5 #2
El silencio que siguió fue peor que el ruido. Fuera se escucharon pasos, voces que discutían brevemente y una risa corta, seca, que heló la sangre de Emma. La puerta trasera se abrió de golpe y el polvo entró como una bofetada.
—Fuera —ordenó uno de ellos, agarrando a Tom del brazo.
Lo bajaron primero a él, empujándolo sin cuidado. Emma intentó incorporarse, pero otro hombre la tomó del pelo y la obligó a levantarse de un tirón, ni siquiera se atrevió a quejarse. El suelo bajo sus pies era irregular, de tierra y grava. El aire olía distinto allí: a pólvora y a lugar cerrado.
Se encontraban dentro de un amplio garaje, donde la iluminación provenía de una bombilla colgada de un cable en el techo que se balanceaba suavemente. No parecía un lugar improvisado.
A un lado, varias mesas metálicas estaban cubiertas de mapas doblados y papeles escritos a mano.
Marcadores, brújulas y linternas descansaban sobre ellos.
En otra esquina, sillas de madera desgastada formaban un semicírculo frente a un tablero lleno de nombres y anotaciones, algunas tachadas, otras subrayadas con rabia.
Pero lo que más llamó la atención de Emma fueron las armas.
Fusiles apoyados en las paredes, cargadores sobre las mesas, cinturones con pistolas y granadas.
Todo organizado con una precisión inquietante, como si cada objeto tuviera su propósito y su dueño asignado.
Había estantes con cajas de munición, chalecos antibalas colgados de ganchos improvisados y un pequeño equipo de comunicación, radios con auriculares y antenas dobladas.
Cada rincón parecía pensado para vigilar, controlar y planear.
Emma observó las esquinas, rincones oscuros donde podían esconderse observadores, pasadizos para moverse sin ser vistos y hasta una pequeña puerta al fondo que parecía conducir a una habitación más privada, quizá para interrogatorios o reuniones estratégicas.
Al mirar alrededor comprendió que aquel lugar no era solo un escondite, era un centro de operaciones. Todo estaba calculado: la posición de las armas, las rutas de escape y la distribución del espacio.
La guerra no estaba fuera, estaba allí dentro, en cada mesa, en cada arma, en cada sombra que se movía a su alrededor.
—¿Aquí? —preguntó uno de los hombres en voz baja, el que arrastraba a Tom y parecía estar al mando de aquella milicia. Lo empujó contra la pared, golpeándose Tom contra el muro.
Tom buscó a Emma. Aquello no tenía buena pinta, y ambos eran conscientes de ello. Emma fue empujada con la misma fuerza con la que lo habían hecho con Tom. Este dio un paso al lado para situarse cerca de ella, como si el estar los dos juntos les hiciese sentirse más fuertes y protegidos.
—Somos turistas —repitió, ya sin convicción, como si hubiese perdido toda esperanza—. No tenemos nada de valor.
Uno de los hombres soltó una carcajada breve mientras se acercaba a ellos. El resto de los hombres le hicieron un pequeño pasillo para que se acercase a ellos. Estaba claro quién mandaba allí.
—Todos dicen eso. —Los señaló con un movimiento de cabeza—. Registradlos.
Los registraron con calma e interés. Ni siquiera podían moverse, pues permanecían atados con las manos en la espalda y, aunque hubiesen podido, tampoco lo hubiesen hecho.
Cuando uno de ellos sacó una de las tarjetas de memoria del bolsillo de Tom, el tiempo se detuvo.
Emma sintió cómo se le encogía el estómago. Tragó saliva mirándolo de reojo y recordó que ella llevaba la misma tarjeta en el bolsillo delantero de su camisa. Por suerte, la tarjeta de memoria era pequeña y no le habían tocado por los pechos.
El hombre la sostuvo entre los dedos, girándola, observándola como si fuera una prueba viva. Miró a Tom y luego a Emma.
—Esto no es de turistas —dijo el hombre despacio.
Nadie gritó ni golpeó… y eso fue lo peor porque, en ese instante, Emma comprendió que el verdadero peligro acababa de empezar.
Contuvo la respiración y cerró los ojos unos segundos, intentando mantener la mente fría.
El hombre depositó la tarjeta sobre la mesa y miro a Emma directamente.
Emma se quedó paralizada, con las manos aún atadas detrás de la espalda, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas como un tambor. Tom estaba a su lado, rígido, respirando con fuerza, controlando cada movimiento como si contuviera un volcán dentro de sí.
—Podéis quedárosla… es todo de uso personal. No somos periodistas —insistió él.
Uno de los hombres se inclinó hacia Tom, apoyando la culata del fusil contra su hombro. Tom tragó saliva, incapaz de apartar la mirada de los ojos del agresor. Cada segundo que pasaba le parecía una eternidad.
