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Al asomarse al patio trasero, la visión del helicóptero los golpeó como una promesa: las luces iluminaban el polvo en suspensión, la metralleta desde el helicóptero giraba disparando sobre los ángulos abiertos donde los secuestradores intentaban evitar la extracción, cubriendo desde el helicóptero la retirada con un rugido que era al mismo tiempo fuego y música de guerra.
—Bravo en zona —dijo Jack en la radio—. Confirmado visual. Movimiento rápido al LZ.
El viento del rotor golpeaba sus rostros con arena y sentían cómo la adrenalina les atravesaba cada vena. No había tiempo para pensar, solo para moverse, proteger, correr y sobrevivir.
—¡Avance, avance! —ordenó Mark mientras cubría la puerta—. No os detengáis. Equipo reunido —gritó hacia Jack dándole a entender que todos se encontraban rodeándolo para poder llevar el paquete a salvo hasta el helicóptero.
—Bravo, a LZ —informó Alex desde atrás, manteniendo la calma bajo el estrés—. Cobertura máxima. Movimiento directo.
Jack no lo pensó más. Era ahora o nunca.
Sujetó con fuerza la cintura de Emma sobre su hombro, notando cada hueso, cada peso, cada leve movimiento inconsciente de su cuerpo, y comenzó a correr a través del patio.
Las balas silbaban a centímetros de sus pies, rebotando y levantando polvo.
El rotor del helicóptero agitaba el aire caliente y cortante, golpeándole la cara cubierta.
El corazón de Jack latía con fuerza desbocada, cada paso era una mezcla de impulso y miedo.
Sabía que cualquier segundo de vacilación podía costarle la vida a Emma, a él o a todo el equipo.
Su respiración era corta y acelerada mientras corría con el instinto de supervivencia y la determinación de no fallarle jamás.
Cada centímetro de patio parecía infinito, cada sombra podía ser un disparo y cada crujido un enemigo oculto.
Sus compañeros cubrían el avance con la precisión con la que siempre formaban y tantas veces habían ensayado, como si se tratase de una coreografía.
Ethan y Daniel avanzaban disparando hacia atrás, manteniendo fuego de supresión constante para que ningún miliciano pudiera acercarse al grupo o disparar en su dirección.
Mark iba por delante, abriendo ángulos, controlando los posibles flancos y señalando mentalmente rutas de escape.
Alex se mantenía alerta, cubriendo radios y comunicando cada amenaza, cada movimiento enemigo, cada rincón del patio que podría ser peligroso tanto a sus compañeros como al helicóptero para que pudiesen cubrirlos.
Jack sentía la presión en cada músculo: sus piernas quemaban, su respiración ardía en el pecho, pero no podía permitirse reducir la velocidad.
Cada vez que pasaba junto a un disparo cercano, su cuerpo se tensaba instintivamente y la adrenalina le quemaba las venas como fuego líquido.
Miró a sus compañeros y vio en sus ojos la misma mezcla de concentración y urgencia, la confianza mutua que solo se forjaba en misiones imposibles, en vidas compartidas entre balas y caos.
El helicóptero ya estaba allí, vibrando y disparando la metralleta para despejar cualquier camino. Ajustó a Emma sobre su hombro a medida que se acercaba al helicóptero para saltar a su interior, asegurándola contra su torso y notando cómo su pequeño cuerpo temblaba inconsciente.
—Sigan cubriendo flancos —ordenó con voz corta y precisa, casi inaudible entre el ruido.
Sus ojos se fijaron en la plataforma del helicóptero, y cada centímetro que los acercaba hacía que el miedo y la esperanza se mezclaran en un solo golpe de adrenalina.
Sabía que estaban cerca, pero también que el peligro estaba en cada sombra, en cada paso que daban hacia la libertad.
No había margen de error. No podía fallarle a Emma.
—Bravo, en LZ —gritó Alex por la radio, con voz firme—. Cobertura completa, objetivo seguro casi en plataforma.
Jack vio la borda del helicóptero acercándose y un soldado que no estaba operando la metralleta extendió la mano.
—Arriba, rápido —dijo con precisión militar—. Salta, peso seguro.
Jack respiró hondo y avanzó un paso más. Cada músculo ardía, cada golpe de rotor lo empujaba hacia atrás, pero no dudó. Colocó un pie sobre el borde de la plataforma y, con un impulso controlado, subió con Emma en su hombro, balanceándola ligeramente para mantenerla estable.
El soldado lo sujetó de la mano con fuerza y tiró de él hacia dentro.
Jack sintió cómo el aire cortante del rotor golpeaba su rostro mientras depositaba a Emma con cuidado sobre una camilla improvisada.
Apenas la colocó, sus manos regresaron a su fusil y se incorporó, respirando con dificultad, pero vigilante.
—Paquete asegurado —informó Jack con la respiración agitada—. Movimiento completado.
Detrás de ellos, el equipo se movía con precisión.
Ethan y Daniel seguían cubriendo el patio, manteniendo fuego de supresión mientras Mark cerraba la retaguardia, asegurando que ningún enemigo se acercara.
Alex coordinaba con el piloto, dando coordenadas exactas para que el helicóptero ajustara la posición, cada movimiento milimétrico, cada decisión basada en segundos de ventaja.
Jack disparaba sin cesar al igual que la metralleta para asegurar las vidas de sus compañeros mientras se acercaban al gran helicóptero, aunque giró un momento su cuello hacia ella. Emma estaba a salvo, aunque inconsciente, y él no dejaría que nada ni nadie cambiara eso.
—Zona crítica —gritó el piloto que intentaba mantener estable el helicóptero en aquel patio trasero, sin llegar a tocar tierra para ir girando a medida que sus compañeros llegaban, facilitando así la entrada de todos ellos.
—Fuego de supresión activo —ordenó Jack por la radio—. Cobertura trasera y flancos, mantengan ángulos limpios —repitió indicándole las zonas de mayor peligro.
Jack escuchó un disparo cercano que rebotó en el helicóptero y le hizo tensarse.
Jack se incorporó sobre la cubierta, respirando con fuerza. Ayudó a su equipo a subir con la mano hasta que todos estuvieron a salvo.
—¡Listo! —gritó Mark, el último en entrar, mientras cerraba la puerta del helicóptero y este ganaba altura sin esperar un segundo más.
Jack se permitió un instante para mirar el terreno que dejaban atrás: el edificio, los disparos y el caos organizado.
Había sido un infierno, pero lo habían logrado.
Emma estaba a salvo, y aunque el miedo aún latía en cada músculo, una chispa de esperanza se encendió en su pecho: la misión había triunfado y, una vez más, nadie del equipo había quedado atrás.