9 #2
Cuando la mano de Emma rozó su mejilla, el mundo de Jack se estrechó hasta quedar reducido a ese único punto de contacto.
No fue una caricia firme ni segura, sino frágil, temblorosa, como si incluso ese gesto le exigiera un esfuerzo descomunal.
Y, aun así, le atravesó con más fuerza que cualquier bala.
La sintió distinta, demasiado ligera y quebradiza.
No era la Emma que su memoria había conservado intacta durante años, era alguien que había sobrevivido a lo indecible… y eso le heló la sangre.
Siempre la había recordado así, incluso cuando intentaba convencerse de lo contrario: con esa suavidad innata, con esa forma de tocar que lo decía todo.
Durante doce años había vuelto a ella en pensamientos, en noches demasiado silenciosas, en recuerdos que aparecían sin previo aviso y que siempre acababan igual: con su sonrisa, con su voz, con la certeza de que había sido lo más puro que había tenido nunca.
Y ahora estaba allí, en medio del caos, colgada entre la vida y la inconsciencia, tocándolo como si el tiempo no hubiese pasado.
Le pareció imposible estar en una zona de guerra, rodeado de hombres armados, con el rugido del helicóptero vibrándole en los huesos…
y sentir que todo se detenía por una simple caricia.
Aquella mano sobre su rostro le devolvió a una versión de sí mismo que creía enterrada, al chico que la buscaba con la mirada en los pasillos del instituto, al hombre que se marchó para no destruirla y acabó destruyéndose un poco a sí mismo en el proceso.
Sus ojos se encontraron con los de ella.
—Te queda bien el uniforme… —pronunció ella antes de cerrar los ojos y que su mano quedase inerte.
De acuerdo, aquello no era precisamente lo que hubiese esperado escuchar por su parte, pero estaba claro que se encontraba en una situación de semi inconsciencia. Al menos, parecía haberlo reconocido después de tantos años.
Jack sujetó su mano mientras la veía sumirse en un suave letargo y se la depositó con cuidado sobre la camilla. Luego se pasó la mano por los ojos y apretó la mandíbula.
—Joder… mierda —susurró antes de inspirar hondo, dejando que la tensión de las últimas horas se disipara lentamente.
—Le he dado un ansiolítico —le aclaró Ethan, pues parecía nervioso. Aquellas palabras provocaron que él apartase la mano de sus ojos y lo mirase—. Estaba sufriendo ansiedad, por eso está dormida.
Jack asintió y finalmente se situó correctamente sobre el asiento, apoyando su espalda.
—¿La conoces? —preguntó Daniel sentado a su lado.
Jack lo miró unos segundos y asintió, luego miró al resto de sus compañeros que lo observaban atentamente, interesados en aquella información, pues parecía que a todos los había cogido de improviso.
—¿De qué? —preguntó Ethan interesado.
Él resopló y cerró los ojos unos segundos.
—Era mi novia del instituto.
En el interior del helicóptero hubo un leve murmullo y todos lo miraron sorprendidos, con una sonrisa de soslayo.
—Joder, capi… ¿en serio? —preguntó Luke con la voz más animada.
Aquella confirmación parecía haber levantado los ánimos de todos después de la tensión vivida.
—Hace doce años —confirmó él a sus compañeros, como si eso ya no tuviese importancia.
—Espera, espera… ¿sabías que era ella cuando nos informaron de la misión? —preguntó Daniel.
—Claro que sabía que era ella. La vi en el video de esos hijos de puta. ¿Tú te olvidas de tus ex? —ironizó él.
Daniel se encogió de hombros.
—Y… ¿por qué no nos dijiste nada? —insistió.
—No hubiese cambiado nada… era una extracción como cualquier otra —respondió.
Luke lo miró fijamente.
—No me lo creo… —comentó seriamente.
Jack inspiró hondo y apoyó la cabeza de nuevo contra el respaldo.
