8
La noche los engulló mientras avanzaban.
Se movían pegados a los muros con los cuerpos agazapados y pasos medidos.
El edificio crecía ante ellos como una masa oscura, irregular, con ventanas ciegas y heridas abiertas en el hormigón.
Jack levantó el puño y el equipo se detuvo al instante. Dos sombras vigilaban la rampa de servicio, de espaldas y ajenas a lo que se les acercaba.
Mark y Daniel se deslizaron primero, tal y como hacían siempre.
No hubo disparos ni gritos, solo el roce breve de una mano firme, el chasquido seco de un cuello girado con precisión quirúrgica y el peso de un cuerpo que caía al suelo sin ruido. El segundo guardia apenas tuvo tiempo de girar la cabeza antes de que una hoja corta encontrara su sitio en el cuello.
Jack contó hasta dos y dio la orden con un gesto.
—Zona uno, limpia —susurró mientras Mark y Daniel dejaban los dos cuerpos en las sombras para no ser vistos y que se desatase el caos.
Jack abrió la puerta poco a poco, intentando evitar cualquier ruido o crujido.
El interior olía sobre todo a gasóleo. Los pasillos eran estrechos y las columnas estaban mal alineadas, creando sombras que engañaban al ojo.
Avanzaron en cuña, cubriéndose los ángulos y deteniéndose cada pocos metros. Jack señalaba, Daniel cubría y Mark cerraba la retaguardia. El ritmo era constante y letalmente silencioso.
—Contacto, derecha —susurró Alex desde el fondo.
Jack levantó dos dedos indicando que debían esperar.
Un hombre apareció al final del pasillo, ajustándose el arma y bostezando.
Ethan surgió de las sombras y lo atrapó antes de que pudiera reaccionar. Dio un golpe seco y controlado. El cuerpo cayó quedando apoyado contra la pared, como si siempre hubiera estado allí.
—Anulado —confirmó.
—Sigue —ordenó Jack en un susurro que solo podían escuchar ellos a través de los auriculares en sus oídos.
Se ocultaron tras una pila de cajas cuando una luz cruzó el pasillo perpendicular. Se escucharon pasos, voces lejanas y risas apagadas.
Jack contó el tiempo exacto entre las pisadas y levantó la mano. Se movieron cuando el sonido se alejó, como si el edificio respirara a su favor.
—Cruce despejado —susurró.
—Recibido —respondió Mark, el último de la formación.
Subieron una escalinata a medio derruir. Aquel edificio estaba totalmente hecho trizas y debían ir con cuidado con cada piedra o trozo de pared caído, pues cualquier sonido podría alertar de que se encontraban allí.
En el rellano, dos hombres discutían en voz baja.
Mark se lanzó primero y Daniel cerró por detrás. Uno cayó sin poder reaccionar siquiera y el otro intentó llevarse la mano al arma, pero no llegó.
—Limpio —susurró Daniel.
Más adentro, el ruido de un generador marcaba un pulso irregular y las sombras se espesaban. Jack se detuvo frente a una puerta metálica, apoyó la palma y escuchó. Al otro lado había una respiración nerviosa y una silla arrastrándose.
—Objetivo probable —susurró—. Cubrid.
Asintieron mientras tomaban sus posiciones con las armas listas y los dedos fuera del gatillo. Jack respiró una vez, giró el pomo con cuidado y empujó apenas lo suficiente para deslizarse dentro.
El edificio no sabía aún que estaba muriendo por dentro mientras ellos seguían avanzando, silenciosos y precisos, dejando atrás un rastro invisible de puertas abiertas y amenazas que ya no lo eran.
La puerta cedió con un crujido leve, pero allí no estaba Emma.
Jack lo supo en el primer segundo, antes incluso de procesar lo que sí había: cuatro hombres alrededor de una mesa, con las armas apoyadas en ella y una linterna iluminando la estancia. Sus miradas se alzaron al unísono, sorprendidas e incrédulas. El tiempo se comprimió hasta doler.
—Ahora —ordenó en un susurro.
Los disparos fueron secos, contenidos y casi irreales.
Los silenciadores ahogaron el sonido, pero no el impacto.
Dos cuerpos cayeron al instante, pero el tercero intentó levantarse con los ojos abiertos de par en par.
Jack lo abatió antes de que pudiera apuntar.
El cuarto gritó. No fue un grito completo, solo un sonido breve…
pero suficiente para que la alarma surgiese en el edificio.
—Mark, aguanta la puerta —dijo Jack sin levantar la voz, comprobando que el resto de los caídos ya no tenían opción de responder.
—Recibido.
Mark se colocó al lado del marco con el arma en alto, cubriendo el pasillo exterior mientras el eco del grito se extendía como una mancha. A lo lejos, las voces se alzaban y se escuchaban pasos apresurados. El edificio estaba despertando.
Jack avanzó hacia el fondo de la estancia donde había otra salida.
—Tenemos comunicación trasera —murmuró Daniel.
La puerta daba a un pasillo estrecho, más oscuro aún, con dos accesos enfrentados al final. Desde allí ya se escuchaba el caos: órdenes gritadas en árabe, el arrastre nervioso de armas y puertas abriéndose de golpe.
—Se acabó el sigilo —dijo Alex.
—Lo sé —respondió Jack—. Pero aún tenemos ventaja.
