10 #2
Ella apretó los labios y asintió.
El silencio volvió a envolverlos, pero esta vez no era amenazante. Aun así, había algo en su pecho que no terminaba de asentarse.
—Doctor… —dijo con timidez—, ¿puedo preguntarle algo?
—Claro.
Dudó un segundo, como si la pregunta pesara más de lo que debería.
—Uno de los soldados… el que estaba conmigo —susurró—. ¿Se llama Jack?
Ethan no se sorprendió. La miró con atención antes de responder y sonrió recordando la conversación que habían mantenido con su capitán en el helicóptero tras el rescate.
—Sí —confirmó—. Capitán Jack Hayes. Líder del equipo de rescate.
Emma bajó la mirada, pensativa, y sus dedos se aferraron a la sábana.
Cuando Ethan confirmó su nombre, algo se acomodó y se rompió a la vez dentro de ella. No era un eco de su mente agotada ni una alucinación nacida del miedo. Había estado allí, en el helicóptero, con ella.
Durante sus momentos de consciencia había querido convencerse de que aquello había sido un sueño amable, una trampa del cerebro para sobrevivir al horror. Porque… ¿cómo iba a ser real? ¿Cómo podía aparecer él, justamente él, en mitad de aquel infierno?
Recordó la última vez que lo había visto con una claridad cruel: su espalda se alejaba por la acera, recta y decidida, sin girarse.
Recordó el esfuerzo que le había costado no llamarlo, no correr tras él, no rogarle que se quedara.
Aquella despedida le había partido el corazón de una forma silenciosa y definitiva, como se rompen las cosas que no hacen ruido, pero lo cambian todo. Durante mucho tiempo había pensado que no volvería a recomponerse del todo.
Hubo meses oscuros después, años incluso.
Se había sentido perdida, enfadada y pequeña.
Había llorado lo que no supo decirle, había odiado su ausencia y, en algunos momentos, también su recuerdo.
Pero la vida la había obligado a seguir hacia delante.
Se había refugiado en sus estudios, en su trabajo, en el ruido de las redacciones y en la necesidad casi desesperada de demostrar que podía sostenerse sola.
Poco a poco, el dolor se había vuelto menos punzante.
Jack pasó a ser eso: un recuerdo. Importante, sí.
Doloroso, también. Pero difuso, guardado en algún lugar de su ser al que ya no miraba.
Y ahora, de repente, había vuelto, no como una promesa ni como una nostalgia, sino como un soldado cubierto de polvo y armas, como el hombre que había corrido con ella en brazos para sacarla de allí con vida.
La gratitud le llenó el pecho de golpe, tan intensa que casi le dolió.
La había salvado. Había estado allí cuando nadie más podía estarlo y, pese al miedo que aún le recorría el cuerpo, pese a la ansiedad que no terminaba de soltarse, una chispa tibia se encendió en su interior.
No sabía qué significaba aquello. No sabía siquiera qué decirle cuando lo viera.
Solo sabía que, por primera vez desde hacía días, sentía algo que no era terror ni vacío, sino una profunda e inmensa gratitud por volver a cruzarse con el chico que una vez amó…
convertido ahora en el hombre que le había devuelto la vida.
—Creí que no… —no pudo terminar la frase.
—Ha preguntado varias veces por ti —añadió Ethan con voz tranquila—. Pero el protocolo es claro. No dejamos pasar a nadie hasta que estés estable. —Levantó ligeramente las cejas, dándole espacio—. Ahora lo estás. ¿Quieres verlo? —le ofreció.
Emma cerró los ojos un instante, intentando encajar aquello, y finalmente asintió despacio.
—Sí —dijo con una leve sonrisa y los ojos llorosos—. Me gustaría verlo.
Ethan le devolvió la sonrisa, breve y profesional.
—De acuerdo —respondió—. Lo avisaré.
Ethan salió de la habitación y se quitó los guantes despacio, con ese gesto mecánico que marca el final de una intervención médica y el principio de algo más humano.
Los dejó en el contenedor y se pasó la mano por la nuca.
La base estaba más silenciosa a esa hora, envuelta en un murmullo lejano de generadores y pasos amortiguados.
Caminó sin prisa, atravesando corredores conocidos, cruzándose con soldados que volvían a su rutina como si el mundo no hubiera estado a punto de romperse hacía solo unas horas.
Encontró a Jack apoyado contra una pared, cerca de la zona de descanso.
Aunque sabía que en algunos casos la autorización para ver a los pacientes tardaba días en llegar, él permanecía cerca de la enfermería, con la mirada perdida en un punto indeterminado.
No parecía cansado, simplemente estaba en pausa, como si todo su cuerpo estuviera esperando una sola señal para volver a ponerse en marcha.
—Capitán —dijo Ethan, deteniéndose a un par de pasos de él. Jack alzó la vista de inmediato. No hizo falta nada más para que Ethan supiera que llevaba horas aguardando esa palabra—. Está estable —continuó—. Consciente. Algo desorientada, pero fuera de peligro.
Jack soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. La tensión en sus hombros cedió apenas un grado, lo justo para delatar el alivio que le recorrió el cuerpo.
—¿Seguro? —preguntó con voz grave y contenida.
—Seguro —asintió Ethan con una leve sonrisa—.
El cuerpo empieza a responder. Lo peor ya pasó.
—Hubo un breve silencio—. Ha preguntado por ti.
—Las cejas de Jack se elevaron, sorprendido—.
No estaba segura —explicó Ethan—. Pensó que podía estar delirando.
Creía que lo del helicóptero era un sueño.
Me preguntó si uno de los soldados se llamaba Jack.
—Se quedó en silencio unos segundos—. Le dije la verdad —continuó—.
Que sí. Que eras el capitán del equipo de intervención.
Jack bajó la mirada un instante, asimilándolo. Una mezcla inesperada de emociones le golpeó de lleno: alegría por saberla viva y estable… y un nerviosismo casi adolescente que no había sentido en años. La idea de volver a verla consciente, mirándolo, lo desarmaba más que cualquier misión.
—Quiere verte —dijo Ethan al fin—. Si tú quieres.
Jack levantó la cabeza.
—Sí —respondió directamente—. Claro que quiero.
Ethan le sostuvo la mirada con una comprensión silenciosa.
—Entonces ven —dijo—. Está tranquila ahora. Pero… —hizo una pausa—, ha pasado por mucho.
Jack tragó saliva.
—Lo sé.
Ethan dio media vuelta y empezó a caminar de nuevo por el pasillo. Jack lo siguió, ajustándose el uniforme con un gesto casi inconsciente.
Ethan lo miró de reojo y sonrió al verle hacer aquel gesto.
—No te preocupes, estás muy guapo —pronunció casi como si se burlase de él.
—Calla, idiota —le respondió directamente.
Cada paso hacia la enfermería le pesaba más que una marcha nocturna bajo fuego enemigo. Iba a verla por primera vez en doce años y, aunque había sobrevivido a lo imposible para traerla hasta allí, no estaba seguro de estar preparado para ese momento.