A través de la tormenta 5
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La mañana había llegado con una claridad engañosa, casi amable.

Emma se ajustó la mochila sobre los hombros y respiró hondo, como si aquel gesto pudiera sellar todo lo vivido. En breve estarían en casa.

Primera parada, Jordania, y luego directos a Nueva York con un testimonio que, posiblemente, cambiaría la percepción del mundo.

Tom le dedicó una sonrisa cansada, de esas que nacen del miedo superado y de la promesa de algo mejor al otro lado. Había sido duro, muy duro, pero había merecido la pena.

Podrían ayudar a toda aquella gente o, al menos, que su voz se escuchase como era debido.

—Ya queda poco —susurró Tom colocando la mochila también a su espalda—. Khalid debe de estar a punto de llegar

Emma se removió nerviosa. Quería salir ya de allí.

Entonces lo oyeron.

Un motor acercándose despacio, levantando polvo en la calle.

Emma levantó la cabeza de golpe con el corazón dándole un vuelco.

—Es él —susurró con una sonrisa que no pudo contener—. Ya viene.

Tom asintió, y en sus ojos brilló algo parecido a la esperanza.

—Al fin a casa —dijo en voz baja—. Lo hemos conseguido, Emma. Ese testimonio… todo ha merecido la pena —acabó emocionado.

Ella iba a responder cuando el vehículo se detuvo frente a la carpintería. El silencio que siguió fue extraño, demasiado extraño. Los dos se miraron sin estar muy seguros de lo que ocurría.

De repente, no había una sola voz, sino varias, demasiadas, y hablaban muy alto, sin importarles que fuesen descubiertos.

Emma sintió cómo la ilusión se le congelaba en el pecho.

—Tom… —murmuró inquieta dando unos pasos atrás.

Él ya había entendido.

Le cogió la mano con fuerza y la hizo girar bruscamente. Comprendía perfectamente lo que ocurría. No se habían equivocado, aquella marca era una clara señal de que allí había periodistas.

La intención de Tom fue clara, quería esconderse con ella de una forma apresurada, pero no llegaron ni a dar dos pasos.

Un golpe seco y brutal sacudió la puerta metálica lanzándola hacia atrás con un ruido estrepitoso.

Cuatro hombres irrumpieron en la carpintería como una avalancha, armados con fusiles Kaláshnikov , los mismos que Emma había visto demasiadas veces colgados de hombros ajenos en aquellas calles rotas.

Sus rostros eran duros, impenetrables, y el odio parecía precederles.

Todo ocurrió en segundos.

Uno de ellos se lanzó directamente sobre Tom, provocando que soltase la mano de Emma que gritó y empujándolo contra la pared con una violencia que le arrancó el aliento. El golpe resonó en el interior del local. Tom levantó las manos de inmediato con la voz temblorosa pero firme.

—Vale, vale… tranquilos —musitó—. No queremos problemas.

Otros dos apuntaron a Emma. El frío del miedo le atravesó el cuerpo entero. Alzó las manos despacio, obediente, sintiendo cómo le temblaban los brazos. Miró de reojo a Tom, atrapado e indefenso, y una oleada de terror le cerró la garganta.

Dos hombres, con sus rostros cubiertos, elevaban sus armas hacia él y dos más hacia ella que se removía nerviosa.

—¿Periodista? —preguntó uno de los hombres con un acento marcado, situando el arma en el pecho de Tom.

Tom tragó saliva y miró de reojo a Emma, a escasos metros de él, con los brazos en alto. Sus miradas coincidieron unos segundos.

—No, no… —reaccionó él—. Turista.

Los hombres armados se miraron entre ellos con claro gesto de desconfianza.

El hombre no retiró el arma. Al contrario, la apoyó con más fuerza contra el pecho de Tom, hundiéndole la tela de la chaqueta como si quisiera marcarlo.

—¿Turista? —repitió incrédulo.

Otro de ellos ya había empezado a registrar la mochila de Tom. La volcó en el suelo sin miramientos: la cámara, los cables, la grabadora... Cada objeto caía como una acusación muda.

Tom tragó saliva y miró a Emma que permanecía totalmente paralizada con los brazos en alto.

El tercero se acercó a Emma y le arrancó la mochila de los hombros de un tirón. Ella ahogó un gemido, pero no bajó las manos.

—Y esto, ¿qué es? —escupió uno, levantando la cámara frente a Tom.

Tom sintió cómo el sudor le corría por la espalda. Forzó una risa nerviosa que murió antes de nacer.

—Fotos… viajes. Recuerdos.

El hombre del arma dio un paso más, invadiendo su espacio con su aliento cargado de polvo y tabaco.

—Mírame cuando te hablo. —Tom obedeció nervioso. Los ojos del otro eran duros, atentos, como si ya supiera la respuesta—. ¿Quién os envía?

—Nadie —respondió Tom demasiado rápido—. Estamos solos.

A unos metros, Emma veía cómo revisaban su cuaderno. Uno de ellos lo hojeó con brusquedad. Sus anotaciones, los nombres, las fechas… Emma sintió que el corazón se le detenía.

Al menos, aquel hombre no parecía entender lo que ponía ni saber inglés, el único que parecía entender algo era el que mantenía el arma contra Tom y que miraba todo esparcido por el suelo.

—Esto no es turismo —dijo el hombre girándose hacia Tom—. Esto es trabajo —pronunció apretando más el arma contra el pecho de Tom que gimió cerrando los ojos.

