11 #2
—Lo es —confirmó Jack—. Pero peor habría sido una llamada precipitada. Aquí se protege tanto a la víctima como a la familia.
Ella respiró hondo.
—¿Cuándo podré hablar con ellos?
—Cuando llegues a Jordania —respondió—. Allí entra la vía diplomática, la embajada, donde se realizan las comunicaciones civiles. Todo se normaliza poco a poco.
Emma apretó un poco más su mano.
—Gracias —susurró—. Por pensar también en eso.
Jack negó despacio.
—No tienes que agradecerlo —dijo—. Es parte del procedimiento.
Ella lo miró con una mezcla de alivio y cansancio.
—Empiezo a entender por qué sobreviví —murmuró—. Porque había gente haciendo bien su trabajo.
Jack sostuvo su mirada un segundo más.
—Y porque tú aguantaste —añadió.
Su labio inferior tembló amenazando con un puchero, pero logró controlarlo.
—Estás cambiado —le sonrió con ternura.
Jack esbozó una sonrisa al escucharla.
—Éramos más jóvenes —respondió.
Emma soltó una pequeña risa, suave, casi nostálgica.
—Sí… —asintió—, qué tiempos aquellos.
Su mirada se perdió un segundo en algún lugar del pasado. No dijo nada, pero la curva de sus labios delató un recuerdo que prefirió guardar en silencio. Algo íntimo, algo solo suyo.
Jack la observó sin apartar los ojos. Aquella sonrisa… la reconoció al instante. No había cambiado. Seguía siendo la misma que lo desarmaba en los pasillos del instituto, la que aparecía cuando ella pensaba en algo que la hacía feliz sin darse cuenta.
Sintió cómo el corazón le daba un golpe seco en el pecho, más fuerte de lo necesario, como si hubiera olvidado que podía reaccionar así. Se obligó a respirar despacio.
Jack sostuvo su mirada un segundo más de la cuenta.
—Esa sonrisa siempre fue mi punto débil —dijo al fin.
Las palabras salieron antes de que pudiera frenarlas. Se dio cuenta demasiado tarde.
Tragó saliva, consciente de lo que acababa de confesar sin pretenderlo, y bajó apenas la mirada, como si buscara recomponerse.
Emma no apartó los ojos de él. Lo observó con atención, con una calma frágil, casi reverente. Aquello no la asustó. Tampoco la desbordó.
—Jack… —murmuró sin saber muy bien qué decir.
Él volvió a mirarla, más serio ahora, con una ternura contenida que no necesitaba explicaciones.
—No tienes que responder a eso —añadió enseguida con una sonrisa de soslayo, casi sin mirarla a los ojos—. Solo… quería que lo supieras.
Emma apretó suavemente su mano. No había sonrisa esta vez, pero sí algo parecido al alivio en su mirada.
—Gracias —dijo—, por decírmelo.
Ella bajó la vista un instante, emocionada, y cuando volvió a mirarlo, sus ojos brillaban.
—A veces tengo miedo de no volver a ser la misma —confesó.
Jack se acercó un poco, reclinándose hacia ella, aunque sin invadirla.
—No tienes que ser nada ahora —dijo—. Ni fuerte, ni valiente, ni la de antes. Solo tienes que recuperarte.
Emma respiró hondo, como si aquellas palabras le dieran permiso para descansar por primera vez.
—Me alegra que seas tú quien esté aquí —susurró.
Jack cerró los dedos alrededor de los de ella, con cuidado, como si sostuviera algo frágil.
—A mí también —respondió él—. Más de lo que debería admitir —acabó sonriendo más fuerte.
Le siguió un silencio lleno de respeto y de una ternura que no exigía nada más que estar presentes.
La puerta se abrió con un golpe suave en la madera. Los dos miraron hacia allí.
—Capitán —dijo Ethan desde el umbral—, la paciente debe descansar.
Jack levantó la vista, sabiendo lo que significaba antes incluso de escucharlo del todo. Apretó un poco más la mano de Emma, sin darse cuenta.
—No te vayas —dijo ella enseguida, con un hilo de voz.
No era una súplica exagerada. Era de un miedo puro y simple. El miedo de quedarse sola otra vez.
Jack la miró y observó cómo se le humedecían los ojos. Comprendía demasiado bien lo que estaba sintiendo. Asintió despacio, intentando transmitirle calma, aunque por dentro algo se le rompiera.
Ethan avanzó un par de pasos, con respeto, manteniendo cierta distancia.
—Emma —dijo con suavidad—, ahora mismo lo más importante es que descanses. Tu cuerpo y tu cabeza necesitan parar. Es protocolo en rescates como el tuyo.
Ella bajó la mirada, pero no soltó la mano de Jack.
