A través de la tormenta 7
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El helicóptero descendió tras una hora y cincuenta minutos de vuelo continuo, como una bestia cansada que por fin encontraba dónde posar las patas.

El ruido de las hélices seguía siendo ensordecedor, pero el piloto ya había iniciado la maniobra final.

Abajo no había luces, nada que delatara vida, solo un terreno rocoso y semiárido, irregular y duro, salpicado de pequeñas elevaciones que rompían la línea del horizonte y ofrecían la cobertura justa para no ser vistos desde lejos.

Jack sintió el cambio en la presión antes de que nadie dijera nada.

El helicóptero bajó más, casi rozando el suelo, buscando el punto exacto.

No había edificaciones, ni carreteras cercanas, y mucho menos pueblos a la vista.

Aquella zona estaba deliberadamente aislada, elegida para desaparecer en ella sin dejar rastro.

Treinta segundos.

El helicóptero tocó tierra con un golpe seco, breve y controlado y el reloj empezó a correr en la cabeza de todos.

Las puertas se abrieron de inmediato. El aire frío y polvoriento entró como una bofetada.

Jack fue el primero en saltar sin pensarlo, seguido del resto del equipo, uno tras otro, sin palabras y sin mirarse siquiera.

Las botas golpearon la roca y la arena compacta y rápidamente elevaron sus rifles de asalto con miradas rápidas al perímetro.

Cuarenta segundos.

El helicóptero nunca llegaba a detenerse, listo para huir si era necesario en cualquier momento. Cuando el último hombre estuvo fuera, las puertas se cerraron de golpe.

Cincuenta segundos.

—Nos vemos en el punto de extracción —escucharon la voz del piloto a través del auricular—. Estaré esperando.

El aparato volvió a elevarse casi de inmediato, levantando una nube de polvo que los obligó a todos a girar el cuello.

En apenas unos instantes, el ruido comenzó a alejarse, tragado por la noche, hasta convertirse en un eco lejano y después…

la nada, un absoluto silencio roto solo por el viento arrastrando arena entre las piedras.

Jack levantó la vista y se giró hacia ellos.

—Todo limpio —pronunció mirando alrededor, asegurándose de que no había ningún enemigo en el lugar.

Frente a ellos se extendía un paisaje áspero, hostil, sin refugio aparente más allá de aquellas bajas elevaciones que ahora los ocultaban.

No tenían ninguna ayuda, ninguna posible retirada inmediata.

No había segundas oportunidades. El helicóptero se había marchado y ahora estaban total y absolutamente solos en medio de la nada.

No perdieron tiempo.

Se reagruparon al abrigo de una de las elevaciones, donde el terreno caía lo justo para ocultarlos de cualquier mirada lejana. Allí comenzó la preparación para la infiltración a pie. No había prisas, pero tampoco margen para errores.

Ajustaron las mochilas con movimientos automáticos, tirando de correas y redistribuyendo el peso. Cada uno sabía exactamente dónde iba cada cosa. Armas revisadas con gestos rápidos: cargadores, seguros, miras y comunicaciones comprobadas en susurros apenas audibles.

—Canal tres, limpio —murmuró Luke, tocándose el auricular.

—Te recibo —respondió Ethan sin levantar la vista del arma—. Como siempre, tu voz es música.

Luke negó con una mueca.

—Algún día te voy a dejar sin radio solo para ver cómo lloras.

Alex soltó una exhalación que rozó la risa mientras ajustaba su chaleco.

—Si empezáis a pelearos ahora, avisad. Así me coloco lejos.

Daniel comprobó el perímetro una última vez antes de volverse hacia ellos.

—Quince minutos y seguimos. El frío va a ir a peor.

Era cierto. El frío nocturno se colaba sin pedir permiso, atravesando la ropa poco a poco e instalándose en los huesos.

El suelo bajo sus botas era duro, mezcla de piedra y arena compacta, irregular y traicionero si no se miraba bien dónde pisar.

Apenas había vegetación, solo alguna mata seca, arbustos bajos y nada que ofreciera refugio real.

Jack los observó uno a uno mientras terminaban el chequeo silencioso. No tuvo que decir nada, aun así, Mark se acercó un paso, lo justo.

—Todo el equipo está bien, como siempre —le susurró.

Jack asintió.

—Lo sé.

—Y como siempre… salimos todos —pronunció Mark ladeando su cabeza.

Jack sostuvo su mirada un segundo más.

—Como siempre —repitió él—. Nadie se queda atrás —murmuró casi como un mantra.

—Nunca —añadió Alex.

Quince minutos después todo estaba listo. No quedaba nada suelto, nada sin comprobar. Solo quedaba avanzar.

La marcha comenzó sin una sola palabra.

Jack levantó el puño y el grupo se puso en movimiento, fundiéndose con la noche, una sola sombra compuesta por seis hombres que no caminaban juntos por obligación, sino porque eran familia.

Avanzaron en fila, uno tras otro, como una línea oscura que se deslizaba en la noche. El ritmo era constante, medido, sin prisas visibles y sin pausas innecesarias. Cada paso estaba calculado.

