A través de la tormenta 1 #2
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Fuera, la ciudad seguía su ritmo caótico: mezcla de polvo, gritos, sirenas lejanas y algún que otro golpe que retumbaba desde calles que ellos no podían ver.

La zona oeste de Alepo se trataba de un barrio relativamente controlado por civiles o rebeldes moderados, así que no quería ni imaginarse lo que sería estar en las zonas de Alepo donde se encontraban las milicias.

Khalid apareció en el comedor como si hubiera sentido el mismo estremecimiento que Emma y Tom. Sin mediar palabra, cerró las persianas gruesas y reforzó la puerta con el cerrojo adicional que llevaba.

—Esto es Siria —murmuró con un tono tan bajo que parecía hablar más consigo mismo que con ellos—. Nunca se está realmente a salvo.

Emma miró a Tom y tragó saliva. Le encantaba su trabajo, pero también sentía miedo.

Tom dejó la cámara en el suelo y miró a su contacto con gesto preocupado.

—¿Seguro que estamos a salvo aquí? —preguntó.

Khalid fue hacia otra ventana y bajó la persiana, asegurándose de que nadie pudiera verlos desde fuera. Luego se giró, cruzando los brazos con expresión seria.

—Ninguna parte en Siria es segura —dijo con calma, como una advertencia que no necesitaba dramatismo—.

Esto es lo más cerca que podéis estar de estarlo.

—Hizo un gesto hacia las ventanas sin acabar la frase—.

No os asoméis, no abráis puertas que den a la calle.

Nada de salir solos. Comeréis aquí, yo me encargo de traer comida.

Manteneos alejados de cualquier cosa que haga ruido o se mueva fuera.

¿Entendido? —Tom asintió y Khalid continuó mientras miraba a Emma de reojo—.

Si necesitáis algo, me lo decís. No corráis riesgos innecesarios, no os confiéis…

y, sobre todo, escuchad todo lo que os diga.

Cada regla que rompáis aquí puede ser la última.

—Hizo una pequeña pausa—. No me gustaría que murieseis —acabó con un tono de voz más irónico.

Emma tragó saliva y miró consternada a Tom, el cual la miró de la misma forma. Suponía que Khalid debía de estar tan acostumbrado a vivir en una zona de guerra que se permitía bromear o ironizar sobre ello.

Estaban en Siria. Estaban en peligro y esa sensación de tensión no los abandonaría ni un segundo. Durante los próximos días que se encontrasen allí deberían aprender a convivir con ello. Ya lo habían hecho anteriormente y esta vez no sería menos.

Otra explosión lejana hizo que las paredes de aquel edificio a medio destruir vibrasen, provocando que su corazón se acelerase.

Emma se acercó a la ventana, apenas había un resquicio entre la persiana bajada, y miró hacia las calles desiertas de Alepo. Polvo, escombros, edificios medio derruidos… y un par de figuras que se movían con cautela a lo lejos, desapareciendo entre las sombras de los muros caídos.

Suspiró y se giró hacia Tom mientras tragaba saliva nerviosa.

—No te acerques demasiado —dijo Khalid, señalando con un dedo firme—. Ni tú ni Tom. Desde aquí podéis ver, sí, pero que nadie os vea a vosotros.

Tom asintió tocando la cámara como si con eso pudiera asegurarse de que nada malo ocurriría. Emma respiró hondo y se apartó de la ventana dirigiéndose al sofá.

—Traeré comida —continuó Khalid—. Agua, pan, lo que necesitéis.

Todo aquí dentro. No salgáis a la calle hasta que yo lo diga.

No toquéis las puertas que dan al exterior.

Manteneos atentos, escuchad cada ruido. El más mínimo descuido puede ser fatal.

—Se acercó al generador, lo revisó y luego volvió a donde estaban ellos—.

Si necesitáis moveros, avisadme primero.

Si algo suena extraño, no miréis —advirtió a Emma—, e id al lugar seguro de inmediato.

Las reglas son simples: permaneced dentro y mantened silencio.

—Emma miró a Tom que parecía asimilar la gravedad de todo y luego a Khalid, cuya seriedad llenaba la habitación.

Emma dejó escapar un pequeño resoplido mientras Tom soltaba una sonrisa nerviosa, aunque ambos sabían que Khalid tenía razón.

Aquellos dos días que debían esperar para la entrevista no eran solo para prepararla, eran para sobrevivir lo suficiente como para llegar a hacerla.

Cada regla y cada indicación eran vitales si querían sobrevivir allí.

Se acomodaron en silencio, escuchando cómo la ciudad respiraba a través de las paredes: golpes lejanos, el eco de una sirena y un retumbar sordo que podría ser una bomba.

