4
Salieron del edificio uno a uno. Khalid fue el primero, asomándose apenas por la puerta antes de abrirla del todo. Observó la calle durante unos segundos eternos y, finalmente, les hizo una seña rápida con la mano.
El aire exterior era más frío, más denso, cargado de polvo y de ese olor metálico que parecía incrustado en cada rincón de Alepo. La ciudad estaba inquietantemente silenciosa, como si supiera que algo importante acababa de suceder dentro de aquellas paredes.
—A partir de aquí no iremos juntos —murmuró Khalid sin levantar la voz.
Tom apretó la mano de Emma un segundo más de lo necesario. No era una despedida, pero se parecía demasiado. Emma le sostuvo la mirada, obligándose a memorizar su rostro, como si algo dentro de ella supiera que no volverían a verse hasta que todos estuvieran a salvo… si es que llegaban a estarlo.
—Escuchad bien —añadió Khalid, mirándolos por fin—.
Punto B. Una antigua carpintería abandonada, al oeste del barrio.
Fachada verde, puerta metálica medio caída.
Nadie entra allí desde hace años… por eso es segura.
Allí nos reuniremos los tres. —Miró en aquella dirección—.
Dos calles recto, giro a la izquierda, luego callejón estrecho —dijo y, acto seguido, miró a Tom—.
Si te siguen, no corras. Encuentro en punto B.
Tom asintió, concentrado.
—¿Qué hay dentro?
—Colchones, agua, algo de comida —respondió Khalid—. Solo lo imprescindible. Nada que llame la atención. En dos días, si todo sigue tranquilo, os llevaré al aeropuerto. De noche.
Emma sintió un vuelco en el estómago. Dos días más en Siria. Dos días sobreviviendo a base de sombras y silencios.
—Si algo va mal antes de llegar —continuó Khalid—, no volváis atrás. Nunca. Punto B es la única referencia. Si no llegáis antes del anochecer… no os esperéis.
Ese “no os esperéis” cayó como una losa.
—Recuerda —susurró Tom inclinándose hacia Emma—. Dos calles recto, giro a la izquierda, luego callejón estrecho. Si te siguen, no corras. Punto B.
Emma asintió, incapaz de responder con palabras.
Khalid dio un paso atrás y marcó direcciones distintas con gestos secos.
—Tom, tú por allí. Emma, conmigo hasta el cruce donde hay una mujer. Luego cada uno solo.
Avanzaron unos metros juntos. El sonido de sus pasos parecía demasiado alto, como si la ciudad pudiera delatarlos en cualquier momento.
Emma notaba el corazón golpeándole con fuerza en el pecho.
La tarjeta de memoria estaba en su bolsillo, así que abrochó su pequeño botón.
Si necesitaba correr, era posible que se le cayese y no quería perderla.
Al llegar al cruce, Khalid se detuvo.
—Desde aquí —dijo en voz baja—, estáis solos. Caminad como si pertenecierais a este lugar. El miedo se nota.
Emma levantó la vista hacia la mujer que se acercaba. La mujer le entregó un nicab y la instó a ponérselo, un velo islámico negro que le cubriría el cabello, casi todo el rostro y parte de los hombros.
—Gracias… gracias por todo —comentó Tom.
—Nos vemos luego —respondió Khalid.
Khalid no sonrió. No había espacio para eso. Solo asintió una vez y se perdió entre las sombras, tan rápido como si nunca hubiera estado allí.
Emma miró a Tom y, sin esperarlo, la mujer tiró de su brazo llevándola por una calle contigua, dejando a Tom solo.
Supuso que debía de sentir miedo, pero no lo aparentaba.
Se miraron unos segundos hasta que, finalmente, Tom respiró hondo y siguió caminando hacia delante, sin mirar atrás.
Emma miró a su lado, a aquella mujer que permanecía a su lado mirando al frente, sin hablar con ella. Al menos, con aquel nicab que cubría su cabello, su rostro y sus hombros, no la reconocerían como extranjera.
Cada ventana oscura parecía observarla. Cada esquina escondía un peligro. Llevó la mano hasta el bolsillo sobre su pecho. Sabía que no solo llevaba una entrevista, sino la verdad de una ciudad entera… y que esa verdad podía costarle la vida.
Emma avanzó sin mirar atrás, contando mentalmente cada paso, cada cruce, tal como Khalid les había indicado, mirando de reojo a la mujer que caminaba a su lado, dando a entender a aquellos que podían observarla que era una mujer de la ciudad.
Sabía que allí una mujer corría mucho más riesgo que un hombre.
—Dos calles rectas. Giro a la izquierda. El callejón estrecho y la carpintería con fachada verde —repitió para sí misma.
El polvo se levantaba con cada pisada y se le pegaba a la piel, mezclándose con el sudor frío que le recorría la espalda. El silencio no era real, estaba lleno de sonidos lejanos que la hacían temblar.
En el callejón, las paredes se cerraban sobre ella.
Había restos de madera, puertas arrancadas y marcos de ventanas rotos apilados contra los muros.
Por un momento, pensó que aquel lugar había sido, quizá, un taller similar al que buscaba ahora.
Una vida anterior, normal, borrada a golpes de guerra.
