A ti y a mí nos unió el volcán Capítulo 27
98%

Capítulo 27

Villa de Mazo, isla de La Palma

Nauzet 📷

Las despedidas, aunque sean temporales, siempre son difíciles. Papá se fue hace dos días y, aunque no recuerdo cuándo las cosas eran de otra manera, alejarme de él siempre me deja con magua unos días. Hoy somos Fa y yo quienes emprendemos un nuevo camino juntos, lejos de mi Isla Bonita.

Anoche nos despedimos de los chicos en Santa Cruz.

Estarán aquí hasta el día de Reyes, y Fa y Catha no pararon de llorar.

Ella y Tana ya tienen billetes para irnos a visitar en Semana Santa.

Me hace mucha ilusión que vengan a vernos.

Estoy seguro de que Fa va a necesitar a su amiga: son muchos años siendo la una el hombro de la otra.

Esta mañana, decir adiós a Airam fue relativamente fácil; mi hermano está lleno de sueños y transita la senda correcta para comenzar a cumplirlos: la del trabajo constante y el continuo aprendizaje.

¿Quién no dice que pronto levante el vuelo él también?

Estoy muy orgulloso del hombrecito en el que se ha convertido.

Otra cosa fue dejar atrás a mi abuela. Sonreía feliz a la vez que se le escapaban las lágrimas, porque sé que me quiere tanto que solo desea verme brillar y que me va a echar en falta tanto como yo a ella.

—Prométeme que me vas a hacer muchas llamadas con cámara, de esas que me ponías en el confinamiento para que pudiera hablar con las chicas, Nauzet.

—Claro, abuela, te lo prometo.

—Famara, no dejes que se despiste, que este chico es muy bueno, pero luego se apasiona con unas fotos en las que quiere trabajar y se olvida de que tiene una abuela.

—¡Cómo se va a olvidar de usted, doña Remedios! Si además el mes que viene ya son Los Indianos y venimos de visita. ¡Empiece a hacer acopio de polvos de talco!

La besamos y la dejamos con una bonita sonrisa. Es de una generación fuerte como el acero y suave como la guata. Todo al mismo tiempo.

Así que aquí estamos, una imagen de lo más cotidiana para un canario: cruzar el aeropuerto a pie para subir al Binter, nunca sin recoger tu Tirma antes de tomar asiento.

—¿Te he contado la anécdota del adolescente en el vuelo a Madrid con las Tirma?

—¿A Madrid? En los vuelos a Madrid no dan ambrosías, Nau, qué más quisiera yo.

—Mira, estaba en la cola para subir al avión y llevaba delante un pibe que estaba muy nervioso.

Al llegar a la puerta de embarque, mientras esperábamos a que la fila avanzara, le dijo a la azafata que era su primer vuelo fuera de las islas, que estaba muy ilusionado y con un poco de susto en el cuerpo.

Ella le dijo que vería que era toda una experiencia y que seguro que disfrutaría mucho en Madrid, que era una ciudad impresionante.

—¿Y las Tirma?

—Ahora llegan, no seas impaciente. Pues le dice a la azafata que si puede preguntarle algo y ella asiente.

Y va y le suelta: «¿Es verdad esa leyenda que cuentan de que en los vuelos fuera de Canarias no dan Tirmas?

». La pobre azafata no sabía ni de qué le hablaba, pero todos en la cola nos morimos de la risa.

Mi niño, ¡creía que era una leyenda y que volar incluía la ambrosía!

—¡Es que así debería ser! Cuando sea famosa de verdad, lo voy a proponer. ¡Hombre, ya! Los vuelos sin Tirma son una estafa. —Fa se parte de la risa.

El despegue, como siempre, lo hago con los pies clavados en el suelo y la mano aferrada al chocolate. Sin embargo, hay un cambio que marca la diferencia: mi otra mano está entrelazada con la de Famara, que mira emocionada cómo nos alejamos del suelo.

—¿No es emocionante? Tengo muchos nervios y, a la vez, estoy muy ilusionada.

—¡Claro que sí, Fa! Ahora nos toca vivir cosas bonitas; nos lo hemos ganado. Seguro que en Barcelona tendremos muchas oportunidades y que, con tu trabajo, podremos visitar lugares increíbles. Siempre que me dejes acompañarte, claro.

Fa no tiene tiempo de responder, porque nos interrumpe la megafonía.

—Estimados pasajeros, les habla el piloto.

Aprovecharemos que el día está despejado para hacerles un regalo de Año Nuevo.

Con la debida autorización de la torre de control, sobrevolaremos el volcán aún sin nombre.

Yo soy del equipo Tajogaite, como llamaban al lugar los benahoaritas.

Podrán verlo desde ambos lados del avión.

Espero que disfruten de la perspectiva de la herida que la naturaleza abrió en nuestra tierra y nuestros corazones.

Fa me mira con los ojos como platos. Yo estoy alucinando.

—No sé si quiero verlo más. De algún modo, siento que ya me despedí.

—Ya verás, mi niña, seguro que es impresionante. Una cosa es lo que hayamos podido emitir con los drones y las cámaras y otra cosa es esto: a diez o doce mil metros, con nuestros propios ojos; va a ser un espectáculo, ya verás.

—Ay, Nau, no lo llames espectáculo.

—Sabes que no quería decirlo en ese sentido.

—Lo sé, perdona. Además, tú te has ganado el derecho a llamarlo como te parezca.

—Si no quieres, no mires, pero —observo por encima de su hombro y la cicatriz en mi valle me emociona— es tremendo, Fa.

Se aferra con las dos manos a la mía y acerca su linda cara al cristal.

Lloramos cogidos de la mano. Hay pasajeros que aplauden, algunos peninsulares y extranjeros.