No había espacio para distracciones ni para descuidos.

Era Siria. Era Alepo. Y allí, entre polvo y ruinas, comenzaba su historia.

La primera noche en Siria cayó sin avisar, como si la ciudad hubiese decidido apagar las luces de golpe.

La casa segura quedó sumida en una penumbra espesa, apenas rota por la débil claridad de la luz de una lámpara de gas que Khalid había dejado sobre la mesa antes de marcharse.

No daba apenas luz, solo lo justo para distinguir las siluetas de los muebles y las sombras que se deslizaban por las paredes cada vez que algo explotaba a lo lejos.

El silencio no era real, estaba lleno de ruidos apagados, de detonaciones distantes y del rumor constante de una ciudad que no dormía.

Khalid no se había quedado con ellos, y Emma comprendía por qué.

Si un fixer local pasaba la noche en una casa con extranjeros, la señal era demasiado clara, demasiado obvia.

Alguien podría seguirlo, observarlo, y entonces aquella casa dejaría de ser segura.

Un fixer nunca debía pasar mucho rato en una de las denominadas casas seguras, pues podía llamar la atención demasiado rápido, ser vigilado por facciones y delatar la posición de ellos.

Antes de irse, les había dejado comida sencilla: pan plano, latas de comida en conserva y botellas de agua.

Les había prometido que volvería por la mañana, temprano, para asegurarse de que todo seguía tranquilo y de que nadie los había marcado. “Aquí sobrevivir es moverse” , les había dicho. “Quedarse quieto demasiado tiempo es lo que mata” , había sentenciado.

Emma se sentó en el suelo, apoyada contra la pared, con la espalda tensa y las piernas dobladas. Tom dejó la cámara a un lado y se acomodó frente a ella, sosteniendo una botella de agua entre las manos. La débil luz dibujaba su rostro cansado, ojeroso y más serio de lo habitual.

—¿Te imaginabas que sería así? —preguntó él rompiendo el silencio.

Emma tardó unos segundos en responder.

—Sabía que sería duro… pero no así —admitió—. Me recuerda un poco a Trípoli. ¿Te acuerdas? Cuando dormíamos con la ropa puesta y el equipo preparado por si había que salir corriendo.

Tom esbozó una sonrisa breve, cansada.

—Sí. Aquella noche que se fue la luz y pensábamos que el generador no funcionaría. Pero esto… esto es distinto. Aquí todo parece más frágil.

Emma asintió y cogió su cuaderno con su bolígrafo.

Había preparado la entrevista durante semanas.

El hombre al que iban a entrevistar no era un líder cualquiera, era un miembro respetado de la resistencia local, alguien que había logrado mantener a su gente con vida entre ataques, traiciones y bombardeos.

No buscaba propaganda, sino contar cómo sobrevivían los civiles atrapados entre bandos, cómo la guerra se había convertido en rutina.

Había aceptado hablar con ella porque Emma no prometía héroes ni villanos, solo la verdad, por incómoda que esta fuera.

—Si conseguimos esa entrevista —dijo ella en voz baja—, puede ser una de las más importantes que hagamos.

Tom la miró con atención, como si intentara leer algo más allá de sus palabras.

—Siempre dices eso —respondió con la mirada fija en ella—. Pero esta vez creo que va en serio —acabó sonriente, aunque el sonido lejano de una explosión provocó que su gesto se tornase serio de repente.

La lámpara de gas parpadeó un segundo y ambos se quedaron en silencio. Fuera, un ruido seco resonó a lo lejos. Emma apretó los dedos contra la botella de agua, consciente de que aquella noche era solo el principio.

Siria no les debía nada, y Alepo no hacía concesiones. Cerró los ojos un instante, respirando despacio, sabiendo que al amanecer Khalid volvería… y que cada día que pasara los acercaría más a la entrevista y también al peligro.

Tom se pasó una mano por la cara y suspiró, mirando la luz de la lámpara como si pudiera encontrar respuestas en ese pequeño círculo de claridad.

—¿Alguna vez te has preguntado por qué siempre acabamos en sitios así? —preguntó sin mirarla—. Podríamos estar cubriendo elecciones, ruedas de prensa… algo con hoteles de verdad.

Emma dejó escapar una sonrisa cansada.

—Si estuviéramos ahí, no seríamos nosotros —respondió—. Además, alguien tiene que contar esto, aunque nadie quiera escucharlo.

Tom la observó entonces, con esa mezcla de admiración y preocupación que tantas veces había visto en otros lugares.

—A veces me pregunto si eres valiente… o si simplemente no sabes cuándo parar.

Ella bajó la mirada un segundo, pensativa.