Apretó la mochila contra el pecho y siguió caminando, obligándose a mantener el paso firme, ni rápido ni lento, y mirando de reojo a aquella mujer que la protegía acompañándola a su lado, como si perteneciese a aquel lugar.
Al salir del callejón, la vio.
La antigua carpintería se alzaba al fondo de la calle, discreta, casi invisible para quien no supiera qué buscar.
La fachada verde estaba descascarillada, la pintura levantada en grandes escamas que dejaban ver el ladrillo desnudo.
La puerta metálica colgaba torcida, medio abierta, como si nadie hubiera tenido fuerzas para cerrarla del todo en años.
No había señales, ni luces, ni movimiento. Solo abandono.
Emma se detuvo unos segundos antes de cruzar la calle.
Miró a un lado y luego al otro, como si fuese a pasar algún vehículo por la zona.
Ninguna figura humana, ningún ruido cercano.
Aun así, el pulso le martilleaba las sienes cuando se acercó a la puerta, empujándola con la mano.
El metal chirrió con un sonido que le pareció ensordecedor.
En ese momento se dio cuenta de que estaba sola. ¿Dónde estaba la mujer?
Se giró totalmente y observó a aquella mujer caminando en dirección contraria, sin esperar siquiera a que ella estuviese dentro de la carpintería. Sintió cómo los ojos se le humedecían.
—Gracias —susurró con sus labios cubiertos por el nicab que le había entregado. Aquella mujer no lo escucharía jamás, pero su sola presencia la había protegido para llegar hasta el punto B sana y salva.
Se deslizó al interior y cerró lo justo para que la puerta quedara entornada.
Dentro olía a madera vieja y a humedad. Había virutas en el suelo, herramientas oxidadas colgadas de las paredes y mesas de trabajo cubiertas de polvo.
En un rincón distinguió los colchones apilados, varias botellas de agua y dos bolsas con comida, tal y como Khalid había dicho. Todo preparado y esperando para ellos.
Emma apoyó la espalda contra la pared y dejó escapar por fin el aire que llevaba reteniendo desde que había salido del edificio mientras se quitaba el nicab de la cabeza. Había llegado al punto B. Estaba a salvo… por ahora.
Mientras se sentaba en uno de los colchones, con la mochila aún colgada del hombro y el corazón latiendo demasiado rápido, supo que aquel lugar no era un refugio.
Era solo una pausa. Un paréntesis frágil en mitad de una ciudad que nunca dormía del todo y que podía romper ese silencio en cualquier momento.
Emma se quedó quieta en medio de la carpintería, escuchando. El silencio nunca era completo, estaba lleno de ruidos lejanos que la mantenían en vilo. Una detonación sorda retumbó a kilómetros de distancia, seguida, al poco, por una ráfaga de ametralladora que se deshizo en ecos irregulares.
Cerró los ojos un instante intentando calmarse.
Se sentó despacio en uno de los colchones y apoyó los codos en las rodillas.
¿Dónde estaría Tom? Habían pasado ya varios minutos desde que se habían separado y la carpintería tampoco estaba tan lejos.
Cada segundo se le hacía una eternidad. Se sorprendió a sí misma repasando mentalmente el recorrido que él debía haber hecho, imaginándolo girando esquinas, fundiéndose con las sombras.
La idea de que lo hubieran visto, de que alguien lo hubiera seguido, le apretó el pecho hasta hacerle daño.
—Tranquila —murmuró para sí misma—. Todo ha salido bien.
Aun así, se levantó y empezó a preparar el pequeño cuarto del fondo, como si el movimiento pudiera calmarle los nervios.
Extendió los colchones en el suelo, uno junto al otro, y sacudió las mantas con cuidado.
Fuera, otra explosión, más cercana, la hizo detenerse con el corazón desbocado.
El miedo no era un golpe seco, era un goteo constante e insistente.
Entonces oyó pasos. No fuera, sino dentro de la carpintería.
Se quedó paralizada, con una manta en las manos, el cuerpo rígido y la respiración entrecortada, como un nudo en la garganta. Los pasos se acercaron despacio, demasiado despacio. Cada uno resonaba como un disparo.
Pensó en la puerta, en si había quedado bien cerrada.
Miró la puerta por la que se accedía a aquel cuarto improvisado donde ella estaba esperando. Debía esconderse tras ella.
Iba a dar un paso hacia ella y, entonces, en el marco de la puerta de la pequeña habitación apareció Tom.
Emma soltó el aire de golpe, como si hubiera estado conteniéndolo desde que salió del edificio donde habían realizado la entrevista.
Sin pensarlo, cruzó la distancia que los separaba y lo abrazó con fuerza.
Tom la rodeó con los brazos, apoyando la barbilla en su cabeza y, durante unos segundos, no dijeron nada.
No hacía falta. Era un abrazo de alivio, de amistad, de haber sobrevivido un poco más en una ciudad que no daba tregua.
—¿Ha ido todo bien? —preguntó él al fin en un susurro, separándose de ella.
—Sí —respondió ella—. Creo que no me han seguido. ¿Y tú?
—Tampoco —dijo Tom con una breve sonrisa cansada—. He dado un rodeo, por si acaso.