10
En el horizonte un leve tono anaranjado comenzaba a ganar a la oscuridad.
El helicóptero descendió sobre la pista levantando una nube densa de polvo y arena. Las aspas aún giraban cuando las ruedas tocaron suelo y, antes de que el ruido se amortiguara, ya había movimiento esperando.
—Base Al-Tanf, equipo médico listo —sonó por la radio—. Zona asegurada.
Jack fue el primero en saltar con el arma baja y mirada rápida alrededor. Dos soldados de seguridad avanzaron en abanico mientras la camilla se acercaba a toda prisa. Ethan fue el siguiente en saltar, ya con los guantes puestos.
—Paciente femenina —dijo sin rodeos—. Semiconsciente, Glasgow 13. Deshidratación, ansiedad reactiva, contusiones múltiples. Sedación ligera administrada en vuelo. Estable.
—Recibido —respondió la médica al frente del equipo—. Llevamos suero y monitorización continua. ¿Algún sangrado activo?
—Negativo —confirmó Ethan—. Riesgo principal: shock y agotamiento.
No acostumbraba a hacerlo, pero esta vez, por instinto de protección, Jack se situó al lado de la camilla, siguiéndolos en la rápida travesía. Emma abrió los ojos brevemente y lo miró durante un segundo, coincidiendo con sus ojos, luego murmuró algo ininteligible.
Jack se inclinó un segundo sobre ella sin dejar de caminar.
—Tranquila —dijo en voz baja—. Ya estamos en la base. Te pondrás bien.
La médica levantó la vista.
—Capitán, necesitamos espacio —le urgió.
Jack asintió y dio un paso atrás, distanciándose de la camilla, aunque sin dejar de avanzar a su lado.
—Identidad confirmada —informó seguridad—. Sin dispositivos. Sin seguimiento.
—Copiado —dijo la médica—. Traslado a enfermería, ahora.
La camilla echó a rodar. Jack la siguió un par de pasos, pero se obligó a detenerse cuando el suboficial de seguridad lo tomó del brazo.
—Hasta aquí, capitán —indicó—. Es procedimiento, ya lo sabe.
Jack sostuvo la mirada un segundo y luego asintió.
—Entendido.
Ethan se giró antes de desaparecer tras la puerta.
—Te aviso en cuanto esté estabilizada.
—Gracias —respondió Jack.
La camilla se alejó hacia la puerta de la base y la vio circular por el pasillo unos metros con un sonido metálico que a Jack le resultó insoportablemente alto.
La vio desaparecer tras la puerta de la enfermería y, durante un segundo, tuvo el impulso casi físico de seguirla, pese a saber que no podía.
No lo hizo. El protocolo era un muro infranqueable, frío y necesario, y él lo sabía mejor que nadie.
Se quedó quieto, con los puños cerrados, sintiendo cómo la adrenalina se disipaba y dejaba atrás un vacío incómodo mientras la base seguía en constante movimiento. Hasta ese momento había tenido un objetivo claro: sacarla de allí con vida. Ahora, sin ella a la vista, la misión parecía incompleta.
Le inquietaba no estar a su lado cuando despertara, no poder decirle que ya había pasado todo, que estaba segura, que no tenía que volver a tener miedo.
Le preocupaba que abriera los ojos y no lo viera, que creyera que todo había sido una ilusión nacida del cansancio y el dolor.
Se sintió completamente inútil, reducido a un espectador obligado a confiar en manos ajenas.
Dio unos pasos hacia delante, respiró hondo y apoyó la frente un instante contra la pared, cerrando los ojos.
Había sobrevivido a combates, a pérdidas, a noches interminables en territorio hostil, pero aquello…
aquello era distinto. No poder protegerla ahora, cuando más vulnerable estaba, le resultaba más duro que cualquier enfrentamiento.
Se obligó a enderezarse y a recuperar la compostura.
Era un capitán, un soldado y, aunque le costara admitirlo, también era un hombre que acababa de reencontrarse con la parte más delicada de sí mismo.
—Buen trabajo —dijo el coronel acercándose. Jack se giró para observarlo—. Equipo íntegro y objetivo vivo. —Situó una mano sobre su hombro y dio una palmadita de felicitación—. Reunión de debriefing preliminar —comentó iniciando la marcha hacia otra parte de la base.
Jack respiró hondo y asintió mientras miraba a su equipo acercarse. No hizo falta que les informase de lo que tocaba hacer, lo sabían de sobra, así que simplemente les indicó con un movimiento de cabeza seguir al coronel, algo que todos hicieron.
La sala de debriefing era sobria, funcional, pensada para hechos y no para emociones.
Una mesa rectangular ocupaba el centro, rodeada de sillas metálicas.
En una pared había una pantalla aún en negro, en la otra, un mapa plastificado de la zona este de Siria marcado con chinchetas y líneas rojas.
El aire olía a café recalentado y a polvo seco que aún parecía pegado a la ropa de todos.
Jack entró el último y cerró la puerta tras de sí.
—Siéntense —ordenó el coronel sin levantar la voz.
El equipo ocupó sus asientos y el coronel apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Hora de inicio de operación —dijo—. Capitán.
Jack enderezó la espalda.
—Inserción a las 02:13. Contacto visual con el objetivo a las 04:57. Extracción efectiva a las 05:41.