—Parar es fácil cuando no has visto lo que pasa aquí —murmuró—. Cuando sabes que si no lo cuentas tú, alguien lo contará mal o no lo contará en absoluto.

Un nuevo estruendo lejano hizo vibrar ligeramente el suelo. Tom tensó los hombros, pero no dijo nada. Emma alzó la vista hacia el techo, escuchando cómo el sonido se perdía entre las calles destruidas.

—Oye… —dijo él al cabo de unos segundos—, si en algún momento sientes que esto se nos va de las manos, lo dices. No hay historia que valga más que salir de aquí vivos.

Emma lo miró seria y sincera.

—Lo sé. Y te prometo que no cruzaré una línea que no podamos volver a cruzar juntos.

El silencio volvió a instalarse entre ellos. La luz de la lámpara de gas seguía parpadeando, proyectando sombras alargadas en las paredes. Fuera, Alepo respiraba con dificultad, como una bestia herida que no terminaba de rendirse.

Emma se acomodó un poco más contra la pared, abrazándose las rodillas.

—Mañana Khalid dirá si seguimos adelante —susurró—. Día a día.

Tom asintió despacio, con la mirada fija en una sombra que se proyectaba en la pared.

—Si Khalid dice que no, no es un “quizá” —murmuró—. Es un no rotundo.

Emma levantó la vista hacia él.

—Exacto. Aquí no se trata solo de si la entrevista sigue en pie. Si él detecta algo raro, si alguien ha preguntado por nosotros o si alguien nos ha visto entrar… se acabó. Aunque el contacto esté esperando —confirmó ella.

Tom se pasó la mano por la nuca, incómodo.

—Siempre me impresiona eso de los fixers . Parecen saberlo todo sin que nadie se lo diga —acabó diciendo asombrado.

—Porque viven aquí —respondió Emma—. Porque saben leer la ciudad. Un silencio donde antes había ruido, una calle demasiado vacía, una mirada que se alarga más de la cuenta. Khalid no necesita pruebas, le basta con una sensación para saber que algo va mal.

Tom dejó escapar una risa breve, despojada de humor.

—Y nosotros dependemos de eso para seguir vivos.

Emma asintió.

—Si mañana Khalid dice que podemos movernos, significa que nadie nos está buscando. Que todavía somos invisibles.

El generador emitió un chasquido suave y ambos se quedaron en silencio un instante, atentos a cualquier cambio en los sonidos de fuera. Emma bajó la voz aún más.

—El hombre de la resistencia no se moverá si no sabe que es seguro y Khalid no nos llevará a ningún sitio si cree que hay una sola posibilidad de que no volvamos.

Tom la miró con seriedad.

—Entonces cada día decidimos si hacemos la entrevista —dijo—, y Alepo decide si seguimos respirando —susurró.

Emma sostuvo su mirada firme.

—Así es como funciona aquí.

Fuera, Alepo volvió a rugir a lo lejos. Y, en esa oscuridad compartida, ambos entendieron que Khalid no era solo un guía: era la delgada línea entre la historia que habían ido a contar o convertirse ellos mismos en una.

Tom se movió primero, rompiendo la quietud.

—Deberíamos intentar dormir —dijo en voz baja—. Aunque sea un poco. Mañana necesitaremos tener la cabeza fría.

Emma asintió, aunque sabía que el sueño no llegaría con facilidad.

—Haremos turnos —añadió—. Uno duerme mientras el otro vigila. Si algo cambia ahí fuera, lo sabremos.

Tom cogió la linterna pequeña y la dejó cerca de la pared, al alcance de ambos.

—Empiezo yo —se ofreció Tom—. Descansa tú un par de horas.

Emma fue hasta la habitación y se acomodó en el colchón improvisado, sin descalzarse, con la chaqueta puesta y la mochila cerca, tal y como Khalid les había indicado.

Cerró los ojos, pero mantuvo los sentidos alerta, escuchando cada crujido de la casa, cada sonido lejano de la ciudad.

La guerra no daba tregua, ni siquiera de noche.

Mientras Tom vigilaba en silencio, apoyado contra la pared, Emma pensó en la entrevista, en el hombre al que aún no había visto y en lo que estaba a punto de desatarse.

Alepo no les prometía nada, excepto un peligro muy tangible.

Y, aun así, allí estaban, esperando el amanecer, sabiendo que al despertar todo podría cambiar.

Alepo no dormía, acechaba. La ciudad respiraba con una paciencia cruel, como si supiera que tarde o temprano reclamaría algo a cambio de permitirles estar allí.

En aquel lugar no hacía falta moverse para estar en peligro: bastaba con existir, con ser vistos, con esperar un poco demasiado.

Alepo era una amenaza constante, silenciosa, dispuesta a cobrar su precio en cualquier momento.