Tenían por delante entre seis y ocho kilómetros, una distancia que no parecía excesiva sobre el papel, pero que en aquel terreno se convertía en una prueba de resistencia y nervios.

Durante el primer tramo, el desierto se abrió ante ellos como un mar muerto.

Ondulado, casi infinito, sin apenas refugio.

El suelo crujía bajo las botas con un sonido seco que parecía demasiado alto en medio del silencio.

No había sombras donde esconderse, solo pequeñas elevaciones que rompían la línea del horizonte y ofrecían un amparo mínimo.

De vez en cuando, Jack alzaba el puño y el grupo se detenía.

Escuchaban y observaban y, poco después, seguían.

El paisaje comenzó a cambiar de forma sutil, casi imperceptible al principio.

Las dunas dieron paso a estructuras olvidadas, esqueletos de hormigón que emergían de la oscuridad. Edificaciones abandonadas, naves industriales y ruinas de lo que alguna vez tuvo sentido.

Las sombras se multiplicaron, volviéndose traicioneras. Cada esquina podía ocultar una amenaza. Cada hueco negro, una mirada.

El grupo avanzaba pegado a los muros, deslizándose entre restos de hierro oxidado y paredes resquebrajadas, atentos al más leve sonido.

Y entonces llegaron al último tramo.

El aire se volvió más pesado, cargado de algo que no se veía, pero se sentía en la piel.

Aquella era ya una zona densa, cercana a territorios controlados por milicias.

Caminos de tierra marcados por ruedas antiguas, restos de muros derruidos, chatarra acumulada y vehículos calcinados que parecían advertencias silenciosas.

El peligro dejó de ser una posibilidad abstracta para convertirse en una presencia constante.

Había patrullas moviéndose en la oscuridad.

Perros, cuyos ladridos lejanos helaban la sangre.

Vigilantes armados ocultos en puntos elevados, atentos a cualquier movimiento fuera de lugar.

Aquí, cada paso podía ser el último error.

Jack lo sabía y, aun así, siguieron avanzando, porque al final de aquella marcha, tras dos horas de tensión sostenida, los esperaba una mujer atemorizada, una mujer a la que iban a ejecutar por no conseguir sus objetivos.

Y nada, ni la noche ni los hombres que la reclamaban como suya, iba a impedirles llegar hasta ella.

Alzó el puño y todos se situaron frente a una estructura, agachándose, asegurándose de que nadie vigilaba la zona y podían pasar totalmente desapercibidos.

Inspiró hondo y tragó saliva mientras echaba una ojeada rápida al cielo, todo cubierto de estrellas.

Era de noche. El instituto había quedado atrás, el mundo parecía pequeño y silencioso, y estaban tumbados sobre una manta en una colina baja, lejos de las luces, mirando un cielo tan limpio que las estrellas parecían al alcance de la mano.

El aire era fresco y olía a tierra y hierba seca.

Emma tenía los brazos cruzados sobre el pecho, como si no supiera muy bien qué hacer con ellos, y hablaba en voz baja, señalando constelaciones que apenas reconocía.

—Creo que esa es la Osa Mayor… ¿no? —dijo dudosa.

Jack giró la cabeza para mirarla, no al cielo, sino a ella.

—Puede ser —respondió con una sonrisa—. Pero creo que estás mirando al revés.

Emma rio bajito, avergonzada.

—Siempre me confundo.

Hubo un silencio cómodo, de esos que no pesan.

Jack apoyó un codo en la manta y se incorporó un poco, mirándola con una intensidad que ella notó enseguida. Emma bajó la mirada.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, casi en un susurro.

Jack no se escondió. Nunca supo hacerlo con ella desde que había aceptado ir al cine por primera vez.

—Que me gustas… —dijo simplemente—, mucho.

Emma tragó saliva.

—Jack… —murmuró—. Yo…

Él no esperó a que terminara. Se inclinó hacia ella con una seguridad que contrastaba con el temblor leve que recorría su pecho. Le sostuvo la mejilla con cuidado, como si Emma fuera algo frágil, algo que podía romperse si no era delicado.

La besó. Fue un beso lento, torpe y sincero, bajo un cielo lleno de estrellas que parecían observarlos en silencio. Emma se quedó quieta al principio, sorprendida, sin saber dónde poner las manos. Luego, con timidez, apoyó la frente en la de Jack cuando se separaron apenas unos centímetros.

—Es mi primer beso —confesó ella.

Jack sonrió, apoyando su nariz en la de ella.

—Mmm… no el mío —respondió sincero. Ella abrió los ojos al máximo y golpeó su hombro levemente, aunque divertida—. Pero sí el mejor.

Emma levantó por fin la mirada con los ojos brillantes, y sonrió de esa forma tan suya, pequeña y luminosa, como si el mundo acabara de descubrir algo precioso mientras las estrellas se reflejaban en sus ojos.

Jack bajó la mirada del cielo de golpe, como si aquellas estrellas pudieran delatarlo.

No era momento para recordar, debía mantenerse totalmente frío, no debía dejar que los sentimientos se adueñasen de su mente o perdería precisión, y allí cualquier error se pagaba con sangre.