—Bajas propias.
—Negativo.
—Bajas enemigas —continuó el coronel.
Jack dudó un segundo, lo justo para que no pareciera una evasión.
—Múltiples. Número exacto indeterminado. Resistencia creciente tras pérdida de sigilo.
El coronel asintió, anotando.
—Causa de la pérdida de sigilo.
—Contacto inesperado en una sala intermedia —intervino Mark—. Un miliciano gritó antes de ser neutralizado.
—Confirmado —añadió Daniel—. A partir de ahí, alarma general.
El coronel levantó la vista.
—¿La rehén?
—Localizada en una sala interior —respondió Jack—. Suspendida del techo. Inconsciente. Contusiones visibles. Cortes superficiales. Estado crítico, pero estable —dijo pasándose la mano por la nuca.
Ethan se inclinó hacia delante.
—Añadid ansiedad severa, deshidratación y signos de trauma psicológico. No había heridas letales.
—¿Confirmación del segundo periodista? —preguntó el coronel, directo.
El silencio cayó como una losa.
—Confirmada su ejecución —dijo Jack finalmente—. Previa al rescate. Probablemente delante de ella. Murmuró varias veces su nombre.
El coronel cerró los ojos un segundo.
—Entendido.
Se hizo un breve silencio operativo.
—Extracción —continuó—. Explique la decisión.
—LZ secundaria comprometida —respondió Jack—. Se activó LZ primaria a trescientos metros. Carga incapacitada. Procedí a extracción manual bajo fuego a máxima proximidad. Solicité cobertura aérea —dijo rápidamente.
—¿Riesgo elevado?
—Sí, señor.
—¿Necesario?
Jack sostuvo su mirada.
—Sí, señor.
El coronel no replicó, simplemente asintió.
—Buen criterio —lo señaló con la mano.
Luke se movió en su asiento.
—El helicóptero recibió fuego ligero durante la aproximación —añadió—. Sin impacto.
—Anotado —dijo el coronel—. Inteligencia ya está cruzando datos del complejo.
Su intervención ha evitado un uso propagandístico mayor.
—Cerró la carpeta—. Esta no ha sido una misión estándar —continuó—.
Pero se ejecutó con precisión y sin bajas propias.
Eso importa. —Miró a Jack directamente—.
Capitán, su equipo queda liberado del debriefing preliminar.
Descansen. Habrá informe completo en doce horas.
Jack asintió.
—A la orden, señor.
Cuando se levantaron, nadie habló. No era el momento. Salieron uno a uno de la sala, dejando atrás mapas, cifras y palabras técnicas que no alcanzaban a describir el infierno que habían vivido y, al cerrar la puerta, su pensamiento volvió de inmediato a la enfermería, a Emma.
La luz de la enfermería era suave, constante, muy distinta a los destellos bruscos que aún parecían parpadearle en su memoria.
Emma abrió los ojos lentamente, como si temiera que el simple gesto pudiera devolverla a aquel otro lugar.
El techo blanco permanecía inmóvil sobre ella.
No había gritos, no había sombras armadas, solo el pitido regular de un monitor.
Su respiración se aceleró de golpe.
—Tranquila —dijo una voz femenina de inmediato a su lado, ni siquiera se había dado cuenta de que había una mujer controlando sus constantes vitales—.
Respira conmigo, despacio. —La mujer tomó su mano, transmitiéndole calma—.
Estás a salvo —continuó—. Soy la doctora Davis.
Estás en una base militar estadounidense. Has sido rescatada.
Emma tragó saliva. El aire parecía no llegarle del todo a los pulmones.
—¿Dónde…? —susurró—. Yo…
—Lo sé —la interrumpió con suavidad—. Has pasado por algo muy duro y traumático.
Es normal sentir ansiedad. Nadie va a hacerte daño aquí.
—La doctora comprobó la vía, el monitor y le dedicó una bonita sonrisa profesional—.
Has estado dormida varias horas. Tu cuerpo lo necesitaba.
Físicamente estás estable. Emocionalmente…
iremos paso a paso. —Emma asintió, aunque las manos le temblaban bajo la sábana—.
Voy a dejarte descansar un poco más —añadió la doctora—. Volveré enseguida. No estás sola.
Cuando se giró para marcharse, Ethan apareció en la puerta. La doctora le hizo un gesto afirmativo y salió, cerrando con cuidado.
Ethan se acercó despacio, sin invadir su espacio.
—Hola, Emma —dijo—. Soy Ethan. El médico que te atendió en el helicóptero.
Ella lo miró unos segundos, procesando la información, y luego asintió indicando que lo recordaba.
—Gracias… —murmuró con el labio tembloroso—. Por… todo.
—Es nuestro trabajo —respondió con sencillez—.
Pero me alegra verte despierta. Solo me pasaba para confirmar que estabas bien.
Nos has tenido un rato preocupados —admitió con una sonrisa.
Ella le devolvió una sonrisa tímida—. Te dejaré descansar, cualquier cosa que necesites, tienes el botón sobre la camilla —le indicó—.
Púlsalo y la doctora Davis vendrá enseguida.
Ella asintió.
—Gracias. ¿Puedo beber agua?
Ethan hizo un gesto de desagrado.
—Es preferible que estés un poco más sin beber líquidos. Te hemos puesto sueros.