Emma sentía que la cabeza le daba vueltas. Pensó en Khalid, en el punto B, en cómo todo lo que habían planeado podía desmoronarse en un instante.
¿Cómo podían estar ahí, en medio de la ciudad, rodeados de hombres armados que no tenían nada que perder?
El hombre le dio un golpe leve en el hombro con la culata del arma.
—Desatadlos —ordenó.
Emma y Tom se miraron de reojo. No sabían qué pensar de aquello. ¿Los iban a liberar? Quizá solo les quitarían las cosas y los dejarían ir. Quizá no los harían rehenes.
Cuando les desataron, Emma comenzó a masajearse las muñecas, aunque al ver que seguían apuntándolos con las armas supo que eso no iba a ser así.
Otro de los hombres comenzó a registrar sus mochilas con brusquedad, sacando cámaras, cuadernos y cables.
Emma escuchó cómo alguien hablaba en un idioma que no entendía, pero el tono era claro, amenazante. Su instinto le gritaba que cualquier palabra, cualquier movimiento, podía desencadenar algo terrible.
Estaba claro que no podían engañarlos.
Un segundo después, Tom fue empujado brutalmente contra el muro.
—¡Tom! —gritó con voz temblorosa. Al instante, uno de los hombres levantó el fusil apuntándola a ella y un frío paralizante le recorrió todo el cuerpo—. No… no hagáis nada… —suplicó—, por favor.
Emma lo comprendió con una claridad aterradora: ya no eran turistas ni testigos, eran prisioneros, y su única opción ahora era sobrevivir a cada instante, a cada respiración, a cada mirada de aquellos hombres armados que controlaban su destino.
El hombre que parecía mandar se acercó despacio, sin prisa, como si el tiempo jugara a su favor. Vestía de negro, con una barba oscura y los ojos fríos, demasiado atentos. Se detuvo frente a ellos y los observó unos segundos en silencio, dejando que ese silencio pesara más que cualquier grito.
—¿Creéis que soy idiota? —preguntó por fin, con una voz baja y áspera.
Emma negó con la cabeza de inmediato, con la respiración entrecortada.
—No… no… —negó de los nervios gesticulando con su cabeza.
Tom hizo lo mismo, forzando la calma.
—No, señor.
El hombre ladeó la cabeza, como si aquella respuesta le resultara casi divertida. —Entonces —continuó—, decidme… ¿por qué seguís mintiendo?
No les dio tiempo a responder. Uno de los hombres que custodiaba a Tom le atizó un golpe seco en el estómago. El aire abandonó sus pulmones de golpe y cayó de rodillas, doblándose sobre sí mismo con un gemido ahogado.
—¡Tom! —gritó Emma, intentando avanzar.
Dos manos la sujetaron con fuerza por los brazos, clavándola en su sitio. Otro de los hombres levantó el fusil y apoyó el cañón contra la sien de Tom, el cual jadeaba en el suelo, incapaz de incorporarse.
—¡Nooo! —gritó Emma, un grito roto y desesperado, mientras se debatía inútilmente. Los hombres que la retenían rieron, una risa calculada y cruel, como si aquella escena les resultara familiar… como si se alimentaran del miedo ajeno—. ¡Por favor! —suplicó ella con voz quebrada—. ¡Por favor, no!
El jefe de la milicia la miró con una calma aterradora, disfrutando de cada segundo.
—Mirad —ordenó señalando la cámara con un leve gesto—. Mirad qué hay ahí dentro.
Emma gimió, sintiendo cómo el estómago se le hundía. Sabía lo que encontrarían. Sabía que, en el momento en que tocaran esa cámara y viesen el vídeo, todo terminaría.
Cerró los ojos un instante, con el corazón golpeándole el pecho con violencia. Ya no había escapatoria, no para ellos.
—Vamos a intentarlo otra vez —dijo el jefe con una sonrisa malvada.
Uno de los hombres lanzó una patada contra el costado de Tom. El golpe fue seco. Otro impacto le siguió, haciéndolo rodar un poco sobre el suelo.
—¡Para! —gritó Emma, forcejeando—. ¡Por favor, basta!
—Respóndeme tú —continuó el jefe. Se acercó despacio, quedando frente a ella—. ¿Sois periodistas… o turistas?
Emma tragó saliva.
—Turistas —susurró—. Ya lo hemos dicho…
Una risa breve recorrió la sala.
—Turistas… —repitió él en un tono burlón y miró al hombre que golpeaba a Tom para que le propiciase otra patada—. Qué raro. Los turistas no suelen venir con cámaras profesionales.
Tom gimió en el suelo, intentando incorporarse sin éxito, con la cara roja de aguantar los golpes y no poder respirar.
—¿Periodistas? —insistió el jefe alzando un poco la voz frente a ella.
