A través de la tormenta 4 #2
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Se quitó la mochila y la dejó en el suelo. Luego fue hasta la entrada principal y cerró la puerta con cuidado, asegurándola todo lo posible.

—Será mejor cubrir las ventanas —añadió él, volviéndose hacia ella—. Cuanta menos luz, mejor.

Emma asintió. Juntos revisaron las bolsas que Khalid les había dejado: mantas, comida enlatada, agua y un pequeño generador. Todo lo necesario para resistir un par de días. Lo justo e imprescindible.

Cuando terminaron, se sentaron en el suelo, apoyados contra la pared, compartiendo el silencio roto solo por los ruidos lejanos de la guerra. Con un poco de suerte, en unos días estarían volviendo a casa, llevando consigo aquel testimonio tan duro y tan necesario.

Pero Alepo no entendía de suerte. Y ambos lo sabían.

La primera noche fue un infierno.

En la carpintería, los sonidos de la guerra no llegaban amortiguados como en la casa segura. Allí eran más nítidos y cercanos. Cada explosión hacía vibrar las paredes, cada ráfaga de ametralladora parecía atravesar la oscuridad y colarse bajo las mantas.

Hicieron turnos de nuevo, pero cuando les tocaba dormir era imposible. Tenían todo el rato el cuerpo rígido y el corazón desbocado, contando segundos entre detonaciones, preguntándose si la siguiente sería demasiado cerca.

Khalid lo había advertido: esa zona era más peligrosa. Ahora lo entendían de verdad.

Al amanecer, con la luz gris filtrándose entre las rendijas que habían cubierto como habían podido, el cansancio pesaba como una losa.

Tom preparó algo de comida en silencio y durante unos minutos casi lograron engañarse pensando que lo peor había pasado. Hasta que Emma lo vio.

—¿Qué es eso? —preguntó poniéndose en pie poco a poco.

Tom la miró sin comprender.

—¿El qué?

Ella se acercó lentamente al cristal de la ventana de la carpintería. Una marca color rojo, como si se tratase de una equis, estaba pintada en este.

Se quedó paralizada, observándola, y se giró hacia Tom.

—¿La habías visto antes?

Tom se levantó poco a poco, con todos los músculos en tensión.

—No… no lo recuerdo —pronunció y tragó saliva.

Los dos lo comprendieron. Podía tratarse de una marca que señalara que estaban allí escondidos.

—No recuerdo si estaba aquí cuando llegamos —pronunció ella también con voz temblorosa.

Ambos se miraron durante unos segundos, con el polvo suspendido en aquel momento en el interior de la carpintería como único espectador.

El miedo los golpeó de lleno.

Se miraron sin hablar, sabiendo que algo no encajaba. ¿Los habían seguido? ¿Alguien sabía que estaban allí?

Emma sintió un frío recorrerle la espalda al pensar en la entrevista, en las tarjetas de memoria, en todo lo que llevaban consigo, en lo que aquello podía significar.

—No podemos arriesgarnos a salir —susurró Tom sin apartar la mirada de aquella marca roja en el cristal.

Emma fue hacia su mochila y sacó el teléfono, pero no había señal. No podían contactar con Khalid. No podían pedir ayuda y salir de la carpintería no era una opción: sin Khalid, se perderían en la ciudad, y si no estaban allí cuando él llegara, no los podría llevar al aeropuerto.

—¿Qué hacemos? —preguntó Tom. Emma apretó los labios con todos sus músculos en tensión y negó con la cabeza. Tom intentó calmar los ánimos—. Puede que ya estuviese —pronunció, aunque estaba claro por su tono de voz que no estaba seguro y que también sentía terror.

Unas voces a los lejos casi los hizo gritar de terror.

Emma se quedó paralizada, pero no Tom que reaccionó de inmediato, la tomó del brazo y la llevó rápidamente a la habitación donde se encontraban los colchones, escondiéndose ambos tras la puerta.

Sus respiraciones se detuvieron cuando escucharon a dos personas pasar frente a la carpintería. Sintió la mano de Tom tomando la suya. Intentaba darle el valor suficiente para aguantar allí quieta, sin moverse ni ceder al pánico.

Emma tragó saliva y miró de reojo a Tom que había cerrado los ojos y parecía estar implorando a Dios el no ser descubiertos. ¿Y si aquella señal era nueva y marcaba el lugar donde ellos se encontraban?

Por suerte, aquellas voces desaparecieron poco a poco y, finalmente, pudieron recuperar el aliento.

—¿Se han ido? —preguntó ella con un hilo de voz.

—Creo que sí.

Tom se asomó desde detrás de la puerta para observar la sala más grande.

—No —le susurró ella para que se estuviese quieto.

Tom se movió lentamente, casi de puntillas, dirigiéndose a la sala grande y acercándose a la puerta. Habían cubierto parte de las ventanas con las mantas. Observó a través de la zona caída, donde se veía la marca roja, y no le pareció ver movimiento fuera.

—Creo que no hay peligro —susurró.

Emma inspiró hondo y salió de la habitación poco a poco, observando aquella ventana igual que él. Si pudiese recordar si aquella marca estaba antes de llegar, todo sería diferente.

Cuando cayó la tarde, seguían allí, vivos y a salvo…

al menos en apariencia, pero la calma no les trajo alivio, sino una duda inquietante que no los abandonaba: algo había pasado, algo extraño, y aunque no podían verlo ni explicarlo, ambos supieron que aquella carpintería ya no se sentía como un refugio, sino como un lugar observado.