A través de la tormenta 2
4%

2

Habían hecho turnos de dos horas para ir descansando, donde uno permanecía despierto en el comedor escuchando cada ruido fuera del piso y el otro permanecía en la habitación, con la puerta abierta y totalmente vestido y listo para salir huyendo si fuese necesario.

El amanecer en Alepo no llegó con luz, sino con polvo. Emma abrió los ojos y, durante unos segundos, no supo dónde estaba. Luego recordó: las paredes desnudas, el colchón improvisado, el silencio tenso. Siria.

Tom seguía despierto, sentado cerca de la puerta, con la espalda apoyada en la pared y la mirada fija en la rendija inferior de la ventana, como si esperara ver pasar sombras.

—Nada raro —susurró cuando notó que ella se movía—. Demasiado tranquilo, si me preguntas.

Emma se incorporó despacio, frotándose la cara.

La ciudad parecía contener la respiración. No había disparos ni explosiones cercanas, solo ese murmullo lejano que nunca desaparecía del todo. Fuera, una luz grisácea empezaba a colarse por las persianas.

—Tu turno, descansa ahora —le dijo Emma levantándose del colchón.

Tom negó con la cabeza.

—He dormido unas seis horas, ya tengo suficiente. Además, está amaneciendo —señaló hacia la ventana—. Khalid estará a punto de llegar.

Emma fue hacia él y se sentó a su lado en el suelo, apoyando la espalda en la pared.

—Lo que daría por un café bien cargado —susurró.

—Y un cruasán de chocolate —rio Tom.

Emma estiró el brazo y cogió un trozo de pan duro, la botella de agua y se lo llevó a la boca.

—Todo un manjar —bromeó ella.

Khalid llegó poco después. No llamó, dio dos golpes suaves y precisos en la puerta, la señal acordada. Cuando entró, Emma supo al instante que algo no iba bien. No parecía alterado, pero su rostro estaba más serio que el día anterior.

—Habéis pasado la noche —dijo más como una afirmación que como una pregunta.

—Sí —respondió Tom.

Khalid dejó una bolsa de comida sobre la mesa y no se sentó. Eso tampoco era buena señal. —La ciudad está rara esta mañana —comentó—. Hay más movimiento de lo normal en calles que deberían estar vacías.

Emma intercambió una mirada rápida con Tom.

—¿Rara cómo? —preguntó ella.

—Gente preguntando —respondió Khalid—. No por vosotros directamente. Por extranjeros. Por periodistas.

El silencio que siguió fue espeso. Emma sintió un nudo en el estómago. —¿La entrevista sigue en pie? —preguntó, midiendo cada palabra y provocando que Tom la mirase serio mientras se removía sobre sus propios pies.

Khalid tardó un segundo en responder.

—De momento, sí. El contacto mantiene su palabra, pero quiere cambiar el lugar. Y eso nunca es buena señal.

Tom se inclinó hacia delante.

—¿Seguro que no nos han visto?

—No lo sé —admitió Khalid.

Desde la ventana llegó el sonido de un motor. Los tres se quedaron inmóviles. Un coche pasó despacio, demasiado despacio, como si no tuviera prisa por llegar a ningún sitio. Khalid se acercó a la persiana sin tocarla.

—Hoy no salís —dijo finalmente—. Necesito confirmar rutas, comprobar quién se mueve y por qué. Si alguien os está buscando, quiero saberlo antes de que deis un paso fuera.

Emma asintió, aunque una parte de ella ya sentía que algo se había puesto en marcha y no sería fácil detenerlo.

—¿Y si mañana…? —empezó a decir.

—Mañana lo veremos —la interrumpió Khalid—. Pero escuchadme bien: si os digo que no, no hay entrevista y no hay discusión.

Tom tragó saliva.

—Entendido —respondió.

—Lo tenemos muy claro los dos —pronunció Emma—. Tú mandas —lo señaló.

Khalid recogió su chaqueta y se dirigió a la puerta.

—Aquí tenéis comida —señaló unas bolsas—. Quedaos dentro. En silencio. Nada de mirar por las ventanas. Volveré antes del anochecer —susurró al acercarse a la puerta.

Cuando se fue, la casa volvió a quedar envuelta en una calma engañosa. Emma se acercó despacio a la pared y apoyó la frente contra ella, cerrando los ojos.

—Mierda —susurró.

Tom cogió una de las bolsas con la comida que Khalid les había traído y miró en el interior.

—Pan, latas, agua… lo básico —dijo con un hilo de ironía—. Nada de vino francés ni chocolate belga, por desgracia.

Emma esbozó una media sonrisa, aunque su corazón seguía latiendo con fuerza.

—Básico, sí, pero suficiente para sobrevivir un par de días —susurró—. Lo importante es que Khalid vuelva antes del anochecer.

Tom se sentó junto a ella en el suelo, dejando las bolsas entre los dos.

Ambos miraron hacia las ventanas cuando escucharon unos golpes lejanos.

—Nada de cafeterías tranquilas, entrevistas en despachos con aire acondicionado… aquí cada sonido puede ser una amenaza —sentenció él.

Tom abrió una de las bolsas con cuidado y comenzó a sacar el contenido: latas de atún, garbanzos, algunas verduras en conserva y un par de sopas listas para beber. También había pan plano y unas pocas galletas saladas, crujientes y duras, y un puñado de frutos secos que crujieron al moverlos.