—No —repitió Emma casi sin voz, aunque con la mirada firme—. No somos periodistas.
—Jefe —lo interrumpió un hombre de la milicia en su idioma para que se acercase.
Ella tragó saliva al observar que el hombre observaba lo que había grabado en la pequeña pantalla de la cámara.
Ya no había escapatoria. Emma comenzó a llorar mirando a Tom, el cual respiraba con dificultad mientras se encontraba encogido sobre el suelo.
Ambos fueron conscientes de que estaban viendo la entrevista que habían realizado. La mirada de Emma se clavó en Tom. Ambos sabían lo que iba a ocurrir.
Emma no pudo evitar que una lágrima resbalase por su mejilla cuando el jefe alzó la mirada hacia ella y dio unos pasos amenazantes en su dirección.
—¿No? —preguntó con un tono terrorífico. Señaló la cámara con el dedo—. Entonces esto… ¿qué es?, ¿un recuerdo de vacaciones?
Emma negó con la cabeza, desesperada.
—Por favor…
—Última vez —dijo el jefe, endureciendo el tono. Se inclinó hacia ella mientras esperaba respuesta por su parte, aunque ya no hacía falta, estaba claro quiénes eran—. ¿Periodistas… o turistas? —Su tono sonó irónico y amenazador.
Emma ya no podía hablar. El miedo la había roto por dentro, le había arrancado cualquier atisbo de voz.
Sabía que decir quiénes eran solo aceleraría lo inevitable, aunque en el fondo comprendía que ya lo sabían.
Todo estaba escrito en aquellas imágenes, en aquellas palabras grabadas que ahora les pertenecían.
El jefe la observó en silencio, esperando una respuesta que no llegó. Emma bajó la cabeza con los hombros sacudidos por un llanto silencioso y derrotado. No pidió perdón. No mintió más. Simplemente se rindió.
Él se dio la vuelta. Emma alzó la mirada justo a tiempo para verlo caminar hacia Tom.
El mundo pareció encogerse.
Se agachó a su lado con parsimonia, como si aquel gesto fuera parte de un ritual que conocía bien. Tom seguía en el suelo, respirando con dificultad y con el cuerpo tenso, pero consciente. El arma descendió lentamente hasta apoyar el frío metal contra su sien.
Emma sintió que el corazón se le detenía.
—No… —susurró primero, y luego gritó—. ¡No, por favor! ¡Por favor, no lo haga!
El hombre levantó la vista hacia ella y sonrió. No había prisa. No había rabia. Solo una calma cruel.
—Habéis entrado donde no debíais —dijo. Señaló la cámara y el portátil—. Todo esto es mío. Mi territorio. Lo que se graba aquí… se queda aquí.
Emma comprendió entonces que no había negociación posible.
Tom giró lentamente la cabeza. Buscó sus ojos entre el caos, entre las sombras y las armas, y cuando la encontró, su mirada había cambiado. Ya no había miedo, solo una serenidad imposible.
—Tranquila —susurró—. No pasa nada. Todo irá bien.
Emma negó con la cabeza, sollozando, incapaz de respirar, comprendiendo que aquello era su despedida.
—No… no… —lloró desesperada.
El disparo sonó seco y, en ese momento, se le rompió el corazón.
El grito de Emma rompió el aire del local, desgarrador, animal e imposible de contener. Se lanzó hacia delante con una furia nacida del dolor, como si pudiera arrancarle la vida al hombre que había apretado el gatillo con sus propias manos.
—¡Nooo!
No llegó lejos. Dos hombres la sujetaron por los brazos, inmovilizándola mientras ella se retorcía, gritaba su nombre una y otra vez, con la garganta hecha pedazos, y los hombres reían por su reacción.
El jefe se incorporó despacio. Miró el cuerpo de Tom un segundo más, sin emoción alguna, y luego señaló a Emma.
—Llevadla —ordenó.
Con un gesto de la mano indicó el pasillo oscuro al fondo del edificio que conducía a unas escaleras.
Emma fue arrastrada entre gritos y lágrimas mientras el eco de su dolor quedaba suspendido en el aire, mezclado con el olor a metal y pólvora.
Mientras la arrastraban por el pasillo, el dolor dejó de ser solo pérdida y se transformó en algo más frío, más primario.
El miedo ocupó todo el espacio que había dejado Tom, aplastando cualquier otro pensamiento o emoción.
Ya no lloraba solo por él, sino por la certeza brutal de que aquello no había terminado, de que su historia aún no había llegado a su final.
Cada paso la alejaba más del cuerpo de su amigo y la acercaba a su propio destino.
Y en esa oscuridad comprendió, con una claridad insoportable, que sería la siguiente.
Así, mientras la oscuridad la engullía, Emma entendió que en Siria no solo se mataba a personas…, también se asesinaba la esperanza.