Una ráfaga de disparos resonó a lo lejos, sin silenciador, y así comunicaron al resto del edificio que no estaban solos.
—Contacto múltiple acercándose —avisó Mark desde la puerta—. Rápido.
Jack levantó el arma y señaló las dos puertas del pasillo.
—Daniel, izquierda. Ethan, derecha. Entramos y limpiamos.
El pasillo vibró con pasos que se acercaban y el aire se llenó de tensión, de polvo en suspensión, de ese olor previo a la violencia total.
Jack dio un paso al frente, dirigiéndose al final del pasillo para controlar.
Daniel abrió la puerta con el arma en alto… y se quedó inmóvil.
En la habitación no había combatientes, solo una mujer encogida contra la pared y un niño dormido sobre una cama improvisada, envuelto en una manta demasiado fina.
Los ojos de la mujer se clavaron en él con un terror de esos que no necesitan explicación. El niño se removió, murmuró algo en sueños y abrazó el borde de la manta.
Daniel bajó el arma despacio y se llevó un dedo a los labios.
—Shhh… —susurró—. Nada de ruido —ordenó.
La mujer asintió frenéticamente, tapándole la boca al niño con la mano.
Daniel dio un paso atrás, cerró la puerta con cuidado y apoyó la frente un segundo en la madera.
Aquel crío no tendría más de seis años. Demasiado pequeño para entender por qué dormía entre armas, gritos y miedo, demasiado pequeño para crecer allí.
Daniel apretó la mandíbula y regresó al pasillo, no podía permitirse pensar más.
Al otro lado, Ethan abrió su puerta y contuvo el aliento.
—La tengo —dijo por el comunicador, con la voz más grave—. Tengo el paquete.
Jack no esperó a oír nada más y echó a correr. Entró en la habitación y el mundo se redujo a un solo punto. Emma estaba allí. Se le paralizó el corazón de inmediato y tuvo que hacer un gran esfuerzo por reaccionar. Estaba acostumbrado a situaciones así, pero aquella vez era diferente.
Emma permanecía colgada del techo por unas cadenas que le apresaban las muñecas unidas, con el cuerpo vencido hacia delante y los pies apenas rozando el suelo.
Sus brazos se encontraban estirados en un ángulo imposible, sujetando todo el peso del cuerpo que no podía apoyar en el suelo.
Tenía la cabeza caída y el cabello pegado al rostro por el sudor y la sangre seca. No se movía.
Se acercaron a ella en dos zancadas.
Jack vio la camisa rota, desgarrada a la altura del hombro, los pantalones manchados y abiertos por los muslos, cortes finos en los brazos y moratones oscuros que empezaban a dibujarse bajo la piel.
Había sido golpeada, maltratada y humillada, pero no dejó que la ira se apoderase de él, no aún, necesitaba mantener la mente fría, aunque el pecho le ardía de rabia.
—Ethan, el anclaje —ordenó señalando el gancho del techo—. Ahora.
Ethan se subió a una silla inestable y comenzó a manipular la cadena con manos firmes.
El metal chirrió suavemente al aflojarse mientras Jack se colocaba debajo y sujetaba a Emma por las caderas para cuando ella cayese.
Cuando la cadena cedió, el cuerpo de Emma cayó a peso muerto y Jack la atrapó al instante.
El impacto le sacudió los hombros, pero no la soltó.
Se dejó caer con ella, amortiguando la caída hasta depositarla en el suelo con una delicadeza casi reverente, como si el mundo entero pudiera romperse si la soltaba mal.
Se fijó en su rostro, aquel rostro que tanto había amado en su juventud, recordando su sonrisa, y apretó los labios.
Daniel se situó al lado de su puerta cubriendo la zona del pasillo, preparado para disparar si fuera necesario.
Jack golpeó suavemente la mejilla de Emma, pero esta no reaccionó. Fue Ethan, el médico militar, quien se arrodilló a su lado y buscó su pulso.
Ethan se inclinó sobre ella con manos firmes pero delicadas, buscando cada señal de vida que pudiera confirmarle que no estaba rota del todo. Sus dedos palpaban el cuello, la muñeca, la clavícula y, finalmente, levantó la cabeza hacia Jack.
—Pulso estable —dijo en un susurro táctico, con el comunicador pegado al pecho—. Está inconsciente, pero bien.
Jack asintió y se inclinó con cuidado hacia ella, colocándole una mano bajo la nuca y la otra sobre la mejilla.
—Emma Carter… mírame. Emma, estás a salvo.
Ella no reaccionó. Jack negó con la cabeza hacia Ethan, un gesto breve de frustración contenida, pero justo entonces los párpados de Emma temblaron y se abrieron.
Sus ojos encontraron los de ellos, aunque los dos pudieron detectar el miedo en su mirada y cómo comenzaba a temblar, sin comprender lo que estaba ocurriendo.
Jack le aguantó la mirada, suave pero autoritario.
—Tranquila —susurró—. Somos soldados estadounidenses. Estamos aquí para sacarla de este lugar. No está sola.
El terror en su mirada no cedía, pero parecía buscar alguna ancla en su voz. Entonces, en un hilo apenas audible, Emma murmuró.
—Tom… —sollozó.
Jack supo a quién llamaba, pues ya le habían informado en el briefing de que su compañero había sido ejecutado.