A través de la tormenta
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—Alepo, Siria—
El avión comenzó a descender y Emma Carter se inclinó hacia la ventanilla, obligándose a respirar despacio, aunque sentía cómo el corazón le latía acelerado en el pecho.
Debajo de ella, la tierra se extendía como un mapa ajado, un mosaico de tonos ocres y grises.
Cada calle, cada edificio, parecía marcado por cicatrices profundas: techos colapsados, paredes agujereadas, ventanas sin cristales que dejaban ver la oscuridad del interior del edificio.
La ciudad estaba viva y rota al mismo tiempo, y Emma sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
El avión aterrizó con un golpe seco y cada músculo de su cuerpo se tensó al escuchar cómo los neumáticos rozaban la pista llena de polvo, polvo levantado por el viento que cubría gran parte del paisaje y que el sol apenas lograba atravesar, proyectando sombras fantasmales sobre lo que antes fueron bulliciosos barrios.
Al mirar hacia el horizonte, vio los minaretes de algunas mezquitas que todavía se mantenían en pie, como recuerdos firmes de otra vida, mientras a su alrededor todo parecía suspenderse entre el olvido y la destrucción.
Había sido un vuelo largo desde Amán, Jordania, con escalas rápidas y silenciosas hasta llegar allí.
Los pasajeros eran pocos, en su mayoría periodistas o trabajadores humanitarios. Algunos dormían, otros miraban las pantallas de sus teléfonos donde leían algún libro o se habían descargado una película, pero todos tenían algo en común, los ojos vidriosos de cansancio.
Emma se quitó el cinturón una vez que el avión se detuvo y respiró hondo, intentando calmar el nerviosismo que se le había instalado en el estómago desde que habían realizado el último despegue para llegar hasta allí.
Miró a Tom, su compañero de trabajo, y ambos se dirigieron poco a poco a la puerta del avión para descender con la mochila a la espalda.
Cuando bajaron del avión, un viento cargado de polvo les golpeó la cara y, durante unos segundos, Emma se quedó observando el amanecer.
—El amanecer y las puestas de sol en el desierto son peligrosos porque te hacen olvidar dónde estás —comentó bajando los escalones.
El aeropuerto de Alepo había sufrido graves daños y cierres intermitentes debido al conflicto sirio, pero tras años de inactividad se estaban reportando esfuerzos para su reapertura y desde marzo de dos mil veinticinco había comenzado a operar nuevamente, la mayoría de las veces bajo las órdenes de grupos rebeldes.
La pista estaba vacía con restos de escombros cerca de los hangares.
Allí, esperándolos, estaba Khalid, un hombre delgado, de mirada alerta con unos enormes ojos marrones, con un rostro curtido por el sol y la vida en la ciudad.
Debía de rondar los cuarenta años, aunque probablemente la barba alrededor de sus mejillas y barbilla lo hacían parecer más mayor.
Vestía con un thobe , la tradicional túnica siria y, bajo esta, una camisa blanca y unos pantalones color ocre.
El cabello lo llevaba tapado por la keffiyeh , un pañuelo que le cubría la cabeza.
Cuando descendieron las escaleras del avión, no los recibió con sonrisas, no dijo nada de inmediato, solo los observó exhaustivamente.
—¿Khalid? —preguntó Tom.
El hombre asintió y luego les tendió unas pequeñas bolsas de tela.
—Para pasar desapercibidos os los tenéis que poner —ordenó con un acento marcado, señalando los pañuelos dentro de las bolsas.
Emma cogió uno, sintiendo la tela áspera entre los dedos, y lo acomodó sobre su cabello oscuro, cubriéndose la nuca. Tom hizo lo mismo mientras ella lo miraba con una mezcla de cansancio y tensión contenida.
Tras introducir las mochilas en el maletero de un coche sencillo de color rojo oscuro, viejo pero resistente, los hizo subir y arrancó chirriando ruedas entre el polvo de la pista.
El camino hacia la ciudad era un laberinto de calles vacías y edificios medio derruidos.
Cada giro mostraba paredes cubiertas de grafitis, ventanas tapiadas y escombros acumulados en las aceras.
De vez en cuando, un gato o un perro callejero cruzaba entre los escombros, desapareciendo antes de que pudieran verlo del todo.
Emma apretó el cinturón y miró por la ventanilla, el aire parecía vibrar con la historia de la ciudad, de su pasado y de todo lo que había sido destruido.
Tom se acercó a ella mientras el vehículo daba trompicones sobre un asfalto inexistente, solo una carretera de piedras.
—Si alguien sabe cómo sobrevivir aquí, eres tú —murmuró Tom.
—Solo espero que esta vez eso sea suficiente —respondió Emma ajustándose el cinturón de nuevo, pues el vehículo los hacía moverse de un lado a otro.
Los minaretes de algunas mezquitas todavía se mantenían erguidos, apuntando hacia el cielo gris, los mismos que había visto desde el avión y que, vistos más de cerca, se encontraban más destruidos de lo que parecía en un primer momento.