Emma tomó una lata de garbanzos y la giró entre las manos, mirando la etiqueta con una mezcla de cansancio y curiosidad.

—No es exactamente un banquete de cinco estrellas —murmuró con una media sonrisa mientras Tom levantaba una lata de atún como si fuera un trofeo.

—Al menos Khalid no nos deja morir de hambre —bromeó.

—Nos ofrece lo suficiente para sobrevivir —repitió Emma.

Se sentaron juntos en el suelo, compartiendo el silencio y la comida, conscientes de que aquello era suficiente para pasar el día, pero insuficiente para olvidar que la ciudad allá fuera seguía respirando, acechante, como si cada sonido lejano fuese un recordatorio de lo frágil que era su seguridad.

Tom dejó la lata de atún a un lado y miró a Emma.

—¿Me lees lo que tienes pensado preguntarle al tipo de la resistencia? —dijo.

Emma asintió, se levantó, cogió su cuaderno de notas y volvió a sentarse a su lado, apoyando la espalda contra la pared y sosteniendo la lata de sopa entre las manos.

—Vale —dijo, abriendo el cuaderno—. Primera pregunta: ¿Cuál es la situación actual de los civiles en esta zona? ¿Cómo sobreviven a los ataques y a la falta de suministros?

Tom asintió.

—Buena. Necesaria para el contexto.

—Segunda —continuó Emma—. ¿Cuál es la estructura de la resistencia? ¿Quiénes participan y cuáles son sus objetivos reales, más allá de los rumores?

—Podrías añadir algo sobre la relación con los civiles —interrumpió Tom—. Algo como… ¿Cómo os aseguráis de que la gente no sufra por vuestras operaciones?

Emma hizo un gesto con la cabeza, anotándolo rápidamente.

—Vale, tercera: ¿Qué riesgos enfrentan los miembros de la resistencia a diario? ¿Cómo protegen a sus familias?

—Mmm —Tom reflexionó un momento—. También podrías preguntar sobre el contacto con organizaciones internacionales. Algo como: ¿Reciben ayuda o contacto de organismos humanitarios o periodistas extranjeros?

Emma sonrió.

—Sí, esa era la siguiente, te me has adelantado —rio.

—Perfecto.

—La que tú has dicho era la cuarta, ahora viene la quinta pregunta: “¿Qué espera lograr contando su historia a periodistas internacionales?”.

—Y algo sobre el futuro —agregó Tom—. ¿Qué creen que pasará con la zona en los próximos meses? ¿Qué esperan para su comunidad?

Emma levantó la mirada hacia Tom.

—Te adelantas a todas mis preguntas —rio ella.

—Perdón, perdón… —le devolvió la sonrisa.

—Quiero realizar la entrevista en base a estas preguntas, después ya iré improvisando las siguientes, pero esos son los bloques que creo importantes.

Tom asintió, tomando un sorbo de su sopa.

—Vale… suena bien —la felicitó.

Emma suspiró y volvió a inclinarse sobre su cuaderno, repasando las notas una vez más, consciente de que, mientras ella se preparaba para hablar, la ciudad fuera no dejaba de moverse, de observar, de decidir si estaban listos para sobrevivir a la historia que estaban a punto de contar.

El resto del día pasó lento, pesado, como si cada minuto estuviera impregnado del polvo que flotaba en la luz difusa de la lámpara de gas.

Emma y Tom permanecieron casi inmóviles, atentos a cada crujido de la casa, a cada golpe metálico que resonaba desde las ruinas cercanas. La ciudad fuera no dormía y cada sonido era un recordatorio de que no estaban solos.

Emma se levantó varias veces para mirar por la rendija de la persiana, pero el paisaje de calles destruidas y edificios a medio derruir parecía vacío.

Casi vacío. Hasta que un motor rasgó el aire.

Un coche pasó despacio, demasiado lento, dejando que su silueta se recortara entre el polvo y la luz que se colaban por la ventana.

Ambos se pusieron en pie rápidamente y se miraron alertados.

—Ningún vehículo pasa así por coincidencia —susurró Emma dando unos pasos atrás para alejarse de la ventana, con el corazón compungido.

—No, no es normal que alguien vaya tan despacio —respondió su compañero con todo el cuerpo en tensión.

Tom se removió nervioso y finalmente dio unos pasos despacio, casi de puntillas, hacia la ventana. Aquella acción alteró a Emma.

—Tom… Tom… —le susurró.

Tom no respondió, pero elevó la mano para que se mantuviese en silencio mientras se acercaba a la ventana para intentar ver algo entre las rendijas. Se agachó un poco para situar los ojos en aquella fina línea e intentar vislumbrar algo de la calle.

Emma se mantuvo con todos los músculos en tensión.

—¿Ves algo? —preguntó con la voz entrecortada.

Tom tardó unos segundos en responder. Se giró y negó con la cabeza mientras volvía a acercarse a ella.

—No hay nadie —respondió al final.

—Puede que estén vigilando la zona, ya has escuchado antes a Khalid —continuó ella.

Finalmente, Tom se giró hacia ella y asintió.

—Hay que ir con cuidado —respondió con la voz temblorosa.

Durante la tarde, los ruidos se multiplicaron: un golpe seco en un edificio cercano, luego otro más distante, como si alguien estuviera reorganizando escombros o probando la estructura de lo que quedaba en pie.

Una explosión lejana levantó una nube de polvo que se filtró por las rendijas de la ventana, haciendo que ambos se agazaparan instintivamente.