Supongo que a modo de agradecimiento hacia el piloto.

Los entiendo, de verdad; esta vista no tiene precio.

Sin embargo, yo tengo un nudo en el estómago que me impide separar mi mano de la de Fa, y estoy seguro de que a ella le ocurre lo mismo.

Me apoyo en el reposacabezas y cierro los ojos. La imagen de mi casa, que no evoco desde que la perdí, me ataca como fogonazos, y dejo que las lágrimas se derramen en silencio.

El resto de los treinta minutos pasan muy rápido: ni yo he podido trabajar en el ordenador ni Famara distraerse con su libro electrónico.

Ahora nos espera otro vuelo de algo más de tres horas; ya habrá tiempo de mantener la mente ocupada en algo que no sea el volcán.

Es extraño, nos está costando acostumbrarnos a no estar todo el día pendientes de con qué nos sorprenderá.

El padre Teide nos da la bienvenida a Tenerife. Nos susurra sansofé , como lo decían los aborígenes guanches.

—Espero que nunca tenga que contar que ha despertado. Ojalá siempre lo vea como un padre protector.

—Tranquila, Fa. —Le aprieto la mano—. Eso no va a pasar.

Los dos sabemos que no puedo estar seguro de ello, pero vivir con miedo no nos va a llevar a ningún sitio.

Debemos ser conscientes de nuestro entorno y prepararnos para lo peor, al mismo tiempo que vivir con pasión cada día, disfrutar cada paisaje y compartir con quienes queremos, como si nada malo fuera a pasar.

La escala en Tenerife Norte es breve. Lo justo para tomar un barraquito y unas truchas de batata, tan típicas de estas fechas.

—Para ser de aeropuerto no están mal. —Las saboreo.

—¡Ya les vale! Tres euros que me han chuchado por cada una. Si les pido jugo de naranja, me piden un aval.

Me río y casi me ahogo con el dulce.

—Estás como una cabra, ¿sabes? —Me quedo mirándola embelesado.

—Son los nervios. El humor no es mi fuerte, ese es el papel de Catha; ya lo descubrirás.

—¿Por el nuevo trabajo?

—Un poco. —Se pone encarnada y, como siempre que le sucede, se le encienden las pecas—. ¿Y si no encajo o no soy lo que esperan?

—Fa, ya te lo dijeron: han estudiado tu trabajo, esta gente no se mueve a ciegas.

Te han buscado porque te quieren a ti. Estoy seguro de que vas a imprimir carácter a cada reportaje, y ese es el estilo del programa.

Encajarás, ya lo verás. Y si algo no va bien, pues trabajaremos duro hasta que te adaptes o encuentres otro lugar.

Da un buche al café y me coge la mano sobre la mesa.

—Estoy muy feliz de que vengas conmigo, Nau. Nos merecemos una historia bonita.

—Claro que sí, mi amor. El volcán será el recuerdo de lo que nos unió, y haremos lo posible para que no se olvide.

—Quizá podría escribir unas crónicas, o una novela.

—Me parece un proyecto fantástico para mantener vivo en el recuerdo lo que ha sucedido. ¿Ves cómo estás rebosante de ideas fabulosas?

—¡Me estoy viniendo arriba! De momento lo llamaré #ProyectoTajogaite . En el vuelo me pongo a esbozar una escaleta. Y tú puedes buscar entre tus fotos y las imágenes del programa, que me encantaría que la portada fuera tuya. Podríamos incluir algunas ilustraciones basadas en tu trabajo.

Nos besamos, felices, orgullosos, conscientes… Guardianes de un recuerdo que no podemos ni queremos dejar morir.

Otro vuelo cargado de ilusiones, esta vez sin pilotos generosos, aunque con el sonido del teclado de Fa, que se ha sumergido en los recuerdos y trabaja para darles forma.

Al aterrizar, cogemos el metro y después una guagua para llegar al sencillo pisito que hemos alquilado. La dueña nos espera en el portal, nos acompaña a la entrada de la vivienda y nos cede las llaves.

—He encontrado algo de decoración canaria al mercat y la he colocado a modo de bienvenida. Espero que os guste. Si no, quitadla, sin compromiso. También os he dejado neules y cava de la tierra para que celebréis el Año Nuevo como corresponde.

—Muchísimas gracias, doña Carme. Es usted muy amable —le digo.

—¿Podría recomendarnos alguna cafetería en el barrio? Para desayunar mañana antes de ir a trabajar.

—Claro. En la esquina, al salir del edificio, a la derecha, tenéis En patufet . Allí desayunaréis bien. Y para las primeras viandas, id a la xarcuteria La Masia , en la calle de detrás. Pero bueno, vosotros encontráis todo enseguida con los móviles.

—Seguro que sí. Muchísimas gracias.

— Adeu .

— Adeu , doña Carme.

Cerramos la puerta a nuestras espaldas y tenemos de frente el salón, que, a diferencia de las láminas abstractas que lucía en las fotografías de la página de alquileres, ahora exhibe en las paredes un par de fotografías de playas majoreras y unas preciosas vistas del Teide.

—Solo nos falta la bandera de las siete estrellas.

—Ahora somos ocho, Nau. —Me da un codazo.

La abrazo por la cintura y engancho su mirada. Llevo todo el día deseando llegar a nuestra nueva casa. La beso: primero despacio y después con pasión. La levanto en brazos y me dirijo al dormitorio.

—La tradición es pasarte así bajo el dintel, ¿no?

— ¡ Ay, Nau! ¡Pero qu é viejales eres! ¡Menos mal que no me has entrado así desde la calle! —se ríe mientras me saca el suéter.

—¡Venga, que te voy a demostrar lo viejo que soy!

—Me parece un planazo.