—Somos soldados con la misión de rescatar a una persona que vivía un infierno —concluyó—. Dejadme tranquilo —susurró cerrando los ojos, como si la misión lo hubiese dejado exhausto.
Todos parecieron hacer caso a lo que su capitán les pedía en un principio, hasta que Mark ladeó la cabeza, observando a Jack con una sonrisa de soslayo que no tenía nada de inocente.
—Claro… “una extracción como cualquier otra” —repitió, marcando las comillas en el aire—. Solo que esta venía con trauma emocional incluido.
Jack no abrió los ojos.
—Mark —advirtió cansado.
—¿Qué? —se defendió él alzando las manos—. Solo digo que no todos los días cargamos al hombro a la chica que te rompió el corazón en el instituto.
Daniel soltó una breve risa, aún con la adrenalina vibrándole en el cuerpo.
—Ahora encajan muchas cosas —añadió—. El sprint suicida, lo de ignorar los disparos…
—Yo pensaba que estabas especialmente motivado por el espíritu patriótico —ironizó Luke—. Y resulta que era romanticismo reprimido.
Jack abrió un ojo y los fulminó a todos con la mirada.
—Como alguno vuelva a usar la palabra “romántico”, juro que lo bajo del helicóptero en marcha.
Ethan intervino desde su asiento, sin perder el tono tranquilo, pero con chispa.
—Eh, capi, relájate —dijo—. Es estrés post misión. Si no soltamos alguna tontería ahora, explotamos luego.
Mark se inclinó un poco hacia delante.
—Además —añadió—, míralo por el lado bueno. Has sobrevivido, ella está viva… y nosotros tenemos una historia perfecta para arruinarte la reputación durante años.
Jack resopló, esta vez sin poder evitarlo.
—Sois unos cabrones.
—Pero unos cabrones leales —respondió Daniel al instante, señalándolo.
El helicóptero siguió su rumbo, entre el rugido del rotor y el parpadeo de las luces del panel. Jack abrió los ojos y giró su cuello hacia el exterior, donde todo aún era oscuridad, aunque suponía que en breve comenzaría a amanecer.
Giró su cuello y miró a Emma dormida, esta vez más tranquila. La pastilla que le había dado Ethan, sumada al agotamiento no solo físico, sino mental, debían de haberle pasado factura y había caído fulminada.
Pero ahora… ¿qué decir cuando llegasen a la base? Cuando ella despertase.
Jack apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos solo un segundo, como si así pudiera ordenar un pensamiento que llevaba más de una década enredado dentro de él.
Había ensayado conversaciones imposibles durante años, frases que nunca diría, respuestas que no tendría ocasión de dar.
Y, sin embargo, ahora el destino caprichoso, cruel y casi burlón, se la había devuelto.
No encontraba ni una sola palabra que no sonase insuficiente.
No había logrado borrarla de su mente en doce años.
Ni en los desiertos, ni en las selvas, ni en las noches en las que el silencio pesaba más que los disparos.
Había aprendido a vivir con su recuerdo como se vive con una cicatriz: sin tocarla demasiado, fingiendo que no duele… hasta que alguien roza justo ahí.
Y ahora estaba allí, dormida a pocos metros de él, frágil y real.
El destino tenía un sentido del humor miserable, pensó.
Una broma mala y barata. No había podido quedarse a su lado cuando todo era fácil, cuando bastaba con promesas y planes universitarios.
Y, ahora, la vida los reunía entre sangre, miedo y cadenas, como si quisiera recordarle que nunca tuvo el control de nada.
¿Qué se le dice a la mujer que fue tu primer amor cuando te vuelve a mirar después de haber visto el infierno?
Jack apretó la mandíbula y volvió a mirarla con una mezcla de culpa, alivio y una ternura que no se permitía mostrar. Tal vez no había respuestas. Tal vez solo quedaba estar ahí, vigilar su sueño y asegurarse de que esta vez, al menos esta, el destino no se la arrebatara de nuevo.