—No quiero estar sola —murmuró.
Jack tragó saliva. Aquello le atravesó como un disparo limpio. Se vio a sí mismo años atrás, dándole la espalda, marchándose porque creía que era lo correcto. El dolor era el mismo, exactamente el mismo.
—Voy a volver —dijo él inclinándose un poco hacia ella—. Te lo prometo.
Ella lo miró, buscando algo firme a lo que agarrarse.
—¿De verdad?
Jack alzó la vista hacia Ethan.
Ethan asintió.
—Puede venir esta noche —confirmó—. Una visita corta si todo sigue estable.
El alivio cruzó el rostro de Emma de inmediato, aunque no dijo nada, simplemente suspiró.
Poco a poco, como si soltara algo que le costaba demasiado, aflojó los dedos. Jack sintió el vacío en cuanto su mano quedó libre. Se incorporó despacio, sin apartar los ojos de ella.
—Descansa —dijo—. Yo estaré aquí cuando despiertes.
Emma asintió, aún con gesto frágil, pero más tranquila.
Ethan aprovechó para continuar, con ese tono clínico que no dejaba de ser humano.
—Cuando estés un poco más fuerte, podrás salir a caminar por zonas seguras de la base. Un poco de aire te irá bien, pero ahora… necesitas dormir.
Ella volvió a asentir, obediente y cansada.
Jack dio un paso atrás, y luego otro. Cada movimiento le costaba más de lo que admitiría jamás. Antes de salir, Emma lo llamó de nuevo con la mirada.
—¿Vendrás? —insistió ella con tristeza.
Jack sostuvo sus ojos un segundo más, observándola en aquella camilla, con el cuerpo malherido y lleno de contusiones.
—Sí —respondió—. No me voy a ir muy lejos, tranquila.
Al cerrar la puerta tras de sí, el peso en el pecho le recordó que algunas despedidas, por muy breves que fueran, seguían doliendo igual que la primera vez.
El pasillo volvió a envolverlos con su luz fría y su silencio funcional.
—Capitán —dijo Ethan colocándose a su lado—.
Estará bien. Te lo aseguro. —Jack no respondió al instante.
Tenía la mirada fija en la puerta cerrada, como si aún pudiera verla al otro lado—.
La vigilaré yo mismo —añadió—. Si hay cualquier cambio, te avisaré.
No le va a pasar nada —dijo más suave al ver la reacción de su compañero, intentando calmarlo también.
En todas las misiones que habían compartido, Jack era como un muro de hormigón. Siempre se preocupaba por todos sus rescates, los visitaba, pero esta vez sabía que para su capitán era distinto, lo podía detectar en su mirada y en su forma de actuar.
Jack inspiró hondo por fin y asintió despacio.
—Gracias —dijo con la voz más grave de lo habitual.
Ethan le sostuvo la mirada un segundo más, entendiendo sin necesidad de preguntas.
—Ve a descansar —le dijo.
Jack volvió a asentir. Se dio la vuelta y empezó a caminar por el pasillo. A cada paso, la expresión de su rostro se iba endureciendo. La ternura se disipó, sustituida por algo más oscuro.
Pensó en ella, frágil en aquella camilla, en sus manos temblorosas, en la forma en que le había pedido que no se fuera y algo le ardió en el pecho, una rabia peligrosa. No contra el mundo en general, sino contra rostros que no olvidaría jamás.
Apretó la mandíbula mientras avanzaba hacia su zona de la base.
La rabia le subió desde el estómago como una marea oscura e imposible de ignorar. No era la ira rápida del combate ni la adrenalina que se disipaba tras una misión cumplida. Era algo más profundo, más frío.
Jack caminaba con los puños cerrados, sintiendo aún la piel de Emma bajo sus dedos, el miedo en su voz, la forma en que había temblado al quedarse sola.
Todo se le clavaba por dentro. Aquellos hombres no solo la habían secuestrado, la habían quebrado por dentro, la habían reducido a sentir únicamente un miedo que nadie debería conocer. Esa idea le encendió la sangre.
Pensó en sus rostros, en sus manos, en la risa fácil de quienes se alimentan del sufrimiento ajeno.
No gritó. No golpeó nada. Se limitó a seguir caminando con la mandíbula tensa y la mirada fija al frente, dejando que esa furia se ordenara en algo peligroso: memoria.
En su interior, una certeza se asentó con la calma de quien ya ha tomado una decisión: hay deudas que no prescriben.
Y supo, con una calma peligrosa, que, si alguno de aquellos hombres volvía a cruzarse en su camino, no habría órdenes ni guerra ni tiempo suficiente que lo detuvieran: solo el silencio definitivo que él mismo sabría imponer.