Calles que antes habrían estado llenas de coches y peatones ahora estaban desiertas o con barricadas improvisadas.
Las fachadas de los edificios se encontraban llenas de impactos de metralla, puertas colapsadas, ventanas rotas que dejaban ver habitaciones vacías y restos de muebles.
La ciudad estaba viva y muerta al mismo tiempo.
Emma no era del tipo de periodistas que buscaba comodidad o fama.
Tenía veintiocho años, mirada firme y manos marcadas por años de escribir, grabar y cubrir conflictos que nadie más quería enfrentar.
Su rostro podía parecer delicado, pero detrás de esos ojos color café había horas interminables de investigación, noches sin dormir y decisiones que podían costarle la vida.
Tenía una complexión delgada y curvas marcadas.
Gracias a que trabajaba para The Sentinel , un medio internacional de prestigio especializado en reportajes de guerra y derechos humanos, había pasado por Afganistán, Libia y Yemen, pero Siria era distinto.
Aquí cada calle podía ser una trampa, cada contacto un riesgo.
La información que buscaba no era solo para un titular, podía salvar vidas o exponer a criminales que operaban en las sombras.
Había conseguido el contacto de Khalid, su fixer , a través de un intermediario en Amán, un viejo amigo de la red de periodistas locales.
Khalid era conocido por mantener a los periodistas extranjeros con vida en zonas de alto riesgo.
Nunca había trabajado con él antes, pero sabía de su reputación: discreto, veloz y con un conocimiento de la ciudad que pocos podían igualar.
Había logrado contactar con él mediante un mensaje cifrado y un número temporal.
Tras varias llamadas y comprobaciones cruzadas, él había aceptado guiarlos.
No gratis, no por lealtad, sino porque había algo en su forma de hacer periodismo que él respetaba.
Según sus propias palabras, “lograba lo que nadie más lograba” .
Emma estaba allí porque una historia la había traído: un líder de la resistencia local, alguien que había sobrevivido a ataques recientes, podía ofrecer información de primera mano sobre cómo los civiles soportaban la guerra.
Este hombre había accedido a hablar con ella.
La entrevista era delicada, pues podía exponerla a peligros que sabía que no podría controlar sola.
Contactar con Khalid había sido un proceso meticuloso: varios números descartados, verificaciones cruzadas y mensajes cifrados. Finalmente, un correo anónimo confirmó: “Te esperaré en Alepo. No falles” .
Para Emma, eso era todo lo que necesitaba: un punto de partida, un guía confiable y la certeza de que tenía que llegar viva para que la historia valiera la pena.
Alepo la esperaba. Ruinas, polvo, peligro… y la oportunidad de exponer algo que podría cambiarlo todo.
Tras unos veinte minutos de trayecto, Khalid giró hacia un callejón estrecho y detuvo el vehículo frente a un edificio medio escondido entre dos bloques destruidos. La fachada era simple, discreta, con apenas un cartel desgastado y una puerta metálica oxidada.
—Aquí estarán seguros por unos días. Dos días. Hasta que pueda organizar la entrevista —explicó Khalid.
La casa era modesta pero funcional. La puerta se abrió a un vestíbulo pequeño, con paredes blancas manchadas de polvo y cuadros torcidos que parecían pertenecer a otra época.
Emma y Tom dejaron las mochilas en la sala principal que albergaba un viejo sofá, un par de sillas, una mesa con algunas tazas y un pequeño generador en una esquina que zumbaba suavemente, para tener electricidad por si había un apagón.
Había cortinas gruesas en las ventanas con barrotes que mantenían la luz del sol y el polvo a raya.
Khalid les indicó las habitaciones: una pequeña para ella y otra para Tom, con camas estrechas y mantas limpias.
Emma se dejó caer sobre la cama para probarla y cerró los ojos un momento, escuchando el zumbido del generador y los ecos lejanos de la ciudad. Estaba cansada, pero su mente no podía relajarse. Dos días para prepararse, dos días para observar, y luego la entrevista que podía cambiarlo todo.
Debía extremar todas las precauciones, Alepo no perdonaba descuidos, y ella lo sabía.
Se incorporó en el camastro y desde allí observó a Tom, su cámara. Había cubierto varios reportajes con él y se habían convertido en buenos amigos. Como siempre, cada vez que llegaban a un lugar, lo primero que Tom hacía era revisar su cámara de grabación.
Iba a levantarse de la cama cuando un golpe sordo retumbó en el aire, seguido de un ruido seco que se arrastraba como un hilo metálico. Al principio no estaba segura de qué era hasta que la vibración le recorrió el pecho y escuchó, lejana pero inconfundible, una explosión cercana.
Tom se quedó rígido, con la cámara colgando del hombro y los ojos abiertos como platos. Emma respiró hondo, intentando que la adrenalina no le nublara la mente, y buscó con la mirada a Tom, el cual estaba tan paralizado por el miedo como ella.