Emma sintió cómo su boca se secaba, no solo por el polvo levantado en la carpintería ante aquella intrusión, sino por los nervios.

—Escribo —apuntó ella con la voz rota pero firme—. Siempre escribo. Es una manía.

El hombre que hablaba inglés tendió una mano hacia el que sujetaba el cuaderno para que se lo diese. De nuevo, Emma y Tom aprovecharon ese instante en el que el guerrillero revisaba el cuaderno para mirarse asustados. Finalmente, el hombre lanzó el cuaderno al suelo con brusquedad y asco.

—Tú mientes mal. —El arma se separó del pecho de Tom solo para subir, lenta y deliberadamente, hasta su cuello—. Última vez —dijo el guerrillero—. ¿Periodista?

Tom volvió a mirar a Emma apenas un segundo. Lo suficiente para entender que ya no importaba lo que dijera. Tragó saliva.

—No —insistió él.

El golpe llegó antes de que pudiera terminar la frase. Un culatazo en el costado lo lanzó contra la pared de nuevo.

—¡Tom! —gritó ella, pero otro fusil apuntó en su dirección, obligándola a callar.

—Basta —ordenó uno de ellos en su idioma—. Nos los llevamos.

El hombre señaló a Emma y a Tom.

—¿Qué? —gritó Tom—. No, no… esperad, podemos hablar —suplicó mientras lo estrellaban contra la pared y situaban sus brazos a la espalda.

—Tom —gimió ella mientras la cogían por los hombros y otro hombre ataba sus manos a la espalda.

El miedo ya no era una amenaza: era una certeza, pesada y asfixiante.

—Turistas, turistas… —repetía Tom—. Nos gusta documentar, pero somos turistas. Es para nosotros —dijo mientras lo cogían de un brazo y comenzaban a arrastrarlo fuera de la carpintería. Se giró y miró hacia atrás, observando cómo a Emma la arrastraban detrás de él en la misma dirección.

Los metieron de malos modos en la furgoneta de color gris oscuro, sin miramientos, y la puerta se cerró de golpe tras ellos, con un estruendo metálico que resonó como una sentencia. El interior de la furgoneta olía a gasóleo y a sudor viejo.

Tom perdió el equilibrio y chocó con el costado. Emma cayó a su lado. Se miraron unos segundos asustados mientras abrían las puertas traseras y metían las mochilas de ellos. Tom miró a Emma, la cual tenía todos sus rasgos tensos, suponía que igual que él.

Tom parecía desesperado.

—Turistas… —repitió de nuevo.

—¡Calla! —gruñó uno de los hombres desde fuera, antes de golpear la chapa con la culata del arma.

Uno de los hombres se sentó en el asiento del conductor y otro a su lado, en el del copiloto, mientras los otros dos restantes entraban al maletero junto a las mochilas de ellos, aunque directamente los apuntaron con sus armas por encima de los asientos.

El motor arrancó con un bramido áspero. La furgoneta se puso en marcha de inmediato sin darles tiempo a nada más. Cada bache los hacía chocar entre sí, y Tom, como pudo, buscó a tientas la rodilla de Emma con la suya, un contacto mínimo, desesperado, para recordarle que seguía allí.

—Estoy aquí —murmuró casi sin voz.

Emma respiraba deprisa, demasiado. Intentó acompasar la respiración, cerrar los ojos, no pensar en hacia dónde los llevaban.

Fuera, las voces de los hombres y los disparos de ametralladoras se mezclaban con el traqueteo del vehículo.

Entre ellos hablaban rápido, con un tono seco y sin risas, sin poder comprender nada de lo que decían.

El copiloto que hablaba inglés se giró hacia ellos.

—Si mentís otra vez —dijo despacio—, no llegaréis a ningún sitio.

La furgoneta aceleró por aquellas calles mal asfaltadas.

Emma apretó los dientes, sintiendo cómo el miedo le bajaba por la espalda, frío y constante. Pensó en Khalid, en el aeropuerto, en la promesa de volver a casa. Todo eso parecía ahora otra vida, una vida lejana e ingenua.

El vehículo se internó en calles cada vez más estrechas, luego en un silencio distinto.

Emma comprendió entonces que ya no se trataba solo de sobrevivir, se trataba de resistir sin romperse, de no decir nada que los condenara. A su lado, Tom seguía repitiendo que eran turistas, casi como un mantra, en un susurro obstinado, como si fuera un salvavidas.

—Turistas… solo turistas.

El trayecto se alargó en el tiempo.

La furgoneta avanzaba a trompicones, girando bruscamente de vez en cuando.

Emma intentó contar los segundos, luego los giros, pero pronto perdió la noción. Cada sacudida le recordaba que ya no tenían control sobre nada. Estaban totalmente a merced de aquellos hombres.

Tom tenía la mandíbula tensa, con los labios apenas moviéndose mientras seguía murmurando la misma mentira, una y otra vez, como una plegaria rota.

Emma apoyó el hombro contra el suyo para mirarlo.

Tom abrió los ojos y la miró. Pudo ver el miedo reflejado en sus ojos.

Ambos eran conscientes de lo que les ocurriría si no jugaban bien sus cartas.

Con ellos no debía haber titubeos; tampoco había que fingir.

Debían ser impasibles, seguros de sí mismos.

Minutos después, la furgoneta frenó de golpe.