7 #2
El recuerdo se disolvió con la misma rapidez con la que había llegado, dejando detrás una presión incómoda en el pecho. Apretó la mandíbula y obligó a su mente a volver al presente. Emma no era un recuerdo ahora, era un objetivo.
Levantó el puño y el equipo se detuvo al instante.
Habían llegado.
No entraron directamente, nunca lo hacían.
Se deslizaron hasta un punto elevado, una pequeña loma rocosa desde la que se dominaba la zona sin exponerse.
El terreno ofrecía sombras irregulares, restos de muros derruidos y chatarra oxidada que servían de cobertura natural.
Se agacharon, casi fundiéndose con el paisaje, y comenzaron a observar.
Jack se tumbó boca abajo con los prismáticos en la mano.
Delante de ellos, a unos cientos de metros, se extendía el complejo: edificaciones bajas, muros levantados a medias, una antigua nave industrial reutilizada con luces escasas y mal distribuidas. Demasiado silencio para ser casual.
—Tengo dos guardias al este —susurró Alex Turner por el comunicador—. Armados. Patrón de movimiento corto.
—Confirmo uno más al sur —añadió Daniel Miller—. Parece fijo. No patrulla.
Jack asintió despacio.
—No improvisan. Siguen rutina.
Mark Reynols ajustó su visor nocturno.
—Entrada principal al frente con una puerta metálica. Una secundaria por detrás, medio oculta. Esa me gusta menos.
—A mí también —murmuró Luke Donovan—. Demasiado tranquila.
Ethan, más atrás, revisaba ángulos.
—Hay perros. No los veo, pero los oigo. Dos, quizá tres.
Jack apretó los prismáticos cuando distinguió una figura moviéndose cerca de la nave principal. El corazón le dio un golpe seco, pero su voz no cambió.
—La retienen dentro —dijo con calma—. Esa estructura es el centro, no la van a tener en un edificio secundario.
—Demasiado valiosa —añadió Mark—. Coincido.
Durante varios minutos nadie habló, solo vigilaban tomando nota mental de todo: tiempos, trayectorias, luces que se encendían y apagaban y cambios de guardia.
—Cambio cada veinte minutos —susurró Daniel—. Son disciplinados… pero no brillantes.
Jack bajó un momento los prismáticos y cerró los ojos apenas un segundo.
—Bien —dijo al fin—. Entrada por el flanco oeste.
—¿La rampa de servicio? —preguntó Mark sin apartar el ojo del visor.
—Sí. —Jack volvió a levantar los prismáticos—. No hay focos fijos, solo luz intermitente. Dos guardias, no, tres, y el ángulo muerto para no ser visibles lo genera la propia estructura.
—Tiene eco —murmuró Daniel—. Pasillos duros y piedra. El sonido corre —comentó no muy seguro.
—Pero también se pierde —replicó Jack—. Hay mucho ruido ambiente: generadores, viento… nadie va a distinguir pasos si vamos pegados al muro.
Mark desplazó el dedo por el mapa plegable.
—Salida —dijo con voz susurrada—. Si todo va limpio, ¿misma ruta?
—Sí —corroboró Jack.
—¿Y si no va limpio? —intervino Daniel—. Tenemos que pensar en el helicóptero.
Jack asintió despacio.
—LZ primaria al sur. Terreno abierto, pero visible desde la azotea —contestó y resopló observando aquella zona.
—La azotea es un problema —corroboró Mark—. Si dan la alarma, se van a concentrar ahí, puede haber fuego cruzado.
—Por eso no salimos por la entrada —respondió Jack—. Salimos por la parte trasera, bajamos por el desnivel y ganamos esos trescientos metros —dijo rápidamente, con los prismáticos en los ojos.
Hubo un silencio breve.
—¿Alternativa? —preguntó Mark.
Jack señaló con la barbilla.
—Ese muro norte. Medio derruido —señaló con el dedo—. No es bonito, pero nos cubre del fuego directo. Desde ahí podemos pedir aproximación máxima.
—¿Y si el helicóptero no puede bajar tanto? —insistió Daniel.
—Entonces LZ secundaria —respondió Jack sin dudar—. Nos movemos al este entre las rocas. Es más largo y feo —bromeó—, pero viable.
Mark respiró hondo.
—Todo el edificio se va a dar cuenta de que estamos ahí.
—Sí —dijo Jack—. Y en ese momento ya no importa el sigilo. Importa el tiempo.
Daniel miró de nuevo el edificio.
—Entrar rápido. Salir más rápido —comentó bromeando.
Jack bajó los prismáticos otra vez, clavó la vista en la estructura y habló en voz baja, firme.
—No es la primera vez que hacemos algo así —recordó—. La sacamos y, luego, que arda todo lo demás.
El tiempo dejó de estirarse y empezó a comprimirse. Ya no era la espera, ahora era una cuenta atrás.
Jack hizo un gesto breve con la mano y el equipo se recogió sobre sí mismo, sombras ajustando sombras. Mark revisó el cargador por última vez y lo encajó con un golpe seco, contenido. Daniel comprobó el cuchillo en el costado y luego el arma, rutina aprendida a base de noches peores que aquella.
—Canal uno —susurró Jack.
Un clic leve en su oído.
—Te recibo —respondió Mark.
—Claro y limpio —añadió Daniel.
Jack asintió. Ajustó el auricular contra la piel, comprobó el micrófono con dos dedos y cerró un instante los ojos, escuchando solo el murmullo del viento y la respiración controlada de los otros. Todo funcionaba correctamente.
Se colocó el casco mate, sin marcas, bajándolo hasta que le cubrió bien la frente.
Después se subió la braga negra, gruesa, ocultándole la boca, la nariz y parte de las mejillas, al igual que el resto del equipo.
Solo quedaron visibles los ojos, duros, irreconocibles incluso para quien los hubiese mirado de cerca alguna vez, y se ajustó las gafas balísticas.
Miró a los demás, todos iguales, totalmente anónimos, sin nombre ni pasado. Solo hombres a punto de entrar en un lugar que no perdonaba errores.
Jack fue el primero en moverse. Se acercó al borde del punto de observación y levantó el puño cerrado.
—Vamos —susurró.