asentando despacio en su mente lo que escuchaba—.
Con el tiempo, pasé a liderar un equipo como capitán —continuó—.
Me asignaron una unidad especializada en rescates de inserción nocturna, objetivos cautivos y evacuación bajo fuego. Es… lo que hacemos.
—Vaya… —murmuró ella intentando asimilarlo y luego le sonrió con una tristeza que no pudo fingir—. Me alegra saber que estás bien, que has encontrado tu sitio.
Jack la miró en silencio unos segundos.
—Lo encontré —dijo al fin—. Aunque no fue fácil.
Emma asintió comprensiva. No hacía falta decir más. Lo observó con una mezcla de orgullo y algo parecido a la ternura.
—Gracias por venir —dijo entonces—. Por sacarme de aquel infierno.
Jack negó despacio, sin soltarle la mano.
—Es mi trabajo.
Ella arqueó ligeramente una ceja.
—Puede —respondió—. Pero no todos habrían corrido así. —Sonrió con tristeza—. Tengo lagunas, pero creo que… me sacaste a hombros. Recuerdo ver el suelo pasar a toda prisa bajo tus pies, el sonido de las balas y el de un helicóptero cercano.
Jack no contestó. Solo sostuvo su mirada y asintió.
—No ha sido uno de mis rescates más fáciles —acabó admitiendo con una sonrisa de soslayo y luego la miró a los ojos y acarició más fuerte su mano—. Pero te hubiese sacado de allí como fuese.
Ella tragó saliva y apartó la mirada de él, hacia la mano que la acariciaba suavemente.
Jack notó el cambio al instante. La forma en que apartó la mirada. El modo en que sus dedos se tensaron apenas un segundo antes de volver a relajarse bajo los suyos.
—Emma… —dijo con cuidado—. ¿Puedo preguntarte algo?
Ella dudó, pero asintió despacio.
—Sí.
Jack inspiró hondo, midiendo cada palabra como si fuera un paso en terreno minado.
—¿Qué haces aquí en Siria?
La pregunta quedó suspendida entre ambos. Al principio, Emma abrió la boca para responder, pero no pudo articular palabra. Las imágenes llegaron antes que las palabras: oscuridad, voces, el peso del miedo. Su respiración se aceleró de nuevo, traicionándola.
—Yo… —empezó, y se detuvo. Cerró los ojos un instante mientras su respiración se aceleraba otra vez—. Lo… lo siento… no… no puedo… —sollozó.
Jack apretó su mano un poco más, firme pero suave.
—Eh —murmuró—. No pasa nada. No tienes que hacerlo ahora.
Ella negó, avergonzada.
—Creí que podía —susurró—. Pero no… no puedo.
—Está bien —repitió él—. Calma… ¿sí?
Emma obedeció. Inhaló despacio y soltó el aire otra vez hasta que el temblor fue cediendo poco a poco.
—Y no te disculpes —añadió Jack—. Has pasado por algo que nadie debería experimentar jamás. No hay prisa. No me debes explicaciones.
Ella lo miró entonces con los ojos brillantes.
—Gracias por no forzarme. —Hubo un silencio cómodo después, distinto al anterior. Emma volvió a mirar sus manos entrelazadas, como si aquel contacto fuera el ancla que la mantenía en el presente—. Supongo que… —dijo al final— cuando esté preparada… te lo contaré.
Jack asintió.
—Aquí estaré.
Ella esbozó una sonrisa leve, cansada pero sincera. Y, aunque el pasado seguía esperando a ser contado, por primera vez no pesaba tanto porque no se sentía tan sola.
—Jack… —dijo Emma al cabo de un momento—. ¿Mi familia… sabe algo?
Él no tardó en responder. Apretó suavemente su mano, como si necesitara anclarla antes de darle la información.
—Sí —dijo—. Se les ha notificado.
Emma contuvo el aliento.
—¿Qué saben exactamente?
—Que estás viva —explicó—. Que has sido rescatada y que estás bajo custodia médica estadounidense. Nada más.
—¿No saben dónde estoy?
—No —negó él—. Ni dónde, ni con quién. Es protocolo en casos de secuestro en zona hostil. Hasta que no salgas del teatro de operaciones, la información es mínima.
—¿Teatro de qué? —preguntó confundida.
—Nada, jerga militar, no es importante.
Emma asintió despacio, asimilándolo.
—¿Y… ellos están bien? —preguntó en voz baja—. ¿Lo están llevando…?
Jack dudó un segundo antes de responder con honestidad.
—Han pasado días muy duros —admitió—. Pero saber que estás viva lo cambia todo. Les han dicho que, cuando sea seguro, podrán hablar contigo.
Los ojos de Emma se humedecieron.
—Debe de haber sido horrible no saber nada —murmuró.